Tudo fica em família

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TODO QUEDA EN FAMILIA


No sabría decir en qué momento empezó todo, porque al principio parecía inofensivo. Solo un nombre, una historia más en medio de esas charlas que se dan cuando una pareja se va conociendo a fondo, cuando ya se compartieron las camas, los domingos, los enojos y las familias.

Lucía y yo llevábamos juntos casi siete años. Todo funcionaba entre nosotros: la convivencia, el trabajo, el sexo... hasta nuestras familias encajaban bien, o al menos eso pensaba yo. Nos habíamos ido a vivir juntos, alquilamos un dos ambientes con balcón al frente. Después vinieron los ascensos, los muebles nuevos, el lavarropas que no entraba en el baño. Y las charlas nocturnas, con vino o con café, donde uno se afloja y empieza a contar más de lo que debería.

Fue en una de esas noches que ella me habló de Fabián.

—Era mi primo —me dijo, con la mirada puesta en el techo—. Bueno, sigue siéndolo, supongo. Pero nadie sabe dónde está. Se fue cuando tenía... no sé, dieciocho, diecinueve años.

—¿Y qué pasó? —pregunté, más por seguir la charla que por interés real.

—Era gay. Pero de esos que no se escondían. Y en mi familia eso era... complicado. No lo bancaron. Hubo lío, gritos, mi tío lo echó de la casa y Fabián desapareció. Nunca más se supo nada. Creo que una vez mandó una carta desde España, pero ni sé si era verdad.

—¿Y vos cómo te llevabas con él?

—Era raro. Yo era chica, él era mayor, pero me caía bien. Siempre me pareció divertido. Aunque mis viejos lo odiaban.

La charla quedó ahí. No fue algo que volviera a surgir. Solo un nombre, perdido entre tantos.

Pero el nombre volvió. Años después. De una forma inesperada. Y lo que pasó desde entonces… bueno. Lo que pasó desde entonces cambió todo.

Y yo todavía no sé si fue un error, una trampa de la vida, o simplemente algo que tenía que pasar.

No sé si alguna vez pensaron qué harían si un fantasma del pasado se materializara un día frente a ustedes. Pero no un fantasma gris, no. Uno de carne y hueso. Uno que brilla. Uno que pone todo patas para arriba.

Fue un sábado al mediodía. Estábamos en lo de la madre de Lucía, haciendo un asado familiar, como tantos otros. Vino su hermano con la mujer, los nenes corriendo por el patio, música de fondo, cervezas frías. Nada indicaba que ese día iba a marcar un antes y un después.

Hasta que sonó el portero.

—Voy yo —dijo la suegra, y desapareció tras la puerta.

Volvió en silencio. Pálida. Los ojos abiertos de par en par. Nos miró como si no supiera cómo decir lo que tenía en la garganta.

—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Lucía.

—Está... Fabián.

El silencio fue seco. La carne chisporroteaba en la parrilla y, de fondo, seguía sonando algo de Los Nocheros, pero nadie más hablaba.

—¿Fabián? —repitió Lucía, confundida—. ¿Qué decís?

—Sí... pero... no es como antes.

En ese momento, la puerta del pasillo se abrió.

Y entró el, o ella.

Tacos, largos, rojos. Un vestido ajustado que marcaba hasta el último centímetro de su cuerpo, desde esa cintura que parecía dibujada hasta las tetas enormes, redondas, firmes. Cabello rubio, larguísimo, brillante, con un peinado digno de tapa de revista. Labios marcados. Perfume caro. Una mirada que no pedía permiso para entrar: te invadía.
Y un culo… mamita. Un culo que parecía hecho para romper matrimonios.

—Hola —dijo con una sonrisa brillante, mientras dejaba la cartera en una silla—. Ahora me llamo Daiana.

Yo estaba con la espátula en la mano, el delantal lleno de grasa, y un fuego en la entrepierna que no podía disimular. Me costó tragar saliva. Me costó incluso mirar a otro lado. Me sentía como un boludo, paralizado, con la pija reaccionando sola.

Lucía no dijo nada. Su madre tampoco. Nadie.

—¿Qué miran? ¿Nunca vieron una mujer antes? —soltó ella con ese tono burlón, afilado, pero encantador.

Se acercó a Lucía, la abrazó como si nada, como si los años no hubieran pasado, como si esa Daiana voluptuosa siempre hubiera existido. Se movía con una seguridad que intimidaba. Que calentaba.

