Con la alumna de la facu. (4)

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O escritório estava vazio.
Lá fora, o barulho dos estudantes sumindo pelos corredores.
Marcos serviu café frio de uma xícara esquecida. Amargo. Sem vontade.
Na frente dele, o computador ligado.
O sistema de gestão acadêmica aberto.
Uma lista.
Solicitações de Orientação de Tese – Turma atual.
Ele tinha adiado isso o dia inteiro.
Primeiro as aulas. Depois as correções. Depois as desculpas.
Mas ali estava. A tela. O momento.
Ele passou o cursor pelos nomes.
Pérez, Lucía.
Valenzuela, Ignacio.
Ortiz, Matías.
E então.
González S, Josefina.
Tema proposto: “O simbólico e o corpo: uma leitura de Lacan a partir da pedagogia do desejo.”
Orientador solicitado: Prof. Marcos Ignacio Ruiz.
Ele sentiu o pulso no pescoço.
O café caiu mal no estômago.
Ele podia recusar.
Tinha argumentos. Sobrecarga de trabalho. Preferência por outros temas.
Ninguém ia falar nada.
Mas não fez isso.
Ficou olhando para o nome dela.
A letra clara. O título provocador.
Sabia que era pra ele. Tudo.
A tela mostrava dois botões:
✅ ACEITAR
❌ RECUSAR
Ele apoiou o cursor em “Aceitar”.
Não clicou.
Ainda não.
Olhou a hora. 18:13.
Tinha tempo. Podia pensar.
Mas não queria pensar.
Queria.
Queria saber o que ela escreveria pra ele.
Como ela olharia pra ele quando falassem de desejo, do simbólico, do corpo.
Fechou os olhos por um segundo.
E apertou o botão.
Click.
O sistema confirmou com uma janelinha inútil:
Atribuição realizada com sucesso.
Ele ficou parado.
A culpa não veio como um raio.
Foi um zumbido baixo na nuca. Um sussurro.
Ele podia ter dito que não.
Mas não quis.
Desligou a tela.
Ficou ali, com a xícara vazia na mão, olhando pro nada.
Já estava feito.Con la alumna de la facu. (4)Foi um clique. E um estalo."

No começo, tudo era profissional.
Uma tese arriscada, uma aluna brilhante, um vínculo acadêmico sem rachaduras.
Marcos se agarrou a isso. Aos limites. À estrutura.
Mas a estrutura, como tudo que reprime demais, começou a vazar.

Josefina era meticulosa, lúcida, elegante.
Trazia leituras grifadas, frases provocadoras escondidas entre citações impecáveis.
"O que acontece quando o desejo não se dirige ao objeto, mas à sua proibição?"
Ele lia e sabia que não era por acaso.
Mas ainda não havia nada que pudesse apontar com o dedo.

As reuniões foram ficando mais frequentes.
Primeiro no escritório dele. Depois nos corredores.
Um dia, se cruzaram na cafeteria da faculdade. Ela pediu permissão pra sentar.
E nunca mais pediu de novo toda vez que o encontrava.

— Desculpa se insisto, mas tem coisas que não consigo desenvolver sozinha.
Às vezes preciso ver como você reage quando eu leio algo pra você.
"Quando eu leio algo pra você."
Não "quando eu leio pra ele".
Não "quando apresento pra ele".
Quando eu leio pra você.
Como se o texto fosse íntimo. Como se lesse algo que escreveu pra ele.
Marcos engoliu seco.
Respondeu como professor.
Pensou como homem.
Calou como covarde.

Em casa, Luciana era a mesma de sempre.
Presente. Calorosa. Serena.
E isso o desmontava.
Não porque estivesse distante.
Mas porque não o vigiava. Confiava.
E mesmo assim, ele começou a olhar pra ela com lupa.
O jeito que Gonzalo mandava mensagens pra ela.
A naturalidade com que ela respondia.
O tom, talvez informal demais.
Uma selfie onde Gonzalo comentava: "Você sorri diferente nas sextas."
Ela não escondia.
Não apagava.
Não explicava.
Porque não achava que tava fazendo nada errado.
Mas Marcos achava.
Ou queria acreditar.

