Olhos que não veem

Total libertad para comentar lo que quieran
Esperamos sean de vuestro agrado

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5909834/Erotismo-en-B-N---01.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5930158/Erotismo-en-B-N---02.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5962854/Erotismo-en-B-N---03.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5981636/Erotismo-en-B-N---04.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5997767/Erotismo-en-B-N---05.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6004665/Erotismo-en-B-N---06.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6041938/Erotismo-en-B-N---07.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6075224/Erotismo-en-color---08.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6084997/Erotismo-en-color---09.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6099556/Erotismo-en-color---10.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6110497/Erotismo-en-color---11.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6116242/Erotismo-en-color---12.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6131873/Erotismo-en-color---13.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6166354/Erotismo-en-color---14.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6175748/Erotismo-en-color---15.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6196209/Erotismo-en-color---16.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6211165/Erotismo-en-color---17.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6218344/Erotismo-en-color---18.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6221055/Erotismo-en-color---19.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6229944/Erotismo-en-color---20.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6236841/Erotismo-en-color---21.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6242993/Erotismo-en-color---22.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6257813/Erotismo-en-color---23.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6263980/Erotismo-en-color---24.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6267616/Erotismo-en-color---25.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6299343/Erotismo-en-color---26.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6304941/Erotismo-en-color---27.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6311358/Erotismo-en-color---28.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6321113/El-culo-de-mi-mujer---compilado.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6338352/Erotismo-en-color---29.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6345844/La-concha-de-mi-mujer---compilado.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6355862/Erotismo-en-color---30.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6367959/Erotismo-en-color---31.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6380286/Erotismo-en-color---32.html


OJOS QUE NO VEN


No sé exactamente en qué momento dejé de importarle a los demás. Tal vez fue cuando empecé a engordar. O cuando dejé de teñirme el pelo con regularidad. O cuando me convencí de que los hombres ya no eran para mí, que no tenía sentido volver a intentarlo. Lo cierto es que un día me di cuenta de que era invisible.

Me llamo Sandra. Tengo 47 años, aunque se que aparento muchos más. Mi exmarido se fue hace ya casi una década con una mujer más joven, más flaca y más viva que yo. Nunca volví a tener pareja, ni siquiera una aventura. Lo decidí así. El dolor se me instaló como una humedad interna y, con el tiempo, me fue calando el cuerpo. Cambié el buen sexo por una buena comida. Comía para calmar la angustia, para no pensar, para dormir sin soñar.

Trabajo en un organismo del Estado, en una oficina gris, detrás de un escritorio que ya siento parte de mi cuerpo. Atención al público. O, mejor dicho, atención a la impaciencia, a los reclamos, a las caras largas. Hace años que hago el mismo recorrido: seis cuadras desde mi casa hasta la oficina cada mañana, y otras seis al volver. Siempre sola. Siempre con los mismos zapatos cómodos, la cartera colgando del hombro, la cabeza baja.

La rutina me protege. Nadie espera nada de mí, y yo no espero nada de nadie.

Y una mañana cualquiera, de esas en las que ya camino por inercia, con el piloto automático de la resignación, lo vi.

Fue apenas un cruce fugaz. Se acercaba por la vereda opuesta, y me llamó la atención sin saber por qué. Tal vez por su andar, por la postura erguida, por la forma en que sostenía el maletín con una mano y el celular con la otra, como si todo en él estuviera medido, preciso, contenido. No lo miré demasiado, apenas un par de segundos, como quien espía sin querer, pero algo me quedó zumbando.

Era un hombre de unos sesenta, alto, sin abdomen prominente como la mayoría. Bien vestido, con una camisa clara que se adivinaba impecable debajo de un saco gris oscuro, pantalones que le calzaban perfectos, zapatos lustrosos. Caminaba con decisión, pero sin apuro. Y aunque no nos miramos directamente, sentí —no sé cómo explicarlo— que él también me había registrado. Fue solo una intuición. O un deseo.