—Voy a estar unos meses en Argentina —dijo, mirándome directamente— como si me conociera de toda la vida. Vine a cerrar algunas cosas… y a abrir otras, tal vez.

Sonrió. Y yo supe, en ese instante, que algo no cuadraba.

Después de aquel sábado, Daiana empezó a aparecer cada vez más seguido. Al principio con excusas: que venía a buscar algo, que pasaba a saludar, que necesitaba usar la compu de Lucía un rato. Después, directamente llegaba sin anunciarse, con un perfume distinto cada día, ropa ajustada y esas piernas que parecían salir de una película porno.

Yo trataba de mantenerme al margen. Pero era imposible.

Lo que más me descolocaba no era ella, era Lucía.

Lucía hablaba de Daiana con una soltura que no entendía. Se reía con ella, la miraba con cierta admiración... o algo más. A veces, mientras cocinábamos, soltaba cosas como:

—No sabés la charla que tuvimos hoy con Dai... es una mina muy abierta, ¿sabés? Dice cosas que ni yo me animaría a pensar.

O:

—Daiana tiene una forma de ver el sexo que es... revolucionaria. Me encantaría tener un poco de esa libertad.

Yo asentía, fingía que no me afectaba. Pero por dentro sentía que algo no encajaba. Como si hubiera una historia previa entre ellas que nunca me contaron.

Una tarde, mientras lavaba los platos, me animé a preguntar:

—Che... ¿vos te llevabas tan bien con Fabián antes?

Lucía tardó en responder. Un segundo de más. Como si no supiera qué versión contar.

—Sí... más o menos. No tanto. Éramos distintos, pero... no sé. Siempre hubo algo especial entre nosotros.

"Especial". Esa palabra me quedó dando vueltas como una mosca pesada.

Esa noche, cuando me levanté a buscar agua, pasé por el escritorio. La puerta estaba entornada. Lucía estaba en videollamada. La voz del otro lado era de Daiana. La conversación era suave, íntima. Lucía sonreía. Tocaba su cuello mientras escuchaba.
Y lo peor fue lo último que escuché, antes de que cerrara la puerta:

—¿Te acordás lo que hicimos en lo de tu abuela, la noche que me fui? Nunca se lo conté a nadie... y vos tampoco, ¿no?

Silencio.

—Obvio que no —respondió Lucía, con esa media sonrisa que pone cuando miente.

Yo no dormí el resto de la noche.

Algo había pasado entre ellos. Entre ellas. Entre Fabián y Lucía. O entre Daiana y Lucía, si preferimos ese nombre.

Y si alguna vez creí que todo era perfecto, ahora sabía que estaba metido en algo mucho más turbio. Y por alguna razón que no terminaba de entender… me calentaba.

Ese día no tenía por qué volver antes. Ni siquiera tenía un motivo real. Solo una sensación. Un bicho en el pecho que me zumbaba desde hacía días. Algo no cerraba. No era celos, no era paranoia… era más primitivo. Instinto.

Eran casi las tres. Abrí la puerta con cuidado. No anuncié mi llegada, ni mandé mensaje. Entré en puntas de pie, cerrando despacio. La casa estaba en silencio, salvo por un ruido leve. Como un jadeo lejano, un quejido suave, interrumpido por golpes sordos, repetitivos. Me congelé.

Venía del comedor.

Me acerqué por el pasillo, apenas respirando. Y ahí la vi.

Lucía, mi mujer, desnuda, en cuatro sobre el sillón de la cocina, el cuerpo arqueado hacia adelante, las manos aferradas a los cojines. El pelo renegrido suelto, la espalda brillando de transpiración, los gemidos contenidos entre los dientes.

Y detrás, sobre ella, Daiana.

Completamente desnuda. Apenas con unos zapatos tacos altos con cordeles que se enlazaban casi hasta sus rodillas. Unos tatuajes atrevidos. Ese cuerpo impresionante, sudado, perfecto. Tetas generosas que se movían con cada embestida. Y la pija, esa pija larga, gruesa, perfectamente depilada, reluciente de saliva o de aceite —o de ambas— que desaparecía una y otra vez dentro del culo de mi mujer con fuerza, con hambre.

—¡Ahhh... sí, seguí, seguí así... así! —gemía Lucía, como si estuviera sola.

Daiana giró la cabeza. Me vio.

Y no paró.


Tudo fica em famíliaEla nem sequer se surpreendeu. Me encarou enquanto continuava bombando, os quadris dela batendo contra a bunda da Lucía, uma e outra vez, sem pressa, como se a minha presença fosse parte do plano. Como se estivesse me desafiando.

