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UN AMOR QUE SE ESCURRE...
No sé en qué momento empecé a perderla. Quizás desde el primer día ya la tenía sólo a préstamo, como esas cosas hermosas que Dios te deja tocar apenas un rato para que aprendas que lo eterno no siempre es lo que dura.
Me llamo Darío. Tengo 35 años y todavía canto en el coro de la iglesia del pueblo, como cada domingo desde que tengo memoria. Siempre fui el buen pibe, el que ayuda a los viejos a cruzar la calle, el que nunca se olvida del cumpleaños de nadie. Ese que escucha más de lo que habla.
Ella se llamaba Victoria. Y digo se llamaba no porque esté muerta —aunque algo de ella sí murió con su ausencia—, sino porque dejó de ser lo que era. Como si una parte de su alma hubiera quedado atrapada en el pasado, junto con la mía.
La conocí cuando tenía veinte. Llegué al pueblo por un trabajo temporal en la panadería de don Tino. Victoria tenía apenas quince, y la timidez dibujada en los ojos. Era del interior, bien del interior, de esos lugares donde aún se saluda con sombrero en mano y las mujeres se sonrojan por todo. Siempre con ropas grandes, como si quisiera esconderse del mundo. Pero ni las camisas prestadas ni los pantalones heredados podían disimular ese cuerpo que ya en su juventud desafiaba lo normal. De piel blanca, con un cabello naturalmente oscuro que en esos días se teñía de rubio, como jugando a ser otra, como escapando de sí misma.
Yo me enamoré en silencio. A primera vista. Como un rayo que no avisa.
No fue de un día para el otro. Lo nuestro creció como crecen las cosas que valen la pena: lento, callado, inevitable. Yo la saludaba amablemente cuando pasaba por la vereda de casa, ella bajaba la cabeza como si le diera vergüenza existir. Pero con el tiempo, con paciencia, me fue sonriendo. Primero apenas, después con todo el rostro. A los diecisiete, ya era legalmente mujer. Antes de sus dieciocho nos casamos. Con el consentimiento de sus padres, claro, que me veían como un tipo derecho, respetuoso, incapaz de hacerle daño a una mosca.
Y no se equivocaban. Porque a Victoria la amé. La amé como se ama una promesa de felicidad. La vida se volvió perfecta. Ella cuidaba la casa, cocinaba con ese estilo sencillo que tanto me gustaba, y yo trabajaba y volvía corriendo, siempre con ganas de verla. Cada noche era un premio.
Es que era una mujer como no hay dos. Generosa en todo sentido. En el cuerpo y en el alma. Sus pechos eran redondos, pesados, desafiantes. Tenía unas caderas amplias, una cintura firme y ese culo... ese culo envidiable, alto y tenso, que parecía hecho para volverme loco.
La primera vez fue con nervios. A oscuras, como si el pudor aún no se hubiera enterado de que éramos marido y mujer. Le temblaban las manos y me pedía que no la mirara. Pero con el tiempo, con caricias, con palabras dulces y también con hambre de varón, la fui moldeando. Como si mis besos y mi lengua tallaran su deseo.
Victoria pasó de ser una niña asustada a una perra gritona, hambrienta, sin un no. Me pedía más, me lo suplicaba incluso. Y yo, que siempre creí en Dios, empecé a verla como una diosa pagana, una diosa hecha carne. Mi carne.
Me di cuenta de que estaba siempre de rodillas ante ella. Ella era el centro de mi vida y mi único pecado sería amarla, amarla más que a mí mismo
A veces, cuando la tenía de espaldas, con las piernas abiertas y el cuerpo temblando, pensaba en silencio que era demasiado para mí. Que ese cuerpo perfecto, esa pasión infinita, no podía ser sólo mía. Y me invadía un miedo sordo. Un horror primitivo. La idea de perderla, de que otro la mirara, me revolvía el alma como un animal herido.
Pero entonces, en mis horas más oscuras, ella gemía mi nombre, y todo volvía a estar en su lugar.
