Um amor diferente

Total libertad para comentar lo que quieran
Espero sean de vuestro agrado

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UN AMOR DIFERENTE

No sé en qué momento la rutina empezó a comerme viva. Tal vez fue una acumulación lenta, silenciosa, de días iguales, cenas tibias y silencios que ya no incomodan. Llevo casi diez años casada con Tomás. Es buen tipo, trabajador, responsable… pero hay cosas que no se compran con esfuerzo ni se resuelven con horarios cumplidos. Hace tiempo que lo nuestro es un contrato tácito de convivencia. No hay sobresaltos, ni peleas… pero tampoco hay fuego.

La casa está impecable. El almuerzo servido a tiempo. Las sábanas limpias. Todo bajo control. Todo tan perfecto que a veces me dan ganas de gritar.

Empecé a trabajar no por necesidad, sino por escape. Un estudio contable chico, de barrio. Apenas medio turno. El lugar no tiene mucho glamour: escritorios gastados, papeles por todas partes y un olor constante a café recalentado. Pero algo pasó el segundo día que entré.

Martina.

Veinticuatro años, según me dijo después. Elegante hasta cuando usa un pantalón de vestir y una blusa simple. Camina como si supiera exactamente hacia dónde va, como si el mundo girara dos segundos más lento sólo para admirarla. Su cuerpo tiene esas curvas que no se esconden, pero tampoco se exponen con vulgaridad. Hay algo en su forma de estar, de ocupar el espacio, que simplemente no se puede ignorar. Y lo curioso es que, aun siendo mujer, no pude evitar mirarla.

La primera vez que me habló, fue con una sonrisa ladeada y una pregunta sin importancia. Pero su voz... su voz tenía ese tono entre dulce y burlón, como si supiera algo que yo aún no.

Y quizás lo sabía.
Con el correr de los días, Martina se fue volviendo una presencia constante. Siempre tenía algo para decir, una observación aguda, un comentario que me sacaba una sonrisa o me dejaba pensando. Y a la vez, empezó a preguntarme cosas. Muchas cosas. Cosas que nadie más se atrevía a preguntar.

—¿Hace cuánto estás casada? —fue lo primero.

Después vinieron otras: si quería hijos, si alguna vez me había sentido tentada a engañar a Tomás, si todavía cogíamos seguido.

—¿Y qué tal coge tu marido? —soltó una tarde, mientras revisábamos unas planillas, como si me estuviera preguntando por el clima.

Me atraganté con el café. Martina me miró, divertida, sin esperar una disculpa.

—No tenés por qué responder si no querés. Pero lo noto en tu cara, Cami. Estás seca. ¿Hace cuánto que no acabás de verdad?

No supe qué decirle. Me reí, incómoda. Me puse colorada, lo sé. Pero no me enojé. Había algo en su manera de hablar que no sonaba ofensiva. Era desinhibida, sí, pero no vulgar. Tenía esa mezcla rara de atrevimiento y ternura que desarmaba cualquier intento de poner límites.

—¿Y es grande? —me insistió un par de días después, en voz baja, mientras almorzábamos en el patio trasero del estudio.

—¿Qué cosa?

—El pito de tu marido, Camila.

Me quedé mirándola, atónita. Ella se rió con esa sonrisa suya de costado, como si disfrutara verme perder el control.

Me hacía preguntas que ninguna amiga me había hecho nunca. Me analizaba. Me desnudaba sin tocarme, sin siquiera acercarse demasiado. Lo más extraño era que yo se lo permitía.

Pero cuanto más me preguntaba ella, más me daba cuenta de que yo no sabía nada de ella. Era extrovertida, divertida, el alma de cada conversación... pero no contaba nada propio. No hablaba de su familia, ni de sus ex, ni de sus gustos reales. Todo en ella parecía diseñado para desviar la atención.

Y yo, que nunca fui curiosa con otras personas, empecé a querer saber más. Porque había algo detrás de esos ojos color miel, algo que se ocultaba detrás de cada broma y cada pregunta atrevida.

