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Y YO TENGO LA CULPA?
Siempre me pregunté si uno realmente elige el rumbo de su vida, o si simplemente sigue los caminos que su cuerpo y sus deseos marcan en silencio. Yo, Samantha, estoy a punto de cumplir los treinta, y cuando me miro en el espejo, todavía veo a la mujer voluptuosa que siempre fui: curvas generosas, caderas amplias, pechos grandes, una estatura que supera a la de la mayoría de las mujeres, y un cuerpo tallado a mano gracias a años de obsesión con el fitness.
Desde chica supe que era llamativa. Las miradas me seguían a donde fuera, y aunque al principio me intimidaba, con el tiempo aprendí a disfrutarlo... y a aprovecharlo.
Fue en uno de esos gimnasios donde pasaba más horas que en mi propia casa, donde conocí a Mauro. Un adicto a las pesas como yo. Alto, moreno, de músculos definidos y sonrisa fácil. Él y sus amigos se movían en grupo, como una manada orgullosa de sus cuerpos esculpidos. Mauro me miró una tarde mientras yo me esmeraba en mis sentadillas, y no apartó los ojos de mí hasta que encontró la excusa perfecta para acercarse.
Nos enamoramos rápido, como suelen enamorarse los que viven intensamente. Jóvenes, hermosos y hambrientos de vida, no tardamos en mudarnos bajo el mismo techo. El dejo de pagar su alquiler y con apenas un bolso de ropas se instaló en mi casa. Nuestra vida era sencilla: empleos que sostienen el ritmo y horas dedicadas a los gimnasios, a la cultura del cuerpo, a sentirnos invencibles.
Siempre hubo una camaradería natural entre los chicos del gimnasio. Mauro, yo, sus amigos, y alguna que otra chica del grupo, éramos más que simples compañeros de entrenamiento: éramos una pequeña tribu. La amistad iba mucho más allá de levantar pesas y contar repeticiones. Los fines de semana salíamos juntos, recorríamos boliches, nos perdíamos en largas madrugadas de risas, tragos y bailes apretados.
La confianza entre nosotros era tal que, a veces, nos permitíamos bromas subidas de tono, propuestas sexuales dichas en tono de juego, entre carcajadas y miradas cómplices. Eran cosas propias de la edad, del fuego en la sangre, de sentirnos invencibles. Chistes sobre tríos, apuestas de strip-póker, desafíos absurdos que todos sabíamos que jamás cruzarían la frontera de la fantasía.
O al menos, eso creía.
Todo empezó como una de esas tantas noches de fiesta que ya eran costumbre. Íbamos a celebrar el cumpleaños de Noelia, la novia de Víctor, uno de los solteros clásicos del grupo. Esa noche nos encontraríamos directamente en el boliche: Mauro, yo, Víctor, Noelia y dos amigos más del gimnasio, Hernán y Lucas.
Pero el problema no empezó en el boliche. Empezó mucho antes, en casa.
Mientras me maquillaba frente al espejo, Mauro apareció en la habitación con ese brillo travieso en los ojos que conocía tan bien. En la mano, colgando de dos dedos, traía el vestido blanco que sabía que odiaba.
—Ponete esto —me dijo, casi como una orden disfrazada de sugerencia.
Me negué al principio, protestando como una nena caprichosa, pero él insistió. Y cuando Mauro insistía... era difícil decirle que no.
Ese vestido era una provocación en sí mismo: tan ajustado que cada curva de mi cuerpo parecía tallada a la vista; tan corto que con cada paso sentía que el borde subía más y más, buscando revelar lo que apenas escondía. El escote, profundo y descarado, apenas contenía mis pechos, haciéndome sentir expuesta, vulnerable. Y para colmo, la tela era tan delgada que todo —todo— se transparentaba: la tanga diminuta que llevaba debajo se marcaba de forma obscena.
Me sentía una puta dentro de ese vestido.
Pero a Mauro le encantaba verme así. Disfrutaba que las miradas se pegaran a mi cuerpo como imanes. Disfrutaba presumirme. Y yo... yo, a pesar del fastidio, terminaba cediendo, como siempre.
De mala gana, terminé de arreglarme. A medianoche salimos para el boliche, Mauro radiante de orgullo, yo sintiendo que debía tirar del vestido a cada paso para no terminar mostrando más de lo que ya dejaba ver.
Cuando llegamos al boliche, ya el ambiente estaba cargado. La música retumbaba en mis entrañas, las luces de neón parpadeaban, y el lugar estaba lleno de gente disfrutando de la noche. Mauro estaba de un humor excelente, como siempre cuando salíamos, pero yo... yo no dejaba de ajustar el vestido cada vez que sentía que me quedaba un poco más corto. Las miradas no me dejaban en paz.
Apenas entramos, Víctor no pudo evitar mirarme con descaro. Lo noté inmediatamente, su mirada fija en mis pechos, en mis caderas. Intentó disimular, pero era imposible. Noelia, a su lado, se tensó al ver la escena, su sonrisa nerviosa casi imperceptible. Aunque éramos amigos, la situación comenzó a volverse incómoda. Unos minutos después, los otros dos amigos, Hernán y Lucas, se unieron al juego y comenzaron a mofarse, soltando comentarios cargados de insinuaciones.
—Oye Mauro —dijo Hernán con una risa burlona—, si no la cuidas un poco mejor, tarde o temprano te la terminamos cogiendo entre los tres.
Las palabras, dichas en voz alta, parecieron hacer eco en todo el grupo. Aunque la risa seguía en el aire, la tensión se palpaba. Yo me sentí incómoda, atrapada entre la incomodidad de la situación y el deseo de que todo volviera a ser como antes: amigos, diversión, sin más.
Mauro, por supuesto, no lo tomó a mal. A mí, sin embargo, me recorrió un escalofrío por la espalda. Noelia ya no estaba sonriendo, y la atmósfera entre todos se volvió algo tensa, algo que no se podía ignorar. Los chicos se sentían cómodos con sus bromas, pero yo no sabía si mi incomodidad era por el vestido, por las miradas o por todo lo que estaba sucediendo en ese preciso momento.