Esa noche no dormí bien. Soñé con un aroma que no reconocía, uno masculino, envolvente, embriagador. Y cuando desperté, su imagen volvió, nítida, como si se hubiese instalado en un rincón nuevo de mi memoria.

A la mañana siguiente, salí unos minutos antes. Caminé con más atención. No con ansiedad, no... con curiosidad. Me llevé los lentes de sol, aunque no hiciera falta. No por coquetería —hace años que ya no intento agradar— sino para verlo sin que lo note, si acaso lo volvía a cruzar.

Y sí, ahí estaba.

Esta vez, más cerca. En la misma vereda, viniendo de frente. Cuando pasó a mi lado, me llegó su perfume. Dios. Ese perfume. No era fuerte, no era invasivo. Era como él: elegante, seguro, sobrio. Sentí que algo dentro mío se estremecía, algo que creía dormido, si no muerto.

Lo miré en detalle protegida tras los lentes. Ojos azules. Pelo entrecano, perfectamente afeitado. La barba sugerida, milimétrica. La piel cuidada. Era un hombre que se sabía atractivo, pero que no necesitaba demostrarlo. Y yo… yo sentí una punzada entre las piernas. Una sensación olvidada. Una atracción que me descolocó.

Seguí caminando como si nada, pero el corazón me latía como si hubiese corrido las seis cuadras. Ese día, en la oficina, no pude concentrarme

Los días siguientes, los cruces se volvieron parte de mi rutina. Mejor dicho, se convirtieron en la rutina. Lo buscaba con la mirada desde que salía de casa. Ajustaba el paso para coincidir, para alcanzarlo o para pasar justo al mismo tiempo. Nunca lo saludé, claro. Nunca me animé a tanto. Pero sí empecé a probar pequeños gestos, pavadas: el pelo más suelto, un poco de labial discreto, la blusa desabrochada un botón más de lo habitual. Hasta me compré una crema perfumada que no usaba desde hacía años.

Y sin embargo, nada.

Él no me veía.

Me pasaba al lado como si yo fuera parte del paisaje, como si mi cuerpo no ocupara espacio. Como si mis ojos no lo buscaran con hambre. Al principio dolía. Luego me conformé con observarlo. Inventé una vida para él. Lo imaginé abogado, arquitecto, gerente. Divorciado o viudo. Reservado, culto, atento. Lo imaginé bajando las escaleras de un despacho elegante. Lo imaginé sonriendo, haciéndome una pregunta, tomándome del brazo.

Y sí, también lo imaginé dentro mío.

No me pasaba desde hacía años. No me animaba a tocarme porque me sentía fea, porque mi cuerpo me molestaba. Pero esa noche, después de un cruce particularmente frustrante en el que él directamente miró su celular cuando pasamos, sentí una ansiedad insoportable. No era tristeza. Era deseo.

Me metí en la cama temprano, con la casa en silencio. Cerré las persianas, apagué las luces, me desnudé lentamente. Me detuve en mis pechos, que habían perdido firmeza pero no sensibilidad. Me acaricié con los ojos cerrados, con la yema de los dedos rodeando mis pezones hasta que se endurecieron como cuando era joven, como cuando mi marido aún me hacía el amor con ganas. Sentí un cosquilleo que me hizo temblar.

Mi mano bajó despacio por el vientre, pero no me toqué entre las piernas. Aún no. Me levanté. Fui hasta la cocina.

En el segundo cajón, junto a los utensilios que casi no uso, estaba el palo de amasar. Lo saqué con cuidado. Estaba limpio. Frío al tacto. Me lo llevé a la habitación.

Volví a acostarme y lo coloqué sobre el abdomen. Cerré los ojos y lo imaginé como si fuera su miembro, duro, grueso, tibio. Lo deslicé despacio por mi piel, de abajo hacia arriba, hasta que rozó los pezones otra vez. Solté un gemido leve, casi avergonzado. Lo apreté contra mis pechos, lo acaricié con las dos manos, lo besé.

