No dejes de pasar por mi mejor post
http://www.poringa.net/posts/imagenes/4084661/Mi-amada-esposa.html
No te vas a arrepentir!
Apenas tenía quince cuando me casé con Atilio, fue con el consentimiento de mis viejos porque hacía tiempo que lo conocían y había calado hondo en la familia y lo querían como a un hijo.
Demás está decir que fue mi primer hombre, el me llevaba seis años y nos habíamos conocido por un amigo en común.
El trabajaba en una importante empresa que daba servicios de limpieza a otras empresas, como ser por ejemplo industrias, hoteles, dependencias gubernamentales. El básicamente participaba en las cuadrillas que limpian vidrios desde afuera de los edificios, esos que uno ve típicamente en las películas y que inspiraron tantas escenas de comicidad ó disparatadas tomas de acción.
Todo iba bien entre nosotros, éramos el matrimonio perfecto, cuando llegaba a mis veinte años estábamos planificando tener nuestros primer hijo, sencillamente dejamos de cuidarnos, y una macabra pirueta del destino cambiaría para siempre nuestras vidas.
Cuando esa mañana tocaron a mi puerta, jamás imaginé escuchar lo que escucharía, al otro lado, un par de compañeros de trabajo me pondrían al tanto que mi esposo había tenido un severo accidente, los sistemas de seguridad habían fallado, había caído de una altura considerable golpeando con varios objetos a su paso…
Lo siguiente que recuerdo es que volvía en mí luego del desmayo, él estaba vivo, pero demasiado golpeado por los impactos, era un milagro que no hubiera muerto.
Atilio no salió muy bien parado de ese accidente, entre varios percances había golpeado su pene de tal forma que de milagro no se lo amputaron, quedó totalmente impotente, sin sensibilidad, una pierna con severas secuelas, al punto de llevarla casi a la rastra y tener que valerse de un bastón para poder movilizarse. Imaginen el tiempo que le llevó reponerse de varias fracturas, hematomas y contusiones, tuvieron que intervenirlo quirúrgicamente unas seis veces en distintas partes del cuerpo.
Cuando todo había pasado, concluí que estaría atada de por vida a una sombra de hombre, con profundos trastornos psicológicos y asistencia casi permanente, era común que despertara gritando por las noches, sudado, angustiado, llorando, el era muy fuerte y soportaba con hombría los dolores permanentes de su maltratado cuerpo.
Nos fuimos arreglando con el tiempo, Atilio era muy hábil con la lengua, con los dedos, incluso usando juguetes, pero me faltaba algo, no podía evitarlo, ambos lo sabíamos y para él el hecho de ser tan joven y tener su vida sexual terminada era sencillamente devastador.
Los años fueron dañando nuestra relación, como mujer no podía dejar de añorar una buena verga en mi interior, y las cosas se fueron complicando día a día, el amor que sentía por él se fue mezclando con lástima, al punto de no saber bien donde estaba parada.
A todo esto nuestra situación económica era de lo peor, Atilio se había jubilado por su discapacidad permanente, la paga era miserable y yo pasaba demasiado tiempo en su cuidado, hacía algo de repostería para ganarme unos pesos, pero era poco y nada.
Don Enrique, era el dueño de la empresa donde mi esposo se había accidentado, y tal vez por un tema de remordimiento y compasión nos visitaba cada tanto, para dejarle algunos trabajos administrativos que Atilio podía hacer desde casa y a cambio nos dejaba algunos pesos.
Este señor, tenía más de sesenta años, luego de tantas visitas había una afinidad entre ambos y se quedaban unas horas hablando de todo un poco. A mí me ponía bastante nerviosa, porque a pesar de ser bastante rellenita tengo una cola un tanto llamativa, y siempre sentía los ojos del viejo clavados en mi cuerpo, con mirada lasciva.
