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SE NACE O SE HACE?
Tenía treinta y cuatro años cuando cerré una etapa de mi vida para abrir otra.
Venía de años de pareja con Edgardo, un tipo por demás interesante, buen mozo, seductor y con un sex appeal increíble. Cuando me casé con él todas mis amigas me tenían sana envidia y me decían una y otra vez lo afortunada que había sido, Edgardo era de esos hombres que enloquecían a una mujer con el poder de sus ojos, y si lo dejabas hablar, sus palabras te envolvían y te rendías sin remedio.
En nuestros diez años de convivencia tuvimos dos hijos, una niña y un niño, y siempre dábamos esa imagen de familia feliz.
Pero puertas adentro, mi esposo era un monstruo, enfermo del sexo y a poco tiempo de nuestro compromiso, en pleno embarazo, comprobaría su primera infidelidad.
Lo perdoné, y fue mi error, porque volvería a repetirse, una y otra vez, sistemáticamente, con cualquiera y en unos años ya solo trataba que no me doliera, cerraba los ojos para no ver, y lo dejaba pasar, solo lo dejaba pasar.
Pero gota a gota el vaso se fue llenando y el día que lo encontré en la cama con una de las que decía ser mi mejor amiga, fue la gota que lo rebalsó, estaba cansada de ser cornuda y esa vez no hubo vuelta atrás.
Separamos nuestros caminos, vendimos la casa y volví a la de mis padres, con los pequeños a cuesta, como dije, tenía treinta y cuatro años y fue recoger el mazo de naipes y volver a repartir. Edgardo viajó a Australia por temas laborales y sus escritos se fueron espaciando lentamente, hasta solo desaparecer y pasar a ser parte del pasado, y no me dolió por mi, sino por sus hijos que tuvieron que hacerse la idea de que papá se había olvidado de ellos.
Nunca me consideré ser muy bonita, de estatura tirando a baja, delgadita, mis pechos son pequeños y si bien era cierto que los embarazos me habían dejado una colita más llamativa, también era cierto que mi pancita chata de modelo había desaparecido.
A pesar de todo, estaba nuevamente en la vidriera, y propuestas no me faltaban, pero en esos días mi cabeza estaba en otra cosa, reacomodando mi vida junto a mis padres, con los hijos de por medio, buscando un nuevo empleo. Pero eso no era todo, aun me dolía en el alma no tener a Edgardo y jamás había imaginado que sería tan duro separarme de él, si es que me daba cuenta que seguía enamorada y presa de sus encantos, a pesar de todo, era una estúpida que jamás aprendería la lección, y en cada hombre que trataba de seducirme yo solo buscaba algún indicio que me recordara a Edgardo.
Poco tiempo después las cosas parecían acomodarse, mis padres resultaron ser un gran apoyo, en especial con el cuidado de los niños y yo había conseguido un empleo de cajera en un mercado de mediana importancia a unas cuadras de casa.
La paga no era mucha, pero al menos me ayudaba a mantener la cabeza ocupada en otra cosa y así los días pasaban un poco más rápido. Me metí de lleno en un nuevo empleo y conocí a mucha gente con la que poco a poco hice camaradería.
Celeste era una de las tantas mujeres que atendían caja como yo, y naturalmente se dio una amistad entre nosotras, cosas que solo suceden.
Ella tenía casi treinta en esos tiempos, era soltera y no hablaba mucho de su vida privada, a pesar que yo le había contado todo sobre mi con lujos de detalles.
Tenía un rostro sin dudas perfecto, una cara redonda con dos enormes ojos celestes, cristalinos, transparentes, una naricita diminuta y unos labios muy marcados, sus cabellos rubios platinados que caían por su espalda, muy sexi.
Pero a pesar de su rostro, Celeste tenía complejos con su cuerpo, de mí misma estatura, menudita, tampoco tenía busto, pero su trasero era desproporcionado con su cuerpo, era risueño, pero en verdad parecía que su culo no correspondía a su cuerpo.
Y solo nos hicimos muy amigas, íntimas, sin secretos, o casi, porque ella no contaba demasiado, generalmente era yo quien parloteaba sin cesar y ella solo ponía atención. Ella solo preguntaba por mí, si ya tenía nuevo novio, alguien que me gustara, y cosas que en esos momentos lo tomaba como curiosidades de chicas, sin poder ver más lejos de mi propia nariz.
Nuestra amistad trascendió el empleo, habíamos salido a tomar algunas copas, paseos de mujeres, alguna cena y cosas por el estilo, ella había venido a casa un par de veces, había conocido a mis padres y a mis hijos, pero su vida seguía siendo un enigma en algún punto, su familia vivía en un pueblo del interior y no tenía a nadie por estos lados, alquilaba un pequeño departamento en la parte costera de la ciudad y su único compañero era 'Pelusa' un gato viejo y gay, como ella misma siempre lo llamaba.
Todo empezó una noche de primavera, varios de los chicos del trabajo habían organizado una cena en un sitio donde se hacía algo de karaoke y también se bailaba, era de todo un poco, la idea de compartir unas horas de sana diversión, relajados y fuera del entorno laboral.