Pasaron los años y la vida nos seguía sonriendo. Nuestra casa era cálida, nuestra cama ardía cada noche y cada mañana, y en el aire flotaba ese deseo compartido de dar el siguiente paso: un hijo. Era lo natural, lo esperado, lo que venía a completar ese cuadro perfecto. Hablábamos de nombres, de habitaciones pintadas con tonos suaves, del olor a leche tibia y talco. Ella sonreía cuando yo le acariciaba el vientre y le decía: "acá va a crecer nuestra vida nueva". Y también cuando le miraba las tetas y le decía que no las imaginaba aun mas grandes cuando estuvieran cargadas de leche
Pero un día —uno solo, como una piedrita que desarma una avalancha— todo empezó a cambiar.
Había ido al centro a hacer unas compras. Volvió con un par de bolsas, algunas cosas para la casa, y una tarjeta. Una tarjeta cualquiera, de esas que uno suele tirar sin mirar. Pero esta no. Me la mostró con una mezcla de timidez y entusiasmo, como si no supiera del todo qué sentir. Alguien —un tal Julián, según el nombre impreso— la había interceptado mientras estaba parada frente a una vidriera, mirando ropitas para un bebé que aun no concebíamos, el extraño le había dicho que tenía "un rostro interesante", que la había observado a la distancia, que su figura era de "alto impacto", que estaban armando una campaña de modelaje local, algo sencillo, sin compromisos, solo una oportunidad.
Yo no dije nada al principio. ¿Qué iba a decir? No era más que una tarjeta. Un comentario halagador de un desconocido. Un piropo con forma de propuesta. Me limité a sonreír, a besarle la frente, a fingir que no me ardía el pecho.
Pero en los días que siguieron, Victoria se mostró inquieta. Se miraba más seguido al espejo, se peinaba con más cuidado, revisaba su ropa. Empezó a hablar de la tarjeta como si fuera un boleto dorado a algo que ni ella misma sabía definir. Y entonces lo dijo. Que iba a llamar. Que quería ver de qué se trataba. Que era "solo una entrevista".
Lo dijo con dulzura. Pero fue una puñalada envuelta en terciopelo.
Lo peor no fue la llamada. Ni la entrevista. Lo peor fue lo que vino después: la postergación. Me miró una noche, desnuda en la cama, con esa mirada que siempre me desarmaba, y me dijo que el bebé podía esperar. Que no era el momento. Que quería darse una oportunidad.
Ese "quería darse" fue lo que me mató. Porque ya no éramos "nosotros". Era ella. Su tiempo. Su cuerpo. Su destino.
Y yo, que la había moldeado con mis manos, que la había amado con devoción de creyente, me sentí de golpe un espectador. Y el miedo que antes solo rozaba mi alma, ahora me apretaba el cuello. La transformación no fue brusca. Fue como esas gotas que, sin hacer ruido, terminan por horadar la piedra.
Volvió de una de esas sesiones de fotos con el cabello más corto, apenas hasta los hombros. Ya no era rubia. Volvió a ser morena, nunca la había visto así, no era lo mismo. El color era más oscuro, más intenso, más pulido. Los pequeños rulos naturales que antes ocultaba bajo hebillas y trenzas desprolijas, ahora los dejaba sueltos, con ese aire descuidado que en realidad demandaba horas de arreglo. Estaba hermosa. Pero era otra.
Y con esa nueva imagen, llegó también un nuevo nombre.
Solange.
Foi assim que ela começou a se apresentar nas redes. Nos castings. Nas entrevistas. Solange. Um nome que não era dela, mas que parecia combinar melhor com ela do que a própria pele. Victoria ficou para mim, para o passado, para o eco do que fomos.
No começo, achei que era uma fase. Que ia passar. Mas não.
Tudo girava em torno dela. Das sessões dela, das fotos dela, da "imagem" dela. Ela começou a falar com palavras estranhas, anglicismos, conceitos que eu não entendia. Me falava de visibilidade, de branding pessoal, de estilo editorial, de tratamentos de pele, de um tipo de maquiagem que se aplicava com aerógrafo. Falava comigo como se eu fosse uma amiga de confiança, não o marido dela.
Também foi mudando o guarda-roupa, o estilo. Deixou de ser a garota tímida e envergonhada, deixou de ser a Victoria. Solange era diferente, andava de cabeça erguida, altiva, com decotes chamativos, leggings justas ou saias curtas pra caralho. Solange gostava de ser o centro das atenções, sem se importar com o ambiente, nem com a minha opinião.
E o pior: ela já não falava comigo, agora falava sobre ela.
