Segredos de hospital

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SECRETOS DE HOSPITAL


Me llamo Macarena. Pero todos, incluso los que me odian —y créanme, no son pocos—, me dicen Maca.

Tengo cuarenta y tantos. No me interesa especificar más. Lo que ves es lo que hay: morocha, tetas grandes, culo firme, piel morena y un carácter que más de uno no sabe cómo tragar. No me gusta fingir sonrisas ni andar de hipócrita por la vida. Prefiero ser directa, incluso si eso me gana mala fama. No me interesa caerle bien a nadie.

Soy enfermera desde que tengo uso de razón. He limpiado más mierda que una madre primeriza, he visto morir gente que no lo merecía y he tenido que sonreírle a médicos con complejo de Dios. Pero este hospital… este lugar es otra cosa. Detrás de los pasillos estériles y las luces blancas, hay secretos. Secretos que no se curan con antibióticos.

Y uno de esos secretos…

En verano, este hospital es un infierno. No importa cuánto aire haya, el calor te abraza como un amante pegajoso y no te suelta en todo el día. Por eso, y porque me da la gana, suelo llegar temprano, cambiarme rápido y quedarme en tanga, con el guardapolvo verde encima y nada más. Sin sostén, sin vueltas. Lo hago por comodidad, como muchas otras. Pero claro, en mí eso siempre se nota más. No tengo cuerpo de modelo, pero sí curvas que han hecho tropezar más de uno que se la daba de esposo ejemplo.

A veces, en esos pasillos angostos, el roce no es del todo inocente. Un brazo que se cuela, una cadera que se empuja de más, una mirada que se desliza por donde no debe. Aprendí a manejarlo. A veces con una mirada que congela, otras dejando pasar el roce... según cómo esté ese día.

Y si de dejar pasar se trata, hay alguien con quien no hace falta medirse tanto: Claudia.

Claudia es mi aliada, mi sombra, mi otra mitad dentro de esta trinchera. Tiene un par de años más que yo, pero se mantiene como si el tiempo la tocara con guantes de seda. Alta, con piernas largas, tetas firmes, culo redondo. El pelo corto, teñido de un rubio descarado que no pide permiso. Se maquilla lo justo, pero sus labios siempre están pintados y listos para morder. Tiene esa mezcla entre puta elegante y enfermera de película vieja que te hace mirarla dos veces.
Desde que nos conocimos, nos llevamos bien. Quizás porque seamos demasiado parecidas, con los años nos hicimos más que compañeras, Cómplices. A veces, íntimas. Muy íntimas. Demasiado, en juegos que no merecen explicación para nadie

Nunca hablamos demasiado de eso. Ni falta hace. Nos entendemos con una mirada, una risa, una copa después del turno. Cuando me quedo a dormir en su casa, sabemos perfectamente cómo empieza la noche… aunque a veces no recordamos cómo termina.

Los residentes van y vienen. Es parte de la vida. A veces no les aprendes ni el nombre. Caritas nuevas que aparecen cada tanto, algunos tímidos, otros con aires de estrella. Pero ese día entró uno que nos dejó mudas.
Tenía 23, nos dijeron. Venezolano. Llegó escapando del quilombo de allá, y según contó, vino a estudiar medicina y no piensa volver. Se llama Jesús… o eso dijo. Capaz se lo inventó, como hacen muchos que llegan sin nada y se rehacen desde cero. No me importa. Jesús le queda bien.

Lo primero que notás es la piel. Esa piel negra, brillante, sin una sola mancha. Como terciopelo oscuro. Después, los brazos. No necesita gimnasio, eso se nota. Tiene los músculos definidos como si alguien los hubiera esculpido a mano. Y los labios... gruesos, carnosos, con una sonrisa tímida que no le encaja del todo en ese cuerpo de toro.

—Mirá lo que nos mandaron hoy, Maca —me dijo Claudia apenas lo vio cruzar el pasillo con su uniforme nuevo, apretado en los lugares justos.

—Lo vamos a hacer mierda —le respondí sin sacar la vista de él.

