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La lluvia contra las ventanas del departamento de mis padres era el único sonido que acompañaba mi aburrimiento. Papá, otra vez de viaje por la fábrica en Córdoba. Mamá, según su mensaje, había ido al supermercado. Yo, Sofía, de veintidós años, había ido a buscar un viejo álbum de fotos. La llave giró en la cerradura, pero no era mamá. Era el ritmo pausado, familiar, de alguien que conocía bien la casa. Los pasos fueron directos a la cocina. Me quedé inmóvil en el estudio, la puerta entreabierta.
—Nora, amor, ya estoy —dijo una voz grave, áspera, que me heló la sangre. Era Héctor, mi suegro.
—En el dormitorio, corazón —respondió la voz de mi madre, dulce, mimosa, con un tono que jamás le había oído dirigir a mi padre.
No, no podía ser. Me acerqué al pasillo en puntillas, el corazón martillándome en el pecho. La puerta del dormitorio conyugal estaba cerrada, pero no del todo. Una rendija.
—Qué bien que viniste —murmuró mamá—. Pensé que no podrías escaparte de tu mujer.
—Para vos siempre tengo tiempo, mi reina —dijo Héctor, y el sonido de un beso húmedo, profundo, llenó el silencio—. ¿Y tu marido?
—En Córdoba, hasta mañana tarde. Tenemos… toda la noche y parte del día.
—todo un día para darte pija como te gusta, por todos los agujeros y con toda la fuerza. Como la vez pasada, ¿te acordás? Después del asado de mi hijo.
Mi cerebro hizo un clic. La vez pasada. Y yo que creía que eran amigos, que la complicidad entre ellos era por la familia unida. Un sudor frío me recorrió la nuca. Y una punzada caliente, indecente, muy adentro.
—Cómo no me voy a acordar —susurró mamá, con una risita baja—. Me tenías ahí mismo, en el quincho, contra la parrilla apagada. Te dije que no, que podía llegar alguien…
—Pero te gustó el peligro —la voz de Héctor era ahora un ronroneo cargado de malicia—. Se te mojó toda la concha apenas te bajé el pantalón. Y cuando te la metí…
—Shhh… —lo interrumpió ella, pero su tono era de complicidad, no de reproche.
—Cuando te la metí por el culo por primera vez —continuó él, sin piedad—, gritaste tan fuerte que tuvimos que parar. Y después me la chupaste como una desesperada. Tragaste toda mi leche.
Sentí un mareo. Mi suegro. Mi madre. Por el culo. Tragó toda mi leche. El lenguaje soez, crudo, saliendo de sus bocas con una naturalidad aterradora. Y yo allí, espiando, con las piernas temblorosas. La imagen se formó en mi mente sin permiso: Héctor, alto, corpulento, de manos grandes, empinando a mi madre contra la parrilla. Ella, con sus cuarenta y dos años bien llevados, las nalgas al aire, recibiendo esa pija que ahora imaginaba gruesa y venosa. Mi propia concha palpitó, húmeda, traicionera.
—No cambies, Héctor —dijo mamá, y se oyó un ruido de ropa removida—. Siempre tan vulgar. Es lo que más me calienta de vos.
—Y a vos lo que me calienta es esta concha madura y jugosa —replicó él—. Abrí, que la quiero probar.
Un gemido bajo, un susurro de telas cayendo al suelo. Ya no pude contenerme. Empujé la puerta con cuidado, la rendija se amplió.
Allí estaban. Héctor, completamente desnudo, de pie junto a la cama. Su cuerpo no era el de un hombre de sesenta años; era robusto, velludo, con un abdomen que solo tenía la curva suave de la edad, y entre sus piernas, colgando pesada y gruesa, su pija. Semierecta ya, prometiendo mucho más. Mamá estaba recostada en la cama, solo con una bata abierta que dejaba ver sus pechos maduros, sus caderas, y el triángulo oscuro de su vello púbico. Tenía las piernas abiertas, invitando.
—Vení —dijo ella, con un hilo de voz—. Chupame. Como antes.
Héctor se arrodilló en el borde de la cama, hundió la cabeza entre sus muslos. Los ruidos empezaron: chupadas fuertes, lengüeteadas obscenas, gemidos ahogados de mamá que se transformaban en pequeños gritos. Él agarraba sus nalgas con las dos manos, las separaba, y su boca se movía con una voracidad que me dejó sin aire.
—Sí… ahí… el culo también —jadeó mamá, levantando las caderas.
Él obedeció. Su lengua, que yo ahora veía rosada y hábil, se deslizó de su concha hacia atrás, hasta el pequeño hoyo que ofrecía. Mamá gritó, una exclamación aguda y desvergonzada. Yo me apreté las piernas, la humedad en mis bragas era una mancha caliente e imparable.
—Te encanta que te coman el culo, ¿eh, Nora? —preguntó Héctor, apartándose solo para hablar, su barba brillante de sus jugos—. Tu marido no te hace esto, ¿verdad?
—No… nunca —confesó ella entre respiraciones entrecortadas—. Él es… muy tradicional. Vos… vos me enseñaste.
—Y te enseñaré más —prometió él, y se puso de pie. Su pija ahora estaba completamente erecta, imponente, con la cabeza morada y un hilo de líquido preseminal colgando—. Dámela. En la boca.
Mamá se incorporó, se arrodilló en la cama frente a él. Sin preámbulos, tomó esa verga con ambas manos, la acarició de base a punta, y luego abrió la boca. Se la metió entera. El espectáculo era hipnótico: mi madre, con sus labios de mujer seria, tragándose la pija de mi suegro hasta la raíz, con una facilidad que hablaba de práctica. Él gruñó, le agarró la nuca, y comenzó a bombear hacia dentro y fuera de su garganta.
—Sí, así… así me la chupaste en el baño del country, después del partido de tu hijo —recordó él, entre jadeos—. Con tus amigas al otro lado de la puerta. Te corriste sólo con chupármela.
Ella hizo un sonido gutural de asentimiento, sus mejillas se hundían. Sus manos jugueteaban con sus testículos, pesados y velludos. Yo no podía moverme. El morbo había anulado cualquier atisbo de decencia. Quería ver más. Quería… ser parte.
—Te la chupaste como una putita hambrienta —ronroneó Héctor, sus dedos enredados en el cabello castaño de Nora mientras ella separaba sus labios de su pija aún húmeda—. Pero ahora quiero algo más.
Nora lo miró desde el borde de la cama, sus ojos vidriosos de excitación, su boca brillante con saliva y preseminal. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—Siempre querés más —susurró, deslizando sus manos por sus muslos velludos—. ¿Adónde esta vez, mi amor?
Héctor no respondió con palabras. En un movimiento fluido, la agarró por las axilas y la levantó, colocándola de espaldas en el centro de la cama. Ella cayó con un suave rebote, sus pechos oscilando, su concha completamente expuesta y brillante bajo la luz del dormitorio. Él se puso de rodillas entre sus piernas abiertas, sus manos agarrando la parte interna de sus muslos, separándolos aún más.
—Acá —dijo, su voz grave cargada de intención—. Primero acá. Quiero sentir esa concha madura y caliente apretándome hasta reventar.
Nora gimió, arqueando la espalda, ofreciéndose. —Sí… por favor, Héctor. Hace días que sueño con esto.
Él se inclinó hacia delante, pero no para penetrarla. Apoyó su pija, dura y palpitante, sobre su pubis, deslizando el glande hinchado por sus labios exteriores, empapándola de su propia humedad sin entrar aún.
—¿Cuánto me extrañaste? —preguntó, jugando cruelmente—. ¿Te tocabas pensando en mí? ¿En esta pija metida en tu concha de esposa aburrida?
—Sí —jadeó ella, sus caderas buscando un contacto que él negaba—. Todas las noches. Mientras mi marido ronca a mi lado, pienso en vos… en cómo me hacés gritar, en cómo me llenás…
—¿En cómo te lleno? —la interrumpió, frotando su cabeza contra su clítoris, haciéndola gemir—. ¿De qué te lleno, Nora?