Me había comprado un vestidito delicado, ajustado al cuerpo, pero no demasiado, en color negro, discreto, nada que llamara mucho la atención, pero si me sentí rara, hacía tiempo que solo usaba pantalones y mis días 'de cacería' eran parte del pasado, no podría explicarlo, pero esa noche, después de mucho tiempo al fin volvía a sentirme mujer, y el eje de mis pensamientos pasaba por mi sexualidad, podía al fin desconectarme un poco de mis hijos, de mis padres, de mi empleo, de mi ex.
Llegué puntual y le guardé un lugar a mi lado a mi amiga, como ya habíamos acordado, Celeste llegó poco después, recuerdo que tenía unas calzas de licra en un color ocre pálido y una remera larga con la que trataba de disimular sus caderas, en negro con unos dibujos brillantes en el frente y de hombros asimétricos, su rostro estaba maquillado, me llamó mucho la atención porque rara vez lo hacía, sin embargo, esa noche estaba muy bonita.
Cenamos, bebimos, reímos, algunos se animaron al karaoke, pero nosotras no, demasiado vergonzosas para un ridículo público.
Matías, un chico que varias veces me había invitado a salir sin éxito me llevó a bailar, parecía no resignarse mis negativas, y en esos momentos había bebido demasiado, y solo quería divertirme.
No me di cuente de muchas cosas, en modo inconsciente tomaba para olvidar cosas que aún me dolían, y la diversión solo eran excusas para lágrimas de un pasado que todavía dolía. También pasé por alto que Celeste se había quedado sola en la mesa, y que me seguía con la mirada donde fuera que yo estuviera y era como que las piezas no terminaban de encajar.
Eran las cuatro de la mañana cuando decidí volver, pero Celeste me dijo si no quería ir un rato a su departamento, a charlar un poco, a tomar algo, al fin de cuentas jamás había ido a conocer su hogar, ni siquiera a su gato. Dudé un poco, pero qué diablos, mis padres me habían dejado en claro que no me preocupara por horarios, que hacía tiempo no me divertía y además era cierto, no conocía de departamento de mi amiga.
Poco después, estábamos las dos solas, en su modesto lugarcito en el mundo, era pequeño pero acogedor, tenía algunas fotos familiares sobre una repisa, encendió unos sahumerios, puso música a muy bajo volumen y fue por unos tragos.
Nos sentamos en un amplio sillón, de esos para tres personas, una a cada extremo, empezamos a hablar, o más bien, yo hablaba y ella escuchaba, le dije si no le molestaba que me quitara miz zapatos tacos altos, estaba falta de costumbre y me dolían los pies, ella solo se rio y me dijo que me sintiera como en mi casa.
Honestamente no recuerdo de que estaba hablando, solo ella me miraba muy serena, muy tranquila, se acercó un poco, y otro poco y sin que lo viera venir, Celeste se pegó lo suficiente para acallar mis palabras con un beso, me sorprendió, y me hice a un lado, no entendía.
Ella volvió a atacar, sus labios rozaron los míos y su lengua busco mi boca, sentí su respiración demasiado cerca y sus manos aferraron mis hombros
Que hacés? estás loca? - reaccioné con energía poniendo distancia entra ambas -
Nunca estuviste con una chica? - dijo ella con voz muy pausada -
No, no estuve, ni estaré - respondí con suficiencia -
Se que te gustan los chicos, no te pido nada, solo pasemos un buen rato - volvió a repetir muy serena -
Pero Celeste, no sé qué te traes... - repondí con dudas -
Solo no hagas nada, solo déjate llevar, volá... - ella parecía tranquilizarme con su voz -
Recuerdo que la discusión e intercambio de palabras siguió por unos minutos, aun hoy no sé por qué me deje llevar, seguramente por la abstinencia sexual que acumulaba, o por probar algo diferente, o tal vez solo por complacerla, o por todo el alcohol que tenía en la sangre...
Celeste terminó de acallar mis dudas y mis palabras con sus besos, olía muy rico y sentí sus manos jugar en mi piel, sus besos tímidos fueron a mi cuello y eso me gustó demasiado, respiré profundo, me dejé llevar.
Sus dedos recorrieron mi piel por donde no cubría el vestido, por los brazos, por mis muslos, y por mi pecho alto jugando con una gargantilla que llevaba esa noche, solo cerré mis ojos y cuando ella volvió a buscar mis labios solo respondí con un beso enorme y perdido en el tiempo, hacía tiempo que no tenía ese deseo en mi boca y fue como un renacer, y sentí mojare entre mis piernas, y sentí que perdía el control.
Los dedos de Celeste buscaron colarse por el escote del vestido en una forma muy discreta, incluso bordeando los límites de mi sostén, sentí el deseo en mis pezones, y sentí que ella me observaba con ojos de pecado, respiraba profundo, mordiendo mis labios, resistiendo lo irresistible y viendo que ella parecía haberse quedado en ese punto, solo jugando con mis deseos, solté el vestido y mi sostén, dejándolo caer hasta la cintura, mis pechos quedaron desnudos para ella y solo le rogué que ya lo hiciera.
Una sonrisa cómplice se dibujó en su rostro, Celeste me besó y con su lengua afilada bajó por mi pera, por mi cuello por mi pecho hasta llegar a uno de mis pezones, su saliva estaba tibia y solo empezó a lamerlos de una manera tan rica que no puede evitar pequeños gemidos.