Eu, que a amava como uma extensão da minha alma, sentia ela escorrendo pelos meus dedos. Redobrei os esforços. Fiquei mais gentil, mais atencioso, mais disponível. Cozinhava para ela, esperava com flores, massagens, os doces favoritos dela. Falava sobre ter o bebê, sobre retomar aquele sonho. Mas não adiantava.
Ela tinha o olhar fixo em outro horizonte.
As campanhas se multiplicaram. As tardes ficavam longas e as noites, eternas. Ela chegava com o rosto cheio de produtos e os pés doloridos, e mesmo assim parecia viva, radiante. Tinha algo — algo que não era eu — que dava mais energia a ela do que qualquer descanso.
E então vieram as viagens.
Primeiro foram para Buenos Aires. Depois para Rosário. Depois para outros lugares que ela nem me contava. Dizia: "Não é nada, mais uma campanha. Fotos. Só alguns dias." E eu sorria. Mas por dentro, eu ia me partindo em pedaços. Porque eu sabia que, onde quer que ela fosse, alguém mais ia vê-la do mesmo jeito que eu vi. E talvez, com olhos menos assustados e mãos mais ousadas, vão se animar a ficar com ela.
E eu… eu só ficava com a lembrança da Victoria.
Daquela garota que baixava o olhar quando me via.
Daquela que, no escuro, sussurrava pra mim que era toda minha.
Agora a Solange não pertencia a ninguém.
E esse era o verdadeiro inferno.
Eu tinha jurado não ir. Tinha prometido mil vezes, até na frente do espelho, como se pudesse me convencer de que era melhor não saber, não ver, não me machucar mais. Mas alguma coisa dentro de mim — chama de amor, chama de desespero — me arrastou naquele dia até o clube onde faziam a sessão de fotos.
Era uma produção importante, segundo ela. Pra uma marca nova, "ousada, disruptiva", me explicou sem olhar nos meus olhos. Me disse que eu não ia gostar, mas que ela precisava fazer. Que era trabalho. Que não era pessoal. Mas tudo em mim gritava que era sim.
A piscina estava fechada pro público, mas eu consegui entrar com uma desculpa simples e absurda. Me escondi numa das arquibancadas altas, entre luzes, tripés e assistentes que iam e vinham que nem formigueiro.
E lá estava ela.
Solange.
Minha mulher.
Ou o que restava dela.
Ela tava com uma maiô de banho inteiro. Inteiro, sim, mas desenhado mais pro desejo do que pra água. Uma peça de passarela, não de piscina, feita pra uma deusa, não pra uma mulher. Tão fio dental que mal cobria alguma coisa. Os recortes nas laterais revelavam cada curva, cada dobra. O decote profundo, as costas nuas, as pernas longas e oleosas, aquela bunda,… melhor nem descrever… E aquele andar… aquele maldito andar que antes era só meu.
Os flashes amavam ela.
O fotógrafo pedia mais atitude.
Ela ria. Flertava com a câmera. Posava com os braços na cabeça, girava o quadril, arqueava as costas.
Era puro fogo, pura provocação.
Toda irreal.
De onde eu tava, via ela como se fosse outra. Como se nunca tivesse dormindo na minha cama. Como se nunca tivesse chorado no meu peito. Como se nunca tivesse sido a Vitória.
E então eu soube.
Com uma certeza seca, sem drama:
Ela já não era minha.
Talvez nunca tivesse sido.
Ela já não jogava no meu time.
Jogava em outro.
Num que eu nem entendia.
E o pior de tudo é que ela parecia feliz lá.
Engoli o choro. Fiquei parado, como mais um espectador. Doía minha mandíbula de tanto apertar os dentes. Doía meu peito. Doía minha alma.
E enquanto ela sorria pra câmera, eu entendi o que sempre tive medo:
O amor, quando escorre, não faz barulho.
Só deixa um vazio.
Me agarrei a ela como a gente se agarra a um sonho que sabe que vai acordar.
Tentei de tudo.
Compreensão.
Silêncios.
Choros escondidos no travesseiro.
Brigas fingidas na esperança de que ela reagisse.
Agora as flores ficavam murchas em cima da mesa.
Os jantares acabavam esperando por ela sozinhos na geladeira.
Minhas massagens eternas naqueles pés cansados já não eram pedidas.
Ela continuava chegando cada vez mais tarde.
E quando chegava, trazia perfumes alheios, marcas de drinks caros na voz, e aquela indiferença que mata mais que um grito.
