Lembrança

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RECUERDO

Una mañana tibia de primavera.
El sol se cuela entre las hojas del limonero, dibujando sombras en el piso del patio. Hay algo sagrado en este silencio.

Ella duerme, con los labios entreabiertos, la respiración tranquila, el pecho subiendo y bajando con ritmo animal.

Berenice, mi esposa, mi mujer, la que amo

La madre —casi— de nuestro hijo. Falta apenas un mes. Su panza se impone sobre el resto de su cuerpo si no fuera parte de él, vivo, late con su propio pulso. El vestido blanco, suave, apenas la cubre. El sol calienta su piel morena y el vello rubio de sus muslos.
Y mientras la miro, algo se enciende en mí, una mezcla extraña, amor, calor, deseo. Solo verla ahí, tan tierna

Pero también, una memoria, un recuerdo que regresa sin que yo lo llame., uno de esos que me cuesta mirar de frente, porque están hechos de cosas oscuras, demasiado intensas.
Pasaron tres años, vacaciones al norte, aquel viaje fue con ella, sí, ya estábamos juntos, felices, sin más planes que disfrutar, sin imaginar este presente, ni una casa, ni un hijo, ni el limonero, ni este silencio perfecto.

Y sin embargo… aquella tarde, esa cabaña, ese calor, esa propuesta.

Berenice fue la que lo sugirió, la que encendió la mecha.

Recuerdo sus palabras exactas. Recuerdo la risa en su voz.

Y recuerdo cómo se me aceleró el corazón cuando entendí que hablaba en serio.

Siempre tuvimos eso con Berenice, desde el principio, sexo con libertad, con humor, con fantasías. Nos gustaba hablar de lo que haríamos o lo que dejaríamos que el otro hiciera. A veces yo le contaba cosas sucias, imposibles, y ella me seguía el juego. A veces era ella la que me sorprendía, con ideas que me descolocaban.

Jugábamos con otras presencias, con otras pieles, con otras reglas.
Y en ese terreno inventado —en ese universo paralelo que solo existía en la cama— todo estaba permitido.

No había celos, no había culpa, solo palabras, deseo, imaginación.
Pero eso era en casa, en la vida real, éramos una pareja común, fieles, cómplices, unidos.

Y, sin embargo, durante esas vacaciones…

Hubo algo distinto en ella, como si el aire cálido del norte, o el aislamiento, o el hecho de estar tan lejos de todo lo conocido, le aflojara algo por dentro.

Estaba más suelta, más liviana, más provocadora, incluso cuando no buscaba serlo.
Me miraba con esa sonrisa que usaba cuando tenía un plan.

Y yo, estúpido de amor, me dejaba llevar.

La propuesta llegó una tarde, el sol bajaba detrás del bosque, la cabaña estaba tibia, habíamos tomado un poco de vino, apenas.

Ella se acercó con un gesto suave, se me sentó encima y me habló al oído, no gritó, no hizo un espectáculo, no fue parte de ningún juego sexual. Simplemente me dijo algo, una idea, una fantasía vieja, pero dicha con una seriedad nueva.

Y cuando me di cuenta de que hablaba en serio, se me cruzaron mil cosas por la cabeza, morbo, excitación, miedo.

Y una pregunta muda: ¿Hasta dónde quiere llegar?

Porque yo había jugado muchas veces con esa imagen, la había visto en mi mente de mil maneras, pero escucharla en su boca… con esa calma… con ese brillo en los ojos…
Fue otra cosa.

Y ahí empezó todo, Berenice lo tenía claro, tan claro que me dio miedo.

—Esta noche vamos a ese boliche que nos recomendaron…, iremos juntos, pero separados.

La miré. Pensé que seguía el juego, que tiraba una más de nuestras fantasías.

—Adentro —siguió ella, sin darme margen—, vamos a fingir que no nos conocemos, vos por tu lado, yo por el mío, a ver qué pasa, a ver quién tiene suerte.

Se detuvo, me sostuvo la mirada, no había humor en sus ojos, había fuego, y desafío.