Ella sabía que todo iba de maravillas, y con una de sus manos libres seguía jugando en mis muslos, sin dejar de comerme las tetas, como solo una mujer podría hacerlo, me moría, sus dedos inquietos buscaron mi ropa interior, estaba empapada literal, y ella me lo dijo al oído
Pero que zorra, mirá como estás...
Solo me relajé y casi sin pensarlo abrí mis piernas como una ramera, solo para que ella lo hiciera
Celeste coló su mano completa entre mi sexo y mi ropa interior, sentí como metía un par de dedos en lo profundo de mi conchita y como masajeaba con ritmo mi clítoris, y todo esto sin dejar de lamerme los senos, me sentí venir, era obvio y me retorcí en su sillón en un mar de placer, gimiendo al borde de las lágrimas.
Me quedé unos segundos tratando de recuperar mi respiración, al abrir los ojos, Celeste a un lado se lamía pacientemente los dedos, dejándome saber lo rico que sabían mis jugos, ella dijo entonces
No te voy a pedir nada a cambio, pero solo quiero que sepas lo que provocas en mi
Ella levantó un poco su remera solo para que observara su calza, estaba impregnada con sus jugos, todo el pubis, su entrepierna, incluso llegando casi al elástico que estaba a la altura de su ombligo, impresionante, y asumo que me sentí dulcemente halagada por tan terrible excitación.
Celeste dio por terminado el juego, empezaba a aclarar y tenía que volver a casa.
No dia seguinte, longe do efeito do álcool, minha cabeça virou um verdadeiro martírio, morria de vergonha pelo que tinha acontecido com minha amiga e com certeza não sabia como seguir em frente, como olhar nos olhos dela de novo.
Na segunda-feira de manhã, nos cruzamos de novo no trabalho, ela me cumprimentou super natural, como se nada tivesse acontecido, com um beijo no rosto, do mesmo jeito que cumprimentava todas as meninas, e eu fiquei presa nos meus próprios labirintos. As horas passavam, ela estava na mesa ao lado da minha e nada, como se eu simplesmente não existisse.
Saímos no fim da tarde, como todo dia, ela se despediu de todas, do mesmo jeito, mas eu alcancei ela e falei que precisava conversar, explicar e entender um monte de coisas. Assim, acabamos sentadas numa mesa de bar a umas quadras do mercado.
Tentei esclarecer um monte de coisas, ela me intrigava, mas o meu negócio era homem, tinha gostado, mas estava bêbada e era mulher, e também perguntei por que ela nunca tinha me contado. Foi quando Celeste olhou nos meus olhos e disse:
— Bárbara, é que você é tão cega e tão fechada no seu mundinho que só o seu mundo importa, só as suas coisas parecem relevantes: que seu ex, que seus filhos, que seus pais, que isso e aquilo. Só você fala, e eu estou sempre aqui pra te ouvir, pra dar apoio em silêncio. Alguma vez você me perguntou o que eu sentia? Como eu estava? Se eu era feliz na minha vida? Alguma vez você parou pra pensar por que eu moro sozinha, por que nunca apareceu um cara? Nem um?
Baixei o olhar. Acho que um tapa na cara teria doído menos, porque ela tinha razão. Eu nunca a escutava, nunca.
Ela, percebendo minha expressão, pegou minhas mãos e disse:
— Bárbara, desculpa. Eu não posso te obrigar a nada que você não queira, mas eu gosto de você. E me apaixonei por você aos poucos, sem querer, sem planejar: pelas suas loucuras, pelos seus chiliques, pela sua simplicidade. Amo esse tique que você tem de passar a mão na orelha direita, amo essa pinta que você tem no pescoço, amo o tom da sua voz, amo o jeito que você... Você anda, e tudo em você me parece perfeito, só te peço que não me odeie, que não me afaste do seu lado, e eu só me contento em te amar em silêncio, sem pedidos, sem cobranças, quero ser como a lua que gira presa à terra, só assim, te iluminar quando precisar de mim, desaparecer quando quiser...
Celeste falava de coração aberto e com aquela postura, como é que eu ia dizer alguma coisa?
Deixamos aquela noite como se tivesse acontecido o que tinha que acontecer, noite louca de amigas, sem ressentimentos, sem cobranças, e só dissemos virar a página e seguir em frente, e Celeste parecia conseguir cumprir isso, só que eu... Deus... eu simplesmente não conseguia... não conseguia ficar no meio do caminho entre algo sujo que, no entanto, tinha me encantado, provar da fruta proibida foi tão excitante quanto perigoso. Propus uma nova conversa, a sós, precisava entender...
Naquela sexta, a gente ia se encontrar de novo no apartamento dela, pra dividir um jantar, só isso.
Ela estava bem na dela, em casa, com umas havaianas de praia, um short jeans gasto que deixava a bunda enorme dela ainda maior e uma camiseta justa sem manga, não tinha maquiagem e era óbvio que não queria despertar em mim nenhuma emoção que me confundisse, mas eu já estava confusa.
Sentamos pra comer de frente uma pra outra, como amigas, ela tinha preparado uns macarrões enrrolados gostosos, abrimos uma garrafa de vinho e dessa vez foi minha chance de ouvi-la, ela falava e eu tomava um copo, ela falava e eu tomava outro. Percebi quantas coisas eu não sabia sobre ela e fui me perdendo nas palavras dela.