Algo que, sin querer, empezaba a obsesionarme.
Pasaron unos meses desde que empecé en el estudio. Al principio, todo era nuevo, agobiante, casi vertiginoso. Pero con el tiempo fui encontrando mi ritmo… y a Martina.

Nos volvimos inseparables. Compartíamos las mañanas como si fueran un pequeño mundo aparte. Nos reíamos por cualquier cosa, hacíamos comentarios sarcásticos sobre los clientes más intensos, nos mirábamos con complicidad cada vez que pasaba algo absurdo en la oficina. Pero por más cercanía que sintiera con ella, había un muro invisible que nunca lograba atravesar.

Martina no hablaba de su vida. Sabía que era soltera, que vivía sola, y nada más. Yo, en cambio, le contaba casi todo: de mi marido, de mi madre enferma, de la rutina cada vez más asfixiante que me atrapaba entre recetas médicas, reclamos pasivos y silencios que gritaban más que cualquier palabra. Mi casa no era un hogar, era un campo minado donde cualquier paso en falso podía detonar la culpa.

Ella me escuchaba con esos ojos tan intensos que me daban ganas de callarme y dejar que me dijera lo que pensaba. Pero nunca lo hacía.

Y sin embargo…

A veces me miraba de una forma que no entendía. Como si supiera algo de mí que ni yo había descubierto. O me tocaba la espalda al pasar por detrás mío, y sus dedos quedaban un segundo más de lo necesario. Un roce que no era grosero ni obvio. Era peor: era sutil. Me sonreía con picardía cuando me encontraba retocándome el labial en el baño. Se reía cuando me quejaba de mi marido, pero con una risa distinta, cargada de algo que no lograba identificar.

Me decía cosas como “te queda bien esa blusa” o “ojalá fuera yo la que te esperara en casa”. Después se callaba, bajaba la mirada, y seguía trabajando como si nada.

Yo volvía a casa confundida, con un cosquilleo extraño en el cuerpo, como si tuviera una pregunta sin respuesta rondándome la piel. ¿Estaba imaginando todo? ¿Me había vuelto una adolescente patética, buscando señales donde no las había?

O tal vez no…

Tal vez Martina sabía muy bien lo que estaba haciendo.
Aquel día empezó como cualquier otro. Nada anunciaba lo que vendría. Firmas, correos, planillas, un par de comentarios irónicos compartidos con Martina que me arrancaron una sonrisa… rutina, en estado puro.

En un momento, fui al baño como todos los días. Me miré al espejo, me arreglé el pelo, me pasé un poco de brillo en los labios, distraída. No estaba pensando en nada, o al menos, eso creía. Cuando abrí la puerta para salir, ahí estaba ella.

Martina me esperaba recostada contra el lavabo, los brazos cruzados, esa sonrisa suya —mitad inocente, mitad peligrosa— dibujada en la cara.

—¿Tenés un minuto? —me dijo como si estuviéramos en cualquier pasillo de la oficina.

—Claro, ¿qué pasa?

—Necesito tu consejo… de mujer a mujer —me respondió, bajando la voz y mirando alrededor, aunque estábamos solas.

Fruncí el ceño, confundida. La miré sin entender.

—Estoy saliendo con un chico —dijo, y me hizo una mueca como de vergüenza fingida—. Y hoy… no sé, me vestí pensando un poco en él. ¿Te parece demasiado? —y sin más, se desabrochó un botón de la blusa y me mostró el borde de un sostén negro, calado, delicado. Después giró apenas el cuerpo y bajó un poco el pantalón para dejarme ver una less diminuta, de encaje rojo. Me guiñó un ojo.

Me quedé muda. Algo en mi estómago se contrajo. No supe qué pensar. No sabía si de verdad estaba hablando de un hombre… o si la escena era para mí.

Me reí, nerviosa. No supe qué decir.

Y entonces lo hizo.

Se acercó como si nada, y sin darme tiempo a retroceder, me dio un beso. No uno apasionado, no uno largo. Fue apenas un roce en la boca. Pero fue en la boca.

Me aparté de golpe.