—¿En serio? —pregunté, casi por reflejo.

Ella sonrió. Una sonrisa de esas que no buscan aprobación.

—Sí, Mauricio. En serio, ¿O tenés miedo?

Me incomodó, me excitó, me descolocó.
La miré a los labios. Después a sus piernas, que ya se balanceaban con nerviosismo., ella hablaba en serio.

Yo apenas trataba de alcanzarla, no podía quedarme atrás.

—Perfecto —le dije, alzando la ceja, como si tuviera el control, —Te vas a llevar una sorpresa.

—Eso espero —respondió ella, mordiéndose el labio.

Y se fue a duchar. Como si nada.

Quedé solo, con el corazón latiendo fuerte, los pensamientos girando en espiral.

¿A qué estaba jugando?

¿Y qué pasaba si el juego se le iba de las manos? ¿Si yo lo empujaba demasiado?

Esa noche…, esa noche empezó algo que no terminamos nunca de hablar, pero que todavía, a veces, nos miramos con complicidad cuando nadie ve.

Después de cenar nos separamos, como si el juego ya hubiese comenzado, ella fue al baño del dormitorio con una bolsa que había traído especialmente, no me dejó ver lo que había adentro, me tiró un beso desde el pasillo y dijo:

—Dame veinte minutos. No entres. Quiero que me veas recién cuando esté lista.

Obedecí, por supuesto, me serví otra copa de vino. Caminé de un lado a otro por la cabaña, tratando de no imaginar demasiado, pero ya estaba encendido.

Veintitrés minutos después —los conté, claro que sí— la puerta del dormitorio se abrió.

Y ahí estaba ella.

Apoyada contra el marco, en silencio.

Con los labios en rosa fuerte, brillantes, sensuales, con los ojos delineados como una actriz de otro tiempo, el pelo suelto, apenas ondulado, cayéndole sobre los hombros desnudos.

Y esa sonrisa… esa sonrisa que me decía “mirá lo que tenés enfrente, pero no podés tocar”.
Llevaba una minifalda negra de cuero ajustada, tan corta que cualquier movimiento parecía una invitación, al pecado, medias de red, gruesas, trepando como telarañas sobre sus piernas perfectas, botas altas, de taco fino, que la hacían más alta, más peligrosa.

Y arriba… un top que no era realmente un top, más bien una excusa, un pedazo mínimo de tela negra que apenas cubría sus pezones duros, dejando la mitad inferior de sus pechos al aire, algo que había visto de moda, y en otras me parecí sexi, pero en mi mujer veía una puta, el escote era un abismo, un abismo en el que yo deseaba caer

Tragué saliva, sentí cómo se me endurecía todo, y también, cómo se me escapaba la seguridad que fingía tener.

Ella me miró, evaluándome como si yo fuera uno más, uno del boliche, uno que tal vez no llegaría a gustarle.

—¿Qué te parece? —dijo, dándose una vuelta lenta, girando sobre sí misma con una gracia
provocadora, el culo le tembló apenas bajo la tela mínima, lo hizo adrede, quería mostrarme su sexi trasero, sabiendo que no era necesario

Yo no respondí.


Lembrança—Demais? —perguntou ela, novamente sabendo que não deveria perguntar

—Demasiado pouco —consegui dizer, seco, quente, engolindo o desejo.

Ela riu. Aquela risada baixa, sabendo que me tinha contra as cordas.

—Perfeito então —disse, —Vamos?

E caminhou até a porta, sem esperar, sem pedir licença, mesmo sabendo que eu ainda não tinha trocado de roupa

Chegamos na porta da balada, ela se adiantou como se fosse entrar separada, eu a segui como um homem que sabia que ia direto pro matadouro, e que não podia estar mais feliz por isso
A balada era barulhenta, escura, carregada, luzes baixas, gente colada, corpos suando sem culpa.