Eu sabia.
Sabia dos outros.
No começo eram boatos, olhares que não batiam. Depois, desculpas mal armadas, viagens sem sentido. E no final já não tinha nada pra esconder. Ela nem tentava. Era "normal no meio", ela me dizia. "Você não entende".
E não, eu não entendia.
Não entendia como aquela mulher de pele branca e cabelos escuros, que um dia foi a tímida Vitória, aquela que fazia amor no escuro com pudor e ternura, agora era a Solange, a modelo, a estrela, a livre.
Não entendia como ela conseguia dormir do meu lado sabendo que eu chorava em silêncio toda noite.
Não entendia como ela conseguia ter a consciência limpa depois de se deitar com qualquer um.
Não entendia como ela tinha parado de me amar.
Ou talvez... como ela tinha aprendido a não precisar de mim.
Eu continuava procurando entre seus gestos algum sinal, uma brecha, uma fresta que me devolvesse à garotinha que conheci aos quinze.
Mas já não restava nada.
Nem uma palavra doce.
Nem um suspiro compartilhado.
Nem sequer uma mentira piedosa.
E então, ela fez, fez o que eu nunca teria coragem de fazer.
Um dia, sem escândalos, sem lágrimas, sem gritos.
Ela me olhou do outro lado da mesa e disse que não podia mais fingir.
Que já não me amava.
Que precisava de outra vida.
Uma onde eu não estivesse.
Eu concordei com a cabeça.
Não soube o que dizer.
Não houve cenas.
Só um silêncio que pesava como uma lápide.
Quando ela foi embora, deixou o quarto limpo.
Nem um bilhete.
Nem uma carta.
Nem uma desculpa.
Só a ausência.
Só aquele vão exato onde costumava ficar o perfume dela.
O corpo dela.
A voz dela.
E eu fiquei ali.
Com as mãos vazias.
Com a cama imensa.
Com um nome na boca que já não me pertencia.
Vitória.
Ou Solange.
Ou aquele love que escorreu…
Como areia entre os dedos.
Se você curtiu essa história, pode me escrever com o título UM LOVE QUE ESCORRE… para dulces.placeres@live.com
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UN AMOR QUE SE ESCURRE...
No sé en qué momento empecé a perderla. Quizás desde el primer día ya la tenía sólo a préstamo, como esas cosas hermosas que Dios te deja tocar apenas un rato para que aprendas que lo eterno no siempre es lo que dura.
Me llamo Darío. Tengo 35 años y todavía canto en el coro de la iglesia del pueblo, como cada domingo desde que tengo memoria. Siempre fui el buen pibe, el que ayuda a los viejos a cruzar la calle, el que nunca se olvida del cumpleaños de nadie. Ese que escucha más de lo que habla.
Ella se llamaba Victoria. Y digo se llamaba no porque esté muerta —aunque algo de ella sí murió con su ausencia—, sino porque dejó de ser lo que era. Como si una parte de su alma hubiera quedado atrapada en el pasado, junto con la mía.
La conocí cuando tenía veinte. Llegué al pueblo por un trabajo temporal en la panadería de don Tino. Victoria tenía apenas quince, y la timidez dibujada en los ojos. Era del interior, bien del interior, de esos lugares donde aún se saluda con sombrero en mano y las mujeres se sonrojan por todo. Siempre con ropas grandes, como si quisiera esconderse del mundo. Pero ni las camisas prestadas ni los pantalones heredados podían disimular ese cuerpo que ya en su juventud desafiaba lo normal. De piel blanca, con un cabello naturalmente oscuro que en esos días se teñía de rubio, como jugando a ser otra, como escapando de sí misma.
Yo me enamoré en silencio. A primera vista. Como un rayo que no avisa.
No fue de un día para el otro. Lo nuestro creció como crecen las cosas que valen la pena: lento, callado, inevitable. Yo la saludaba amablemente cuando pasaba por la vereda de casa, ella bajaba la cabeza como si le diera vergüenza existir. Pero con el tiempo, con paciencia, me fue sonriendo. Primero apenas, después con todo el rostro. A los diecisiete, ya era legalmente mujer. Antes de sus dieciocho nos casamos. Con el consentimiento de sus padres, claro, que me veían como un tipo derecho, respetuoso, incapaz de hacerle daño a una mosca.