—¿Qué carajo estás haciendo? —le dije, la voz más alta de lo que quería. La adrenalina me nubló la cara.

Martina se quedó quieta, los ojos abiertos, pero no asustada. Más bien… sorprendida. Como si no esperara esa reacción.

—¿Estás loca? ¿Te pensás que soy lesbiana? —le solté. El enojo, o el miedo, o la vergüenza… o todo junto, me brotaba como lava por la garganta.

Ella no respondió. No se disculpó. Solo me miró con una mezcla de decepción y algo que no supe descifrar.

—No te metas más conmigo, Martina. No me gusta este jueguito tuyo —dije antes de salir casi huyendo de ese baño que, de repente, me pareció más chico que nunca.

Volví a mi escritorio con el corazón desbocado. A nadie le importó. A nadie le pareció extraño. Todo siguió como si nada.

Menos yo.

Yo ya no era la misma.
Pasaron los meses. Y todo siguió… o al menos eso parecía.

Volví a mi casa con la idea de reordenar mi vida, de reencontrarme con mi marido, de ser “la mujer que debía ser”. Empecé a cocinar más seguido, a preocuparme por los pequeños gestos, a forzar sonrisas donde antes había silencios. Me repetía que eso era lo correcto. Que todo lo que había pasado con Martina no había sido más que un desliz mental, una fantasía absurda nacida del tedio.

Y sin embargo…

Cada mañana que llegaba al estudio y la veía ahí, tan cerca y tan lejos, algo en mí se revolvía.

Martina se había vuelto otra. O tal vez siempre fue así y yo no lo vi. Me saludaba con un seco “buen día”, hablaba lo justo y necesario, ni una palabra de más, ni una mirada de esas que me dejaban sin aire. Era como si aquel beso en el baño nunca hubiera existido. Como si yo no existiera.

Y eso… dolía.

Me dolía su indiferencia más que su atrevimiento. Me dolía verla reír con otros y no conmigo. Me dolía que no me provocara, que no me buscara, que no intentara explicarse. Era como si me hubiera borrado, tachado, descartado.

Y yo, estúpidamente, esperaba algo. Una palabra, una señal, cualquier cosa.

Pero no.

Me hablaba solo si era necesario. “¿Me pasás ese archivo?” “¿Ya cerraste la liquidación?” “¿Tenés los datos del cliente?”

Frases impersonales, frías, burocráticas. Una pared entre nosotras.

En casa, mientras servía la cena o escuchaba por enésima vez las quejas de mi madre, me preguntaba por qué me afectaba tanto. ¿Qué esperaba de ella? ¿Una disculpa? ¿Una segunda oportunidad? ¿O simplemente una confirmación de que no había imaginado todo?

No lo sabía.


Um amor diferenteSó sabia que a indiferença dói mais quando um dia você foi olhada com desejo.
E eu sentia falta daquele olhar mais do que conseguia admitir.
Não aguentei mais.

Depois de semanas de silêncios, de cumprimentos frios e frases impessoais, vi ela sair na sacada com um cigarro na mão. Aquela imagem — sozinha, de costas, envolta em fumaça — mexeu comigo por dentro. Respirei fundo, larguei o mate na mesa e fui atrás.
Martina mal virou a cabeça quando me ouviu chegar, mas não disse nada. Só ficou olhando pra baixo, no ritmo do trânsito lá longe. O céu tava cinza, como se fosse desabar uma chuva.

— Posso ficar? — perguntei.

Ela não respondeu, mas não foi embora. Me apoiei do lado dela, e o silêncio ficou mais pesado do que nunca.

— Vai ser assim pra sempre? — falei por fim, sem olhar pra ela. — Essa distância?

Martina tragou fundo e soltou a fumaça pelo nariz.

— O que você espera que eu faça?

— Sei lá. Mas isso tá me matando. Você fala comigo como se eu fosse qualquer uma. Como se nunca tivesse rolado nada entre a gente.

Ela apertou os lábios.

— E o que é que supostamente rolou, Camila? Porque da última vez que tentei me aproximar, você me olhou como se eu fosse um bicho. Te dei um beijo e você me tratou com nojo. Como se eu fosse uma doente.