Lucía também virou o olhar de lado. Estava com a boca entreaberta, as bochechas coradas. Me olhou como se estivesse me esperando. Como se tivesse querido que eu visse. E não disse uma palavra.

Eu não consegui me mover. Nem gritar. Nem fugir.

Só fiquei ali, vendo como metiam na buceta dela sem culpa, sem segredos, sem desculpas.

E fiquei com um tesão como nunca.

Fiquei observando. Sentindo como ficava duro dentro da calça.
Nem elas nem eu sabíamos o que passava pela minha cabeça. Mas todos entendemos que já não tinha volta.

Naquela noite, não falamos do assunto.

Nem precisava.

Mas quando entramos na cama, comi ela como se fosse a última vez. Peguei o pescoço dela. Abri as pernas dela sem pedir licença. Cuspi na buceta dela e meti de uma vez. Ela gritou. Me arranhou. Me pediu pra não parar.

E pela primeira vez em muito tempo, senti que estava comendo alguém que não era minha esposa.

Nunca imaginei que minha vida ia dar essa reviravolta. Mas aconteceu. E não foi um deslize, nem uma loucura de uma noite só. Não. Foram três meses inteiros. Noventa dias onde o sexo se tornou o centro de tudo. Onde cada tarde, cada noite, Lucía e Daiana se encontravam. Na minha casa, no sofá, na cama, no chuveiro. Às vezes até na escrivaninha onde eu trabalhava.

E eu… eu estava lá. Sempre. Olhando.

Era minha decisão. Nunca me obrigaram. Nunca pediram permissão. Simplesmente acontecia.
E eu não podia —nem queria— parar.

Me sentava num canto, com o pau duro desde o primeiro beijo entre elas. Lucía tirava a roupa com uma urgência que eu não conhecia. Daiana devorava ela. Penetrava como se fosse dela. E de certa forma, era. Conhecia. Entendia. Abria.

Às vezes faziam na minha frente sem falar comigo. Outras Às vezes Lucía me olhava, com a boca cheia de cock, enquanto o cu dela era aberto uma e outra vez. Me olhava com olhos de slut. Como se me dissesse: "Olha o que ela me faz. E você não pode fazer nada."

E o pior era que eu adorava.

Não conseguia parar de vê-las. Era viciante ver minha mulher nua, entregue, recebendo cada gota de sêmen que Daiana deixava dentro dela.
Era lindo. Essa cena. Esse corpo de mulher —porque era assim que eu a via— com peitos macios, bunda firme, lábios pintados, e essa cock enorme, linda, pulsante, entrando uma e outra vez no corpo que eu amava.

Nunca tive coragem de intervir. Por medo. Por vergonha.
Por algo mais profundo, que me custava colocar em palavras:
Medo de me tentar. De querer provar. De querer mais.

Mas o que mais me deixava louco eram as noites.
Depois que Daiana ia embora, Lucía vinha pra cama comigo. Com a pele quente, o corpo vibrando. Tirava minha calça e começava a chupar minha cock com desespero, como se quisesse limpar a culpa, ou talvez compartilhá-la comigo.

Eu agarrava o cabelo dela, enfiava tudo na boca, e enquanto sentia como ela me lambia, como me engolia, eu pensava nisso:
Em como ela ainda tinha dentro o sêmen do primo dela.

Porque sim. Daiana sempre gozava dentro. Na pussy. No cu. Na boca.
E Lucía vinha assim transar comigo.
Às vezes sentia o calor ainda morno.
E gozava mais forte do que nunca.

Nunca tinha sido tão feliz. Nem tão confuso.
Mas não perguntava nada.
Não exigia explicações.
Só a tinha ali.
E isso me bastava.

O dia que Daiana foi pra Espanha, o céu estava nublado.
Não chovia, mas o ar tinha aquela eletricidade antes da tempestade.
Lucía e eu a acompanhamos ao aeroporto. A viagem de carro foi estranha: muito silêncio, algumas frases soltas, um pouco de música de fundo.