Dessa vez foi minha vez de jogar, fui eu quem calei as palavras dela colando meus lábios nos dela, e dessa vez foi a vez dela de se mostrar surpresa, ela disse:
Não, Bárbara, tá tudo bem, não vamos brincar de um jogo perigoso, eu tenho sentimentos muito fortes por você e sei quais são seus gostos, não quero que você faça nada por pena...
Celeste estava com os olhos brilhando, cheios de lágrimas que ela tentava segurar. com todas as forças pra não se mostrar vulnerável. Olhei pra ela com doçura e respondi:
Não faço o que faço por pena, faço porque gosto, faço porque sai de mim, só faço...
Beijei ela de novo, dessa vez ela respondeu com loucura, machucando meus lábios, e agora eu queria ser quem a surpreendesse, não sabia bem o que fazer, nem como fazer, era um mundo novo pra mim, desconhecido e intrigante.
Pedi pra ela tirar aquele short apertado que segurava a bunda enorme dela, achei graça porque eu sabia o quanto ela odiava aquilo sem imaginar o quanto eu desejava, queria ter um pouco daquela coragem que ela tinha.
Mandei ela sentar num banquinho, fui por trás, aspirei o perfume do cabelo dela, beijei a nuca, pedi pra ela relaxar, me deixar fazer.
Sem tirar os lábios da pele dela, fui tirando as poucas roupas que ainda tinha, desci pelas costas devagar, minhas mãos acariciaram as nádegas dela, passaram pela barriga e subiram pros peitinhos dela, os bicos estavam durinhos e no silêncio eu percebi os gemidos abafados dela.
Desci mais e mais, sentei no chão, aqueles glúteos enormes ficaram na minha cara, vi o cuzinho dela, a buceta melada, fechei os olhos e me deixei levar, tinha gosto de mar, quente, grosso, abundante, por minutos lambi toda a buceta dela e o cuzinho gostoso, e me perdi em beijos sem fim ouvindo os gemidos doces dela no meu ouvido.
Tempo depois, Celeste me confessaria que não tinha gozado, que eu era inexperiente e precisava aprender, mas na hora me senti completa e achei que tinha arrancado uns orgasmos lindos dela.
Ela me beijou de novo, muito gostoso, meus lábios ainda tinham o gosto dela, olhou nos meus olhos e quase sussurrou:
Bárbara, deixa eu te mostrar que posso ser tudo que você quiser que eu seja.
Ela sumiu da minha vista indo pro quarto dela, em minutos eu tava cheia de perguntas, só deixei minhas roupas caírem pra recebê-la. Celeste apareceu com um cintaralho na cintura, entre as pernas dela. pendurado um pênis de brinquedo preto, cheio de bolinhas prateadas que o deixavam bem chamativo, me causou tanta impressão quanto vergonha, não consegui segurar uma risada nervosa
Você é louca, Bárbara — falei olhando nos olhos dela
Mas ela também trouxe um pequeno plug anal inexpulsável que brilhava na penumbra, só começou a chupá-lo com muita gula e eu falei de novo que não, que ela era louca.
Bárbara me pegou pelo braço e, simulando um forcejo sexual, me virou de costas, o metal do brinquedo estava morno por causa da saliva dela e eu senti ele empurrar devagar no meu ânus. Não sei por quê, minha Booty era virgem, eu tinha negado muitas vezes pro meu ex e pros homens que passaram pela minha cama, mas com ela foi diferente, não consegui evitar, me deixei levar.
Não demorou muito pra ele se enfiar no meu esfíncter, meu músculo fechou automaticamente quando passou a parte mais grossa e me arrancou um lindo suspiro
Celeste então colocou uma das mãos nas minhas costas e brincou com o pênis na minha buceta, na entrada, eu estava tão molhada que sentia como meus fluidos tinham escorrido pelas minhas pernas, maldita
Ela começou a me comer, forte, devagar, fundo, superficial, me deixei levar, não conseguia resistir, acariciei com força meu clitóris e gozei, uma, duas, três vezes.
Não aguentava mais, ela continuava me dando com força, minhas pernas começaram a tremer e me faltava ar, era demais
Para, Celeste, para... — implorei tentando pegar mais ar do que conseguia — você vai me matar!
Ela me virou de novo, ficamos de frente uma pra outra, continuou me comendo, me beijando, me acariciando, até cair rendida de prazer
Os anos passaram, ela foi meu imã, meu norte, minha guia, e aos poucos com esses jogos secretos fui me enredando na teia dela. Ambas perdemos o emprego quando nossa relação se tornou pública, é que não toleravam relações homossexuais, não nos importamos.
Com o dinheiro das nossas indenizações montamos um negócio no bairro, lingerie feminina, fomos sócias, amantes, e no fim, casal.
Aos meus Os pais não gostaram de saber, mas com o tempo aceitaram a ideia.
A Celeste virou mãe, uma gravidez com sêmen de doador anônimo, e seria nossa menina em comum.
Sempre me vi como uma pessoa hétero e dividir minha cama com outra mulher era algo que não passava pela minha cabeça, hoje sou feliz ao lado dela. Podem nos ver em algum parque, de mãos dadas, com os três filhos, brincando, se divertindo.
Encontrei na Celeste o amor que nunca consegui achar em nenhum homem.
Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título 'NASCE OU SE FAZ?' para dulces.placeres@live.com
Esperamos sean de vuestro agrado
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Tenía treinta y cuatro años cuando cerré una etapa de mi vida para abrir otra.
Venía de años de pareja con Edgardo, un tipo por demás interesante, buen mozo, seductor y con un sex appeal increíble. Cuando me casé con él todas mis amigas me tenían sana envidia y me decían una y otra vez lo afortunada que había sido, Edgardo era de esos hombres que enloquecían a una mujer con el poder de sus ojos, y si lo dejabas hablar, sus palabras te envolvían y te rendías sin remedio.
En nuestros diez años de convivencia tuvimos dos hijos, una niña y un niño, y siempre dábamos esa imagen de familia feliz.
Pero puertas adentro, mi esposo era un monstruo, enfermo del sexo y a poco tiempo de nuestro compromiso, en pleno embarazo, comprobaría su primera infidelidad.
Lo perdoné, y fue mi error, porque volvería a repetirse, una y otra vez, sistemáticamente, con cualquiera y en unos años ya solo trataba que no me doliera, cerraba los ojos para no ver, y lo dejaba pasar, solo lo dejaba pasar.
Pero gota a gota el vaso se fue llenando y el día que lo encontré en la cama con una de las que decía ser mi mejor amiga, fue la gota que lo rebalsó, estaba cansada de ser cornuda y esa vez no hubo vuelta atrás.
Separamos nuestros caminos, vendimos la casa y volví a la de mis padres, con los pequeños a cuesta, como dije, tenía treinta y cuatro años y fue recoger el mazo de naipes y volver a repartir. Edgardo viajó a Australia por temas laborales y sus escritos se fueron espaciando lentamente, hasta solo desaparecer y pasar a ser parte del pasado, y no me dolió por mi, sino por sus hijos que tuvieron que hacerse la idea de que papá se había olvidado de ellos.
Nunca me consideré ser muy bonita, de estatura tirando a baja, delgadita, mis pechos son pequeños y si bien era cierto que los embarazos me habían dejado una colita más llamativa, también era cierto que mi pancita chata de modelo había desaparecido.
A pesar de todo, estaba nuevamente en la vidriera, y propuestas no me faltaban, pero en esos días mi cabeza estaba en otra cosa, reacomodando mi vida junto a mis padres, con los hijos de por medio, buscando un nuevo empleo. Pero eso no era todo, aun me dolía en el alma no tener a Edgardo y jamás había imaginado que sería tan duro separarme de él, si es que me daba cuenta que seguía enamorada y presa de sus encantos, a pesar de todo, era una estúpida que jamás aprendería la lección, y en cada hombre que trataba de seducirme yo solo buscaba algún indicio que me recordara a Edgardo.
Poco tiempo después las cosas parecían acomodarse, mis padres resultaron ser un gran apoyo, en especial con el cuidado de los niños y yo había conseguido un empleo de cajera en un mercado de mediana importancia a unas cuadras de casa.
La paga no era mucha, pero al menos me ayudaba a mantener la cabeza ocupada en otra cosa y así los días pasaban un poco más rápido. Me metí de lleno en un nuevo empleo y conocí a mucha gente con la que poco a poco hice camaradería.
Celeste era una de las tantas mujeres que atendían caja como yo, y naturalmente se dio una amistad entre nosotras, cosas que solo suceden.
Ella tenía casi treinta en esos tiempos, era soltera y no hablaba mucho de su vida privada, a pesar que yo le había contado todo sobre mi con lujos de detalles.
Tenía un rostro sin dudas perfecto, una cara redonda con dos enormes ojos celestes, cristalinos, transparentes, una naricita diminuta y unos labios muy marcados, sus cabellos rubios platinados que caían por su espalda, muy sexi.
Pero a pesar de su rostro, Celeste tenía complejos con su cuerpo, de mí misma estatura, menudita, tampoco tenía busto, pero su trasero era desproporcionado con su cuerpo, era risueño, pero en verdad parecía que su culo no correspondía a su cuerpo.
Y solo nos hicimos muy amigas, íntimas, sin secretos, o casi, porque ella no contaba demasiado, generalmente era yo quien parloteaba sin cesar y ella solo ponía atención. Ella solo preguntaba por mí, si ya tenía nuevo novio, alguien que me gustara, y cosas que en esos momentos lo tomaba como curiosidades de chicas, sin poder ver más lejos de mi propia nariz.
Nuestra amistad trascendió el empleo, habíamos salido a tomar algunas copas, paseos de mujeres, alguna cena y cosas por el estilo, ella había venido a casa un par de veces, había conocido a mis padres y a mis hijos, pero su vida seguía siendo un enigma en algún punto, su familia vivía en un pueblo del interior y no tenía a nadie por estos lados, alquilaba un pequeño departamento en la parte costera de la ciudad y su único compañero era 'Pelusa' un gato viejo y gay, como ella misma siempre lo llamaba.
Todo empezó una noche de primavera, varios de los chicos del trabajo habían organizado una cena en un sitio donde se hacía algo de karaoke y también se bailaba, era de todo un poco, la idea de compartir unas horas de sana diversión, relajados y fuera del entorno laboral.