Y no se equivocaban. Porque a Victoria la amé. La amé como se ama una promesa de felicidad. La vida se volvió perfecta. Ella cuidaba la casa, cocinaba con ese estilo sencillo que tanto me gustaba, y yo trabajaba y volvía corriendo, siempre con ganas de verla. Cada noche era un premio.
Es que era una mujer como no hay dos. Generosa en todo sentido. En el cuerpo y en el alma. Sus pechos eran redondos, pesados, desafiantes. Tenía unas caderas amplias, una cintura firme y ese culo... ese culo envidiable, alto y tenso, que parecía hecho para volverme loco.
La primera vez fue con nervios. A oscuras, como si el pudor aún no se hubiera enterado de que éramos marido y mujer. Le temblaban las manos y me pedía que no la mirara. Pero con el tiempo, con caricias, con palabras dulces y también con hambre de varón, la fui moldeando. Como si mis besos y mi lengua tallaran su deseo.
Victoria pasó de ser una niña asustada a una perra gritona, hambrienta, sin un no. Me pedía más, me lo suplicaba incluso. Y yo, que siempre creí en Dios, empecé a verla como una diosa pagana, una diosa hecha carne. Mi carne.
Me di cuenta de que estaba siempre de rodillas ante ella. Ella era el centro de mi vida y mi único pecado sería amarla, amarla más que a mí mismo
A veces, cuando la tenía de espaldas, con las piernas abiertas y el cuerpo temblando, pensaba en silencio que era demasiado para mí. Que ese cuerpo perfecto, esa pasión infinita, no podía ser sólo mía. Y me invadía un miedo sordo. Un horror primitivo. La idea de perderla, de que otro la mirara, me revolvía el alma como un animal herido.
Pero entonces, en mis horas más oscuras, ella gemía mi nombre, y todo volvía a estar en su lugar.
Pasaron los años y la vida nos seguía sonriendo. Nuestra casa era cálida, nuestra cama ardía cada noche y cada mañana, y en el aire flotaba ese deseo compartido de dar el siguiente paso: un hijo. Era lo natural, lo esperado, lo que venía a completar ese cuadro perfecto. Hablábamos de nombres, de habitaciones pintadas con tonos suaves, del olor a leche tibia y talco. Ella sonreía cuando yo le acariciaba el vientre y le decía: "acá va a crecer nuestra vida nueva". Y también cuando le miraba las tetas y le decía que no las imaginaba aun mas grandes cuando estuvieran cargadas de leche
Pero un día —uno solo, como una piedrita que desarma una avalancha— todo empezó a cambiar.
Había ido al centro a hacer unas compras. Volvió con un par de bolsas, algunas cosas para la casa, y una tarjeta. Una tarjeta cualquiera, de esas que uno suele tirar sin mirar. Pero esta no. Me la mostró con una mezcla de timidez y entusiasmo, como si no supiera del todo qué sentir. Alguien —un tal Julián, según el nombre impreso— la había interceptado mientras estaba parada frente a una vidriera, mirando ropitas para un bebé que aun no concebíamos, el extraño le había dicho que tenía "un rostro interesante", que la había observado a la distancia, que su figura era de "alto impacto", que estaban armando una campaña de modelaje local, algo sencillo, sin compromisos, solo una oportunidad.
Yo no dije nada al principio. ¿Qué iba a decir? No era más que una tarjeta. Un comentario halagador de un desconocido. Un piropo con forma de propuesta. Me limité a sonreír, a besarle la frente, a fingir que no me ardía el pecho.
Pero en los días que siguieron, Victoria se mostró inquieta. Se miraba más seguido al espejo, se peinaba con más cuidado, revisaba su ropa. Empezó a hablar de la tarjeta como si fuera un boleto dorado a algo que ni ella misma sabía definir. Y entonces lo dijo. Que iba a llamar. Que quería ver de qué se trataba. Que era "solo una entrevista".
Lo dijo con dulzura. Pero fue una puñalada envuelta en terciopelo.
Lo peor no fue la llamada. Ni la entrevista. Lo peor fue lo que vino después: la postergación. Me miró una noche, desnuda en la cama, con esa mirada que siempre me desarmaba, y me dijo que el bebé podía esperar. Que no era el momento. Que quería darse una oportunidad.
Ese "quería darse" fue lo que me mató. Porque ya no éramos "nosotros". Era ella. Su tiempo. Su cuerpo. Su destino.