Ela se adiantou alguns metros, segura, como se aquele lugar fosse dela, eu a segui com o olhar da barra, pedindo um drink que não provei, porque não conseguia parar de olhar pra ela. Se movia entre a gente como uma chama viva, os olhares a seguiam, os homens se viravam na passagem., e ela, como se nada, como se curtisse aquela atenção invisível, caminhava devagar, a bunda balançando sob a minissaia, as pernas longas enfiadas na rede, as botas marcando cada passo.

Não demorou nem cinco minutos pro primeiro se aproximar, jovem, confiante, camisa branca, disse algo no ouvido dela, ela sorriu. Dançaram.

Depois veio outro, e outro. Ela não recusava, jogava, provava. Trocava de braços, de ritmo, de postura. Às vezes ria, às vezes fechava os olhos e se deixava levar.
Eu não conseguia me mexer, nem olhar pra outra.

A balada inteira era uma massa anônima de corpos, mas no meio de tudo aquilo, só existia ela. E quanto mais eu olhava, mais meu estômago revirava não pelo que ela fazia, mas pelo que eu sentia.
Ciúmes, desejo, raiva, medo.

Ela estava jogando, sim, mas fazia bem demais, solta demais, longe demais… de mim.
Não sabia se estava excitado ou destruído, mas não conseguia parar de olhar, era como ver meu próprio pesadelo… e não querer que acabasse.

Num momento ela sumiu da pista, procurei Entre as luzes, entre os corpos, entre a fumaça. Eu a vi no balcão, apoiada nos cotovelos, inclinada pra frente. Os peitos apertados contra a borda de mármore, mal contidos por aquele top miserável. E ela não estava sozinha. Dois caras —altos, jovens, um de camiseta justa, outro de jaqueta de couro— se revezavam pra falar no ouvido dela. Ela ria, brincava com o canudinho de um drink vermelho, parecia flutuar naquela bolha alheia. Senti um calor que subiu pro peito, algo mais que ciúme, era orgulho ferido, era raiva., era desejo puro, mal direcionado. Me aproximei, não aguentava mais, me meti entre os três como se fosse um estranho. —Tudo bem aqui? —falei, sem disfarçar o tom. Os dois caras me olharam como se eu tivesse estragado a piada, um deles franziu os lábios. O outro se virou com irritação. —Quem é você, mano? —perguntou o de jaqueta. —Estou falando com ela —respondi, sem tirar os olhos de Berenice. Foi um segundo. os músculos tensionaram. Os dois pareciam prontos pra me empurrar ou me chamar pra sair, mas então ela falou, com aquela voz doce, calma, como se não tivesse notado o clima pesado do momento. Pegou o copo entre as mãos, sorveu com o canudinho, e sem deixar de olhar nos meus olhos, disse: —Calma, gente., não briguem. Posso dar pra os três juntos. O silêncio foi imediato, até a música pareceu se apagar por um instante na minha cabeça, senti que o chão me faltava. Ela me olhava, não pra eles, pra mim, direto, calma, sem vestígio de vergonha. Eles riram, nervosos, se olhando, não sabiam se era piada, armadilha, ou o começo de algo real. Eu…eu não soube o que responder. Só senti como meu corpo inteiro tensionava, como uma parte de mim queria levá-la dali. E outra… a outra queria ficar e ver até onde ela era capaz de ir. Não sei como aconteceu, Ou melhor, sei sim… mas não entendi naquele momento. Um olhar dela, um sorriso pros dois caras, um par de frases carregadas de duplo sentido… e A gente tava na rua, os quatro, andando pra cabana como se fôssemos velhos amigos, como desconhecidos que compartilhavam um mesmo segredo urgente.
Ela nunca disse que era minha esposa, nem eu que era o marido dela, não precisava. Naquele instante, eu já tinha deixado de ser algo próprio. Era mais um, um daqueles dois, um corpo a mais no jogo que ela conduzia com uma desenvoltura perigosamente natural.
Durante o caminho, ela ia no meio, nós três falávamos pouco, ela ria, soltava frases soltas, até melosas, só por falar.
Quando a gente entrou, a cabana tava na penumbra, só a luz da cozinha, amarela, quente. Ela caminhou pro quarto sem olhar pra trás, e nós três seguimos ela.
Lá, naquele quarto morno com a cama grande de madeira, sem mais palavras... a gente começou a se despir. Primeiro um deles. Depois o outro. Depois eu.
Berenice tirou o top com uma lentidão calculada, seus peitos enormes ficaram livres, duros, perfeitos. Depois a minissaia, as botas, as meias e por último aquela fio-dental indecente, deixando exposta sua buceta lisinha, macia como pele de bebê. Tava completamente nua, sem culpa, sem pudor, irradiava desejo.
E aí... ela nos beijou. Os três, um, profundo, molhado, o outro, lento, provocante, e em mim... igual aos outros. Não teve distinção, não teve olhar cúmplice, nem piscadinha secreta. Não fui o marido dela, não fui o homem da vida dela, fui só mais um cara.
E eu soube, eu senti, e mesmo assim... me deixei beijar, me deixei absorver por aquela energia que ela dominava, me deixei levar, porque naquele momento, eu também queria ser só isso, mais um.
A gente deitou ela na cama entre os três, como se fosse a coisa mais natural do mundo, como se a gente tivesse obedecendo algo que ela mesma tinha planejado desde sempre.
Ela se deixou cair pra trás com os braços abertos, como uma oferenda, seus peitos tremiam a cada respiração, sua pele brilhava, ela tava com os olhos entreabertos e a boca molhada, vermelha, sedenta.
Cada um de nós foi por uma parte dela, um dos caras se inclinou sobre o peito direito dela, eu peguei o esquerdo, o outro ficou observando dos pés, acariciando lentamente as pernas dela, subindo pelas coxas, Berenice vibrava entre gemidos.
—Deus… —ofegou—que gostosa vocês estão me chupando.