Baixei o olhar. Senti uma pontada de culpa.

— Não foi por você… Foi por mim. Eu me assustei. Fiquei desnorteada. Nunca tinha sentido aquilo antes e…

— E você preferiu varrer pra debaixo do tapete. Voltar pra sua vida perfeita.

— Não é perfeita — falei, mais pra mim mesma do que pra ela. — Só que… é difícil. Não sei o que fazer com tudo isso. E ainda por cima você também não ajuda. Não fala, não explica. Você é uma estranha.

Martina me olhou pela primeira vez. Tinha dor nos olhos dela, mas também algo decidido.

— Quer saber quem eu sou? Tá bem. Eu gosto de mulheres. Desde sempre. E sim, te beijei porque você me atrai. Você. Desde o primeiro dia. Mas se eu te pareceu nojenta, eu entendo. O que eu não entendo é por que você tá aqui agora.

Fiquei em silêncio. Meu coração batia feito louco. as têmporas. Não sabia o que dizer, só sabia que precisava estar ali.

—Porque penso em você —falei por fim—. Porque sonho com você. Porque me dói você me ignorar.

Ela apagou o cigarro com calma. Sustentou meu olhar por alguns segundos e, sem dizer mais nada, voltou para dentro do estúdio.

Naquela noite, jantamos em casa como sempre. Conversas leves, a louça que lavei no automático, o noticiário ao fundo. Quando meu marido me procurou na cama, me deixei levar. Fiz tudo que era esperado de mim. Mas meu corpo estava vazio.
Porque enquanto ele se movia por cima de mim, enquanto gemia meu nome…
Eu pensava na Martina.
Naquele sacada.
Na confissão dela.
Na boca dela.
E por dentro, a pele queimava com o desejo que nunca confessei.

Depois daquela conversa na sacada, algo mudou entre a gente. Não foi uma reconciliação nem muito menos uma declaração. Mas sim uma trégua. Falávamos com certa suavidade, nos procurávamos com o olhar sem que parecesse óbvio. Havia uma tensão nova, mais densa, mais consciente.

Mas ainda existia uma distância. Como se ambas soubéssemos que uma faísca mal colocada podia incendiar tudo.

E o destino, tão caprichoso quanto cruel, resolveu jogar a carta dele no momento menos esperado.
Foi num desses meios-dias longos, onde o café já não adianta e o corpo pede uma pausa. Fui ao banheiro quase por reflexo, com a cabeça cheia de números e balanços. E lá estava ela. Lavando as mãos, o cabelo preso num coque bagunçado, a camisa meio solta, os lábios apenas úmidos.

Nossos olhos se cruzaram no espelho.
E não teve mais volta.
Dei um passo em direção a ela. Minhas mãos tremiam. Beijei ela. Dessa vez fui eu.

Mas ela…
Ela me devorou.

Me agarrou pela cintura e, sem dizer uma palavra, me levou pra um dos cubículos. Quase sem fechar a porta, começou a me beijar com fúria contida, com os meses de abstinência acumulados entre os dentes. Senti a língua dela percorrer meu pescoço, minhas clavículas, a mão dela se enfiar Debaixo da minha blusa, encontrar meu sutiã, abaixar ele só o suficiente pra prender um mamilo entre os dedos.
Eu gemi.
Alto.

Ali, naquele banheiro sujo de escritório.
Depois foi além. A mão dela desceu sem pedir licença, contornando minha cintura, enfiando debaixo da minha calcinha. Me tocou. Me encontrou molhada, desesperada, pronta.
Ouvi ela rir baixinho.

— Tá mais molhada que a selva amazônica — sussurrou.

E antes que eu pudesse dizer qualquer coisa, ela se ajoelhou.
Sim. Ali mesmo. Naquele chão duvidoso.
E me fez dela com a língua.
Devagar no começo. Depois, sem freio.
Me segurei na mochila pendurada no gancho. Minha respiração era um desastre. O pulso, um tambor no ouvido. Cada movimento da boca dela me levava pro abismo, pra aquele ponto de ruptura onde você não pensa, não fala, não existe. Só sente.