Pasó la noche entre tragos y bailes frenéticos. La música nos envolvía, el alcohol ya corría sin control y todos tratábamos de no pensar en lo incómodo de la situación. Yo bailaba un poco, solo para distraerme, para alejarme de la tensión que empezaba a formarse a mi alrededor. Pero no era fácil. Podía ver cómo los ojos de Víctor seguían clavados en mí, incluso cuando me giraba, y el brillo de incomodidad en los ojos de Noelia no hacía más que crecer.
Al principio, pensé que era solo una mala interpretación mía, pero no. Las palabras no dichas eran claras. La tensión entre ellos era palpable. Noelia no perdía de vista a Víctor, y cada vez que él se acercaba a mí, el ambiente se volvía más pesado. Noelia empezó a lanzar comentarios indirectos, dardos venenosos que no podía evitar escuchar.
—"Qué curioso cómo los hombres no pueden mirar a su esposa sin desear lo que tienen al lado", dijo Noelia en un tono sarcástico, como si esperara que yo no me diera cuenta.
Y aunque traté de ignorarlo, algo en mi interior me dijo que la situación no podía seguir así. ¿Era mi culpa? ¿Estaba siendo la causante de todo este malestar entre ellos? Noelia ya no disimulaba su enfado. Cada vez que Víctor me miraba, su rencor crecía, y sus palabras se volvieron más hirientes. Lo que antes eran bromas y risas, ahora eran acusaciones y enfrentamientos.
Traté de salir del problema, lo llevá a Mauro a bailar lejos del grupo, para tomar distancia. Y en algún momento pusieron un tema muy nuestro, o muy mio, y Mauro insitió a que me subiera a uno de los parlantes a bailar, pero yo no quería. Pero Mauro...
En un abrir y cerrar de ojos estaba ahi, encima del resto, moviendo mi cuerpo transpirado. Sabía que el vestido se subía demasiado, sabía que desde abajo me veían el culo impunemente, mi entrepierna, y el frente de mi tanga, pero que podía hacer? era mi tema, y yo no podía hacerme responsable por el mundo
Solo serviría para empeorar las cosas, Noelia me habia visto a la distancia, y me había visto como una puta calienta pijas
La noche siguió desmoronándose, la atmósfera se volvía insostenible. Noelia y Víctor discutían abiertamente. Yo ya no sabía cuántos tragos había tomado, pero mi cabeza giraba, y todo parecía descontrolado. El ruido, las luces, las voces de fondo… era todo un caos.
Finalmente, al borde de la madrugada, Noelia ya no podía más. Con el rostro enrojecido por la ira y los ojos llenos de lágrimas, levantó la voz.
—¡Ya basta! —gritó, atrayendo las miradas de todos los que estábamos cerca—. ¡Esto no va más!
Los maldijo a todos entre insultos y lloriqueos, mientras sacaba el celular para pedir un Uber. Noelia, furiosa y quebrada por la situación, se despidió con palabras de rabia, caminando hacia la salida sin mirar atrás. La tensión había alcanzado su punto máximo.
Después de que Noelia se fue hecha una furia, el resto simplemente... decidió ignorarla.
Incluso Víctor, que uno hubiera pensado que se preocuparía un poco, parecía más aliviado que afectado. Se encogió de hombros y siguió bebiendo como si nada hubiera pasado. Hernán y Lucas no paraban de hacer chistes sobre la situación, y Mauro, divertido, les seguía el juego.
Yo, por mi parte, traté de seguir la corriente. ¿Qué otra cosa podía hacer? No quería ser la amargada de la noche ni dejar que los enojos de Noelia me arruinaran también a mí. Yo no tenía la culpa de ser mucho mas bonita y mas llamativa que ella. Así que me entregué a la fiesta, a los tragos, a la música que aún golpeaba fuerte en mis oídos, a los bailes descontrolados donde el vestido subía cada vez más y mis piernas brillaban bajo las luces del boliche.
Cuando el sol empezó a asomar tímidamente por las ventanas del lugar, apenas si podíamos mantenernos en pie. Estábamos tan borrachos que las caras de mis propios amigos se veían borrosas, como si estuviéramos dentro de un sueño lento y pegajoso.
Fue entonces que Mauro, envalentonado y eufórico, propuso:
—¡Sigamos la fiesta en casa!
Eu protestei fraco, dizendo que já era tarde, que tava cansada, que era melhor cada um ir pra sua casa. Mas minhas palavras não tiveram peso nenhum entre quatro caras bêbados e excitados pela noite selvagem que a gente vinha vivendo.
Mais uma vez, me resignei.
Subimos como deu em dois carros e numa viagem curta, entre gargalhadas, piadas de putaria e corpos se balançando, chegamos em casa.
Mal entramos, o Mauro colocou música alta, os caras pegaram mais bebida na geladeira e continuaram bebendo como se a noite tivesse começando agora.
Eu desabei no sofá, tonta, com o vestido subindo perigosamente pelas pernas, e com uma sensação estranha crescendo no peito: alguma coisa me dizia que essa noite ainda tava longe de acabar.
Minutos depois, entre idas e vindas, entre risadas que eu já nem entendia e doses que não lembrava de ter pedido, tava tão bêbada que perdi o equilíbrio. Senti tudo girar debaixo dos meus pés e, de repente, caí de cara no sofá, de bruços, com um baque seco e desengonçado.
Fiquei uns segundos ali, desorientada, e logo senti o ar frio percorrendo minha pele. O vestido, aquele maldito vestido, tinha subido até minha cintura, deixando minha bunda completamente exposta. A tanga branca mal cobria alguma coisa, mas naquele momento, tão bêbada, eu me sentia praticamente nua.
Sabia que os caras, meus "amigos", já tinham me visto inúmeras vezes de less, naquelas saídas pra praia onde a gente usava biquínis minúsculos. Mas isso era diferente.