—De leche —susurró ella, avergonzada y excitada a la vez—. De tu leche caliente.
—Exacto —asintió él, satisfecho—. Pero primero, la concha. Después el culo. Como a mí me gusta.
Finalmente, sin más preámbulos, se colocó a la entrada. Nora contuvo la respiración. Él la miró fijamente a los ojos, un destello de posesión salvaje en los suyos, y empujó.
Su entrada fue lenta, deliberada, conquistando centímetro a centímetro. Nora gritó, un sonido largo y gutural que se transformó en un gemido continuo. Él era ancho, llenándola por completo, estirando sus paredes de una manera que su marido nunca había logrado.
—Dios… Héctor… —logró decir, sus uñas clavándose en las sábanas.
—Callate y sentí —ordenó él, y comenzó a moverse.
No fue una cogida tierna. Fue una posesión animal, rítmica y profunda. Cada embestida hacía que el cuerpo de Nora se sacudiera sobre la cama, sus pechos saltando con el impacto. Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo de sus cuerpos unidos, los jadeos entrecortados de ella, los gruñidos bajos de él. Héctor apoyó las manos a los costados de su cabeza, encerrándola, su rostro a centímetros del suyo.
—Mirame —exigió—. Quiero que veas quién te está cogiendo. No tu marido. Yo. El padre de tu yerno.
Ella abrió los ojos, vidriosos, y asintió. —Sí… vos… solo vos…
—Decilo —insistió él, acelerando el ritmo, golpeando más fuerte—. ¿De quién es esta concha?
—¡Tuya! —gritó Nora, sus piernas envolviéndolo—. ¡Tuya, Héctor!
—Así me gusta —refunfuñó, y bajó una mano para pellizcarle un pezón duro—. ¿Tu marido te hace venir? ¿Te hace chillar así?
—No… nunca… —gimió ella, fuera de sí—. Solo vos… solo vos me hacés sentir así…
Héctor sonrió, un gesto triunfal y perverso. Cambió el ángulo, levantando sus caderas para hundirse más profundo. Nora chilló, sus ojos en blanco por un segundo. Él había encontrado ese punto preciso, ese lugar que hacía que todo su cuerpo se convulsara de placer.
—Ahí… —suplicó ella, casi llorando—. Ahí mismo, por favor…
Él no necesitó que se lo pidiera dos veces. Concentró sus embestidas en ese ángulo, cada una más precisa, más brutal que la anterior. La habitación se llenó del sonido de piel contra piel, de los quejidos cada vez más agudos de Nora, del jadeo ronco de Héctor. Él la observaba descomponerse, ver cómo el placer la dominaba por completo, y eso lo excitaba aún más.
—¡Voy a enlecharte putona! —anunció, su ritmo volviéndose frenético, caótico—. Adentro… te voy a llenar esta concha…
—¡Sí! —gritó Nora, sus músculos vaginales apretándolo como un puño—. ¡Adentro, Héctor, por favor!
Un último empujón profundo, un gemido ronco que salió de lo más hondo de su garganta, y Héctor se detuvo, enterrado hasta las pelotas dentro de ella. Su cuerpo se tensó, su espalda se arqueó, y Nora pudo sentir los espasmos calientes de su pija mientras eyaculaba en su interior, cada chorro inundándola, marcándola como suya. El orgasmo de ella la siguió de inmediato, una explosión prolongada que la hizo temblar y arquearse debajo de él, sus uñas dejando marcas en su espalda sudorosa.
Se quedaron así, conectados, jadeando, mientras las olas de placer los abandonaban lentamente. Héctor, todavía dentro de ella, bajó la cabeza para morder suavemente su hombro.
—Eso —dijo, sin aliento—. Así es como se coge a una mujer infiel.
Nora solo podía gemir, exhausta, satisfecha, llena. Héctor se retiró lentamente, y un hilillo blanco y espeso se derramó de su concha hinchada sobre las sábanas. Él lo observó, con un orgullo primitivo.
Héctor se retiró de ella con un sonido húmedo y satisfecho, rodando hacia un costado en la cama sudorosa. Nora jadeaba, sus piernas todavía temblorosas, su sexo palpitante y lleno de él. El aire acondicionado zumbaba suavemente, el único sonido aparte de sus respiraciones agitadas. Él estiró el brazo hacia la mesita de noche, tomó un paquete de cigarrillos y encendió uno. El humo se elevó en espirales perezosos.
—Mirá eso —dijo Héctor, señalando con la cabeza hacia el sexo de Nora, aún brillante y entreabierto—. Goteando. Como una fuente.
Nora se sonrojó, pero no por vergüenza. Un rubor de excitación profunda. Se tocó suavemente, sintiendo la mezcla de sus fluidos.
—Me llenaste —murmuró, mirando cómo su dedo se humedecía—. No me llenaba así nadie… desde la última vez que viniste.
Héctor sonrió, tomando una larga pitada. —Tu marido debe pensar que es un toro en la cama, ¿no? Que con sus tres minutos y su lechecita aguada te deja satisfecha.
Ella rio, un sonido bajo y cargado de complicidad. —Si supiera… si supiera que su mujer necesita media hora de cogida a pelo y tres corridas para sentirse viva.
—No solo eso —continuó él, su voz adoptando un tono deliberadamente cruel y excitante—. Necesita que la cojan por la concha y por el culo. Que le hablen sucio. Que le peguen en las nalgas hasta dejarlas rojas. Que le escupan en la boca y le hagan tragar leche como a una puta de callejón.
Nora se mordió el labio, su mano bajando de su sexo a su propio clítoris, que aún palpitaba. —Sí… eso necesito.
Héctor la observó tocarse, sus ojos oscuros brillando con perversa satisfacción. —Y pensar que el pobre cornudo está ahí, en Córdoba, creyendo que su mujercita fiel está tejiendo o mirando la tele. Mientras en realidad, está en su cama, con la concha abierta y llena del semen de otro. Del semen de su amigo. Del padre de su yerno.
—De vos —susurró Nora, acariciándose más rápido—. Estoy llena de vos.
—Y tu hija —agregó Héctor, inclinándose hacia ella, su voz baja y cargada de malicia—. ¿Sofía? La buena esposa de mi hijo. ¿Sabés lo que haría si supiera que su suegro tiene la pija chorreando dentro de su mamá en este mismo momento?
Nora dejó escapar un gemido, su respiración se aceleró. —No… no lo sabe.
—Pero podría saberlo —insistió él, jugando con el miedo y la lujuria de ella—. Podría aparecer en cualquier momento. Imaginate… toca el timbre, entramos en pánico, nos vestimos rápido… pero el olor a sexo en esta habitación no se va. Ella lo huele. Te mira a los ojos y sabe. Sabe que su mamá es una zorra que se coge al padre de su marido.
—Pará… —jadeó Nora, pero su mano no se detuvo. Al contrario, se movía más rápido.
—¿Y mi mujer? —continuó Héctor, implacable, su mano bajando a acariciar su propia pija, que ya comenzaba a reanimarse—. La abuela de tus nietos. Cree que estoy en el club, jugando al póker. En vez de eso, estoy aquí, con mi verga dura otra vez, lista para meterla en el culo de la mujer que su amiga llama “hermana”. Tu amiga, ¿no? Mi mujer y vos son amigas. Se cuentan secretos. ¿Y si le cuento yo qué sonidos hacés cuando te rompo el culo?
Nora gimió, su cuerpo se arqueó en la cama. —Héctor, por favor…
—Por favor, ¿qué? —preguntó él, apagando el cigarrillo y acercándose a ella, sus dedos reemplazando los suyos en su clítoris—. ¿Qué le dirías a mi mujer si estuviera aquí? ¿Le dirías lo buen cogedor que soy? ¿Lo que tardo en venir? ¿Lo gruesa que se me pone la pija cuando te veo abierta, esperándome?