Me había comprado un vestidito delicado, ajustado al cuerpo, pero no demasiado, en color negro, discreto, nada que llamara mucho la atención, pero si me sentí rara, hacía tiempo que solo usaba pantalones y mis días 'de cacería' eran parte del pasado, no podría explicarlo, pero esa noche, después de mucho tiempo al fin volvía a sentirme mujer, y el eje de mis pensamientos pasaba por mi sexualidad, podía al fin desconectarme un poco de mis hijos, de mis padres, de mi empleo, de mi ex.
Llegué puntual y le guardé un lugar a mi lado a mi amiga, como ya habíamos acordado, Celeste llegó poco después, recuerdo que tenía unas calzas de licra en un color ocre pálido y una remera larga con la que trataba de disimular sus caderas, en negro con unos dibujos brillantes en el frente y de hombros asimétricos, su rostro estaba maquillado, me llamó mucho la atención porque rara vez lo hacía, sin embargo, esa noche estaba muy bonita.
Cenamos, bebimos, reímos, algunos se animaron al karaoke, pero nosotras no, demasiado vergonzosas para un ridículo público.
Matías, un chico que varias veces me había invitado a salir sin éxito me llevó a bailar, parecía no resignarse mis negativas, y en esos momentos había bebido demasiado, y solo quería divertirme.
No me di cuente de muchas cosas, en modo inconsciente tomaba para olvidar cosas que aún me dolían, y la diversión solo eran excusas para lágrimas de un pasado que todavía dolía. También pasé por alto que Celeste se había quedado sola en la mesa, y que me seguía con la mirada donde fuera que yo estuviera y era como que las piezas no terminaban de encajar.
Eran las cuatro de la mañana cuando decidí volver, pero Celeste me dijo si no quería ir un rato a su departamento, a charlar un poco, a tomar algo, al fin de cuentas jamás había ido a conocer su hogar, ni siquiera a su gato. Dudé un poco, pero qué diablos, mis padres me habían dejado en claro que no me preocupara por horarios, que hacía tiempo no me divertía y además era cierto, no conocía de departamento de mi amiga.
Poco después, estábamos las dos solas, en su modesto lugarcito en el mundo, era pequeño pero acogedor, tenía algunas fotos familiares sobre una repisa, encendió unos sahumerios, puso música a muy bajo volumen y fue por unos tragos.
Nos sentamos en un amplio sillón, de esos para tres personas, una a cada extremo, empezamos a hablar, o más bien, yo hablaba y ella escuchaba, le dije si no le molestaba que me quitara miz zapatos tacos altos, estaba falta de costumbre y me dolían los pies, ella solo se rio y me dijo que me sintiera como en mi casa.
Honestamente no recuerdo de que estaba hablando, solo ella me miraba muy serena, muy tranquila, se acercó un poco, y otro poco y sin que lo viera venir, Celeste se pegó lo suficiente para acallar mis palabras con un beso, me sorprendió, y me hice a un lado, no entendía.
Ella volvió a atacar, sus labios rozaron los míos y su lengua busco mi boca, sentí su respiración demasiado cerca y sus manos aferraron mis hombros
Que hacés? estás loca? - reaccioné con energía poniendo distancia entra ambas -
Nunca estuviste con una chica? - dijo ella con voz muy pausada -
No, no estuve, ni estaré - respondí con suficiencia -
Se que te gustan los chicos, no te pido nada, solo pasemos un buen rato - volvió a repetir muy serena -
Pero Celeste, no sé qué te traes... - repondí con dudas -
Solo no hagas nada, solo déjate llevar, volá... - ella parecía tranquilizarme con su voz -
Recuerdo que la discusión e intercambio de palabras siguió por unos minutos, aun hoy no sé por qué me deje llevar, seguramente por la abstinencia sexual que acumulaba, o por probar algo diferente, o tal vez solo por complacerla, o por todo el alcohol que tenía en la sangre...
Celeste terminó de acallar mis dudas y mis palabras con sus besos, olía muy rico y sentí sus manos jugar en mi piel, sus besos tímidos fueron a mi cuello y eso me gustó demasiado, respiré profundo, me dejé llevar.
Sus dedos recorrieron mi piel por donde no cubría el vestido, por los brazos, por mis muslos, y por mi pecho alto jugando con una gargantilla que llevaba esa noche, solo cerré mis ojos y cuando ella volvió a buscar mis labios solo respondí con un beso enorme y perdido en el tiempo, hacía tiempo que no tenía ese deseo en mi boca y fue como un renacer, y sentí mojare entre mis piernas, y sentí que perdía el control.
Los dedos de Celeste buscaron colarse por el escote del vestido en una forma muy discreta, incluso bordeando los límites de mi sostén, sentí el deseo en mis pezones, y sentí que ella me observaba con ojos de pecado, respiraba profundo, mordiendo mis labios, resistiendo lo irresistible y viendo que ella parecía haberse quedado en ese punto, solo jugando con mis deseos, solté el vestido y mi sostén, dejándolo caer hasta la cintura, mis pechos quedaron desnudos para ella y solo le rogué que ya lo hiciera.
Una sonrisa cómplice se dibujó en su rostro, Celeste me besó y con su lengua afilada bajó por mi pera, por mi cuello por mi pecho hasta llegar a uno de mis pezones, su saliva estaba tibia y solo empezó a lamerlos de una manera tan rica que no puede evitar pequeños gemidos.