Isso era cru.
Isso era obsceno.
Senti todos os olhares cravados em mim. Minha pele ardia. Meu coração batia a mil e uma mistura de vergonha e tontura me invadia enquanto eu tentava me endireitar desajeitadamente. Mas, no movimento, notei algo tão triste quanto o anterior: meu peito direito também tinha escapado do vestido.
Pendurado ali, exposto, enquanto eu, enroscada em mim mesma, lutava pra cobrir ele.
Tentava enfiar ele de volta dentro do tecido, lutando com as mãos atrapalhadas, enquanto ouvia risadinhas abafadas, murmúrios, alguma exclamação que eu não conseguia entender.
Tudo girava ao meu redor, e no meio dessa confusão, uma parte de mim entendia que algo tinha mudado. Que a gente tinha cruzado uma linha. E que não tinha mais como voltar atrás.
Não sei como aconteceu.
Sério, não sei.
Minha mente tá meio embaçada, como se tudo tivesse rolado atrás de uma cortina pesada que não me deixa enxergar direito.
Mas, apesar de tudo, tem imagens, momentos, sensações que voltam como chicotadas soltas.
Lembro de estar de joelhos, cambaleando, com a cabeça baixa, chupando o pau do Víctor.
Sim. Víctor.
Minha boca escorregava desajeitada no pau duro dele, enquanto ele gemia baixinho, rouco. O Mauro tava do lado, com uma cerveja na mão, me olhando como se tudo aquilo fosse um show feito só pra ele.
Eu ouvia ele gritar e aplaudir, como se estivesse torcendo, como se estivesse celebrando.
Depois… outra imagem, outra sensação brutal: alguém tinha puxado minha calcinha fio dental, não sei quem, e eu sentia uma língua quente e faminta se enfiando na minha buceta encharcada.
Era uma sensação tão intensa que eu me arqueava sem querer, gemendo abafada, sem conseguir controlar nada.
Meus bicos ardiam, duros, latejantes, como se tivessem sido chupados, mordidos, apalpados sem parar.
Minha pele era puro fogo, e em algum momento, no meio desse caos, me toquei: eu tava toda molhada.
Toda molhada.
Não sabia se era de prazer, de bebedeira, ou da excitação que tinha vazado do meu corpo, mas eu me sentia escorregadia, úmida, transbordando.
Queria pensar, queria entender, mas tudo era um turbilhão selvagem que me arrastava sem piedade.
Eu podia ter jogado a culpa nos quatro caras, talvez na bebedeira, e até numa falsa inocência, mas eu sabia que tava ali, no lugar certo, exato, ciente dos meus atos, e o pior, saber que eu tava exatamente onde queria estar, fazendo exatamente o que queria fazer
Não sei quanto tempo passou.
Não sei se foram minutos, horas...
Todos os homens estavam em cima de mim, comemorando, rindo, me tocando, me usando como se eu fosse um brinquedo.
Uma boneca bêbada e escorregadia que deixava fazerem de tudo.
Lembro de ver paus pra todo lado, duros, ansiosos, batendo na minha cara, nos meus lábios, nos meus peitos.
E eu, de joelhos, chupando um por um.
Sem parar.
Passando de um pro outro, sentindo o gosto de cada um se misturando na minha língua, na minha garganta.
Às vezes um me puxava pelo cabelo, me empurrava pra frente, fazia eu engolir até me afogar, até as lágrimas escorrerem pelo meu rosto.
Outras vezes, simplesmente esfregavam ele na minha cara, enquanto riam, enquanto diziam coisas que eu não entendia.
Lembro também que me comeram.
Um atrás do outro.
Por frente, por trás.
De todas as maneiras possíveis.
Meu corpo se contorcia entre mãos ásperas, entre investidas selvagens que me faziam gemer sem controle, enquanto eles se revezavam, como se eu fosse um prêmio, uma puta dada no meio da bebedeira.
Senti quando meteram no meu cu.
Sem pedir permissão.
Sem avisar.
Uma dor aguda atravessou meu corpo, misturada com uma excitação suja que me fez tremer.
E também, em algum momento, alguém — não sei quem, já não conseguia distinguir vozes, nem rostos — levantou minhas pernas e fizeram uma dupla penetração.
Senti dois paus me enchendo ao mesmo tempo, um na buceta, outro no cu, se movendo em ritmos desiguais, se chocando dentro de mim, me fazendo gritar até ficar rouca.
Era como se eu já não fosse mais eu.
Era só um corpo aberto, entregue, usado à vontade.
E, o mais perturbador de tudo, é que uma parte de mim... não queria que parassem.
E o pior, o que mais me queima por dentro toda vez que penso nisso...
Era o Mauro.
Meu marido.
Ele era o mais animado de todos.
Era o que mais gritava, o que incentivava, o que ria como um desquiciado enquanto me oferecia, enquanto inventava ideias perversas e malucas pra eles continuarem fazendo de tudo comigo.
Eu via, nesses flashes soltos, ele servindo mais bebidas pra eles, rindo às gargalhadas, gritando pra eles não se segurarem, que eu era a puta de todo mundo naquela noite.
E eu...
Meu Deus, eu não conseguia parar de gozar.
Meu corpo se sacudia entre orgasmos brutais, como se tivesse deixado de ser meu, como se fosse pura necessidade, pura luxúria.
Era como se eu também estivesse fora do meu corpo, de um canto, observando, curtindo aquela puta que se deixava fazer de tudo por todos.
Lembro — ainda sinto — como desfilaram um atrás do outro pelo meu cu.
Abríam minhas nádegas sem nenhum cuidado, cuspiam, metiam de uma só vez enquanto riam, celebrando o quanto larga eu tinha ficado.
Eu ouvia suas vozes, suas provocações:
"Mas olha como ficou o rabo dela, toda aberta a puta..."
"Essa é uma verdadeira puta de academia, Mauro..."
E ele só ria, brindava, incentivava a continuar.