No era chiste. Las dos lo supimos en ese instante. No importaba cuánto tardáramos ni cómo se diera: ese pibe iba a terminar cogido por nosotras. Entre las dos. No por maldad, no por perversión. Por hambre. Porque en un lugar donde todo huele a desinfectante y muerte, a veces necesitás sentirte viva de la manera más básica. Y él parecía un manjar.

Todavía no sabíamos si era tonto, mojigato, o de los que se hacen los difíciles. Pero ya estaba marcado. Y cuando Claudia y yo decidimos algo, no hay dios que nos frene.

Pasaron los días... y las noches...

Y una noche de tantas...

Estaba todo muerto. No había pacientes, no había médicos. Solo los zumbidos de las máquinas y alguna ambulancia perdida a lo lejos. Claudia y yo estábamos en la salita, con la luz baja, tomando unos mates tibios solo por costumbre.

—Che, ¿sabés qué? —dijo, mirándome con esa sonrisa que siempre trae algo sucio detrás.

—¿Qué?

—Ya me lo cogí.

Tardé un segundo en reaccionar.

—¿A Jesús?

Asintió, tranquila, como quien habla del clima.

—¿Cuándo?

—Hace dos noches. Después del turno. Lo acompañé a buscar unos papeles al vestuario… y se dio.

Sentí un latigazo en el estómago. O más abajo.

—No te la puedo creer. ¿Y? ¿Cómo es?

Claudia me miró fijo. Bajó la voz, se acercó un poco y empezó a hablar como si me estuviera contando un secreto sagrado.

—Es una bestia, Maca. No tenés idea. Tiene la pija más grande que vi en mi vida. Toda negra, gruesa, marcada como una serpiente. Y sin un pelo. Se depila todo. Entero. Parece una barra de chocolate caliente, brillante, enorme. El muy bastardo sabe lo que tiene

Me agarré la entrepierna sin querer. Ella lo notó y sonrió más.

—Cuando me lo sacó, me quedé muda. Me la apoyó en la lengua y no entraba. Apenas la pude lamer. Se me llenó la boca con solo la punta. Y todavía le quedaba medio metro afuera.

Me acomodé en el asiento, sentía el calor entre las piernas subir como una ola.

—¿Y te cogió?

—Me partió. Me dejó en cuatro en el banco del vestuario y me dio como si no tuviera alma. Me temblaron las piernas por dos días. Te juro que me sentí usada. Feliz, pero usada.

Solté el mate y me llevé la mano a la boca, ahogando un gemido. No podía más. Me apreté las piernas, crucé los muslos, pero ya estaba empapada. Cada palabra de Claudia era como un dedo nuevo adentro mío.

—¿Estás bien? —me preguntó, sabiendo perfectamente la respuesta.

No dije nada. Cerré los ojos. Bastó imaginar esa barra de chocolate caliente, gruesa y palpitante, entrar en ella… y me fui. Así, con ropa, sentada, sin tocarme. Me acabe con la cara de mi amiga delante, susurrándome obscenidades al oído.

Cuando abrí los ojos, Claudia me miraba fascinada.

—Te mojaste toda, ¿no?

Asentí, jadeando.

—Y eso que todavía no te conté cómo acabó...


Después de esa confesión tan íntima de mi amiga, Jesús pasaría de transformarse un deseo a una obsesión, en cada cruce lo miraba con hambre, le clavaba la mirada para intimidarlo, pero Jesús, a pesar de su juventud, me devolvía esa mirada dura, como marcando terreno. Solo esperara a que nuestros turnos nocturnos coincidieran. Y coincidieron


La noche era un horno. Ni el aire viejo del hospital podía con ese calor pegajoso que te bajaba la presión y te subía otras cosas. Yo estaba agotada, empapada, como de costumbre solo me había dejado la tanga clavada en el culo y el guardapolvo, que ya ni abrochado estaba. Caminaba con él abierto hasta la mitad, el escote profundo, las tetas marcadas por el roce del algodón, el sudor entre las piernas haciéndome sentir viva. Y él... él me miraba.