—Le diría… —Nora tragó saliva, sus ojos vidriosos fijos en los de él—… le diría que su marido me hace cosas que ella ni se imagina. Que me usa como un trapo, que me llena por todos lados, que me hace sentir viva. Que soy su puta. Y que ella es una estúpida por no saberlo.
Héctor emitió un gruñido de aprobación. Su dedo índice se deslizó hacia atrás, pasando por su sexo hinchado hasta encontrar la entrada de su ano. Presionó suavemente.
—Y tu marido —susurró, acercando sus labios a su oído—. El gran cornudo. ¿Qué le dirías a él?
Nora gimió cuando su dedo comenzó a penetrarla suavemente ahí. —Le… le diría… que el mejor amigo que tiene… el que le ayuda con los impuestos… el que le consiguió el trabajo… le está cogiendo a su mujer… por el culo… desde hace cinco años… y que le encanta…
—Y que sos una traidora —concluyó Héctor, su dedo entrando y saliendo con ritmo lento—. Una puta traidora que prefiere la pija de su amigo antes que la de él. Que se moja solo de pensar en cómo voy a reventarte esta vez.
—Sí —admitió ella, sin ningún vestigio de arrepentimiento, su voz quebrada por el placer—. Soy una puta. Y vos… vos sos un hijo de puta. Y yo te amo por eso.
Héctor sonrió, un gesto feroz y posesivo. Retiró su dedo y se puso de rodillas entre sus piernas. Su pija estaba completamente erecta de nuevo, imponente, lista.
—Bueno, puta —dijo, agarrando sus nalgas y abriéndolas—. Ya hablamos suficiente de los cornudos. Ahora hablemos de lo que importa. De cómo voy a hacerte gritar mientras te rompo este culo que le debería pertenecer a tu marido.
Nora solo asintió, con los ojos brillantes de lágrimas de excitación y sumisión. Él escupió en su mano, se lubricó a sí mismo y a su objetivo. En el pasillo, escondida, Sofía apretó las piernas, sintiendo cómo su propio deseo, mezclado con el morbo de escuchar semejante conversación, alcanzaba un nuevo pico. Su mano deslizándose dentro de su pantalón era el único alivio a la tensión insoportable que esos diálogos habían creado.
Mamá entendió al instante. Se dio vuelta, se puso a cuatro patas en la cama, arqueando la espalda y presentando sus nalgas redondas y su sexo hinchado y brillante. Él se puso detrás, acarició la rajadura de sus nalgas con la punta de su pija.
—¿Dónde querés? —preguntó, cruel, sabiendo la respuesta.
—Por el culo —susurró ella—. Por favor, Héctor, dámelo por el culo.
Él escupió en su mano, se lubricó a sí mismo y a su anhelado objetivo. Luego, con una mano firme en su cadera, se colocó a la entrada y empujó.
El grito de mamá fue sofocado por la almohada en la que hundió la cara. Héctor entró a medias, con dificultad, pero persistente. Poco a poco, su polla desapareció dentro de las nalgas de mi madre, que se estiraban para acomodarlo. Un sonido húmedo, obsceno, llenó la habitación.
—Dios… qué culo apretado —gimió él, empezando a moverse—. Aún después de tantas veces… me desesperás.
Y comenzó la cogida. Lenta al principio, luego más rápida, más fuerte. Cada embestida hacía que el cuerpo de mamá se sacudiera hacia delante, que sus pechos oscilaran. Los gemidos de ella eran continuos, un quejido placentero y sumiso. Héctor le agarraba las caderas con fuerza, marcándole la piel con sus dedos. De pronto, levantó una mano y le dio una nalgada fuerte, seca. El clap resonó en la habitación.
—¡Ah! —gritó mamá, pero no en protesta, sino en éxtasis.
—Te gusta que te peguen, ¿puta? —gruñó él, dándole otra más fuerte—. Decilo.
—Sí… sí me gusta —gimió ella—. Soy tu puta.
—La puta de tu consuegro —corrigió él, con sádica satisfacción—. Cuando tu hija me vea en la cena familiar, no va a saber que su suegro te estuvo cogiendo el culo y te lo lleno de leche.
No lo resistí más. La combinación del espectáculo y esa frase final, que me incluía a mí en su perversión, rompió cualquier dique. Un orgasmo silencioso pero violento me recorrió, apretándome contra el marco de la puerta mientras callaba mis propios gemidos. Mis piernas flaquearon. Cuando abrí los ojos, ellos seguían, pero Héctor había cambiado el ángulo. Ahora estaba acostado sobre ella, cogiéndola a pelo, su pelvis estrellándose contra sus nalgas con un ritmo frenético.
—Me voy a venir —anunció él, con voz ronca—. ¿Adónde querés mi leche, Nora?
—Adentro —suplicó ella, casi llorando de placer—. Adentro del culo, Héctor, por favor.
Él gruñó como un animal, se hundió hasta el fondo y se quedó temblando. Su espalda se arqueó, sus nalgas se contrajeron. Estaba eyaculando dentro de ella. Yo podía ver cómo su cuerpo se sacudía con cada chorro. Mamá gritó, su propio orgasmo desencadenado por el de él, su cuerpo convulsionándose bajo el suyo.
Se quedaron así, jadeando, pegados, por un minuto eterno. Luego, Héctor se retiró lentamente. Un hilo blanco y espeso goteó del ano de mamá sobre las sábanas. Él lo miró con satisfacción.
—Tendremos que cambiar las sábanas antes de que vuelva tu marido —dijo, con un humor negro que me heló y me excitó a la vez.
Fue entonces cuando mi pie, entumecido, rozó una mesa auxiliar. Un pequeño jarrón cayó al suelo con un ruido sordo, pero suficiente.
El silencio fue instantáneo. Luego, pasos rápidos. La puerta se abrió de golpe.
Héctor estaba allí, desnudo, sudoroso, su pija aún semierecta y brillante de sus propios fluidos y los de mi madre. Sus ojos, al verme, se abrieron como platos, pero no con miedo o pánico. Con algo más: curiosidad, desafío… y un brillo de interés.
—Sofía —dijo, con calma—. Cuánto tiempo.
Mamá apareció detrás de él, tapándose con una sábana, su rostro una máscara de horror y vergüenza.
—Sofi… yo… —balbuceó.
Pero Héctor la calló con un gesto de la mano. Sus ojos no se despegaban de mí.
—¿Cuánto llevás escuchando? —preguntó directamente.
Mi boca estaba seca. Tragué saliva, encontrando una voz que no reconocí como mía.
—Lo suficiente —dije—. La conversación sobre el quincho fue… ilustrativa.
Héctor esbozó una sonrisa lenta, perversa. Su mirada bajó, recorrió mi cuerpo pegado a la puerta, mi ropa arrugada, y por un instante creí que podía oler mi propio deseo.
—Parece que te gustó el espectáculo —observó.
Mamá hizo un ruido de protesta, pero él la ignoró.
—No vine a juzgar —logré decir, levantando la barbilla con una bravata que no sentía—. Solo… vine a buscar un álbum.
—Claro —asintió Héctor, cruzando los brazos sobre su pecho velludo—. Y ahora que sabés nuestro pequeño secreto… ¿qué vas a hacer?
La pregunta flotó en el aire cargado de sexo y sudor. Yo miré a mi madre, cuyo horror estaba siendo reemplazado por una extraña resignación. Miré a Héctor, cuya pija empezaba a mostrar un renovado interés. Y miré hacia adentro de mí, donde el morbo y la curiosidad habían formado una aleación irrompible.
—No voy a hacer nada —dije, y una sonrisa traviesa se dibujó en mis labios—. Al menos, no lo que vos y mamá esperan que haga.
Héctor arqueó una ceja, intrigado. Mamá dejó escapar un suspiro tremendo.
—¿Y qué esperamos? —preguntó Héctor.
—Que me vaya, que les grite, que amenace con contarlo todo —enumeré—. Pero tengo una mejor idea.