No llegué a más. No esa noche. Me corrí las sábanas y lloré en silencio.

Pero algo se había despertado en mí.

Fue un día como cualquiera. Uno más entre montones de formularios, quejas y papeles manchados de café. El aire acondicionado apenas funcionaba y mis párpados pesaban. Tenía el cuerpo en la silla, pero la mente lejos. Pensando en él, como cada mañana. En sus manos, en su perfume, en esa sonrisa que nunca me dedicaba. Fantaseando con escenas imposibles mientras sellaba planillas como una máquina vieja.

Y entonces, lo escuché.

—Buen día… ¿Me podrías ayudar con esto?

Esa voz. Esa voz grave, con pausa, con presencia.

Levanté la vista despacio, con miedo de estar imaginándolo.

Y no. No era un sueño. Era él.

En carne y hueso. Frente a mí.

Tuve que hacer un esfuerzo por no quedarme con la boca entreabierta. Sentí un sacudón interno, como si una mano invisible me hubiese hundido los dedos en el estómago. Tragué saliva. Me acomodé en la silla. El corazón latía como si hubiera salido corriendo seis cuadras bajo la lluvia.

—Claro… —balbuceé—. A ver…

Él dejó sobre el escritorio unos papeles desordenados. Su perfume me invadió de nuevo. Más fuerte. Más cercano. Tuve que contener un suspiro.

—Soy Enrique —dijo, tendiéndome la mano.

Y yo me quedé congelada. Enrique. Tenía nombre. Voz. Temperatura.

—Sandra —respondí, con una sonrisa que intentaba no parecer de idiota. Con la rareza de que alguien se presentara con cortesía donde nadie lo hace, donde no es necesario. Y solo quise volar...

Me miró a los ojos. Un segundo apenas, pero lo suficiente para que todo en mí vibrara. Me esforcé por mantener la profesionalidad, aunque me temblaban los dedos. Atendí su trámite como si fuera el único del día. Hasta le expliqué de más, para prolongar el momento. Él parecía amable, agradecido, atento. Y cuando se fue, con un "gracias, Sandra", sentí que el mundo se detenía. Me quedé mirando la puerta cerrarse, con el pecho agitado y una humedad tibia entre las piernas.

Esa tarde no volví caminando por la misma ruta de siempre. Me desvié, sin pensarlo. Crucé a la verdulería de la esquina. No necesitaba nada, pero me encontré eligiendo frutas con obsesión. Uvas, frutillas, un par de manzanas. Y zanahorias. Las más grandes. Las más gruesas. Las toqué con los dedos como si fueran de cristal. Una anciana me miró y me dio la sensación de que podía leerme los pensamientos. Apreté el bolso y salí rápido.


Olhos que não veemMas não fui direto pra casa.
Passei na farmácia.
Andei pelos corredores fingindo que procurava alguma coisa. Peguei uns cremes, uns esmaltes. E aí, sem pensar muito, peguei uma caixa de camisinha. Fui até o caixa com o coração batendo feito louco.

— É pra minha filha — falei, sem ninguém ter perguntado. A farmacêutica mal levantou os olhos.
— Claro — respondeu, seca, cobrando sem julgamento.

Saí de lá com as bochechas pegando fogo. Me senti ridícula, mas excitada. Como se tudo que eu tava fazendo fizesse parte de um plano secreto. Como se alguma coisa tivesse se formando dentro de mim.

Naquela noite, assim que cruzei a porta de casa, soube exatamente o que ia fazer. Não foi uma ideia pensada, nem mais uma fantasia. Foi uma urgência. Uma fome antiga que voltava com tudo.

Me despi com pressa. Roupa no chão, sem cerimônia. Fui pra cozinha, peguei a cenoura mais grossa, a mesma que tinha escolhido sem vergonha na quitanda, e lavei com cuidado. Não por higiene, mas por tesão. Sequei com uma toalha macia, enrolei numa das camisinhas e levei pro quarto como quem leva um tesouro.