Una tarde, cuando la confianza era más que suficiente, estábamos en la cocina, sentados los tres, y palabras van palabras vienen se dio el siguiente diálogo:
- Es así mi amigo Atilio, todas las mujeres son prostitutas, todas tienen su precio
- No don Enrique, no todas, no coincido
- Todas, Atilio, todas… pesos más, pesos menos, todas corren tras el dinero
- No, no, mi esposa por ejemplo, ella jamás lo haría…
Lo miré a Atilio con un dejo de protesta, por qué diablos tenía que meterme en la conversación, los ojos del viejo se clavaron en mí, no le gustaban los desafíos, sacó su billetera y poniendo unos billetes sobre la mesa preguntó:
- María, este dinero será tuyo si me pegas una buena mamada
- Por quién me toma? Yo no soy así…
Metió la mano en la billetera y tiró unos billetes más sobre la mesa
- Y ahora?
- No! dije que no! puede poner todos los billetes que quiera…
El viejo insistió, un par de veces, Atilio y yo nos mirábamos ya con dudas, realmente era demasiado, cuanta falta nos hacía, pero no quería dar el brazo a torcer. Al fin don Enrique pareció cansarse y dijo al tiempo que tomaba el dinero
- Bueno, parece que ustedes ganan…
Pero Atilio apuró apoyando la base del bastón antes que el viejo pudiera recogerlo
- Está bien, usted gana…
Nos miramos con complicidad, sabiendo porque lo hacíamos, conduje al anciano al dormitorio mientras Atilio encendía el televisor para aislarse de la situación
Desabroché los pantalones, bajé el cierre y palpé su bulto, realmente estaba desesperada por chupar una buena verga, y don Enrique sí que tenía una buena verga…
Se sentó sobre la cama y yo me arrodillé en el piso, entre sus piernas, su pija fina pero larga, extremadamente blanca, la llevé a mi boca, se la lamí, una y otra vez, que bien se sentía! No me importaba que fuera un anciano, hacía tiempo que había olvidado lo que era un hombre.
Sentí su sabor, la acaricié, la admiré, aprecié sus largos y caídos testículos, había pasado media hora, la pija del viejo no terminaba de ponerse dura, es más, ni siguiera amagaba con hacerlo y comencé a cansarme, evidentemente había perdido la gracia del principio y solo buscaba que esto se terminara.
Don Enrique percibiendo la situación me apartó con cariño y me dijo:
- Listo querida, ves? Sos tan puta como cualquiera, solo quería probarlo…
Essa jornada foi a porta para que as coisas mudassem. Logo depois, recebi do velho uma proposta de trabalho, como secretária.
Comecei a trabalhar, e a relação ficou séria. Nunca falamos daquele dia, mas pouco a pouco a relação com meu marido foi esfriando. Conheci José Luis, filho do Enrique, um quarentão grisalho. Fui me apaixonando por aquela vida: havia dinheiro, havia poder, havia luxos. Pouco a pouco criei meu castelo de vidro, me permiti sonhar novamente. Chegou um ponto em que voltar para casa era um saco, o quase inválido estava cada vez mais exigente, seus ciúmes cresciam e ele ficava birrento.
José Luis tinha se transformado no meu objetivo, eu estava decidida, custasse o que custasse.
Uma tarde o velho me chamou no escritório. Pai e filho estavam sentados frente a frente, com a mesa entre eles. Fiquei de pé em frente a ele, colada no José Luis. O velho perguntou, lembrando-me daquela tarde…
— Maria… meu filho quer saber quanto custa sua bunda, se é que está à venda, claro…
Enquanto isso, a mão do José Luis apertava com força minha nádega esquerda. Tirei rápido, me sentindo ofendida. Ambos riram às gargalhadas…
O dinheiro começou a cair sobre a mesa. De novo, a mesma jogada. Não tenho vergonha, aceitei de novo…
Seu Enrique saiu, fechando a porta atrás de si. O quarentão estava a sós comigo. Sabia que era minha chance, tinha que ser bem complacente, custasse o que custasse…
José Luis se moveu sobre as rodas da cadeira. Eu fiquei em pé, encostada na mesa. Senti ele chegar atrás de mim. Empinei a bunda, sabia onde ele queria chegar. Suas mãos seguraram meus glúteos com firmeza. Deixei ele levantar minha saia, deixei ele baixar minhas meias-calças, deixei ele puxar minha calcinha, deixei ele brincar com minha bunda nua, deixei ele passar a língua pela minha buceta, pelo meu ânus. Só olhava o dinheiro que estava sobre a mesa.