Toda noite, ele fuçava o celular dela enquanto ela dormia.
Sabia onde estavam os chats. Os emojis. Os likes.
E embora não encontrasse nada conclusivo, cada omissão era uma pista que ele escolhia ler como confirmação.
Não porque precisasse de provas.
Mas porque porque precisava de um álibi.
Ele tava se convencendo de que a Luciana tava traindo ele com o Gonzalo. Assim ele podia parar de resistir. Podia avançar. Podia cair.
A Josefina foi avançando no estilo dela.
Já não buscava aprovação, mas resposta.
Já não perguntava: “Isso tá bom?”
Mas sim: “Isso te toca?”
Uma tarde, deixou em cima da mesa um parágrafo sem assinatura:
“O desejo nem sempre quer se consumar.
Às vezes quer arder.
E às vezes, quer que o outro também se queime.”
O Marcos leu.
Não falou nada.
Mas não conseguiu olhar nos olhos dela por um bom tempo.colegiala

vadia


Esa noche todo se quebró con Luciana, no hubo pelea.
Solo una frase.
Estaban en la cocina.
Ella hablaba del trabajo.
Algo sobre un almuerzo con el equipo.
Marcos la escuchaba con el ceño fruncido.
—¿Y Gonzalo también fue?
Ella lo miró, apenas sorprendida.
—Sí. Como siempre.
—Claro. Como siempre.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Marcos…
—¿Te gusta, no? ¿Hasta dónde llegaron? Porque es evidente que te tiene ganas…
Ella parpadeó.
Lo miró con incredulidad.
Y luego, una tristeza honesta le cruzó la cara.
—¿De verdad me estás preguntando eso?
Él no contestó.
—No lo puedo creer.
Ella se alejó. Apagó la hornalla.
Se quedó en silencio.
—¿Desde cuándo me estás midiendo?
—No te estoy midiendo —dijo él.
—Sí. Lo hacés. Y no entiendo por qué.
Se dio vuelta. Lo miró de frente.
—Yo pensé que teníamos algo distinto. 
Y se fue al cuarto.
Marcos se quedó en la cocina, de pie.
Sintiendo que había dicho algo que no podía desdecirse.
Y que ni siquiera era del todo cierto.
O que, peor, no era justo.
Pero ya estaba dicho.
Porque lo necesitaba decir.
Necesitaba romper algo.
Se quedó de pie, mirando la nada, con las manos apoyadas en la mesada.
No sabía si estaba furioso, perdido o simplemente cansado.
Entonces vibró el celular.
Josefina.
“No te ofendas… pero hoy estuviste más deseante que académico.”
Se le tensó la espalda.
Le ardieron los ojos.
Le temblaron un poco los dedos.
Pudo ignorarlo.
Cerrar la conversación.
Hacerse el dormido.
Pero escribió:
“Gracias. Los profesores también deseamos.”
Envió.
Apoyó el celular boca abajo sobre la mesa.
El ruido de la ducha se escuchaba a lo lejos.
Luciana.



“Lo que se lava no siempre se limpia”