Me separé del marco de la puerta, entré al dormitorio. El olor a sexo era denso, embriagador. Caminé lentamente hacia ellos, deteniéndome a un paso de distancia de Héctor. Levanté la mano y, sin romper el contacto visual, posé mi palma sobre su pecho. Su piel estaba caliente, húmeda.
—La próxima vez que papá viaje —dije, mirándolo fijamente—, quiero una invitación.
El silencio que siguió fue absoluto. Luego, Héctor comenzó a reír. Una risa profunda, genuina, llena de sorpresa y admiración.
—Mierda, Nora —le dijo a mi madre, sin apartar los ojos de mí—. La hija te salió más zorra que vos.
Mamá no dijo nada, pero su mirada iba de él a mí, y en sus ojos ya no había horror. Había aceptación. Y algo más: un destello de complicidad.
Héctor tomó mi mano que estaba en su pecho y la llevó más abajo, hasta su cintura, y luego más abajo aún, hasta envolver mis dedos alrededor de su pija, que ahora estaba completamente dura otra vez.
—¿Estás segura, Sofía? —preguntó, su voz un ronroneo peligroso—. Esto no es un juego de niños. Esto es… sucio.
Apreté suavemente. Era gruesa, pesada, palpitante.
—Lo supe desde el momento en que escuché lo de la parrilla —confesé—. Y desde que vi cómo le llenabas el culo a mi madre.
—Bueno —dijo él, y su otra mano vino a tomar mi nuca, atrayéndome hacia él—. Entonces hoy es tu día de suerte. Tenemos… —consultó un reloj imaginario—… mucho tiempo.
Su boca se cerró sobre la mía con una ferocidad que me dejó sin aliento. Su sabor era salado, a sudor y a sexo. A él. A ella. A los dos. Detrás de nosotros, mamá dejó caer la sábana y se acercó, sus manos acariciando mi espalda, bajando hasta mis nalgas.
Así comenzó todo. Ese día aprendí que mi suegro era un amante dominante, experto y sin inhibiciones. Que mi madre era una cómplice ávida y sumisa. Y que yo, Sofía, tenía un apetito por lo prohibido que superaba cualquier sentido de la decencia.
En las horas siguientes, esa cama fue testigo de todo. De cómo Héctor me cogió por primera vez, por la concha, mientras mamá me besaba y me acariciaba los pechos. De cómo, después, me puso a cuatro patas y me abrió el culo con paciencia y saliva antes de metérsela entero, un dolor transformador que se convirtió en un placer que nunca había imaginado. De cómo mamá, una vez superada su timidez inicial, me enseñó a chuparle la pija a Héctor hasta la garganta, a lamerle los testículos, a tragarme cada gota de su leche cuando él venía en mi boca. De las nalgadas que nos propinaba a las dos, dejando nuestras pieles marcadas y ardientes. De los juegos de palabras soeces, de los apodos degradantes que nos ponía y que nos excitaban aún más.
—Vení, putita —me decía mientras me penetraba—. A tu suegro le encanta cómo gemís. Más fuerte, que tu madre escuche lo buena que es su hija para coger.
Y yo gemía, gritaba, suplicaba. Y mamá, a un lado, se tocaba y nos observaba con ojos vidriosos de lujuria.
Una tarde, mientras Héctor descansaba, mamá y yo nos quedamos en la cocina, tomando café.
—¿Cuándo empezó esto? —pregunté, sin preámbulos.
Ella suspiró, jugando con su taza.
—Hace cinco años —dijo—. En el cumpleaños de tu marido. Héctor me llevó a casa porque tu padre ya se había ido. Empezamos a hablar… una cosa llevó a la otra.
—¿Y nunca sospechó nadie?
—Tu padre es un hombre confiado. Y distante. Y Héctor… es todo lo contrario.
Asentí. Lo era. En la cama, era un torbellino de energía y perversión. Fuera de ella, el perfecto suegro y amigo de la familia.
—¿Y vos? —me preguntó ella, con timidez—. ¿Estás bien con esto? ¿No te sentís… rara?
Sonreí, un gesto cansado pero satisfecho.
—Mamá, en estos días me hizo coger en todas las posiciones imaginables, me llenó de leche por todos los agujeros que tengo, y me hizo llamarlo “papá” mientras lo hacía. Si eso no me dejó “rara”, nada lo hará. Lo único que siento es… hambre de más.
Ella sonrió, un poco aliviada, un poco avergonzada, y completamente cómplice.
La última noche, Héctor nos preparó una cena: un buen vino, un asado. Los tres desnudos en la cocina, riéndonos como viejos amigos. Después del postre, nos llevó al dormitorio y nos hizo acostarnos a los lados de la cama, una al lado de la otra.
—Hoy les voy a dar un regalo especial —anunció, de pie frente a nosotras, su pija en todo su esplendor—. Nora, vos primero.
Mamá se arrodilló frente a él y empezó a chupársela. Cuando estuvo cerca del orgasmo, él la detuvo.
—Ahora vos, Sofía —me ordenó.
Hice lo mismo, saboreando el sabor de mamá mezclado con el de él. De nuevo, me detuvo antes de que llegara.
Así continuó, alternando entre nosotras, llevándonos al borde una y otra vez, hasta que ambas estábamos temblando de necesidad.
—Ahora —dijo, con voz ronca por la excitación—, las dos juntas. Quiero verlas besarse mientras me la chupan.
Mamá y yo nos miramos. Un segundo de duda, luego un entendimiento mutuo. Nos acercamos, nuestros labios se encontraron en un beso tímido al principio, luego más profundo, más apasionado. Nuestras manos se entrelazaron mientras nuestras cabezas bajaban juntas hacia la erecta verga de Héctor. Lo chupamos al mismo tiempo, nuestras lenguas encontrándose alrededor de su glande, nuestros labios chocando en su base. Fue extraño, intenso, y terriblemente excitante.
—Dios mío —gruñó Héctor, sus manos agarrando nuestras cabezas—. Esto… esto es lo mejor.
Cuando finalmente llegó, no pidió que eligiéramos. Simplemente gritó y eyaculó sobre nuestros rostros, nuestros pechos, nuestras bocas abiertas. La leche caliente nos salpicó a las dos, mezclándose en nuestra piel. Después, nos abrazamos, las tres, sudorosos, pegajosos y exhaustos.
A la mañana siguiente, papá volvía. Héctor se fue temprano, no sin antes darnos a cada una un beso profundo y una nalgada cariñosa.
—Hasta la próxima, mis putitas —susurró en la puerta.
Mamá y yo nos quedamos limpiando la casa, borrando toda evidencia. Cambiamos las sábanas, ventilamos las habitaciones. Pero el olor a sexo y a traición parecía haberse impregnado en las paredes.
—¿Y ahora? —pregunté mientras ordenábamos el living.
—Ahora —dijo mamá, con una sonrisa triste pero decidida—, volvemos a la normalidad. A fingir. A esperar el próximo viaje de tu padre.
Asentí. La normalidad. Una palabra vacía ahora. Porque yo ya no era la misma. Mi cuerpo recordaba cada caricia, cada empujón, cada insulto cariñoso. Mi boca recordaba el sabor de ellos dos. Y mi concha, mi culo, ansiaban la próxima visita de mi suegro.
Esa noche, cenando con mi marido —el hijo de Héctor— en nuestra casa, no podía dejar de mirar sus manos, tan parecidas a las de su padre, y preguntarme si alguna vez sospecharía algo. Él hablaba de trabajo, de planes futuros, y yo asentía, sonreía, y por debajo de la mesa, apretaba las piernas para contener el calor que solo el recuerdo de esos tres días podía generar.
Mi marido me tomó la mano.
—¿Estás bien, amor? Pareces… distante.
Sonreí, un gesto perfectamente ensayado.
—Sí, cariño. Solo un poco cansada. Como te dije ayer por teléfono fui a ayudar a mamá con unas cosas mientras papá estaba de viaje.
Él asintió, confiado, y volvió a su plato.