Me entreguei a ele, que ficou atrás de mim, me prendendo contra a borda da mesa, beijou Minha nuca, minha orelha, virei um pouco a cabeça para que meus lábios alcançassem os dele, passei uma mão para trás para acariciar o pau dele que estava duro e ameaçador. Por sua vez, suas mãos haviam se infiltrado sob minha blusa, sob meu sutiã, para apertar com força meus seios. Ele mordeu com rudez meus ombros, eu me sentia excitada, quente, tanto tempo sem ter um pau duro no meu interior, no profundo, ainda por cima me dariam bom dinheiro…
A ponta do pênis dele se apoiou no meu esfíncter, exercendo pressão suficiente para derrubar minhas defesas. Fui me relaxando, empurrei também para trás, que delícia! Suspirei aliviada quando ele se enterrou na minha profundidade, a se mover dentro de mim, entrando, saindo. Tentei contrair meu músculo para aproveitar ao máximo, abafava meus gemidos que poderiam delatar a situação além das paredes do lugar.
Ele me pegou de surpresa mudando de buraco, passou para minha buceta que derretia como um pedaço de gelo ao sol. Passei minha mão sob a calcinha para acariciar com ritmo meu clitóris, já não lembrava como era ter um bom pau no interior, duro, quente. Minha buceta oferecia orgasmos intermináveis provocados por essa espada que fincava fundo. Não pude evitar gritar quando meu clitóris explodiu em pedaços, jogando meu torso abatido sobre a mesa. Estava suada, desalinhada, minha bunda ficou à disposição dele. José Luis, percebendo que eu tinha aproveitado o suficiente, tomou a iniciativa de novo, voltou ao meu cu, enterrando de uma vez, até o fundo. Ele tirou e repetiu o mesmo, só que na minha argola, e voltou ao cu, e à argola. Uma metida e mudava de buracos, ele ficava excitado, eu adorava, de um lado pro outro, uma e outra vez, ele me arrebentava ambos os buracos…
Depois voltou à sua cadeira e me obrigou a ir entre suas pernas. Me acomodei como antes me acomodara aos pés do pai dele. Ele me fez chupar, essa sim estava bem dura, gostei de lamber. Ele me pegou pelos cabelos e brincou ritmicamente na minha boca, só sentia ele entrando e saindo, seu gosto de homem, sua firmeza, ele me disse para ficar tranquila, que ele me avisaria, foi um erro, de repente um tsunami de porra inundou minha garganta, o gosto horrível do sêmen dele me provocou um enjoo imediato, largando seu pau ao mesmo tempo que, com ânsias, deixava o gozo cair no chão.
José Luis, durante tudo isso, não teve ideia melhor do que jogar seus últimos jatos na minha cara, meus olhos, meu nariz…
Ele ria de um jeito macabro enquanto eu me limpava como podia e recompunha minhas roupas…
Os cinco anos seguintes significariam uma reviravolta na minha vida, esqueci Atílio, abandonando-o à própria sorte, fui morar com José Luis, me embriaguei com a fama, com o dinheiro, com o poder, fui sua esposa, vivi uma nova vida, tive o filho que tanto desejei, me dei os prazeres que sempre me privei, achei que estava nos trilhos, até aquela manhã…
Fui cedo ao escritório do meu marido, ao abrir a porta o surpreendi junto com Penélope, uma de nossas secretárias, ela agora ocupava meu lugar, ajoelhada a seus pés e chupando seu pau, ele tentou me impedir de fugir, mas as calças abaixadas impediram que ele me alcançasse, corri pelo escritório chorando como uma menininha, me sentei sozinha, encolhida num canto, para afogar as mágoas.
De repente, uma mão suave apoiou-se na minha cabeça, ao levantar o olhar encontro o velho, o senhor Enrique, que já estava muito velho e mal conseguia carregar o próprio corpo, passando seus dedos ásperos pelas lágrimas da minha bochecha, ele me disse:
- Te falei há tempos, não aprendeu a lição? Todas as mulheres são putas, todas têm seu preço…
Se você é maior de idade pode me escrever com o título ‘DINHEIRO’ para dulces.placeres@live.com
http://www.poringa.net/posts/imagenes/4084661/Mi-amada-esposa.html
No te vas a arrepentir!