Ella sabía que todo iba de maravillas, y con una de sus manos libres seguía jugando en mis muslos, sin dejar de comerme las tetas, como solo una mujer podría hacerlo, me moría, sus dedos inquietos buscaron mi ropa interior, estaba empapada literal, y ella me lo dijo al oído
Pero que zorra, mirá como estás...
Solo me relajé y casi sin pensarlo abrí mis piernas como una ramera, solo para que ella lo hiciera
Celeste coló su mano completa entre mi sexo y mi ropa interior, sentí como metía un par de dedos en lo profundo de mi conchita y como masajeaba con ritmo mi clítoris, y todo esto sin dejar de lamerme los senos, me sentí venir, era obvio y me retorcí en su sillón en un mar de placer, gimiendo al borde de las lágrimas.
Me quedé unos segundos tratando de recuperar mi respiración, al abrir los ojos, Celeste a un lado se lamía pacientemente los dedos, dejándome saber lo rico que sabían mis jugos, ella dijo entonces
No te voy a pedir nada a cambio, pero solo quiero que sepas lo que provocas en mi
Ella levantó un poco su remera solo para que observara su calza, estaba impregnada con sus jugos, todo el pubis, su entrepierna, incluso llegando casi al elástico que estaba a la altura de su ombligo, impresionante, y asumo que me sentí dulcemente halagada por tan terrible excitación.
Celeste dio por terminado el juego, empezaba a aclarar y tenía que volver a casa.
No dia seguinte, longe do efeito do álcool, minha cabeça virou um verdadeiro martírio, morria de vergonha pelo que tinha acontecido com minha amiga e com certeza não sabia como seguir em frente, como olhar nos olhos dela de novo.Na segunda-feira de manhã, nos cruzamos de novo no trabalho, ela me cumprimentou super natural, como se nada tivesse acontecido, com um beijo no rosto, do mesmo jeito que cumprimentava todas as meninas, e eu fiquei presa nos meus próprios labirintos. As horas passavam, ela estava na mesa ao lado da minha e nada, como se eu simplesmente não existisse.
Saímos no fim da tarde, como todo dia, ela se despediu de todas, do mesmo jeito, mas eu alcancei ela e falei que precisava conversar, explicar e entender um monte de coisas. Assim, acabamos sentadas numa mesa de bar a umas quadras do mercado.
Tentei esclarecer um monte de coisas, ela me intrigava, mas o meu negócio era homem, tinha gostado, mas estava bêbada e era mulher, e também perguntei por que ela nunca tinha me contado. Foi quando Celeste olhou nos meus olhos e disse:
— Bárbara, é que você é tão cega e tão fechada no seu mundinho que só o seu mundo importa, só as suas coisas parecem relevantes: que seu ex, que seus filhos, que seus pais, que isso e aquilo. Só você fala, e eu estou sempre aqui pra te ouvir, pra dar apoio em silêncio. Alguma vez você me perguntou o que eu sentia? Como eu estava? Se eu era feliz na minha vida? Alguma vez você parou pra pensar por que eu moro sozinha, por que nunca apareceu um cara? Nem um?
Baixei o olhar. Acho que um tapa na cara teria doído menos, porque ela tinha razão. Eu nunca a escutava, nunca.
Ela, percebendo minha expressão, pegou minhas mãos e disse:
— Bárbara, desculpa. Eu não posso te obrigar a nada que você não queira, mas eu gosto de você. E me apaixonei por você aos poucos, sem querer, sem planejar: pelas suas loucuras, pelos seus chiliques, pela sua simplicidade. Amo esse tique que você tem de passar a mão na orelha direita, amo essa pinta que você tem no pescoço, amo o tom da sua voz, amo o jeito que você... Você anda, e tudo em você me parece perfeito, só te peço que não me odeie, que não me afaste do seu lado, e eu só me contento em te amar em silêncio, sem pedidos, sem cobranças, quero ser como a lua que gira presa à terra, só assim, te iluminar quando precisar de mim, desaparecer quando quiser...
Celeste falava de coração aberto e com aquela postura, como é que eu ia dizer alguma coisa?
Deixamos aquela noite como se tivesse acontecido o que tinha que acontecer, noite louca de amigas, sem ressentimentos, sem cobranças, e só dissemos virar a página e seguir em frente, e Celeste parecia conseguir cumprir isso, só que eu... Deus... eu simplesmente não conseguia... não conseguia ficar no meio do caminho entre algo sujo que, no entanto, tinha me encantado, provar da fruta proibida foi tão excitante quanto perigoso. Propus uma nova conversa, a sós, precisava entender...
Naquela sexta, a gente ia se encontrar de novo no apartamento dela, pra dividir um jantar, só isso.
Ela estava bem na dela, em casa, com umas havaianas de praia, um short jeans gasto que deixava a bunda enorme dela ainda maior e uma camiseta justa sem manga, não tinha maquiagem e era óbvio que não queria despertar em mim nenhuma emoção que me confundisse, mas eu já estava confusa.
Sentamos pra comer de frente uma pra outra, como amigas, ela tinha preparado uns macarrões enrrolados gostosos, abrimos uma garrafa de vinho e dessa vez foi minha chance de ouvi-la, ela falava e eu tomava um copo, ela falava e eu tomava outro. Percebi quantas coisas eu não sabia sobre ela e fui me perdendo nas palavras dela.