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La lluvia contra las ventanas del departamento de mis padres era el único sonido que acompañaba mi aburrimiento. Papá, otra vez de viaje por la fábrica en Córdoba. Mamá, según su mensaje, había ido al supermercado. Yo, Sofía, de veintidós años, había ido a buscar un viejo álbum de fotos. La llave giró en la cerradura, pero no era mamá. Era el ritmo pausado, familiar, de alguien que conocía bien la casa. Los pasos fueron directos a la cocina. Me quedé inmóvil en el estudio, la puerta entreabierta.
—Nora, amor, ya estoy —dijo una voz grave, áspera, que me heló la sangre. Era Héctor, mi suegro.
—En el dormitorio, corazón —respondió la voz de mi madre, dulce, mimosa, con un tono que jamás le había oído dirigir a mi padre.
No, no podía ser. Me acerqué al pasillo en puntillas, el corazón martillándome en el pecho. La puerta del dormitorio conyugal estaba cerrada, pero no del todo. Una rendija.
—Qué bien que viniste —murmuró mamá—. Pensé que no podrías escaparte de tu mujer.
—Para vos siempre tengo tiempo, mi reina —dijo Héctor, y el sonido de un beso húmedo, profundo, llenó el silencio—. ¿Y tu marido?
—En Córdoba, hasta mañana tarde. Tenemos… toda la noche y parte del día.
—todo un día para darte pija como te gusta, por todos los agujeros y con toda la fuerza. Como la vez pasada, ¿te acordás? Después del asado de mi hijo.
Mi cerebro hizo un clic. La vez pasada. Y yo que creía que eran amigos, que la complicidad entre ellos era por la familia unida. Un sudor frío me recorrió la nuca. Y una punzada caliente, indecente, muy adentro.
—Cómo no me voy a acordar —susurró mamá, con una risita baja—. Me tenías ahí mismo, en el quincho, contra la parrilla apagada. Te dije que no, que podía llegar alguien…
—Pero te gustó el peligro —la voz de Héctor era ahora un ronroneo cargado de malicia—. Se te mojó toda la concha apenas te bajé el pantalón. Y cuando te la metí…
—Shhh… —lo interrumpió ella, pero su tono era de complicidad, no de reproche.
—Cuando te la metí por el culo por primera vez —continuó él, sin piedad—, gritaste tan fuerte que tuvimos que parar. Y después me la chupaste como una desesperada. Tragaste toda mi leche.
Sentí un mareo. Mi suegro. Mi madre. Por el culo. Tragó toda mi leche. El lenguaje soez, crudo, saliendo de sus bocas con una naturalidad aterradora. Y yo allí, espiando, con las piernas temblorosas. La imagen se formó en mi mente sin permiso: Héctor, alto, corpulento, de manos grandes, empinando a mi madre contra la parrilla. Ella, con sus cuarenta y dos años bien llevados, las nalgas al aire, recibiendo esa pija que ahora imaginaba gruesa y venosa. Mi propia concha palpitó, húmeda, traicionera.
—No cambies, Héctor —dijo mamá, y se oyó un ruido de ropa removida—. Siempre tan vulgar. Es lo que más me calienta de vos.
—Y a vos lo que me calienta es esta concha madura y jugosa —replicó él—. Abrí, que la quiero probar.
Un gemido bajo, un susurro de telas cayendo al suelo. Ya no pude contenerme. Empujé la puerta con cuidado, la rendija se amplió.
Allí estaban. Héctor, completamente desnudo, de pie junto a la cama. Su cuerpo no era el de un hombre de sesenta años; era robusto, velludo, con un abdomen que solo tenía la curva suave de la edad, y entre sus piernas, colgando pesada y gruesa, su pija. Semierecta ya, prometiendo mucho más. Mamá estaba recostada en la cama, solo con una bata abierta que dejaba ver sus pechos maduros, sus caderas, y el triángulo oscuro de su vello púbico. Tenía las piernas abiertas, invitando.
—Vení —dijo ella, con un hilo de voz—. Chupame. Como antes.
Héctor se arrodilló en el borde de la cama, hundió la cabeza entre sus muslos. Los ruidos empezaron: chupadas fuertes, lengüeteadas obscenas, gemidos ahogados de mamá que se transformaban en pequeños gritos. Él agarraba sus nalgas con las dos manos, las separaba, y su boca se movía con una voracidad que me dejó sin aire.
—Sí… ahí… el culo también —jadeó mamá, levantando las caderas.
Él obedeció. Su lengua, que yo ahora veía rosada y hábil, se deslizó de su concha hacia atrás, hasta el pequeño hoyo que ofrecía. Mamá gritó, una exclamación aguda y desvergonzada. Yo me apreté las piernas, la humedad en mis bragas era una mancha caliente e imparable.
—Te encanta que te coman el culo, ¿eh, Nora? —preguntó Héctor, apartándose solo para hablar, su barba brillante de sus jugos—. Tu marido no te hace esto, ¿verdad?
—No… nunca —confesó ella entre respiraciones entrecortadas—. Él es… muy tradicional. Vos… vos me enseñaste.
—Y te enseñaré más —prometió él, y se puso de pie. Su pija ahora estaba completamente erecta, imponente, con la cabeza morada y un hilo de líquido preseminal colgando—. Dámela. En la boca.
Mamá se incorporó, se arrodilló en la cama frente a él. Sin preámbulos, tomó esa verga con ambas manos, la acarició de base a punta, y luego abrió la boca. Se la metió entera. El espectáculo era hipnótico: mi madre, con sus labios de mujer seria, tragándose la pija de mi suegro hasta la raíz, con una facilidad que hablaba de práctica. Él gruñó, le agarró la nuca, y comenzó a bombear hacia dentro y fuera de su garganta.
—Sí, así… así me la chupaste en el baño del country, después del partido de tu hijo —recordó él, entre jadeos—. Con tus amigas al otro lado de la puerta. Te corriste sólo con chupármela.
Ella hizo un sonido gutural de asentimiento, sus mejillas se hundían. Sus manos jugueteaban con sus testículos, pesados y velludos. Yo no podía moverme. El morbo había anulado cualquier atisbo de decencia. Quería ver más. Quería… ser parte.
—Te la chupaste como una putita hambrienta —ronroneó Héctor, sus dedos enredados en el cabello castaño de Nora mientras ella separaba sus labios de su pija aún húmeda—. Pero ahora quiero algo más.
Nora lo miró desde el borde de la cama, sus ojos vidriosos de excitación, su boca brillante con saliva y preseminal. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.
—Siempre querés más —susurró, deslizando sus manos por sus muslos velludos—. ¿Adónde esta vez, mi amor?
Héctor no respondió con palabras. En un movimiento fluido, la agarró por las axilas y la levantó, colocándola de espaldas en el centro de la cama. Ella cayó con un suave rebote, sus pechos oscilando, su concha completamente expuesta y brillante bajo la luz del dormitorio. Él se puso de rodillas entre sus piernas abiertas, sus manos agarrando la parte interna de sus muslos, separándolos aún más.
—Acá —dijo, su voz grave cargada de intención—. Primero acá. Quiero sentir esa concha madura y caliente apretándome hasta reventar.
Nora gimió, arqueando la espalda, ofreciéndose. —Sí… por favor, Héctor. Hace días que sueño con esto.
Él se inclinó hacia delante, pero no para penetrarla. Apoyó su pija, dura y palpitante, sobre su pubis, deslizando el glande hinchado por sus labios exteriores, empapándola de su propia humedad sin entrar aún.
—¿Cuánto me extrañaste? —preguntó, jugando cruelmente—. ¿Te tocabas pensando en mí? ¿En esta pija metida en tu concha de esposa aburrida?
—Sí —jadeó ella, sus caderas buscando un contacto que él negaba—. Todas las noches. Mientras mi marido ronca a mi lado, pienso en vos… en cómo me hacés gritar, en cómo me llenás…
—¿En cómo te lleno? —la interrumpió, frotando su cabeza contra su clítoris, haciéndola gemir—. ¿De qué te lleno, Nora?