- Que delícia que eu tô sentindo.

Eu tinha o mamilo dela entre os lábios, duro, quente, chupei com fome, com raiva. Sentia ela tremer. Ela enfiava uma mão no meu cabelo, me apertava contra a carne dela e quando meus dedos desceram até a buceta dela, estava encharcada, transbordando, os sucos dela molhavam tudo, estava quente como nunca tinha sentido antes.

Fui entre as pernas dela, beijei essa buceta deliciosa com uma devoção animal, ela se arqueou.

—Sim… assim… me chupa toda —murmurou—,me chupa a buceta, Mauricio… chupa como se fosse a última vez.

Os outros dois não paravam de tocar nela, de beijar, de percorrer.

E então, ela disse o que ninguém se atrevia a dizer.

—Me sinto uma puta, uma puta safada… me comam, por favor, quero vocês dentro, os três.

Fiquei parado um segundo, olhei pra ela, não havia nem rastro de vergonha no rosto dela, só desejo puro, uma necessidade brutal, e então soube que aquilo não era um jogo, era ela, e nós, simples instrumentos do desejo dela.

Me senti com direito, com privilégio, afinal, eu era o marido dela, o que dormia com ela, o que amava ela, o que conhecia cada pinta, cada reação, cada canto do corpo dela, por isso tomei a iniciativa. Deitei no centro da cama, peguei ela pela cintura e, sem precisar falar, guiei ela sobre mim

Ela entendeu na hora, montou em mim com uma agilidade selvagem, se ajeitou sobre meu pau duro e se deixou cair, de uma vez, sem pausas, engoliu ele inteiro, os olhos se fecharam de prazer, a boca se abriu num gemido rouco, eu senti o calor da buceta encharcada dela me envolver como uma boca molhada.