Não conseguia reagir, não conseguia me defender.
Eu estava entregue, perdida entre o prazer e a bebedeira.
E acho — embora tente não pensar muito nisso — que tiraram fotos minhas.
Sim.
Lembro dos clarões dos flashes, das risadas, dos comentários obscenos enquanto eu continuava ali, aberta, exposta, usada como nunca na minha vida.
Acordei sem saber onde estava.
O sol batia direto na minha cara, brutal, como um tapa.
Doía tudo.
Minha cabeça pulsava como se fosse explodir, meu corpo pesava uma tonelada...
Mas não era só a ressaca.
Meus mamilos ardiam, inchados, sensíveis até com o roçar do lençol.
Doía minha buceta, inchada, machucada, sensível.
E, acima de tudo, doía meu cu.
Uma dor profunda, dilacerante, como se tivessem me partido ao meio.
Tentei me mexer e senti uma umidade pegajosa entre as pernas, entre as nádegas, nos meus peitos...
Era como se tivesse esperma seco em cada canto do meu corpo.
Engoli saliva —ou tentei— e foi aí que veio um flash que revirou meu estômago:
me vi engolindo porra.
Muita.
Passando de uma rola pra outra, bebendo os jatos quentes sem parar.
Um arrepio de horror atravessou meu corpo.
Lembrei, como um chicote, que ninguém tinha usado camisinha.
Nada.
Tudo no pelo.
Na minha boca, na minha buceta, no meu cu.
Sentei de repente, o corpo gritou de dor, e ali, no meio daquela confusão nojenta, vi o rosto do Mauro se desenhar na minha mente.
Sorrindo.
Incentivando eles.
Aplaudindo enquanto me enchiam entre todos.
Senti que ia vomitar. Fui pro banheiro. Me agarrei no vaso como quem se agarra a uma alma perdida num confessionário, de joelhos, implorando por uma redenção que eu não merecia.
Os dias seguintes foram um inferno.
Algo tinha quebrado naquela madrugada. Algo que já não tinha conserto.
Não precisava falar. Dava pra sentir no ar.
Mauro me olhava diferente. Como se eu fosse outra pessoa. Como se eu desse nojo.
Como se, de repente, a mulher que ele amava tivesse virado uma puta qualquer.
Eu tentava me defender.
Tentava fazer ele enxergar que ele tinha começado tudo.
Que ele tinha me obrigado a usar aquele vestido maldito.
Que ele tinha rido, incentivado, brindado enquanto me passavam de mão em mão como se eu fosse um brinquedo.
Que nunca, nem por um segundo, ele tentou parar nada.
Mas ele não queria ouvir.
Me cortava na hora.
Dizia que era fácil culpar ele, que ninguém tinha me obrigado a abrir as pernas, a chupar paus como uma desesperada.
Que se eu era tão fácil assim, era porque sempre fui.
A tensão se infiltrava em tudo, até na cama.
No começo, a gente tentava transar como antes, buscando um pouco de normalidade, algo que nos trouxesse de volta ao que a gente era.
Mas era impossível.
Mauro mal me tocava, e quando tocava, eu sentia ele frio, distante, quase como se fizesse por obrigação.
Mais de uma vez, ele tentou me penetrar e simplesmente não conseguiu.
O pau Ela não respondia.
A raiva, o nojo, a fúria, tudo se intrometia.
A gente terminava cada um virado pro seu lado da cama, como dois inimigos, como dois estranhos.
Cada briga era pior.
A gente gritava coisas horríveis um pro outro.
Ele me chamava de "slut", "nojenta", "merda de mulher".
E eu chorava, me defendia, xingava ele de volta, despejando tudo que tava entalado.
A casa, antes cheia de risada, de rotina, daquela camaradagem nossa, virou um campo de batalha.
Uma guerra fria primeiro, e depois uma guerra aberta, suja, sem piedade.
Até que um dia...
Não teve mais grito.
Nem mais choro.
Nem mais cobrança.
Só silêncio.
Mauro pegou umas coisas numa mochila e vazou.
Simples assim. Como no dia que ele chegou, como aquele começo, agora era um fim.
E eu fiquei ali, sozinha, olhando a porta fechar.
Com um nó na garganta.
Com a cabeça a mil.
E me perguntei, que nem uma idiota:
Será que a culpa é minha?
Os meses passaram.
E a dor, mesmo diferente, continuava ali.
A casa ficou grande demais pra mim sozinha.
Os dias passavam que nem um suspiro, sem sentido, sem rumo.
Voltei pra academia, que nem uma boneca, buscando na rotina um pouco de consolo.
Mas já não era a mesma.
Os olhares, os cochichos pelas costas, o peso da vergonha... tudo tava ali, como uma sombra que não me largava.
Às vezes, eu esbarrava com algum deles.
Com o Víctor, com os outros.
Às vezes, eles baixavam o olhar.
Outras, sorriam torto.
Como se lembrassem bem demais de cada segundo daquela noite.
Eu só acelerava o passo e fingia que não via.
Mauro não voltou.
Nunca mais.
Nem uma mensagem.
Nem uma explicação.
E, no fundo, eu sabia que era melhor assim.
Ia adiantar o quê?
De vez em quando, nas noites mais escuras, eu acordava encharcada de suor, revivendo tudo.
Lembrando de cada risada, cada empurrão, cada palavra suja sussurrada no meu ouvido.
Lembrando da cara do Mauro me olhando enquanto outros me... usavam.
E eu ainda me perguntava, em silêncio, abraçada no meu travesseiro:
E eu tenho culpa?
Porque, no fim das contas, mesmo que quisesse culpar o álcool, o vestido, a festa, o próprio Mauro...
A verdade é que, num cantinho secreto da minha alma, eu tinha gostado.
Mesmo que fosse por um segundo.
Mesmo que fosse por um suspiro.
E isso... isso era algo que eu nunca ia conseguir perdoar em mim.
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Y YO TENGO LA CULPA?