Y yo, que la había moldeado con mis manos, que la había amado con devoción de creyente, me sentí de golpe un espectador. Y el miedo que antes solo rozaba mi alma, ahora me apretaba el cuello. La transformación no fue brusca. Fue como esas gotas que, sin hacer ruido, terminan por horadar la piedra.
Volvió de una de esas sesiones de fotos con el cabello más corto, apenas hasta los hombros. Ya no era rubia. Volvió a ser morena, nunca la había visto así, no era lo mismo. El color era más oscuro, más intenso, más pulido. Los pequeños rulos naturales que antes ocultaba bajo hebillas y trenzas desprolijas, ahora los dejaba sueltos, con ese aire descuidado que en realidad demandaba horas de arreglo. Estaba hermosa. Pero era otra.
Y con esa nueva imagen, llegó también un nuevo nombre.
Solange.Foi assim que ela começou a se apresentar nas redes. Nos castings. Nas entrevistas. Solange. Um nome que não era dela, mas que parecia combinar melhor com ela do que a própria pele. Victoria ficou para mim, para o passado, para o eco do que fomos.
No começo, achei que era uma fase. Que ia passar. Mas não.
Tudo girava em torno dela. Das sessões dela, das fotos dela, da "imagem" dela. Ela começou a falar com palavras estranhas, anglicismos, conceitos que eu não entendia. Me falava de visibilidade, de branding pessoal, de estilo editorial, de tratamentos de pele, de um tipo de maquiagem que se aplicava com aerógrafo. Falava comigo como se eu fosse uma amiga de confiança, não o marido dela.
Também foi mudando o guarda-roupa, o estilo. Deixou de ser a garota tímida e envergonhada, deixou de ser a Victoria. Solange era diferente, andava de cabeça erguida, altiva, com decotes chamativos, leggings justas ou saias curtas pra caralho. Solange gostava de ser o centro das atenções, sem se importar com o ambiente, nem com a minha opinião.
E o pior: ela já não falava comigo, agora falava sobre ela.
Eu, que a amava como uma extensão da minha alma, sentia ela escorrendo pelos meus dedos. Redobrei os esforços. Fiquei mais gentil, mais atencioso, mais disponível. Cozinhava para ela, esperava com flores, massagens, os doces favoritos dela. Falava sobre ter o bebê, sobre retomar aquele sonho. Mas não adiantava.
Ela tinha o olhar fixo em outro horizonte.
As campanhas se multiplicaram. As tardes ficavam longas e as noites, eternas. Ela chegava com o rosto cheio de produtos e os pés doloridos, e mesmo assim parecia viva, radiante. Tinha algo — algo que não era eu — que dava mais energia a ela do que qualquer descanso.
E então vieram as viagens.
Primeiro foram para Buenos Aires. Depois para Rosário. Depois para outros lugares que ela nem me contava. Dizia: "Não é nada, mais uma campanha. Fotos. Só alguns dias." E eu sorria. Mas por dentro, eu ia me partindo em pedaços. Porque eu sabia que, onde quer que ela fosse, alguém mais ia vê-la do mesmo jeito que eu vi. E talvez, com olhos menos assustados e mãos mais ousadas, vão se animar a ficar com ela.
E eu… eu só ficava com a lembrança da Victoria.
Daquela garota que baixava o olhar quando me via.
Daquela que, no escuro, sussurrava pra mim que era toda minha.
Agora a Solange não pertencia a ninguém.
E esse era o verdadeiro inferno.
Eu tinha jurado não ir. Tinha prometido mil vezes, até na frente do espelho, como se pudesse me convencer de que era melhor não saber, não ver, não me machucar mais. Mas alguma coisa dentro de mim — chama de amor, chama de desespero — me arrastou naquele dia até o clube onde faziam a sessão de fotos.
Era uma produção importante, segundo ela. Pra uma marca nova, "ousada, disruptiva", me explicou sem olhar nos meus olhos. Me disse que eu não ia gostar, mas que ela precisava fazer. Que era trabalho. Que não era pessoal. Mas tudo em mim gritava que era sim.
A piscina estava fechada pro público, mas eu consegui entrar com uma desculpa simples e absurda. Me escondi numa das arquibancadas altas, entre luzes, tripés e assistentes que iam e vinham que nem formigueiro.