Dessa vez foi minha vez de jogar, fui eu quem calei as palavras dela colando meus lábios nos dela, e dessa vez foi a vez dela de se mostrar surpresa, ela disse:
Não, Bárbara, tá tudo bem, não vamos brincar de um jogo perigoso, eu tenho sentimentos muito fortes por você e sei quais são seus gostos, não quero que você faça nada por pena...
Celeste estava com os olhos brilhando, cheios de lágrimas que ela tentava segurar. com todas as forças pra não se mostrar vulnerável. Olhei pra ela com doçura e respondi:
Não faço o que faço por pena, faço porque gosto, faço porque sai de mim, só faço...
Beijei ela de novo, dessa vez ela respondeu com loucura, machucando meus lábios, e agora eu queria ser quem a surpreendesse, não sabia bem o que fazer, nem como fazer, era um mundo novo pra mim, desconhecido e intrigante.
Pedi pra ela tirar aquele short apertado que segurava a bunda enorme dela, achei graça porque eu sabia o quanto ela odiava aquilo sem imaginar o quanto eu desejava, queria ter um pouco daquela coragem que ela tinha.
Mandei ela sentar num banquinho, fui por trás, aspirei o perfume do cabelo dela, beijei a nuca, pedi pra ela relaxar, me deixar fazer.
Sem tirar os lábios da pele dela, fui tirando as poucas roupas que ainda tinha, desci pelas costas devagar, minhas mãos acariciaram as nádegas dela, passaram pela barriga e subiram pros peitinhos dela, os bicos estavam durinhos e no silêncio eu percebi os gemidos abafados dela.
Desci mais e mais, sentei no chão, aqueles glúteos enormes ficaram na minha cara, vi o cuzinho dela, a buceta melada, fechei os olhos e me deixei levar, tinha gosto de mar, quente, grosso, abundante, por minutos lambi toda a buceta dela e o cuzinho gostoso, e me perdi em beijos sem fim ouvindo os gemidos doces dela no meu ouvido.
Tempo depois, Celeste me confessaria que não tinha gozado, que eu era inexperiente e precisava aprender, mas na hora me senti completa e achei que tinha arrancado uns orgasmos lindos dela.
Ela me beijou de novo, muito gostoso, meus lábios ainda tinham o gosto dela, olhou nos meus olhos e quase sussurrou:
Bárbara, deixa eu te mostrar que posso ser tudo que você quiser que eu seja.
Ela sumiu da minha vista indo pro quarto dela, em minutos eu tava cheia de perguntas, só deixei minhas roupas caírem pra recebê-la. Celeste apareceu com um cintaralho na cintura, entre as pernas dela. pendurado um pênis de brinquedo preto, cheio de bolinhas prateadas que o deixavam bem chamativo, me causou tanta impressão quanto vergonha, não consegui segurar uma risada nervosa
Você é louca, Bárbara — falei olhando nos olhos dela
Mas ela também trouxe um pequeno plug anal inexpulsável que brilhava na penumbra, só começou a chupá-lo com muita gula e eu falei de novo que não, que ela era louca.
Bárbara me pegou pelo braço e, simulando um forcejo sexual, me virou de costas, o metal do brinquedo estava morno por causa da saliva dela e eu senti ele empurrar devagar no meu ânus. Não sei por quê, minha Booty era virgem, eu tinha negado muitas vezes pro meu ex e pros homens que passaram pela minha cama, mas com ela foi diferente, não consegui evitar, me deixei levar.
Não demorou muito pra ele se enfiar no meu esfíncter, meu músculo fechou automaticamente quando passou a parte mais grossa e me arrancou um lindo suspiro
Celeste então colocou uma das mãos nas minhas costas e brincou com o pênis na minha buceta, na entrada, eu estava tão molhada que sentia como meus fluidos tinham escorrido pelas minhas pernas, maldita
Ela começou a me comer, forte, devagar, fundo, superficial, me deixei levar, não conseguia resistir, acariciei com força meu clitóris e gozei, uma, duas, três vezes.
Não aguentava mais, ela continuava me dando com força, minhas pernas começaram a tremer e me faltava ar, era demais
Para, Celeste, para... — implorei tentando pegar mais ar do que conseguia — você vai me matar!
Ela me virou de novo, ficamos de frente uma pra outra, continuou me comendo, me beijando, me acariciando, até cair rendida de prazer
Os anos passaram, ela foi meu imã, meu norte, minha guia, e aos poucos com esses jogos secretos fui me enredando na teia dela. Ambas perdemos o emprego quando nossa relação se tornou pública, é que não toleravam relações homossexuais, não nos importamos.
Com o dinheiro das nossas indenizações montamos um negócio no bairro, lingerie feminina, fomos sócias, amantes, e no fim, casal.
Aos meus Os pais não gostaram de saber, mas com o tempo aceitaram a ideia.
A Celeste virou mãe, uma gravidez com sêmen de doador anônimo, e seria nossa menina em comum.
Sempre me vi como uma pessoa hétero e dividir minha cama com outra mulher era algo que não passava pela minha cabeça, hoje sou feliz ao lado dela. Podem nos ver em algum parque, de mãos dadas, com os três filhos, brincando, se divertindo.
Encontrei na Celeste o amor que nunca consegui achar em nenhum homem.
Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título 'NASCE OU SE FAZ?' para dulces.placeres@live.com
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