Jesús había estado conmigo en una urgencia. Nada grave. Una vieja con presión alta. Pero mientras hablábamos con la paciente, yo lo sentía. Sus ojos no se despegaban de mis pechos, de mis muslos. Cuando me agaché a buscar una carpeta, sentí cómo contuvo el aire. El muy zorro no disimulaba nada.

Cuando quedamos solos en el pasillo, lo miré directo.

—¿Tenés unos minutos?

—Claro, Maca —respondió con esa mezcla de voz grave y respeto tembloroso que tanto me calienta.

Me acerqué, despacio, como si no hubiera prisa. Lo miré desde abajo, porque era alto, y le acaricié el pecho con una uña, apenas.

—Vamos a un lugar más íntimo. Este calor me tiene insoportable.

Él tragó saliva. No dijo que sí, pero tampoco dijo que no. Caminamos por el pasillo como si nada, pero yo sabía que su corazón latía a los golpes.

Al doblar, la vimos. Claudia estaba sentada en la salita, tomando agua. Apenas nos vio, sonrió. No dijo nada. Solo se paró, dejó el vaso, y nos siguió. Como si fuera lo más natural del mundo.

Jesús giró la cabeza, sorprendido. Yo le guiñé un ojo.
—Tranquilo, doc. A veces… somos equipo.

Claudia se acercó por detrás y le acarició la nuca al pasar.
—No pensaban arrancar sin mí, ¿no?

Él se detuvo en seco. Las dos lo rodeamos. Yo con el guardapolvo entreabierto, los pezones marcando la tela; ella con la sonrisa del diablo, el perfume fuerte, las uñas rojas. Lo teníamos.

Jesús, el doctorcito venezolano de mirada tímida, estaba por aprender lo que dos mujeres calientes y maduras pueden hacer cuando se aburren en una guardia. O al menos eso yo pensaba


Segredos de hospitalO calor no corredor era sufocante, mas tudo o que importava naquele momento era a tensão entre os três. Eu caminhava com o decote profundo, os mamilos marcando através do tecido, o suor escorrendo pela minha pele e caindo entre minhas coxas. Não conseguia evitar, me sentia viva, cheia de desejo. Jesus, também parecia estar sofrendo com o calor, mas não por causa do ambiente. Eu via ele, observando cada um dos meus movimentos, cada curva do meu corpo. O olhar fixo, o maxilar travado... eu sabia. O cara estava no controle, e isso me excitou ainda mais.

Claudia, sem dizer uma palavra, nos seguia. Os olhos dela brilhavam com aquela mistura de curiosidade e desejo. Entramos no quartinho lá no fundo, e a porta se fechou atrás de nós. Ali, na penumbra, tudo parecia mais próximo, mais intensamente carregado.

Jesus, mesmo sendo jovem, não era bobo. Ele se virou pra mim, um lampejo de confiança cruzou o olhar dele. Não hesitou, não duvidou. Como se estivesse acostumado a que as coisas acontecessem do jeito dele.

— Que é, Maca? Quer brincar de quem tem mais poder? — disse, a voz grave e decidida, enquanto se jogava pra trás numa cadeira. Não se mexeu, não se deixou levar. A presença dele era firme, segura. Como um leão observando a presa.

Claudia, com aquele sorriso de mulher confiante, se aproximou dele, e enquanto eu ficava parada, curtindo a imagem, ela começou a abrir a calça dele sem pressa, mas com uma certeza que me fez sorrir. Ele não se afastou, não se mostrou vulnerável. E isso, ao contrário do que eu esperava, me excitou ainda mais.

— Vamos, doutor — falei, a voz profunda, desafiadora. — Não fica tão distante. Deixa a gente aproveitar junto.