—De leche —susurró ella, avergonzada y excitada a la vez—. De tu leche caliente.
—Exacto —asintió él, satisfecho—. Pero primero, la concha. Después el culo. Como a mí me gusta.
Finalmente, sin más preámbulos, se colocó a la entrada. Nora contuvo la respiración. Él la miró fijamente a los ojos, un destello de posesión salvaje en los suyos, y empujó.
Su entrada fue lenta, deliberada, conquistando centímetro a centímetro. Nora gritó, un sonido largo y gutural que se transformó en un gemido continuo. Él era ancho, llenándola por completo, estirando sus paredes de una manera que su marido nunca había logrado.
—Dios… Héctor… —logró decir, sus uñas clavándose en las sábanas.
—Callate y sentí —ordenó él, y comenzó a moverse.
No fue una cogida tierna. Fue una posesión animal, rítmica y profunda. Cada embestida hacía que el cuerpo de Nora se sacudiera sobre la cama, sus pechos saltando con el impacto. Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo de sus cuerpos unidos, los jadeos entrecortados de ella, los gruñidos bajos de él. Héctor apoyó las manos a los costados de su cabeza, encerrándola, su rostro a centímetros del suyo.
—Mirame —exigió—. Quiero que veas quién te está cogiendo. No tu marido. Yo. El padre de tu yerno.
Ella abrió los ojos, vidriosos, y asintió. —Sí… vos… solo vos…
—Decilo —insistió él, acelerando el ritmo, golpeando más fuerte—. ¿De quién es esta concha?
—¡Tuya! —gritó Nora, sus piernas envolviéndolo—. ¡Tuya, Héctor!
—Así me gusta —refunfuñó, y bajó una mano para pellizcarle un pezón duro—. ¿Tu marido te hace venir? ¿Te hace chillar así?
—No… nunca… —gimió ella, fuera de sí—. Solo vos… solo vos me hacés sentir así…
Héctor sonrió, un gesto triunfal y perverso. Cambió el ángulo, levantando sus caderas para hundirse más profundo. Nora chilló, sus ojos en blanco por un segundo. Él había encontrado ese punto preciso, ese lugar que hacía que todo su cuerpo se convulsara de placer.
—Ahí… —suplicó ella, casi llorando—. Ahí mismo, por favor…
Él no necesitó que se lo pidiera dos veces. Concentró sus embestidas en ese ángulo, cada una más precisa, más brutal que la anterior. La habitación se llenó del sonido de piel contra piel, de los quejidos cada vez más agudos de Nora, del jadeo ronco de Héctor. Él la observaba descomponerse, ver cómo el placer la dominaba por completo, y eso lo excitaba aún más.
—¡Voy a enlecharte putona! —anunció, su ritmo volviéndose frenético, caótico—. Adentro… te voy a llenar esta concha…
—¡Sí! —gritó Nora, sus músculos vaginales apretándolo como un puño—. ¡Adentro, Héctor, por favor!
Un último empujón profundo, un gemido ronco que salió de lo más hondo de su garganta, y Héctor se detuvo, enterrado hasta las pelotas dentro de ella. Su cuerpo se tensó, su espalda se arqueó, y Nora pudo sentir los espasmos calientes de su pija mientras eyaculaba en su interior, cada chorro inundándola, marcándola como suya. El orgasmo de ella la siguió de inmediato, una explosión prolongada que la hizo temblar y arquearse debajo de él, sus uñas dejando marcas en su espalda sudorosa.
Se quedaron así, conectados, jadeando, mientras las olas de placer los abandonaban lentamente. Héctor, todavía dentro de ella, bajó la cabeza para morder suavemente su hombro.
—Eso —dijo, sin aliento—. Así es como se coge a una mujer infiel.
Nora solo podía gemir, exhausta, satisfecha, llena. Héctor se retiró lentamente, y un hilillo blanco y espeso se derramó de su concha hinchada sobre las sábanas. Él lo observó, con un orgullo primitivo.
Héctor se retiró de ella con un sonido húmedo y satisfecho, rodando hacia un costado en la cama sudorosa. Nora jadeaba, sus piernas todavía temblorosas, su sexo palpitante y lleno de él. El aire acondicionado zumbaba suavemente, el único sonido aparte de sus respiraciones agitadas. Él estiró el brazo hacia la mesita de noche, tomó un paquete de cigarrillos y encendió uno. El humo se elevó en espirales perezosos.
—Mirá eso —dijo Héctor, señalando con la cabeza hacia el sexo de Nora, aún brillante y entreabierto—. Goteando. Como una fuente.
Nora se sonrojó, pero no por vergüenza. Un rubor de excitación profunda. Se tocó suavemente, sintiendo la mezcla de sus fluidos.
—Me llenaste —murmuró, mirando cómo su dedo se humedecía—. No me llenaba así nadie… desde la última vez que viniste.
Héctor sonrió, tomando una larga pitada. —Tu marido debe pensar que es un toro en la cama, ¿no? Que con sus tres minutos y su lechecita aguada te deja satisfecha.
Ella rio, un sonido bajo y cargado de complicidad. —Si supiera… si supiera que su mujer necesita media hora de cogida a pelo y tres corridas para sentirse viva.
—No solo eso —continuó él, su voz adoptando un tono deliberadamente cruel y excitante—. Necesita que la cojan por la concha y por el culo. Que le hablen sucio. Que le peguen en las nalgas hasta dejarlas rojas. Que le escupan en la boca y le hagan tragar leche como a una puta de callejón.
Nora se mordió el labio, su mano bajando de su sexo a su propio clítoris, que aún palpitaba. —Sí… eso necesito.
Héctor la observó tocarse, sus ojos oscuros brillando con perversa satisfacción. —Y pensar que el pobre cornudo está ahí, en Córdoba, creyendo que su mujercita fiel está tejiendo o mirando la tele. Mientras en realidad, está en su cama, con la concha abierta y llena del semen de otro. Del semen de su amigo. Del padre de su yerno.
—De vos —susurró Nora, acariciándose más rápido—. Estoy llena de vos.
—Y tu hija —agregó Héctor, inclinándose hacia ella, su voz baja y cargada de malicia—. ¿Sofía? La buena esposa de mi hijo. ¿Sabés lo que haría si supiera que su suegro tiene la pija chorreando dentro de su mamá en este mismo momento?
Nora dejó escapar un gemido, su respiración se aceleró. —No… no lo sabe.
—Pero podría saberlo —insistió él, jugando con el miedo y la lujuria de ella—. Podría aparecer en cualquier momento. Imaginate… toca el timbre, entramos en pánico, nos vestimos rápido… pero el olor a sexo en esta habitación no se va. Ella lo huele. Te mira a los ojos y sabe. Sabe que su mamá es una zorra que se coge al padre de su marido.
—Pará… —jadeó Nora, pero su mano no se detuvo. Al contrario, se movía más rápido.
—¿Y mi mujer? —continuó Héctor, implacable, su mano bajando a acariciar su propia pija, que ya comenzaba a reanimarse—. La abuela de tus nietos. Cree que estoy en el club, jugando al póker. En vez de eso, estoy aquí, con mi verga dura otra vez, lista para meterla en el culo de la mujer que su amiga llama “hermana”. Tu amiga, ¿no? Mi mujer y vos son amigas. Se cuentan secretos. ¿Y si le cuento yo qué sonidos hacés cuando te rompo el culo?
Nora gimió, su cuerpo se arqueó en la cama. —Héctor, por favor…
—Por favor, ¿qué? —preguntó él, apagando el cigarrillo y acercándose a ella, sus dedos reemplazando los suyos en su clítoris—. ¿Qué le dirías a mi mujer si estuviera aquí? ¿Le dirías lo buen cogedor que soy? ¿Lo que tardo en venir? ¿Lo gruesa que se me pone la pija cuando te veo abierta, esperándome?