Siempre me pregunté si uno realmente elige el rumbo de su vida, o si simplemente sigue los caminos que su cuerpo y sus deseos marcan en silencio. Yo, Samantha, estoy a punto de cumplir los treinta, y cuando me miro en el espejo, todavía veo a la mujer voluptuosa que siempre fui: curvas generosas, caderas amplias, pechos grandes, una estatura que supera a la de la mayoría de las mujeres, y un cuerpo tallado a mano gracias a años de obsesión con el fitness.
Desde chica supe que era llamativa. Las miradas me seguían a donde fuera, y aunque al principio me intimidaba, con el tiempo aprendí a disfrutarlo... y a aprovecharlo.
Fue en uno de esos gimnasios donde pasaba más horas que en mi propia casa, donde conocí a Mauro. Un adicto a las pesas como yo. Alto, moreno, de músculos definidos y sonrisa fácil. Él y sus amigos se movían en grupo, como una manada orgullosa de sus cuerpos esculpidos. Mauro me miró una tarde mientras yo me esmeraba en mis sentadillas, y no apartó los ojos de mí hasta que encontró la excusa perfecta para acercarse.
Nos enamoramos rápido, como suelen enamorarse los que viven intensamente. Jóvenes, hermosos y hambrientos de vida, no tardamos en mudarnos bajo el mismo techo. El dejo de pagar su alquiler y con apenas un bolso de ropas se instaló en mi casa. Nuestra vida era sencilla: empleos que sostienen el ritmo y horas dedicadas a los gimnasios, a la cultura del cuerpo, a sentirnos invencibles.
Siempre hubo una camaradería natural entre los chicos del gimnasio. Mauro, yo, sus amigos, y alguna que otra chica del grupo, éramos más que simples compañeros de entrenamiento: éramos una pequeña tribu. La amistad iba mucho más allá de levantar pesas y contar repeticiones. Los fines de semana salíamos juntos, recorríamos boliches, nos perdíamos en largas madrugadas de risas, tragos y bailes apretados.
La confianza entre nosotros era tal que, a veces, nos permitíamos bromas subidas de tono, propuestas sexuales dichas en tono de juego, entre carcajadas y miradas cómplices. Eran cosas propias de la edad, del fuego en la sangre, de sentirnos invencibles. Chistes sobre tríos, apuestas de strip-póker, desafíos absurdos que todos sabíamos que jamás cruzarían la frontera de la fantasía.
O al menos, eso creía.
Todo empezó como una de esas tantas noches de fiesta que ya eran costumbre. Íbamos a celebrar el cumpleaños de Noelia, la novia de Víctor, uno de los solteros clásicos del grupo. Esa noche nos encontraríamos directamente en el boliche: Mauro, yo, Víctor, Noelia y dos amigos más del gimnasio, Hernán y Lucas.
Pero el problema no empezó en el boliche. Empezó mucho antes, en casa.
Mientras me maquillaba frente al espejo, Mauro apareció en la habitación con ese brillo travieso en los ojos que conocía tan bien. En la mano, colgando de dos dedos, traía el vestido blanco que sabía que odiaba.
—Ponete esto —me dijo, casi como una orden disfrazada de sugerencia.
Me negué al principio, protestando como una nena caprichosa, pero él insistió. Y cuando Mauro insistía... era difícil decirle que no.
Ese vestido era una provocación en sí mismo: tan ajustado que cada curva de mi cuerpo parecía tallada a la vista; tan corto que con cada paso sentía que el borde subía más y más, buscando revelar lo que apenas escondía. El escote, profundo y descarado, apenas contenía mis pechos, haciéndome sentir expuesta, vulnerable. Y para colmo, la tela era tan delgada que todo —todo— se transparentaba: la tanga diminuta que llevaba debajo se marcaba de forma obscena.
Me sentía una puta dentro de ese vestido.
Pero a Mauro le encantaba verme así. Disfrutaba que las miradas se pegaran a mi cuerpo como imanes. Disfrutaba presumirme. Y yo... yo, a pesar del fastidio, terminaba cediendo, como siempre.
De mala gana, terminé de arreglarme. A medianoche salimos para el boliche, Mauro radiante de orgullo, yo sintiendo que debía tirar del vestido a cada paso para no terminar mostrando más de lo que ya dejaba ver.
Cuando llegamos al boliche, ya el ambiente estaba cargado. La música retumbaba en mis entrañas, las luces de neón parpadeaban, y el lugar estaba lleno de gente disfrutando de la noche. Mauro estaba de un humor excelente, como siempre cuando salíamos, pero yo... yo no dejaba de ajustar el vestido cada vez que sentía que me quedaba un poco más corto. Las miradas no me dejaban en paz.
Apenas entramos, Víctor no pudo evitar mirarme con descaro. Lo noté inmediatamente, su mirada fija en mis pechos, en mis caderas. Intentó disimular, pero era imposible. Noelia, a su lado, se tensó al ver la escena, su sonrisa nerviosa casi imperceptible. Aunque éramos amigos, la situación comenzó a volverse incómoda. Unos minutos después, los otros dos amigos, Hernán y Lucas, se unieron al juego y comenzaron a mofarse, soltando comentarios cargados de insinuaciones.
—Oye Mauro —dijo Hernán con una risa burlona—, si no la cuidas un poco mejor, tarde o temprano te la terminamos cogiendo entre los tres.
Las palabras, dichas en voz alta, parecieron hacer eco en todo el grupo. Aunque la risa seguía en el aire, la tensión se palpaba. Yo me sentí incómoda, atrapada entre la incomodidad de la situación y el deseo de que todo volviera a ser como antes: amigos, diversión, sin más.
Mauro, por supuesto, no lo tomó a mal. A mí, sin embargo, me recorrió un escalofrío por la espalda. Noelia ya no estaba sonriendo, y la atmósfera entre todos se volvió algo tensa, algo que no se podía ignorar. Los chicos se sentían cómodos con sus bromas, pero yo no sabía si mi incomodidad era por el vestido, por las miradas o por todo lo que estaba sucediendo en ese preciso momento.