Luciana estaba en la ducha cuando Marcos entró al baño.
No golpeó. No preguntó.
Solo abrió la puerta y se metió.
El vapor ya lo había invadido todo.
Vidrios empañados, el suelo húmedo, el espejo transformado en una sombra opaca.
El chorro caía sobre ella como una cortina tibia, le mojaba el pelo, los hombros, la espalda. Tenía los ojos cerrados, la cara inclinada hacia el agua. No lo oyó entrar.
Marcos se sacó la remera con un tirón. El pantalón cayó al suelo.
La pija le colgaba pesada, entre dura y entumecida, como si supiera que algo iba a pasar.
Abrió la mampara sin decir nada y entró.
El calor del agua le golpeó el pecho.
Luciana se giró sorprendida, pero no dijo nada.
Lo miró.
Ese gesto le bastó.
Él la tomó de la nuca y la besó.
No con ternura.
Con bronca. Con necesidad.
Con urgencia.
La lengua se abrió paso.
Los dientes chocaron.
Luciana respondió sin preguntas, como si también lo estuviera esperando.
Como si ese beso fuera la tregua que su cuerpo pedía.
Marcos la empujó suave contra la pared húmeda.
La besó en el cuello, en los hombros, le chupó el agua de la piel.
Ella gimió bajito. Le rodeó el cuello con los brazos.
Pero él no estaba ahí.
No del todo.
Mientras recorría su cuerpo, lo recorría también con rabia.
Cada curva, cada pliegue, cada suspiro era suyo… pero en su cabeza aparecían otro nombres.
Gonzalo.
Josefina.
El pensamiento era una daga que lo empujaba más fuerte.
¿Ella había estado así con Gonzalo?
¿Así de abierta, de húmeda, de entregada?
Y Josefina…
Josefina en la ducha.
Josefina con la camisa mojada pegada a la piel, sin corpiño.
Josefina bajando la mirada y diciendo “profe, me porté mal…”
La furia le apretó los dientes.
Bajó por su vientre.
Le agarró el culo con una mano firme, húmeda, y se lo apretó contra la pelvis.
Luciana lo sintió.
Sintió la dureza.
Abrió más las piernas.
Le ofreció el cuerpo.
Se giró.
Las gotas bajaban por su espalda y se escurrían entre los glúteos.
Marcos se arrodilló y le chupó primero el culo, después la concha, la lamió entera. Le mordió los cachetes. Le abrió la carne.
La lengua buscó entre los pliegues, se metió sin suavidad.
Ella se arqueó. Gimió.
—Así, así —dijo, apenas audible.
Se apoyó con las manos en la pared.
La espalda mojada. El culo expuesto. La concha abierta y roja.
Marcos se incorporó.
La punta de su pija se apoyó contra los labios hinchados.
No esperó.
Se la metió de una.
Ella jadeó fuerte. No de dolor. De sorpresa. De goce.
—Dios —susurró—. Qué duro estás.
Y él bombeó.
Una, dos, cien veces.
El agua les caía encima, pero parecía un incendio que no se apagaba.
Era como coger en una tormenta caliente.
Cada embestida era una descarga.
La cogía como si se vengara.
Como Gonzalo lo haría.
Como si Josefina lo estuviera mirando.
Luciana gemía.
Se empujaba hacia atrás.
No decía nada más.
Recibía. Tomaba.
Él le agarró las tetas por debajo.
Se las apretó.
La besó en la nuca.
Le mordió el hombro.
Y no pensaba.
Solo se dejaba llevar por esa furia tibia, por esa mezcla de deseo, traición y culpa.
La pija se le endurecía más con cada golpe.
Y no podía evitarlo.
En un momento, Luciana se giró.
Se lo pidió con la mirada.
Se abrazaron. Se besaron.
Él la levantó de un solo impulso.
Ella enroscó las piernas sobre su cadera.
La empaló contra la pared, ahora de frente.
Los cuerpos mojados chocaban.
El sonido era otro.
Más húmedo. Más real. Más animal.
—Hace cuánto que no me cogías así, hijo de puta —susurró ella, jadeando.
Y él no respondió.
Porque no era con ella con quien estaba cogiendo en su cabeza.
Era con la idea.
Con lo que había imaginado.
Con lo que temía.
Luciana le chupó el cuello.
Le metió la lengua en la oreja.
Lo acarició por la espalda.
Ella empezó a gritar con gemidos que lo aturdían. Llegó al orgasmo agarrándose fuerte con las piernas. Él la sintió temblar.
Y se vino. 
No con un gemido.
Con un gruñido sordo.
El cuerpo en tensión.
Los dedos hundidos en su carne.
 Se vino con rabia.
Con nudos.
Con todo lo que no podía decir.
Se vació adentro de ella.
Y cuando terminó, la apoyó despacio en el suelo.
La besó en la frente. Le acarició el pelo.
Le limpió el agua de la cara.
La abrazó.
Pero no estaba aliviado.
Estaba más confundido.
Más sucio.
Más solo.
Salió de la ducha sin decir palabra.
Se secó rápido, sin mirar a Luciana.
Fue hasta la cocina. La luz fría le hizo parpadear.
El celular seguía ahí. Donde lo había dejado antes.
Pantalla negra. Batería al 12%.
Lo desbloqueó.
Ahí estaba el mensaje.
La respuesta de Josefina.
“Que los profes también desean ya lo sabía. Lo que quiero es saber qué desea Marcos, cuando no es profesor.”
Marcos no parpadeó.
Se quedó ahí, de pie, con el cuerpo tibio y húmedo, leyendo esas palabras una y otra vez.
No era un juego.
Era una declaración.
Y él ya estaba del otro lado

ESTO SE VA A DESCONTROLAR. YA SABEN, COMENTEN CON LIBERTAD. SON MUY VALIOSOS PARA MÍ SUS APORTES.


Parte 5
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4 comentários - Con la alumna de la facu. (4)

Excelente. Soy profe y me hace pensar en varias pendejas
mjbian
La ficción nunca es solo ficción.
Golemer +1
Me encanta el desarrollo para el encuentro con Josefina y que los capítulos quedan completos aún cuando estamos todos esperando ese momento
mjbian
Gracias!!
kokiCD +1
Excelente el relato del polvo en la ducha
(espero que cuando la agarre a Josefina no la parta al medio 😉)
+ 10
mjbian
Eso es exactamente lo que va a hacer… jaja estas siendo un capítulo adelante vos.
Cada vez mejor esto...
La pucha que buen relato...
mjbian
Gracias! Se pone aún mejor, creo.