—Le diría… —Nora tragó saliva, sus ojos vidriosos fijos en los de él—… le diría que su marido me hace cosas que ella ni se imagina. Que me usa como un trapo, que me llena por todos lados, que me hace sentir viva. Que soy su puta. Y que ella es una estúpida por no saberlo.
Héctor emitió un gruñido de aprobación. Su dedo índice se deslizó hacia atrás, pasando por su sexo hinchado hasta encontrar la entrada de su ano. Presionó suavemente.
—Y tu marido —susurró, acercando sus labios a su oído—. El gran cornudo. ¿Qué le dirías a él?
Nora gimió cuando su dedo comenzó a penetrarla suavemente ahí. —Le… le diría… que el mejor amigo que tiene… el que le ayuda con los impuestos… el que le consiguió el trabajo… le está cogiendo a su mujer… por el culo… desde hace cinco años… y que le encanta…
—Y que sos una traidora —concluyó Héctor, su dedo entrando y saliendo con ritmo lento—. Una puta traidora que prefiere la pija de su amigo antes que la de él. Que se moja solo de pensar en cómo voy a reventarte esta vez.
—Sí —admitió ella, sin ningún vestigio de arrepentimiento, su voz quebrada por el placer—. Soy una puta. Y vos… vos sos un hijo de puta. Y yo te amo por eso.
Héctor sonrió, un gesto feroz y posesivo. Retiró su dedo y se puso de rodillas entre sus piernas. Su pija estaba completamente erecta de nuevo, imponente, lista.
—Bueno, puta —dijo, agarrando sus nalgas y abriéndolas—. Ya hablamos suficiente de los cornudos. Ahora hablemos de lo que importa. De cómo voy a hacerte gritar mientras te rompo este culo que le debería pertenecer a tu marido.
Nora solo asintió, con los ojos brillantes de lágrimas de excitación y sumisión. Él escupió en su mano, se lubricó a sí mismo y a su objetivo. En el pasillo, escondida, Sofía apretó las piernas, sintiendo cómo su propio deseo, mezclado con el morbo de escuchar semejante conversación, alcanzaba un nuevo pico. Su mano deslizándose dentro de su pantalón era el único alivio a la tensión insoportable que esos diálogos habían creado.
Mamá entendió al instante. Se dio vuelta, se puso a cuatro patas en la cama, arqueando la espalda y presentando sus nalgas redondas y su sexo hinchado y brillante. Él se puso detrás, acarició la rajadura de sus nalgas con la punta de su pija.
—¿Dónde querés? —preguntó, cruel, sabiendo la respuesta.
—Por el culo —susurró ella—. Por favor, Héctor, dámelo por el culo.
Él escupió en su mano, se lubricó a sí mismo y a su anhelado objetivo. Luego, con una mano firme en su cadera, se colocó a la entrada y empujó.
El grito de mamá fue sofocado por la almohada en la que hundió la cara. Héctor entró a medias, con dificultad, pero persistente. Poco a poco, su polla desapareció dentro de las nalgas de mi madre, que se estiraban para acomodarlo. Un sonido húmedo, obsceno, llenó la habitación.
—Dios… qué culo apretado —gimió él, empezando a moverse—. Aún después de tantas veces… me desesperás.
Y comenzó la cogida. Lenta al principio, luego más rápida, más fuerte. Cada embestida hacía que el cuerpo de mamá se sacudiera hacia delante, que sus pechos oscilaran. Los gemidos de ella eran continuos, un quejido placentero y sumiso. Héctor le agarraba las caderas con fuerza, marcándole la piel con sus dedos. De pronto, levantó una mano y le dio una nalgada fuerte, seca. El clap resonó en la habitación.
—¡Ah! —gritó mamá, pero no en protesta, sino en éxtasis.
—Te gusta que te peguen, ¿puta? —gruñó él, dándole otra más fuerte—. Decilo.
—Sí… sí me gusta —gimió ella—. Soy tu puta.
—La puta de tu consuegro —corrigió él, con sádica satisfacción—. Cuando tu hija me vea en la cena familiar, no va a saber que su suegro te estuvo cogiendo el culo y te lo lleno de leche.
No lo resistí más. La combinación del espectáculo y esa frase final, que me incluía a mí en su perversión, rompió cualquier dique. Un orgasmo silencioso pero violento me recorrió, apretándome contra el marco de la puerta mientras callaba mis propios gemidos. Mis piernas flaquearon. Cuando abrí los ojos, ellos seguían, pero Héctor había cambiado el ángulo. Ahora estaba acostado sobre ella, cogiéndola a pelo, su pelvis estrellándose contra sus nalgas con un ritmo frenético.
—Me voy a venir —anunció él, con voz ronca—. ¿Adónde querés mi leche, Nora?
—Adentro —suplicó ella, casi llorando de placer—. Adentro del culo, Héctor, por favor.
Él gruñó como un animal, se hundió hasta el fondo y se quedó temblando. Su espalda se arqueó, sus nalgas se contrajeron. Estaba eyaculando dentro de ella. Yo podía ver cómo su cuerpo se sacudía con cada chorro. Mamá gritó, su propio orgasmo desencadenado por el de él, su cuerpo convulsionándose bajo el suyo.
Se quedaron así, jadeando, pegados, por un minuto eterno. Luego, Héctor se retiró lentamente. Un hilo blanco y espeso goteó del ano de mamá sobre las sábanas. Él lo miró con satisfacción.
—Tendremos que cambiar las sábanas antes de que vuelva tu marido —dijo, con un humor negro que me heló y me excitó a la vez.
Fue entonces cuando mi pie, entumecido, rozó una mesa auxiliar. Un pequeño jarrón cayó al suelo con un ruido sordo, pero suficiente.
El silencio fue instantáneo. Luego, pasos rápidos. La puerta se abrió de golpe.
Héctor estaba allí, desnudo, sudoroso, su pija aún semierecta y brillante de sus propios fluidos y los de mi madre. Sus ojos, al verme, se abrieron como platos, pero no con miedo o pánico. Con algo más: curiosidad, desafío… y un brillo de interés.
—Sofía —dijo, con calma—. Cuánto tiempo.
Mamá apareció detrás de él, tapándose con una sábana, su rostro una máscara de horror y vergüenza.
—Sofi… yo… —balbuceó.
Pero Héctor la calló con un gesto de la mano. Sus ojos no se despegaban de mí.
—¿Cuánto llevás escuchando? —preguntó directamente.
Mi boca estaba seca. Tragué saliva, encontrando una voz que no reconocí como mía.
—Lo suficiente —dije—. La conversación sobre el quincho fue… ilustrativa.
Héctor esbozó una sonrisa lenta, perversa. Su mirada bajó, recorrió mi cuerpo pegado a la puerta, mi ropa arrugada, y por un instante creí que podía oler mi propio deseo.
—Parece que te gustó el espectáculo —observó.
Mamá hizo un ruido de protesta, pero él la ignoró.
—No vine a juzgar —logré decir, levantando la barbilla con una bravata que no sentía—. Solo… vine a buscar un álbum.
—Claro —asintió Héctor, cruzando los brazos sobre su pecho velludo—. Y ahora que sabés nuestro pequeño secreto… ¿qué vas a hacer?
La pregunta flotó en el aire cargado de sexo y sudor. Yo miré a mi madre, cuyo horror estaba siendo reemplazado por una extraña resignación. Miré a Héctor, cuya pija empezaba a mostrar un renovado interés. Y miré hacia adentro de mí, donde el morbo y la curiosidad habían formado una aleación irrompible.
—No voy a hacer nada —dije, y una sonrisa traviesa se dibujó en mis labios—. Al menos, no lo que vos y mamá esperan que haga.
Héctor arqueó una ceja, intrigado. Mamá dejó escapar un suspiro tremendo.
—¿Y qué esperamos? —preguntó Héctor.
—Que me vaya, que les grite, que amenace con contarlo todo —enumeré—. Pero tengo una mejor idea.