Jesus não disse uma palavra, mas o olhar fixo nos meus olhos me dizia tudo. Ele estava no controle, e sabia que, no final, tudo dependeria dele. Ele se livrou da parte de baixo do jaleco com um único movimento, revelando aquela pica enorme que mal cabia entre as pernas dele. Olhou pra nós duas, sem se abalar, mas o rosto dele... era de pura arrogância. Sabia que nos tinha onde queria. —Não precisa se fazer de sonsa, Maca —disse ele, lançando um olhar desafiador para nós duas—. Eu sei o que vocês querem. Mas agora é a minha vez. Claudia e eu ficamos ali, observando como aquele homem, apesar de ser jovem, não tinha medo de assumir o controle. A energia no ar era tão densa que quase dava para cortar. Nenhuma de nós pensava em dar o primeiro passo; estávamos dispostas a deixar que ele nos guiasse, e ele sabia perfeitamente o que queria. Jesús pegou Claudia e a colocou de joelhos, quase como uma ordem. Os sons do sexo oral intenso chegaram aos meus ouvidos de forma clara e sentida, senti minha buceta virando um pântano de desejo. Ele me puxou para perto dele, devorou minha boca com aqueles lábios enormes que pareciam um aspirador. —Solta esses botões, quero ver suas tetas —deixando claro que nós não tínhamos o controle, apesar da idade e de todas as pirocas que já tínhamos engolido. Eu fiz isso, ele primeiro as acariciou, e depois as beijou. Cada toque da língua molhada nos meus mamilos era um passo em direção ao orgasmo contido. Jesús estava no paraíso com minhas tetas, e eu deixava os orgasmos virem um atrás do outro, só com o toque, só com o hálito, só por saber que ele estava ali. Ele me fez ajoelhar, parecia ser a minha vez, mas ele afastou Claudia, me deu exclusividade. Colocou a piroca entre minhas tetas e começou a se masturbar entre elas. A situação era indescritível, minhas tetas enormes não conseguiam esconder aquela anaconda preta que deslizava entre elas, enorme, indescritível, perfeita. Uma vez, outra vez, e mais outra vez. Quando ele gozou, senti meu peito molhado, viscoso, pegajoso, e o ambiente se encheu com um aroma de porra úmida. Movi minhas tetas uma contra a outra para brincar e sentir minha pele lubrificada deslizando uma contra a outra. Jesús pegou Claudia pela nuca, como se fosse uma mascote obediente. Enterrou o rosto dela, sufocando-a entre meus seios, nos seus sucos. Observei a situação, ela parecia me arrumar bebendo o que estava derramado, depois subiu, me beijou. O beijo da minha amiga tinha o gosto áspero de um homem viril, o batom vermelho dos lábios dela estava escondido por um branco acinzentado que tinha gosto de pecado

—Que gostoso—disse a Claudia me olhando nos olhos com aqueles olhares cúmplices, pra me beijar de novo, dessa vez garantindo que as tetas dela se esfregassem nas minhas

Ele voltou a tomar o controle, me levantou como se nada, apesar dos meus oitenta quilos e me acomodou em cima da Claudia, ficamos as duas entrelaçadas, rosto com rosto.

—Ele vai nos destruir... —falei quase num sussurro enquanto as gotas de suor escorriam pelo meu rosto

E ele meteu, deus, era um míssil mesmo, me arrancou um grito, começou a me comer, não sei quanto entrava mas sentia que nunca acabava, grossa, me dilatava inteira. Fechei os olhos, franzi a testa, era um mar de gemidos. Ela me olhava de baixo esperando a vez dela, e chegou a vez dela

Eu fiquei observando, como o rosto da Claudia se desmontava quando ele metia, fundo, mais fundo, parecia tentar se livrar de algo impossível, um pouco de dor, um pouco de prazer

Jesus alternou à vontade, e quando se deu por satisfeito, escolheu gozar na porta da minha buceta, deixando que pela gravidade tudo escorresse pra baixo, pra da minha amiga

—Nada melhor que as putas argentinas—disse com o sotaque venezuelano tão doce e marcado

—Falta o melhor—pronunciou enquanto o pau dele continuava duro como se nada, procurou entre as coisas do quarto, um aparador velho que estava de lado, tirou um pote de vaselina e continuou

—Vamos, quem vai me dar o cu, Maca? Claudia? as duas?—

Pareceu brincadeira, mas não estava brincando, nos colocou de quatro, lado a lado, e como num filme pornô começou a nos untar com um dedo, com dois, ao mesmo tempo, nas duas