Pasó la noche entre tragos y bailes frenéticos. La música nos envolvía, el alcohol ya corría sin control y todos tratábamos de no pensar en lo incómodo de la situación. Yo bailaba un poco, solo para distraerme, para alejarme de la tensión que empezaba a formarse a mi alrededor. Pero no era fácil. Podía ver cómo los ojos de Víctor seguían clavados en mí, incluso cuando me giraba, y el brillo de incomodidad en los ojos de Noelia no hacía más que crecer.
Al principio, pensé que era solo una mala interpretación mía, pero no. Las palabras no dichas eran claras. La tensión entre ellos era palpable. Noelia no perdía de vista a Víctor, y cada vez que él se acercaba a mí, el ambiente se volvía más pesado. Noelia empezó a lanzar comentarios indirectos, dardos venenosos que no podía evitar escuchar.
—"Qué curioso cómo los hombres no pueden mirar a su esposa sin desear lo que tienen al lado", dijo Noelia en un tono sarcástico, como si esperara que yo no me diera cuenta.
Y aunque traté de ignorarlo, algo en mi interior me dijo que la situación no podía seguir así. ¿Era mi culpa? ¿Estaba siendo la causante de todo este malestar entre ellos? Noelia ya no disimulaba su enfado. Cada vez que Víctor me miraba, su rencor crecía, y sus palabras se volvieron más hirientes. Lo que antes eran bromas y risas, ahora eran acusaciones y enfrentamientos.
Traté de salir del problema, lo llevá a Mauro a bailar lejos del grupo, para tomar distancia. Y en algún momento pusieron un tema muy nuestro, o muy mio, y Mauro insitió a que me subiera a uno de los parlantes a bailar, pero yo no quería. Pero Mauro...
En un abrir y cerrar de ojos estaba ahi, encima del resto, moviendo mi cuerpo transpirado. Sabía que el vestido se subía demasiado, sabía que desde abajo me veían el culo impunemente, mi entrepierna, y el frente de mi tanga, pero que podía hacer? era mi tema, y yo no podía hacerme responsable por el mundo
Solo serviría para empeorar las cosas, Noelia me habia visto a la distancia, y me había visto como una puta calienta pijas
La noche siguió desmoronándose, la atmósfera se volvía insostenible. Noelia y Víctor discutían abiertamente. Yo ya no sabía cuántos tragos había tomado, pero mi cabeza giraba, y todo parecía descontrolado. El ruido, las luces, las voces de fondo… era todo un caos.
Finalmente, al borde de la madrugada, Noelia ya no podía más. Con el rostro enrojecido por la ira y los ojos llenos de lágrimas, levantó la voz.
—¡Ya basta! —gritó, atrayendo las miradas de todos los que estábamos cerca—. ¡Esto no va más!
Los maldijo a todos entre insultos y lloriqueos, mientras sacaba el celular para pedir un Uber. Noelia, furiosa y quebrada por la situación, se despidió con palabras de rabia, caminando hacia la salida sin mirar atrás. La tensión había alcanzado su punto máximo.
Después de que Noelia se fue hecha una furia, el resto simplemente... decidió ignorarla.
Incluso Víctor, que uno hubiera pensado que se preocuparía un poco, parecía más aliviado que afectado. Se encogió de hombros y siguió bebiendo como si nada hubiera pasado. Hernán y Lucas no paraban de hacer chistes sobre la situación, y Mauro, divertido, les seguía el juego.
Yo, por mi parte, traté de seguir la corriente. ¿Qué otra cosa podía hacer? No quería ser la amargada de la noche ni dejar que los enojos de Noelia me arruinaran también a mí. Yo no tenía la culpa de ser mucho mas bonita y mas llamativa que ella. Así que me entregué a la fiesta, a los tragos, a la música que aún golpeaba fuerte en mis oídos, a los bailes descontrolados donde el vestido subía cada vez más y mis piernas brillaban bajo las luces del boliche.
Cuando el sol empezó a asomar tímidamente por las ventanas del lugar, apenas si podíamos mantenernos en pie. Estábamos tan borrachos que las caras de mis propios amigos se veían borrosas, como si estuviéramos dentro de un sueño lento y pegajoso.
Fue entonces que Mauro, envalentonado y eufórico, propuso:
—¡Sigamos la fiesta en casa!
Eu protestei fraco, dizendo que já era tarde, que tava cansada, que era melhor cada um ir pra sua casa. Mas minhas palavras não tiveram peso nenhum entre quatro caras bêbados e excitados pela noite selvagem que a gente vinha vivendo.Mais uma vez, me resignei.
Subimos como deu em dois carros e numa viagem curta, entre gargalhadas, piadas de putaria e corpos se balançando, chegamos em casa.
Mal entramos, o Mauro colocou música alta, os caras pegaram mais bebida na geladeira e continuaram bebendo como se a noite tivesse começando agora.
Eu desabei no sofá, tonta, com o vestido subindo perigosamente pelas pernas, e com uma sensação estranha crescendo no peito: alguma coisa me dizia que essa noite ainda tava longe de acabar.
Minutos depois, entre idas e vindas, entre risadas que eu já nem entendia e doses que não lembrava de ter pedido, tava tão bêbada que perdi o equilíbrio. Senti tudo girar debaixo dos meus pés e, de repente, caí de cara no sofá, de bruços, com um baque seco e desengonçado.
Fiquei uns segundos ali, desorientada, e logo senti o ar frio percorrendo minha pele. O vestido, aquele maldito vestido, tinha subido até minha cintura, deixando minha bunda completamente exposta. A tanga branca mal cobria alguma coisa, mas naquele momento, tão bêbada, eu me sentia praticamente nua.
Sabia que os caras, meus "amigos", já tinham me visto inúmeras vezes de less, naquelas saídas pra praia onde a gente usava biquínis minúsculos. Mas isso era diferente.
Isso era cru.