Me separé del marco de la puerta, entré al dormitorio. El olor a sexo era denso, embriagador. Caminé lentamente hacia ellos, deteniéndome a un paso de distancia de Héctor. Levanté la mano y, sin romper el contacto visual, posé mi palma sobre su pecho. Su piel estaba caliente, húmeda.
—La próxima vez que papá viaje —dije, mirándolo fijamente—, quiero una invitación.
El silencio que siguió fue absoluto. Luego, Héctor comenzó a reír. Una risa profunda, genuina, llena de sorpresa y admiración.
—Mierda, Nora —le dijo a mi madre, sin apartar los ojos de mí—. La hija te salió más zorra que vos.
Mamá no dijo nada, pero su mirada iba de él a mí, y en sus ojos ya no había horror. Había aceptación. Y algo más: un destello de complicidad.
Héctor tomó mi mano que estaba en su pecho y la llevó más abajo, hasta su cintura, y luego más abajo aún, hasta envolver mis dedos alrededor de su pija, que ahora estaba completamente dura otra vez.
—¿Estás segura, Sofía? —preguntó, su voz un ronroneo peligroso—. Esto no es un juego de niños. Esto es… sucio.
Apreté suavemente. Era gruesa, pesada, palpitante.
—Lo supe desde el momento en que escuché lo de la parrilla —confesé—. Y desde que vi cómo le llenabas el culo a mi madre.
—Bueno —dijo él, y su otra mano vino a tomar mi nuca, atrayéndome hacia él—. Entonces hoy es tu día de suerte. Tenemos… —consultó un reloj imaginario—… mucho tiempo.
Su boca se cerró sobre la mía con una ferocidad que me dejó sin aliento. Su sabor era salado, a sudor y a sexo. A él. A ella. A los dos. Detrás de nosotros, mamá dejó caer la sábana y se acercó, sus manos acariciando mi espalda, bajando hasta mis nalgas.
Así comenzó todo. Ese día aprendí que mi suegro era un amante dominante, experto y sin inhibiciones. Que mi madre era una cómplice ávida y sumisa. Y que yo, Sofía, tenía un apetito por lo prohibido que superaba cualquier sentido de la decencia.
En las horas siguientes, esa cama fue testigo de todo. De cómo Héctor me cogió por primera vez, por la concha, mientras mamá me besaba y me acariciaba los pechos. De cómo, después, me puso a cuatro patas y me abrió el culo con paciencia y saliva antes de metérsela entero, un dolor transformador que se convirtió en un placer que nunca había imaginado. De cómo mamá, una vez superada su timidez inicial, me enseñó a chuparle la pija a Héctor hasta la garganta, a lamerle los testículos, a tragarme cada gota de su leche cuando él venía en mi boca. De las nalgadas que nos propinaba a las dos, dejando nuestras pieles marcadas y ardientes. De los juegos de palabras soeces, de los apodos degradantes que nos ponía y que nos excitaban aún más.
—Vení, putita —me decía mientras me penetraba—. A tu suegro le encanta cómo gemís. Más fuerte, que tu madre escuche lo buena que es su hija para coger.
Y yo gemía, gritaba, suplicaba. Y mamá, a un lado, se tocaba y nos observaba con ojos vidriosos de lujuria.
Una tarde, mientras Héctor descansaba, mamá y yo nos quedamos en la cocina, tomando café.
—¿Cuándo empezó esto? —pregunté, sin preámbulos.
Ella suspiró, jugando con su taza.
—Hace cinco años —dijo—. En el cumpleaños de tu marido. Héctor me llevó a casa porque tu padre ya se había ido. Empezamos a hablar… una cosa llevó a la otra.
—¿Y nunca sospechó nadie?
—Tu padre es un hombre confiado. Y distante. Y Héctor… es todo lo contrario.
Asentí. Lo era. En la cama, era un torbellino de energía y perversión. Fuera de ella, el perfecto suegro y amigo de la familia.
—¿Y vos? —me preguntó ella, con timidez—. ¿Estás bien con esto? ¿No te sentís… rara?
Sonreí, un gesto cansado pero satisfecho.
—Mamá, en estos días me hizo coger en todas las posiciones imaginables, me llenó de leche por todos los agujeros que tengo, y me hizo llamarlo “papá” mientras lo hacía. Si eso no me dejó “rara”, nada lo hará. Lo único que siento es… hambre de más.
Ella sonrió, un poco aliviada, un poco avergonzada, y completamente cómplice.
La última noche, Héctor nos preparó una cena: un buen vino, un asado. Los tres desnudos en la cocina, riéndonos como viejos amigos. Después del postre, nos llevó al dormitorio y nos hizo acostarnos a los lados de la cama, una al lado de la otra.
—Hoy les voy a dar un regalo especial —anunció, de pie frente a nosotras, su pija en todo su esplendor—. Nora, vos primero.
Mamá se arrodilló frente a él y empezó a chupársela. Cuando estuvo cerca del orgasmo, él la detuvo.
—Ahora vos, Sofía —me ordenó.
Hice lo mismo, saboreando el sabor de mamá mezclado con el de él. De nuevo, me detuvo antes de que llegara.
Así continuó, alternando entre nosotras, llevándonos al borde una y otra vez, hasta que ambas estábamos temblando de necesidad.
—Ahora —dijo, con voz ronca por la excitación—, las dos juntas. Quiero verlas besarse mientras me la chupan.
Mamá y yo nos miramos. Un segundo de duda, luego un entendimiento mutuo. Nos acercamos, nuestros labios se encontraron en un beso tímido al principio, luego más profundo, más apasionado. Nuestras manos se entrelazaron mientras nuestras cabezas bajaban juntas hacia la erecta verga de Héctor. Lo chupamos al mismo tiempo, nuestras lenguas encontrándose alrededor de su glande, nuestros labios chocando en su base. Fue extraño, intenso, y terriblemente excitante.
—Dios mío —gruñó Héctor, sus manos agarrando nuestras cabezas—. Esto… esto es lo mejor.
Cuando finalmente llegó, no pidió que eligiéramos. Simplemente gritó y eyaculó sobre nuestros rostros, nuestros pechos, nuestras bocas abiertas. La leche caliente nos salpicó a las dos, mezclándose en nuestra piel. Después, nos abrazamos, las tres, sudorosos, pegajosos y exhaustos.
A la mañana siguiente, papá volvía. Héctor se fue temprano, no sin antes darnos a cada una un beso profundo y una nalgada cariñosa.
—Hasta la próxima, mis putitas —susurró en la puerta.
Mamá y yo nos quedamos limpiando la casa, borrando toda evidencia. Cambiamos las sábanas, ventilamos las habitaciones. Pero el olor a sexo y a traición parecía haberse impregnado en las paredes.
—¿Y ahora? —pregunté mientras ordenábamos el living.
—Ahora —dijo mamá, con una sonrisa triste pero decidida—, volvemos a la normalidad. A fingir. A esperar el próximo viaje de tu padre.
Asentí. La normalidad. Una palabra vacía ahora. Porque yo ya no era la misma. Mi cuerpo recordaba cada caricia, cada empujón, cada insulto cariñoso. Mi boca recordaba el sabor de ellos dos. Y mi concha, mi culo, ansiaban la próxima visita de mi suegro.
Esa noche, cenando con mi marido —el hijo de Héctor— en nuestra casa, no podía dejar de mirar sus manos, tan parecidas a las de su padre, y preguntarme si alguna vez sospecharía algo. Él hablaba de trabajo, de planes futuros, y yo asentía, sonreía, y por debajo de la mesa, apretaba las piernas para contener el calor que solo el recuerdo de esos tres días podía generar.
Mi marido me tomó la mano.
—¿Estás bien, amor? Pareces… distante.
Sonreí, un gesto perfectamente ensayado.
—Sí, cariño. Solo un poco cansada. Como te dije ayer por teléfono fui a ayudar a mamá con unas cosas mientras papá estaba de viaje.
Él asintió, confiado, y volvió a su plato.
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