Daiana ia radiante. Impecável, como sempre. Casaco preto, lábios rosa brilhante, óculos enormes. Uma estrela. Uma mulher feita por si mesma. Cada passo seu em aqueles saltos altos eram um manifesto. Enquanto esperávamos o embarque, ela me pediu que a acompanhasse para fumar lá fora. Lucía ficou sentada, mexendo no celular. Eu não fumava, mas fui. Ficamos parados um do lado do outro, sem dizer nada no começo. Ela acendeu o cigarro, deu um trago longo, e soltou a fumaça com elegância. Depois falou. —Sabe de uma coisa? —disse, sem me olhar—. Lucía foi a primeira que me disse que eu era mais mulher que muitas. Olhei pra ela. Me custava imaginar. —Quando? —Muito antes de eu ir embora. Quando todo mundo ainda me chamava Fabián. Quando meu velho me gritava viado e quebrava os saltos que eu comprava escondido. —Fez uma pausa—. Foi a Lucía que me deixou usar a roupa dela. Que me emprestou as coisas dela. Que me maquiou. Uma noite... faz muito tempo. A gente fugiu pra casa da minha avó, lembra que ela mencionou? Pois é. Essa noite foi a primeira vez que alguém me disse "você é linda". Não soube o que dizer. Algo apertou no meu peito. Ela sorriu, como se lesse minha reação. —Você achava que a história era sua, né? —acrescentou, me olhando finalmente—. Mas isso sempre foi entre ela e eu. Só que dessa vez a gente deixou você olhar. Fiquei mudo. —Mesmo assim vou sentir sua falta —disse, jogando o cigarro no chão e apagando com um salto altíssimo—. E sei que você também. Mais do que vai admitir. Não respondi. Não precisava. Só deixei que me beijasse na bochecha e me embriagasse com seu perfume Voltamos pro saguão. O embarque já estava rolando. Lucía se aproximou e a abraçou como se não quisesse soltar. Teve um beijo cúmplice entre lábios, um último sorriso. E ela foi. Taconeando entre as pessoas como se não se importasse com o mundo. Naquela noite, Lucía dormiu pelada, grudada em mim. Não falamos. Só transamos. Devagar. Sem violência. Sem pressa. Mas enquanto eu a beijava, enquanto lambia os mamilos dela e a penetrava devagar, eu sabia que tinha algo ausente. Algo que não voltaria. E também sabia que, embora ela estivesse ali, minha cabeça continuaria vendo aquela pica pendurada entre as pernas da Daiana, brilhando como um segredo que não podia esquecer. Depois que a Daiana foi embora, ficou um silêncio pesado na casa. Lucía e eu tentamos seguir como antes, como se nada tivesse acontecido, como se não tivéssemos aberto a porta pra algo que não dava pra fechar tão fácil. Nunca me daria explicações, nem eu pediria Mas o corpo não mente. Nem o dela, nem o meu. Poucas semanas depois, começaram os sintomas. Primeiro leves: tontura, enjoo. Depois, o atraso. E finalmente, o teste. Duas listrinhas. Lucía estava grávida. Não disse nada naquele momento. Só a abracei. Fingi surpresa. Mas o estômago queimava. Os números não batiam. E embora não fosse impossível que fosse meu, eu sabia bem quais dias tinham sido os mais intensos, os mais selvagens, os mais compartilhados. Dias em que Daiana a montava sem parar. Em que gozava dentro uma e outra vez. Em que Lucía vinha pra cama com aquele calor ainda fresco entre as pernas. Não precisava de provas. Eu tinha estado lá. Tinha visto como as pernas dela tremiam, como ela se abria, como gemia o nome dela enquanto gozava. Mas mesmo assim seguimos. Aceitamos. Fizemos o que se espera de um casal. Lucía não disse nada. Eu também não. Julián nasceu em setembro. Cabelo claro. Olhos profundos, pretos como café forte. Um nariz afilado. E um trejeito na boca… esse trejeito. Não era meu. Não precisava de DNA. Era da Daiana. Da linhagem dela. Do sangue dela. Do corpo dela. Soube em silêncio. E aceitei em silêncio. Não por coragem. Mas porque, no fundo, também era meu. Do meu jeito. Tinha visto se gestar entre os corpos delas. Tinha visto entrar. Tinha sentido vir. Tinha gozado na boca da Lucía enquanto Daiana gozava no útero dela. Hoje o busco no jardim toda terça e quinta. Vejo ele correr com os outros meninos. Abraço forte. Ajeito o boné dele. E quando ele me olha… quando crava esses olhos enormes em os meus… eu não vejo meu filho. Vejo ela. E sei, com uma certeza tranquila e devastadora, que Daiana não foi embora de vez. Que uma parte dela dorme na minha casa, diz "papai", e tem meu sobrenome. E que, por mais que doa, isso também fica em família. Se você gostou dessa história pode me escrever com o título TUDO FICA EM FAMÍLIA para dulces.placeres@live.com

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