E eu gozei. Me despedacei em mil pedaços.
Com a testa na porta.
Com o corpo mole.
Com a boca cheia do nome dela, que não tive coragem de gritar.

Ela se levantou, com um sorriso triunfante… e de repente franziu a testa. Tossiu. Fez cara de nojo.

— Ah, não… — disse entre risadas —. Acho que engoli um pelo teu.

Tossiu de novo. Engasgou um pouco. Eu não sabia se ria, pedia desculpas ou morria de vergonha.

— Para! — falei, tapando o rosto —. Não fala isso!

— Mas tá um aqui na garganta! — gritou entre risadas, saindo do cubículo —. Isso não sai nem com café, vaca!

E lá estávamos nós duas. Rindo. Ela cuspindo. Eu tremendo. O cubículo cheirando a sexo. O mundo lá fora, seguindo como se nada.
E a gente aqui, com as pernas bambas, a roupa bagunçada e o coração batendo como se a gente tivesse acabando de começar.

Não sei o que sinto. É confuso. Mas sei que gosto. Martina, eu gosto. Tenho medo de dar nome, mas negar o óbvio já não faz sentido. Desde aquele beijo na cozinha, não parei de pensar nela. No jeito dela me olhar, em como me fez tremer, na língua quente dela me explorando sem pudor.

Aquela noite não consegui dormir. Não por culpa da minha marido, mas pelo que tinha acontecido com a Martina dias atrás. O momento em que ela se abaixou entre minhas pernas e chupou minha buceta como se a vida dependesse disso. E como, entre gemidos, teve que se afastar tossindo porque tinha se engasgado com meus pelos. A gente riu na hora, foi algo espontâneo, mas eu fiquei pensando.

Naquela noite, em silêncio, fui ao banheiro. Me depilei por completo. Tomei meu tempo. Cada cantinho. Cada dobra. Não fiz por ele. Fiz por ela. Porque se algum dia ela voltasse a ter a boca dela entre minhas pernas, eu queria que o caminho estivesse livre. Que nada nos interrompesse.

Quando voltei pra cama, me enfiei debaixo dos lençóis e me aproximei do meu marido. Busquei contato. Sexo. Qualquer coisa. Montei nele. Me mexi. Mas a reação dele foi tão mecânica, tão fria, que me senti mais sozinha do que nunca. Ele gozou rápido, sem emoção, e virou as costas sem dizer uma palavra. Fiquei olhando pro teto, nua, vazia, julgada. Ele nem percebeu. Nem sequer notou a mudança.

No dia seguinte, o destino foi generoso.
A gente cruzou com a Martina no elevador. Ela estava sozinha. Eu também. Fechamos a porta. Silêncio. Tensão. Sem dizer nada, me aproximei e peguei na mão dela. Levei debaixo da minha saia. Os dedos dela roçaram meu púbis completamente liso. Olhei pra ela, com malícia.

— Agora você não vai se engasgar com nada — sussurrei, quase inaudível.

A Martina me olhou como se não pudesse acreditar no que estava sentindo. Me beijou. Desesperada. Com fome. Um beijo curto, mas carregado de tudo que a gente vinha segurando.

Quando o elevador chegou no nosso andar, antes de sair, falei no ouvido dela:

— Hoje a gente almoça junto… e depois vamos pra sua casa.

Ela só sorriu. Aquele sorriso que me deixa o corpo todo tremendo.

O almoço foi rápido, informal, mas carregado de tensão. A gente se tocava sem se tocar. Joelhos que se roçavam, olhares que queimavam, sorrisos cúmplices. O garçom falava e eu não escutava. A Martina brincava com a borda do guardanapo como se estivesse brincando com minha calcinha fio dental. Eu não Não conseguia parar de imaginar o que viria.
Não pedimos sobremesa. Nós éramos a sobremesa.
Fomos pro apartamento dela andando, em silêncio. Mas todo o desejo contido se rompeu assim que ela fechou a porta. Ela me empurrou contra a parede e me beijou com safadeza. A língua dela era urgente, as mãos também. Me despiu como se o tempo pesasse, e em segundos ela tava com a boca entre minhas pernas, me devorando sem vergonha.