Saí do jogo, era demais pra mim, não conseguiria, não... mas Claudia aguentou a investida e um sorriso se desenhou no rosto do Jesus

Ele abriu ela Booty apoiou a cabeça da glande e empurrou, Claudia gritou, um pouco, e mais um pouco, Jesus só afrouxou para voltar com mais decisão, e pra ela foi demais. Claudia sacudia os pezinhos numa negativa impossível de evitar, tentava afastá-lo sem sorte, apoiando a mão na barriga e ele parecia curtir tudo, ela suspirava e dizia que doía, no final, o enorme monstro preto desapareceu centímetro por centímetro entre a carne branca da minha amiga, que pareceu ficar sem ar.

Quase como uma ordem não dita, me aproximei pra observar entrando e saindo, minhas mãos nas nádegas de Claudia abriam sua bunda, ele tirava e me dava pra eu chupar, enquanto o esfíncter da minha colega estava aberto como nunca, implorando clemência.

Jesus brincava, entre o cu dela e minha boca, de um lado e do outro e novamente fez do jeito dele, tirou e apontou pro enorme rabo que se abria diante dos nossos olhos. O semen quente invadiu e transbordou como uma fonte, suspirei em excitação contida. Quando terminou, me pegou à força como antes tinha pegado Claudia e agora enterrou meu rosto na intimidade da minha amiga, me enchendo de porra quente agora no meu nariz, lábios, maçãs do rosto.

Não aguentávamos mais, mas Jesus disse me olhando diretamente:

—Maca, sua vez, vou te arrebentar o cu—

Naquele momento, a sorte ficou do meu lado, o celular dele tocou, precisavam dele numa das salas, não soube qual era o problema, mas pra mim foi uma bênção.

—Você se salvou... por enquanto— disse enquanto se arrumava com pressa.

Ficamos as duas em silêncio, nossos corpos nus ainda agitados, sem entender. Nos olhamos buscando resposta que não tínhamos. As gotas de suor rolavam descontroladas se misturando com a porra que secava rápido. Doía lá no fundo da buceta, na altura do umbigo, porra. Parecia que tinham me dado uma surra. Nós, as experientes, as espertas, aquele cara venezuelano nos... tínhamos ficado contra as cordas e não tínhamos conseguido nos defender

Os dias continuariam passando, os jogos continuariam, e as fugas com aquele maluco de ficção, ele cumpriria a promessa dele, mais cedo ou mais tarde, também ia me comer por trás deixando uma lembrança pra vida toda

Jesus, o doutorzinho fez carreira, já não sabemos muito dele, às vezes chegam comentários pra gente, às vezes a gente olha as redes sociais dele

Claudia e eu continuamos sendo as nojentas odiadas do lugar, nunca me importei, não vou me importar agora. Ela diz que 'está aposentada' e em busca de uma aposentadoria antecipada. Duvido, a filha da puta tem um corpão, melhor que as novinhas de vinte, e experiência, muita experiência

E assim seguimos nossos dias, um atrás do outro, acompanhando alguns no último suspiro de vida, aquele momento em que te olham com os olhos arregalados e se agarram no teu braço, como se a gente pudesse fazer algo pra impedir, e também os outros momentos, os bonitos, quando se sente o choro explodindo a plenos pulmões de uma vida nova que chega num novo despertar.

Assim é esse jogo...

Ontem à noite Claudia e eu demos plantão juntas numa noite tranquila, uma noite atípica, chovia e fazia frio, uma raridade por essas bandas, sentamos de novo pra contar as mesmas histórias de sempre, dividindo aqueles mates mornos que a gente tanto espera, o venezuelano veio à memória, rimos relembrando minuto a minuto, suspiramos resignadas, que homem! dissemos...

Dou um gole no canudo até sentir o chiado da falta de água, olho as paredes gastas pelo tempo, a luz fraca dos postes antigos parece acariciá-las, elas sim já viram de tudo, elas sim só guardam segredos de hospital


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