Me deitei nua na cama, com as pernas abertas como não fazia há anos. Passei a mão nos peitos com desespero. Apertei os bicos com força, beliscando, girando, puxando como se tivesse provocando meu próprio corpo a acordar. E ele acordou. Com um ardor gostoso entre as pernas. Molhada. Pronta.

Levei a cenoura até minha buceta e esfreguei primeiro no clitóris, devagar, em círculos. Senti o corpo tenso. A pressão aumentando. A necessidade também. Não esperei mais. Enfiei ela pra dentro de mim. Devagar. Com cuidado. Mas sem parar. Senti ela me preencher até o fundo. Como não sentia há anos.

Me mexi. Empurrando. Tirando só um pouco. Metendo de novo. Fechei os olhos. Imaginei que era o Enrique quem tava me metendo. Que era o corpo dele que me abria com força. A respiração dele no meu ouvido. O perfume dele no meu pescoço.

Com a mão livre acariciei minhas nádegas. Apertei, percorri como se fossem as mãos dele. Enfiei os dedos entre as dobras, devagar. Imaginando que era ele quem me abria. Que ele me possuía. Levei dois dedos ao cu, com suavidade primeiro. O ânus cedeu aos poucos, morno, expectante. Não precisava de mais. Não queria mais.

A cenoura continuava enterrada dentro de mim, encharcada. Mexi com força enquanto esfregava o clitóris com a outra mão. Firme. Sem pausa. Gemendo como uma puta desesperada. A mistura era explosiva. Meu corpo todo em alerta. Cada músculo tremendo.

O primeiro orgasmo me fez gritar.

O segundo me fez arquear as costas.

O terceiro me nublou a visão.

O quarto me fez chorar sem lágrimas.

O quinto sacudiu minhas coxas.

E o sexto me deixou vazia.

Vazia e satisfeita.

A cenoura ficou dentro de mim, enfiada naquele lugar onde se misturam vergonha e prazer. Meus dedos ficaram mornos, úmidos, trêmulos. Meu corpo vencido sobre os lençóis. Meu peito subia e descia com violência.

Adormeci assim.

Com a pussy aberta.

O clitóris pulsando.

O cu sensível.

E um sorriso imborrável na boca.

Naquela noite não sonhei com o passado.

Naquela noite sonhei com o que viria.

Na manhã seguinte acordei com o corpo dormente, as pernas ainda abertas, o lençol molhado entre as coxas e a alma ainda flutuando. Levantei como pude, tomei um banho demorado, sem pressa, sentindo a água percorrer cada canto ainda sensível. Quando saí do banheiro, a cenoura estava na mesinha de cabeceira, enrolada num papel toalha, como um troféu sujo de guerra.

Me vesti sem entusiasmo, como todo dia. Mas algo tinha mudado. Me sentia mais viva. Mais desperta. Mais minha.

Saí na rua e, como todas as manhãs, fiz aquelas seis quadras até o órgão público. No meio do caminho, como um relógio, o vi. Alto, elegante, com aquele andar pausado, sua pasta de couro desgastada, seu paletó bem cortado. Enrique. Vinha de frente. E dessa vez, ele me olhou. De leve.

Um movimento sutil de cabeça. Um sorriso quase imperceptível. Um cumprimento mecânico. De cortesia.

—Bom dia —disse ele, sem parar.

E seguiu andando.

Eu fiquei paralisada por uma fração de segundo. Olhei ele se afastar. Senti o coração apertar e, ao mesmo tempo, algo derretendo entre as pernas.

Essa foi a rotina nos dias seguintes. Cada encontro, ele cumprimentava com a mesma fórmula: um gesto educado, meio frio, como se custasse a me ignorar por completo. E eu… eu me desmanchava por dentro. Era o suficiente. Um segundo da voz dele bastava pra meu corpo inteiro queimar o dia todo.

Fiquei viciada nele.

Na imagem dele.

No perfume dele.

Naquele cumprimento sem alma que eu transformava em promessa.