Começou a se mover, devagar no começo, depois mais rápido, as mãos sobre meu peito, as unhas me marcando, era como se ela montasse sua liberdade, seu desejo solto, sua puta interior, desperta e faminta. E eu… eu não aguentava tanto. Eu a olhava quicar sobre mim, o cabelo balançando, os peitos pulando, o suor escorrendo pela barriga lisa, era beleza, era pornografia viva. Então, um dos caras subiu no colchão, de lado, não disse nada, só ficou perto da cara dela, e ela, sem interromper o vaivém do quadril, virou a cabeça… e pegou o pau dele, sem me olhar, sem pedir licença, e colocou na boca. Começou a chupar com fome, com barulho, como se desejasse desde sempre, a língua girava na ponta, os lábios se abriam, engolia, soltava pra olhar com tesão. Eu via tudo, de baixo, enquanto sentia seu interior apertar meu pau. Uma parte de mim se quebrava, a outra queimava. Me cravou as unhas no peito, mais uma vez, e sem parar de se mover, tirou a boca do cara… e me beijou. Me beijou com aquela boca, suja, cheia de outro, daquele pau. Me beijou com intenção, com nojo buscado, como se dissesse: isso também sou eu. E eu… eu não consegui parar ela. Eu continuava embaixo dela, dentro dela, sentindo seu calor, sua umidade, seu ritmo selvagem. Ela montava como uma louca, se apertava contra mim, gemia com a boca aberta, e no meio de tudo isso, o que estava de pé continuava oferecendo o pau na boca dela… e ela chupava entre gemidos. E não percebi quando o terceiro se aproximou, mas de repente senti algo mais, algo diferente, uma pressão, um roçar, uma pele masculina, quente, perto demais da minha. E foi aí que eu soube, o terceiro tinha se posicionado atrás sem dizer palavra, tinha tomado posição, tinha cuspido, preparado… e estava metendo no cu. Sim, no cu da minha mulher. Nosso jogo, nossa fantasia mais secreta, agora era real, e eu estava no meio. Senti o pau dele roçando contra o meu através da fina parede que nos separava dentro dela, perto demais, tão perto que às vezes roçavam, e essa fricção… esse contato proibido… me revirava todo.
Quis olhar, mas não consegui me mexer, tinha a Berenice em cima, cavalgando como uma selvagem, gemendo com a cabeça pra trás, a boca aberta, os peitos balançando a cada estocada dupla, estava possuída, pulava, se sacudia, mexia os quadris com maestria, levando as duas rolas pra dentro com naturalidade. ela as dominava, as espremia.

E de vez em quando, voltava a se inclinar pra frente… e voltava a meter na boca a rola do que continuava de pé ao lado da cama, como se precisasse se preencher por completo, como se tivesse fome por cada buraco do seu corpo.

Eu já não era seu marido, não era seu único, era só mais um corpo, uma testemunha privilegiada, só uma engrenagem na máquina do seu prazer.

E mesmo assim…nunca a tinha visto tão viva, nunca a tinha sentido tão real, tão puta, tão minha, e tão de todos. Era demais, e eu não queria que acabasse

Algo se estremeceu num momento, ela gemeu como nunca num movimento contínuo, com os olhos fechados ao mesmo tempo que senti um urro do que estava por trás, se estava gozando, e dentro do cu da minha mulher, era demais, Berenice me encheu os ouvidos de prazer enquanto o estranho enchia o cu dela de porra

Senti como seus sucos escapavam do rabo do meu amor e lentamente escorriam chegando nas minhas próprias bolas, como se fosse a coisa mais natural do mundo, não consegui evitar e gozei na buceta dela, nos últimos movimentos, levando meus dedos por toda a sua intimidade, sem saber ao certo de quem era todo aquele esperma derramado, dele, meu, uma mistura dos dois

Mas ela me tiraria desses pensamentos, ao vociferar quase em reclamação

—Vai! Me enche a boca de porra! Quero seus sucos quentes!!!!