Apenas tenía quince cuando me casé con Atilio, fue con el consentimiento de mis viejos porque hacía tiempo que lo conocían y había calado hondo en la familia y lo querían como a un hijo.
Demás está decir que fue mi primer hombre, el me llevaba seis años y nos habíamos conocido por un amigo en común.
El trabajaba en una importante empresa que daba servicios de limpieza a otras empresas, como ser por ejemplo industrias, hoteles, dependencias gubernamentales. El básicamente participaba en las cuadrillas que limpian vidrios desde afuera de los edificios, esos que uno ve típicamente en las películas y que inspiraron tantas escenas de comicidad ó disparatadas tomas de acción.
Todo iba bien entre nosotros, éramos el matrimonio perfecto, cuando llegaba a mis veinte años estábamos planificando tener nuestros primer hijo, sencillamente dejamos de cuidarnos, y una macabra pirueta del destino cambiaría para siempre nuestras vidas.
Cuando esa mañana tocaron a mi puerta, jamás imaginé escuchar lo que escucharía, al otro lado, un par de compañeros de trabajo me pondrían al tanto que mi esposo había tenido un severo accidente, los sistemas de seguridad habían fallado, había caído de una altura considerable golpeando con varios objetos a su paso…
Lo siguiente que recuerdo es que volvía en mí luego del desmayo, él estaba vivo, pero demasiado golpeado por los impactos, era un milagro que no hubiera muerto.
Atilio no salió muy bien parado de ese accidente, entre varios percances había golpeado su pene de tal forma que de milagro no se lo amputaron, quedó totalmente impotente, sin sensibilidad, una pierna con severas secuelas, al punto de llevarla casi a la rastra y tener que valerse de un bastón para poder movilizarse. Imaginen el tiempo que le llevó reponerse de varias fracturas, hematomas y contusiones, tuvieron que intervenirlo quirúrgicamente unas seis veces en distintas partes del cuerpo.
Cuando todo había pasado, concluí que estaría atada de por vida a una sombra de hombre, con profundos trastornos psicológicos y asistencia casi permanente, era común que despertara gritando por las noches, sudado, angustiado, llorando, el era muy fuerte y soportaba con hombría los dolores permanentes de su maltratado cuerpo.
Nos fuimos arreglando con el tiempo, Atilio era muy hábil con la lengua, con los dedos, incluso usando juguetes, pero me faltaba algo, no podía evitarlo, ambos lo sabíamos y para él el hecho de ser tan joven y tener su vida sexual terminada era sencillamente devastador.
Los años fueron dañando nuestra relación, como mujer no podía dejar de añorar una buena verga en mi interior, y las cosas se fueron complicando día a día, el amor que sentía por él se fue mezclando con lástima, al punto de no saber bien donde estaba parada.
A todo esto nuestra situación económica era de lo peor, Atilio se había jubilado por su discapacidad permanente, la paga era miserable y yo pasaba demasiado tiempo en su cuidado, hacía algo de repostería para ganarme unos pesos, pero era poco y nada.
Don Enrique, era el dueño de la empresa donde mi esposo se había accidentado, y tal vez por un tema de remordimiento y compasión nos visitaba cada tanto, para dejarle algunos trabajos administrativos que Atilio podía hacer desde casa y a cambio nos dejaba algunos pesos.
Este señor, tenía más de sesenta años, luego de tantas visitas había una afinidad entre ambos y se quedaban unas horas hablando de todo un poco. A mí me ponía bastante nerviosa, porque a pesar de ser bastante rellenita tengo una cola un tanto llamativa, y siempre sentía los ojos del viejo clavados en mi cuerpo, con mirada lasciva.