Me pegava procurando ele a cada passo, toda manhã, feito uma adolescente sem jeito. E toda noite eu me vingava na cama, no sofá, no chuveiro, com o que tivesse à mão. Às vezes com meus dedos, outras com algum legume que começou a aparecer na despensa por um capricho doido. Sempre ele na minha cabeça. O olhar dele, a voz dele, a falta de desejo dele.

Eu me tocava com fúria.

Mordia os lábios até sangrar, os bicos dos peitos até doer. Me abria inteira e me revirava na desesperação de saber que não era pra mim. Que nunca seria.

E mesmo assim não conseguia parar de desejar ele.

Cada cumprimento distante era um orgasmo adiado.

Cada manhã, uma tortura doce.

E cada noite, uma explosão inevitável.

Foi uma manhã como tantas. Rotina. Café com leite morno. A mesma calça preta. O mesmo espelho que já nem me devolvia nada. O mesmo trajeto. As mesmas seis quadras. O mesmo ar pesado de repartição pública. Cumprimentei o porteiro, arrumei meus papéis, sentei atrás do balcão. Esperei. Como sempre.

Até que ouvi a voz dele.

Grave, educada, máscula.

—Bom dia, Sandra.

E por um segundo minhas pernas tremeram. O coração subiu pro peito. O sangue bateu nos meus ouvidos. Alisei o cabelo com os Dedos, engoli saliva, respirei fundo. Levantei o olhar com um sorriso que não consegui disfarçar.

E lá estavam eles.

Ele... e ela.

De braço dado.

Alta. Elegante. Impecável. Daquelas mulheres que parecem projetadas, não nascidas. Pele perfeita, lábios macios, um perfume caro que inundou o ambiente só de se mexer. Ela tinha o braço enroscado no de Enrique com uma familiaridade que doía.

— Minha esposa precisava resolver uns documentos — ele disse, como se me desse uma facada com luva de seda.

Ela me olhou de leve, com educação. Sorriu como quem sorri pra uma atendente de banco ou pra caixa do supermercado. Não tinha maldade, não tinha desprezo. Só distância. Um mundo de diferença.

Eu assenti, fiz meu trabalho. Peguei os papéis. Fui eficiente. Correta. Fingi normalidade. Mas por dentro, eu morria. Me partia.

Vi ela olhar pra ele com aqueles olhos que eu jamais teria.

Vi ele devolver o olhar com um amor tão óbvio, tão natural, que doía.

E entendi.

Entendi que tudo tinha sido meu. Só meu.

Minha fantasia.

Meu delírio.

Minha necessidade de me agarrar a algo. A alguém. A uma ideia. A um perfume no ar. A um sorriso vazio. A uma voz sem promessa.

Quando foram embora, fiquei olhando a cadeira vazia na minha frente. E senti algo dentro de mim murchar, como um balão furado. Um ar pesado, azedo. Não era ciúme. Não era raiva. Era... tristeza. Um vazio antigo que se abria de novo. Mais fundo.

Ri sozinha. Baixinho.

— Que idiota — murmurei.

Guardei os papéis. Levantei. Fui ao banheiro. Me olhei no espelho. Olhos inchados, maquiagem borrada, os fios brancos mal cobertos. Me vi por inteira. Finalmente.

E prometi a mim mesma esquecer ele.

Esquecer os olhos dele.

Esquecer essa fantasia idiota que inventei pra não me sentir tão sozinha.

Saí do banheiro. Prendi o cabelo num coque. Voltei pra mesa. Sentei. Respirei fundo. A fila continuava lá. As mesmas pessoas. Os mesmos rostos. A mesma vida.

E ali fiquei.

Atrás do vidro.

Atrás de mim.

Atrás do que sou. No fim das contas, aquele estranho por quem eu me apaixonei só tinha olhos pra sua love, porque no que me diz respeito, pra mim, ele sempre teria OLHOS QUE NÃO VEEM.

Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título OLHOS QUE NÃO VEEM para dulces.placeres@live.com

0 comentários - Olhos que não veem