Tinha soado como ordem e o cara quase a obrigou a abrir a boca puxando os cabelos dela pra trás, enquanto se masturbava bem perto com a mão livre, minha mulher, apesar de não alcançar, fazia todos os esforços pra acariciar a glande com a ponta da língua Pude ver o primeiro jato saltando com força e a garganta da minha esposa se movendo em sinal inequívoco de que engolia apressada, sinal que se repetiria com um segundo disparo e depois, como uma obra de arte, deixaria o esperma se derramar entre seus lábios, pelo seu queixo, descendo pela sua garganta, pelos seus peitos e até sua barriga

Depois, não senti alívio, senti um vazio, um transbordamento interno, como se já não pudesse segurar mais nada, ela, em cima de mim, gemendo, ainda com restos de esperma na pele, com a boca entreaberta, feliz.

Eu simplesmente deslizei para o lado, desci da cama sem dizer uma palavra, nem ela me olhou, não precisava.

Vesti a calça, sentei numa cadeira, e dali… só olhei.

Olhei como os outros dois voltavam sobre ela, já sem pudor nem protocolo, como a pegavam um de cada vez, como se já não importasse quem era, como a comiam de lado, de costas, na boca, de joelhos.

Ela gemia, pedia mais, os excitava com palavras que nunca tinha ouvido dela, os provocava, os obedecia, se oferecia. Vi ela se transformar no que sempre estivera latente nas nossas fantasias, uma puta sem censura, sem dono, sem culpa.

Quando tudo terminou, os corpos suados e exaustos descansaram um pouco sobre a cama, ela no centro, eles dos lados.

Depois se vestiram sem pressa, foram embora sem um beijo, com um futuro encontro que nunca aconteceria, e eu saí com eles, para não desmascarar o jogo

Caminhamos algumas quadras em silêncio, o ar fresco da madrugada parecia alheio a tudo.

Eles falavam entre si, como se eu não existisse.

—Tava doente aquela gostosa, mano —dizia um.

—Nos comeu como se não importasse nada —disse o outro, rindo.

—Uma puta de verdade, né. Até engoliu a minha depois que você gozou dentro dela.

—E como a gente fez o cu dela!!! Não vai conseguir sentar por uns dias!

Os escutei sem intervir, nem sequer me senti agredido, Só… estranho, como se estivesse num filme que não me pertencia. Depois fingi um sorriso. Me despedi com um aperto de mão, ao fingir que nossos caminhos se separavam, os vi se afastarem, e voltei sozinho. A cabana estava na penumbra, cheirava a sexo, só sexo Escutei a água do chuveiro, fiquei um tempo na cozinha, olhando sem ver. Quando o banheiro se apagou, entrei no quarto, ela já estava na cama, com o cabelo molhado, enrolada numa toalha, me olhou, não disse nada. Eu me desnudei, me enfiei debaixo dos lençóis, a abracei por trás, com os braços cruzando seu peito morno, senti sua respiração tranquila, senti seu corpo ainda vibrando. Não falamos, não fizemos nada naquela noite, nem no dia seguinte. Mas que nunca íamos esquecer, e nunca falaríamos sobre isso daqui pra frente… Agora ela dorme, sob o sol, com uma mão sobre sua barriga enorme, redonda, tensa de vida, oito meses, nosso primeiro filho. A olho da cadeira do pátio, a boca entreaberta, tão linda, tão alheia ao mundo. A amo loucamente, não poderia explicar de outra forma, a amo por tudo o que ela é, pelo que foi, e pelo que ninguém mais conhece. Porque nessa calma absoluta… Nesse postal morno de domingo… Eu a vejo, eu me lembro, me lembro dela me cavalgando com a boca cheia de outro, me lembro dela tremendo enquanto gozavam dentro dela, me lembro dela me olhando com aquele sorriso impune, sujo, desperto, livre. E não há culpa, não há dor. Só um calor estranho no peito, um segredo compartilhado, uma cena que continua viva mesmo sem ser nomeada. Ela se mexe um pouco, se ajeita, e no gesto, no mínimo roçar do sol sobre sua pele, eu a vejo inteira de novo, e sorrio pra mim mesmo. Porque ela dorme tranquila, e eu sei tudo o que há por trás dessa calma. E mesmo assim… Eu a escolho. Todo dia. Se você gostou desta história pode me escrever com o título RECUERDO para dulces.placeres@live.com

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