Eu gritei. Me contorci. Me entreguei.
Mas dessa vez algo dentro de mim mudou.
Quando a Martina tentou subir em cima de mim na cama, eu parei. Me sentei, olhei nos olhos dela… e fui eu quem a empurrou. Quis me testar. Quis assumir o controle. Quis saber como é fazer outra mulher gozar.

Beijei ela com fúria, desci pelo pescoço e parei nos peitos dela. Chupei eles como se fossem um manjar, mordi, acariciei com a língua. Ouvi os gemidos dela, os suspiros, a surpresa. E continuei descendo.
Abri as pernas dela e olhei: molhada, aberta, tremendo. Hesitei um segundo… e mergulhei.
Minha língua tocou a buceta dela pela primeira vez. Senti o gosto, a temperatura, a textura. E soube naquele instante que não tinha mais volta. Que eu gostava. Que eu desejava aquilo. Que queria fazer ela gozar uma vez atrás da outra.

Enfiei os dedos nela sem aviso. Dois. Depois três. Abri mais. Deixei ela louca. E quando senti que ela tava perto, enfiei um dedo no cu dela, suave mas firme. O grito dela foi selvagem. Ela se agarrou nos lençóis. Arqueou o corpo. Pediu mais.
E eu dei.

A Martina gozou como eu nunca tinha visto. Transbordando. Tremendo. Completamente minha.
Depois ela se jogou na cama, exausta, rindo entre ofegos.

— Cadê você todo esse tempo, Camila?

Eu me deitei do lado dela, olhando pra ela.

— Não sei — respondi —, mas acho que não tem mais volta.

Voltei pra casa no fim da tarde, com o cabelo bagunçado, a roupa desarrumada e um sorriso que não conseguia apagar. Me tranquei no banheiro, me olhei no espelho. Não era a mesma. Algo nos meus olhos, no meu corpo, na minha energia… tinha mudado. E não era só o sexo. Era tudo.
Passei a noite em silêncio, sem falar com meu marido. Ele perguntou se eu estava bem, eu disse que sim. Mas já não me importava se ele percebia ou não. Não tinha mais espaço pra continuar fingindo.
Naquela madrugada, sozinha na cama enquanto ele roncava, entendi que não era sobre homens ou mulheres. Não era o corpo que estava na minha frente. Era o que eles me faziam sentir. O que despertavam em mim. E a Martina… me acendeu de um jeito que ninguém mais tinha feito.
Não dava mais pra viver uma mentira. Nem por medo, nem por costume. No dia seguinte, conversei com ele. Sem gritos, sem drama. Falei que precisava buscar minha verdade. Que não era culpa dele. Que eu simplesmente tinha me perdido… e agora tinha me encontrado.
Empacotei algumas coisas, fui embora por um tempo. Não tinha um plano claro, mas tinha uma certeza.
Martina abriu a porta do apartamento dela com um sorriso e sem perguntas. Me abraçou como se já soubesse de tudo. A gente se beijou. Devagar. Tranquilas. Como se o mundo lá fora não importasse mais.
Naquela semana, me dediquei a mim.
Tomei café com ela toda manhã, trabalhamos juntas, transamos toda noite. Conversamos. Rimos. Me senti viva. Livre. Donha das minhas escolhas.
Numa sexta, enquanto ela ainda dormia, saí pra caminhar. Sem rumo. E acabei na frente de um sex shop. Entrei com uma mistura de vergonha e safadeza. Mas quando vi todos aqueles brinquedos alinhados… me animei.
Comprei três vibradores. Um pequeno, discreto. Outro mais comprido, realista. E um enorme, preto, com formato de torpedo. A vendedora piscou um olho pra mim enquanto embalava.
— Nova aventura, hein?
— Exato — respondi. — E dessa vez vou aproveitar sem culpa.

Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título UM amor DIFERENTE para dulces.placeres@live.com

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