E lá estava ela.
Solange.
Minha mulher.
Ou o que restava dela.
Ela tava com uma maiô de banho inteiro. Inteiro, sim, mas desenhado mais pro desejo do que pra água. Uma peça de passarela, não de piscina, feita pra uma deusa, não pra uma mulher. Tão fio dental que mal cobria alguma coisa. Os recortes nas laterais revelavam cada curva, cada dobra. O decote profundo, as costas nuas, as pernas longas e oleosas, aquela bunda,… melhor nem descrever… E aquele andar… aquele maldito andar que antes era só meu.
Os flashes amavam ela.
O fotógrafo pedia mais atitude.
Ela ria. Flertava com a câmera. Posava com os braços na cabeça, girava o quadril, arqueava as costas.
Era puro fogo, pura provocação.
Toda irreal.
De onde eu tava, via ela como se fosse outra. Como se nunca tivesse dormindo na minha cama. Como se nunca tivesse chorado no meu peito. Como se nunca tivesse sido a Vitória.
E então eu soube.
Com uma certeza seca, sem drama:
Ela já não era minha.
Talvez nunca tivesse sido.
Ela já não jogava no meu time.
Jogava em outro.
Num que eu nem entendia.
E o pior de tudo é que ela parecia feliz lá.
Engoli o choro. Fiquei parado, como mais um espectador. Doía minha mandíbula de tanto apertar os dentes. Doía meu peito. Doía minha alma.
E enquanto ela sorria pra câmera, eu entendi o que sempre tive medo:
O amor, quando escorre, não faz barulho.
Só deixa um vazio.
Me agarrei a ela como a gente se agarra a um sonho que sabe que vai acordar.
Tentei de tudo.
Compreensão.
Silêncios.
Choros escondidos no travesseiro.
Brigas fingidas na esperança de que ela reagisse.
Agora as flores ficavam murchas em cima da mesa.
Os jantares acabavam esperando por ela sozinhos na geladeira.
Minhas massagens eternas naqueles pés cansados já não eram pedidas.
Ela continuava chegando cada vez mais tarde.
E quando chegava, trazia perfumes alheios, marcas de drinks caros na voz, e aquela indiferença que mata mais que um grito.
Eu sabia.
Sabia dos outros.
No começo eram boatos, olhares que não batiam. Depois, desculpas mal armadas, viagens sem sentido. E no final já não tinha nada pra esconder. Ela nem tentava. Era "normal no meio", ela me dizia. "Você não entende".
E não, eu não entendia.
Não entendia como aquela mulher de pele branca e cabelos escuros, que um dia foi a tímida Vitória, aquela que fazia amor no escuro com pudor e ternura, agora era a Solange, a modelo, a estrela, a livre.
Não entendia como ela conseguia dormir do meu lado sabendo que eu chorava em silêncio toda noite.
Não entendia como ela conseguia ter a consciência limpa depois de se deitar com qualquer um.
Não entendia como ela tinha parado de me amar.
Ou talvez... como ela tinha aprendido a não precisar de mim.
Eu continuava procurando entre seus gestos algum sinal, uma brecha, uma fresta que me devolvesse à garotinha que conheci aos quinze.
Mas já não restava nada.
Nem uma palavra doce.
Nem um suspiro compartilhado.
Nem sequer uma mentira piedosa.
E então, ela fez, fez o que eu nunca teria coragem de fazer.
Um dia, sem escândalos, sem lágrimas, sem gritos.
Ela me olhou do outro lado da mesa e disse que não podia mais fingir.
Que já não me amava.
Que precisava de outra vida.
Uma onde eu não estivesse.
Eu concordei com a cabeça.
Não soube o que dizer.
Não houve cenas.
Só um silêncio que pesava como uma lápide.
Quando ela foi embora, deixou o quarto limpo.
Nem um bilhete.
Nem uma carta.
Nem uma desculpa.
Só a ausência.
Só aquele vão exato onde costumava ficar o perfume dela.
O corpo dela.
A voz dela.
E eu fiquei ali.
Com as mãos vazias.
Com a cama imensa.
Com um nome na boca que já não me pertencia.
Vitória.
Ou Solange.
Ou aquele love que escorreu…
Como areia entre os dedos.
Se você curtiu essa história, pode me escrever com o título UM LOVE QUE ESCORRE… para dulces.placeres@live.com
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