Isso era obsceno.
Senti todos os olhares cravados em mim. Minha pele ardia. Meu coração batia a mil e uma mistura de vergonha e tontura me invadia enquanto eu tentava me endireitar desajeitadamente. Mas, no movimento, notei algo tão triste quanto o anterior: meu peito direito também tinha escapado do vestido.
Pendurado ali, exposto, enquanto eu, enroscada em mim mesma, lutava pra cobrir ele.
Tentava enfiar ele de volta dentro do tecido, lutando com as mãos atrapalhadas, enquanto ouvia risadinhas abafadas, murmúrios, alguma exclamação que eu não conseguia entender.
Tudo girava ao meu redor, e no meio dessa confusão, uma parte de mim entendia que algo tinha mudado. Que a gente tinha cruzado uma linha. E que não tinha mais como voltar atrás.
Não sei como aconteceu.
Sério, não sei.
Minha mente tá meio embaçada, como se tudo tivesse rolado atrás de uma cortina pesada que não me deixa enxergar direito.
Mas, apesar de tudo, tem imagens, momentos, sensações que voltam como chicotadas soltas.
Lembro de estar de joelhos, cambaleando, com a cabeça baixa, chupando o pau do Víctor.
Sim. Víctor.
Minha boca escorregava desajeitada no pau duro dele, enquanto ele gemia baixinho, rouco. O Mauro tava do lado, com uma cerveja na mão, me olhando como se tudo aquilo fosse um show feito só pra ele.
Eu ouvia ele gritar e aplaudir, como se estivesse torcendo, como se estivesse celebrando.
Depois… outra imagem, outra sensação brutal: alguém tinha puxado minha calcinha fio dental, não sei quem, e eu sentia uma língua quente e faminta se enfiando na minha buceta encharcada.
Era uma sensação tão intensa que eu me arqueava sem querer, gemendo abafada, sem conseguir controlar nada.
Meus bicos ardiam, duros, latejantes, como se tivessem sido chupados, mordidos, apalpados sem parar.
Minha pele era puro fogo, e em algum momento, no meio desse caos, me toquei: eu tava toda molhada.
Toda molhada.
Não sabia se era de prazer, de bebedeira, ou da excitação que tinha vazado do meu corpo, mas eu me sentia escorregadia, úmida, transbordando.
Queria pensar, queria entender, mas tudo era um turbilhão selvagem que me arrastava sem piedade.
Eu podia ter jogado a culpa nos quatro caras, talvez na bebedeira, e até numa falsa inocência, mas eu sabia que tava ali, no lugar certo, exato, ciente dos meus atos, e o pior, saber que eu tava exatamente onde queria estar, fazendo exatamente o que queria fazer
Não sei quanto tempo passou.
Não sei se foram minutos, horas...
Todos os homens estavam em cima de mim, comemorando, rindo, me tocando, me usando como se eu fosse um brinquedo.
Uma boneca bêbada e escorregadia que deixava fazerem de tudo.
Lembro de ver paus pra todo lado, duros, ansiosos, batendo na minha cara, nos meus lábios, nos meus peitos.
E eu, de joelhos, chupando um por um.
Sem parar.
Passando de um pro outro, sentindo o gosto de cada um se misturando na minha língua, na minha garganta.
Às vezes um me puxava pelo cabelo, me empurrava pra frente, fazia eu engolir até me afogar, até as lágrimas escorrerem pelo meu rosto.
Outras vezes, simplesmente esfregavam ele na minha cara, enquanto riam, enquanto diziam coisas que eu não entendia.
Lembro também que me comeram.
Um atrás do outro.
Por frente, por trás.
De todas as maneiras possíveis.
Meu corpo se contorcia entre mãos ásperas, entre investidas selvagens que me faziam gemer sem controle, enquanto eles se revezavam, como se eu fosse um prêmio, uma puta dada no meio da bebedeira.
Senti quando meteram no meu cu.
Sem pedir permissão.
Sem avisar.
Uma dor aguda atravessou meu corpo, misturada com uma excitação suja que me fez tremer.
E também, em algum momento, alguém — não sei quem, já não conseguia distinguir vozes, nem rostos — levantou minhas pernas e fizeram uma dupla penetração.
Senti dois paus me enchendo ao mesmo tempo, um na buceta, outro no cu, se movendo em ritmos desiguais, se chocando dentro de mim, me fazendo gritar até ficar rouca.
Era como se eu já não fosse mais eu.
Era só um corpo aberto, entregue, usado à vontade.
E, o mais perturbador de tudo, é que uma parte de mim... não queria que parassem.
E o pior, o que mais me queima por dentro toda vez que penso nisso...
Era o Mauro.
Meu marido.
Ele era o mais animado de todos.
Era o que mais gritava, o que incentivava, o que ria como um desquiciado enquanto me oferecia, enquanto inventava ideias perversas e malucas pra eles continuarem fazendo de tudo comigo.
Eu via, nesses flashes soltos, ele servindo mais bebidas pra eles, rindo às gargalhadas, gritando pra eles não se segurarem, que eu era a puta de todo mundo naquela noite.
E eu...
Meu Deus, eu não conseguia parar de gozar.
Meu corpo se sacudia entre orgasmos brutais, como se tivesse deixado de ser meu, como se fosse pura necessidade, pura luxúria.
Era como se eu também estivesse fora do meu corpo, de um canto, observando, curtindo aquela puta que se deixava fazer de tudo por todos.
Lembro — ainda sinto — como desfilaram um atrás do outro pelo meu cu.
Abríam minhas nádegas sem nenhum cuidado, cuspiam, metiam de uma só vez enquanto riam, celebrando o quanto larga eu tinha ficado.
Eu ouvia suas vozes, suas provocações:
"Mas olha como ficou o rabo dela, toda aberta a puta..."
"Essa é uma verdadeira puta de academia, Mauro..."
E ele só ria, brindava, incentivava a continuar.
Não conseguia reagir, não conseguia me defender.