Una tarde, cuando la confianza era más que suficiente, estábamos en la cocina, sentados los tres, y palabras van palabras vienen se dio el siguiente diálogo:
- Es así mi amigo Atilio, todas las mujeres son prostitutas, todas tienen su precio
- No don Enrique, no todas, no coincido
- Todas, Atilio, todas… pesos más, pesos menos, todas corren tras el dinero
- No, no, mi esposa por ejemplo, ella jamás lo haría…
Lo miré a Atilio con un dejo de protesta, por qué diablos tenía que meterme en la conversación, los ojos del viejo se clavaron en mí, no le gustaban los desafíos, sacó su billetera y poniendo unos billetes sobre la mesa preguntó:
- María, este dinero será tuyo si me pegas una buena mamada
- Por quién me toma? Yo no soy así…
Metió la mano en la billetera y tiró unos billetes más sobre la mesa
- Y ahora?
- No! dije que no! puede poner todos los billetes que quiera…
El viejo insistió, un par de veces, Atilio y yo nos mirábamos ya con dudas, realmente era demasiado, cuanta falta nos hacía, pero no quería dar el brazo a torcer. Al fin don Enrique pareció cansarse y dijo al tiempo que tomaba el dinero
- Bueno, parece que ustedes ganan…
Pero Atilio apuró apoyando la base del bastón antes que el viejo pudiera recogerlo
- Está bien, usted gana…
Nos miramos con complicidad, sabiendo porque lo hacíamos, conduje al anciano al dormitorio mientras Atilio encendía el televisor para aislarse de la situación
Desabroché los pantalones, bajé el cierre y palpé su bulto, realmente estaba desesperada por chupar una buena verga, y don Enrique sí que tenía una buena verga…
Se sentó sobre la cama y yo me arrodillé en el piso, entre sus piernas, su pija fina pero larga, extremadamente blanca, la llevé a mi boca, se la lamí, una y otra vez, que bien se sentía! No me importaba que fuera un anciano, hacía tiempo que había olvidado lo que era un hombre.
Sentí su sabor, la acaricié, la admiré, aprecié sus largos y caídos testículos, había pasado media hora, la pija del viejo no terminaba de ponerse dura, es más, ni siguiera amagaba con hacerlo y comencé a cansarme, evidentemente había perdido la gracia del principio y solo buscaba que esto se terminara.
Don Enrique percibiendo la situación me apartó con cariño y me dijo:
- Listo querida, ves? Sos tan puta como cualquiera, solo quería probarlo…
Essa jornada foi a porta para que as coisas mudassem. Logo depois, recebi do velho uma proposta de trabalho, como secretária. Comecei a trabalhar, e a relação ficou séria. Nunca falamos daquele dia, mas pouco a pouco a relação com meu marido foi esfriando. Conheci José Luis, filho do Enrique, um quarentão grisalho. Fui me apaixonando por aquela vida: havia dinheiro, havia poder, havia luxos. Pouco a pouco criei meu castelo de vidro, me permiti sonhar novamente. Chegou um ponto em que voltar para casa era um saco, o quase inválido estava cada vez mais exigente, seus ciúmes cresciam e ele ficava birrento.
José Luis tinha se transformado no meu objetivo, eu estava decidida, custasse o que custasse.
Uma tarde o velho me chamou no escritório. Pai e filho estavam sentados frente a frente, com a mesa entre eles. Fiquei de pé em frente a ele, colada no José Luis. O velho perguntou, lembrando-me daquela tarde…
— Maria… meu filho quer saber quanto custa sua bunda, se é que está à venda, claro…
Enquanto isso, a mão do José Luis apertava com força minha nádega esquerda. Tirei rápido, me sentindo ofendida. Ambos riram às gargalhadas…
O dinheiro começou a cair sobre a mesa. De novo, a mesma jogada. Não tenho vergonha, aceitei de novo…
Seu Enrique saiu, fechando a porta atrás de si. O quarentão estava a sós comigo. Sabia que era minha chance, tinha que ser bem complacente, custasse o que custasse…
José Luis se moveu sobre as rodas da cadeira. Eu fiquei em pé, encostada na mesa. Senti ele chegar atrás de mim. Empinei a bunda, sabia onde ele queria chegar. Suas mãos seguraram meus glúteos com firmeza. Deixei ele levantar minha saia, deixei ele baixar minhas meias-calças, deixei ele puxar minha calcinha, deixei ele brincar com minha bunda nua, deixei ele passar a língua pela minha buceta, pelo meu ânus. Só olhava o dinheiro que estava sobre a mesa.