Eu estava entregue, perdida entre o prazer e a bebedeira.
E acho — embora tente não pensar muito nisso — que tiraram fotos minhas.
Sim.
Lembro dos clarões dos flashes, das risadas, dos comentários obscenos enquanto eu continuava ali, aberta, exposta, usada como nunca na minha vida.
Acordei sem saber onde estava.
O sol batia direto na minha cara, brutal, como um tapa.
Doía tudo.
Minha cabeça pulsava como se fosse explodir, meu corpo pesava uma tonelada...
Mas não era só a ressaca.
Meus mamilos ardiam, inchados, sensíveis até com o roçar do lençol.
Doía minha buceta, inchada, machucada, sensível.
E, acima de tudo, doía meu cu.
Uma dor profunda, dilacerante, como se tivessem me partido ao meio.
Tentei me mexer e senti uma umidade pegajosa entre as pernas, entre as nádegas, nos meus peitos...
Era como se tivesse esperma seco em cada canto do meu corpo.
Engoli saliva —ou tentei— e foi aí que veio um flash que revirou meu estômago:
me vi engolindo porra.
Muita.
Passando de uma rola pra outra, bebendo os jatos quentes sem parar.
Um arrepio de horror atravessou meu corpo.
Lembrei, como um chicote, que ninguém tinha usado camisinha.
Nada.
Tudo no pelo.
Na minha boca, na minha buceta, no meu cu.
Sentei de repente, o corpo gritou de dor, e ali, no meio daquela confusão nojenta, vi o rosto do Mauro se desenhar na minha mente.
Sorrindo.
Incentivando eles.
Aplaudindo enquanto me enchiam entre todos.
Senti que ia vomitar. Fui pro banheiro. Me agarrei no vaso como quem se agarra a uma alma perdida num confessionário, de joelhos, implorando por uma redenção que eu não merecia.
Os dias seguintes foram um inferno.
Algo tinha quebrado naquela madrugada. Algo que já não tinha conserto.
Não precisava falar. Dava pra sentir no ar.
Mauro me olhava diferente. Como se eu fosse outra pessoa. Como se eu desse nojo.
Como se, de repente, a mulher que ele amava tivesse virado uma puta qualquer.
Eu tentava me defender.
Tentava fazer ele enxergar que ele tinha começado tudo.
Que ele tinha me obrigado a usar aquele vestido maldito.
Que ele tinha rido, incentivado, brindado enquanto me passavam de mão em mão como se eu fosse um brinquedo.
Que nunca, nem por um segundo, ele tentou parar nada.
Mas ele não queria ouvir.
Me cortava na hora.
Dizia que era fácil culpar ele, que ninguém tinha me obrigado a abrir as pernas, a chupar paus como uma desesperada.
Que se eu era tão fácil assim, era porque sempre fui.
A tensão se infiltrava em tudo, até na cama.
No começo, a gente tentava transar como antes, buscando um pouco de normalidade, algo que nos trouxesse de volta ao que a gente era.
Mas era impossível.
Mauro mal me tocava, e quando tocava, eu sentia ele frio, distante, quase como se fizesse por obrigação.
Mais de uma vez, ele tentou me penetrar e simplesmente não conseguiu.
O pau Ela não respondia.
A raiva, o nojo, a fúria, tudo se intrometia.
A gente terminava cada um virado pro seu lado da cama, como dois inimigos, como dois estranhos.
Cada briga era pior.
A gente gritava coisas horríveis um pro outro.
Ele me chamava de "slut", "nojenta", "merda de mulher".
E eu chorava, me defendia, xingava ele de volta, despejando tudo que tava entalado.
A casa, antes cheia de risada, de rotina, daquela camaradagem nossa, virou um campo de batalha.
Uma guerra fria primeiro, e depois uma guerra aberta, suja, sem piedade.
Até que um dia...
Não teve mais grito.
Nem mais choro.
Nem mais cobrança.
Só silêncio.
Mauro pegou umas coisas numa mochila e vazou.
Simples assim. Como no dia que ele chegou, como aquele começo, agora era um fim.
E eu fiquei ali, sozinha, olhando a porta fechar.
Com um nó na garganta.
Com a cabeça a mil.
E me perguntei, que nem uma idiota:
Será que a culpa é minha?
Os meses passaram.
E a dor, mesmo diferente, continuava ali.
A casa ficou grande demais pra mim sozinha.
Os dias passavam que nem um suspiro, sem sentido, sem rumo.
Voltei pra academia, que nem uma boneca, buscando na rotina um pouco de consolo.
Mas já não era a mesma.
Os olhares, os cochichos pelas costas, o peso da vergonha... tudo tava ali, como uma sombra que não me largava.
Às vezes, eu esbarrava com algum deles.
Com o Víctor, com os outros.
Às vezes, eles baixavam o olhar.
Outras, sorriam torto.
Como se lembrassem bem demais de cada segundo daquela noite.
Eu só acelerava o passo e fingia que não via.
Mauro não voltou.
Nunca mais.
Nem uma mensagem.
Nem uma explicação.
E, no fundo, eu sabia que era melhor assim.
Ia adiantar o quê?
De vez em quando, nas noites mais escuras, eu acordava encharcada de suor, revivendo tudo.
Lembrando de cada risada, cada empurrão, cada palavra suja sussurrada no meu ouvido.
Lembrando da cara do Mauro me olhando enquanto outros me... usavam.
E eu ainda me perguntava, em silêncio, abraçada no meu travesseiro:
E eu tenho culpa?
Porque, no fim das contas, mesmo que quisesse culpar o álcool, o vestido, a festa, o próprio Mauro...
A verdade é que, num cantinho secreto da minha alma, eu tinha gostado.
Mesmo que fosse por um segundo.
Mesmo que fosse por um suspiro.
E isso... isso era algo que eu nunca ia conseguir perdoar em mim.
Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título E EU TENHO A CULPA? para dulces.placeres@live.com
0 comentários - E eu que tenho culpa?