Me entreguei a ele, que ficou atrás de mim, me prendendo contra a borda da mesa, beijou Minha nuca, minha orelha, virei um pouco a cabeça para que meus lábios alcançassem os dele, passei uma mão para trás para acariciar o pau dele que estava duro e ameaçador. Por sua vez, suas mãos haviam se infiltrado sob minha blusa, sob meu sutiã, para apertar com força meus seios. Ele mordeu com rudez meus ombros, eu me sentia excitada, quente, tanto tempo sem ter um pau duro no meu interior, no profundo, ainda por cima me dariam bom dinheiro…
A ponta do pênis dele se apoiou no meu esfíncter, exercendo pressão suficiente para derrubar minhas defesas. Fui me relaxando, empurrei também para trás, que delícia! Suspirei aliviada quando ele se enterrou na minha profundidade, a se mover dentro de mim, entrando, saindo. Tentei contrair meu músculo para aproveitar ao máximo, abafava meus gemidos que poderiam delatar a situação além das paredes do lugar.
Ele me pegou de surpresa mudando de buraco, passou para minha buceta que derretia como um pedaço de gelo ao sol. Passei minha mão sob a calcinha para acariciar com ritmo meu clitóris, já não lembrava como era ter um bom pau no interior, duro, quente. Minha buceta oferecia orgasmos intermináveis provocados por essa espada que fincava fundo. Não pude evitar gritar quando meu clitóris explodiu em pedaços, jogando meu torso abatido sobre a mesa. Estava suada, desalinhada, minha bunda ficou à disposição dele. José Luis, percebendo que eu tinha aproveitado o suficiente, tomou a iniciativa de novo, voltou ao meu cu, enterrando de uma vez, até o fundo. Ele tirou e repetiu o mesmo, só que na minha argola, e voltou ao cu, e à argola. Uma metida e mudava de buracos, ele ficava excitado, eu adorava, de um lado pro outro, uma e outra vez, ele me arrebentava ambos os buracos…
Depois voltou à sua cadeira e me obrigou a ir entre suas pernas. Me acomodei como antes me acomodara aos pés do pai dele. Ele me fez chupar, essa sim estava bem dura, gostei de lamber. Ele me pegou pelos cabelos e brincou ritmicamente na minha boca, só sentia ele entrando e saindo, seu gosto de homem, sua firmeza, ele me disse para ficar tranquila, que ele me avisaria, foi um erro, de repente um tsunami de porra inundou minha garganta, o gosto horrível do sêmen dele me provocou um enjoo imediato, largando seu pau ao mesmo tempo que, com ânsias, deixava o gozo cair no chão.
José Luis, durante tudo isso, não teve ideia melhor do que jogar seus últimos jatos na minha cara, meus olhos, meu nariz…
Ele ria de um jeito macabro enquanto eu me limpava como podia e recompunha minhas roupas…
Os cinco anos seguintes significariam uma reviravolta na minha vida, esqueci Atílio, abandonando-o à própria sorte, fui morar com José Luis, me embriaguei com a fama, com o dinheiro, com o poder, fui sua esposa, vivi uma nova vida, tive o filho que tanto desejei, me dei os prazeres que sempre me privei, achei que estava nos trilhos, até aquela manhã…
Fui cedo ao escritório do meu marido, ao abrir a porta o surpreendi junto com Penélope, uma de nossas secretárias, ela agora ocupava meu lugar, ajoelhada a seus pés e chupando seu pau, ele tentou me impedir de fugir, mas as calças abaixadas impediram que ele me alcançasse, corri pelo escritório chorando como uma menininha, me sentei sozinha, encolhida num canto, para afogar as mágoas.
De repente, uma mão suave apoiou-se na minha cabeça, ao levantar o olhar encontro o velho, o senhor Enrique, que já estava muito velho e mal conseguia carregar o próprio corpo, passando seus dedos ásperos pelas lágrimas da minha bochecha, ele me disse:
- Te falei há tempos, não aprendeu a lição? Todas as mulheres são putas, todas têm seu preço…
Se você é maior de idade pode me escrever com o título ‘DINHEIRO’ para dulces.placeres@live.com
3 comentários - Dinheiro