El Candelabro

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Como siempre, podes escribirnos a dulces.placeres@live.com, te leemos


EL CANDELABRO


La separación con Natalia había sido todo lo cordial que había podido ser, era una buena mujer y quedamos como buenos amigos después de seguir nuestras vidas por separado, pero nunca tuvimos inconvenientes en pactar necesidades de mutuos apoyos, en especial con un bien en común que nos ataría de por vida, nuestros pequeños hijos
Con Natalia, aunque sea a la distancia podíamos acordar, compartir gastos, necesidades, presencias, vacaciones, y más de una vez me había planteado si el divorcio había sido la solución, porque no podía estar con ella, pero tampoco sin ella.

Pero el tiempo había pasado, y lo escrito, escrito estaba, ella ya tenía un nuevo amor y la verdad es que busqué en otra lo que extrañaba de ella.
Esa otra, se llamaría Judith, y con Judith cometería el peor error de mi vida.
Seguramente, envalentonado por mi experiencia con mi primera esposa, asumía que todas serían iguales, y ciegamente puse la firma para un segundo compromiso formal.
Pero esa mujer, en unos años se transformaría en la peor de mis pesadillas, con celos enfermizos, posesiva, histérica y hasta con crisis psicóticas que hacían imposible la convivencia, llegamos a un punto de no retorno y si en pareja vivíamos un calvario, atravesar una situación de divorcio fue lo más traumático en mi vida.

Ella no quería separarse de mí, ella quería destruirme, me hubiera asesinado de ser posible, había pasado del amor al odio y era ese tipo de mujeres que se encargan de pisotear en el fango a su ex, por despecho, por odio, por orgullo, esas mujeres que se quedan aferradas a un pasado y nunca pueden terminar de cortar las cuerdas, que siempre dan vueltas con su abogado de turno para encontrar la forma de volver a la carga por más, para que no puedas dormir tranquilo.

Mi mejor consuelo fue al menos, no haber tenido más hijos con ella, puesto que eso si hubiera implicado un martirio de por vida, pero en algún punto de nuestros últimos días de convivencia hasta temí por mi vida, Judith era una bola de nervios fuera de control, y no me importó dejarle lo poco que teníamos en común, tan solo salí con lo puesto, un bolso de mano con mis pocas ropas y algunas pertenencias personales
Hasta tuve que rescatar en una operación comando como un ladrón mediocre a Tobi, mi perro, porque era cuestión de tiempo para que ella lo envenenara, al menos para que por algún tiempo estuviera en casa de mis padres hasta que yo pudiera acomodarme nuevamente.

Tenía ya más de cuarenta y no tenía nada, salía de mi segundo divorcio y de lo único que estaba seguro después de dejar atrás a Judith, es que por mucho tiempo no querría ningún compromiso con ninguna persona del sexo opuesto, no señor.
Por unos pocos días volví a casa de mis padres, sabiendo que no duraría mucho tiempo ahí, papá era un buen tipo, pero éramos incompatibles, no había lugar para dos toros en un mismo corral así que busqué partir lo antes posible.

Y mi situación económica estaba de lo peor, los costes de divorcio me habían dejado casi en banca rota, yo era solo un tipo que hacía un poco de todo, albañilería, plomería, gasista, electricista, y me ganaba la vida con changas que agarraba por acá y por allá, tenía que aportar por mis hijos, por su alimentación, por vestimenta, por el colegio, y si bien Natalia sabía de mi situación y me hacía el aguante, tampoco era justo que yo aprovechara la jugada para sacar parte.
El coche que usaba para trabajar se caía a pedazos, y me traía más problemas que beneficios, y tal vez la única luz al final del túnel fuera haber escapado a las garras de Judith

Así llegaría a la hostería 'El candelabro', un sitio de poca monta, muy económico, donde podría estar para subsistir por algún tiempo hasta equilibrar mis finanzas.
En la recepción me atendió Marisa, una gordita rubiona de cabellos teñidos, calculé entre cincuenta y sesenta y con una sonrisa muy amable me explicó en detalles que es lo me podían ofrecer.

'El candelabro' en verdad era una vieja casona de anteaños, una edificación venida a menos de altos techos y ventanas alargadas con postigos chirriantes, donde poco a poco, con unos míseros pesos, fueron transformando en una pensión para gente de bajos recursos. Por fuera, un revoque amarillento invadido por la humedad, con rajaduras y cascarones por doquier daba aspecto de abandono, las altas puertas de madera quemadas por el sol y la lluvia, se mostraban descoloridas y los viejos pisos multicolores de los años cuarenta estaban degastados y hundidos por el continuó tránsito.
La recepción donde intercambiamos información entre lo que buscaba y lo que me ofrecía, también parecía haberse quedado en el pasado, con un tablero enorme sobre la pared con la demarcación de las habitaciones, separados por un escritorio descolado, con un antiguo fichero con tarjetas escritas a mano, donde no había ningún atisbo de tecnología.

Marisa, me acompañó a ver un par de opciones disponibles, tomé un cuarto con una ventana que daba a un patio interno, me pareció la mejor de todas y en esos minutos de elección me dejó saber algunas cosas lógicas, no se podía molestar, con ruidos, con personas, estaban prohibidas acciones que rozaran con la moral y buenas costumbres, aunque en poco tiempo notaria que por las noches, algunas habitaciones se alquilaban clandestinamente a parejas de ocasión para tener un par de horas de sexo, me mostró una pequeña heladera y un viejo anafe por si fuera mi gusto prepararme algo de comer, aunque también me comentó que detrás de la administración había un pequeño comedor interno donde servían algún que otro menú, refrigerios y cafetería
Ella también me mostró el baño, muy pequeño, con un espejo de pared opacado por el tiempo, me confió que el agua caliente provenía de una pequeña caldera central por lo que no debía abusar del uso del agua, puesto que debía alcanzar para todos.

Entre palabras le confié un poco de mi vida y le dije que era una estadía provisoria, y cuando ella cerró la puerta me quedé pensando en soledad, acomodando mis pocas pertenencias en el viejo ropero de pared, observando detalles del lugar.
El piso me recordó a la casa de mis abuelos maternos, largas maderas desgastadas cruzando de punta a punta sobre tirantes, el techo estaba altísimo, y podía ver los viejos ladrillos que formaban su estructura puesto que el revoque había desaparecido casi por completo, las paredes mal reparadas, resistían al avance de la humedad cuyo olor invadía todo el espacio, y un vetusto ventilador de techo giraba lentamente gimiendo en cada vuelta en un ronroneo armónico.
La pequeña heladera tenía todo el burlete carcomido y miles de stickers pegados en la puerta y el anafe destacaba por la falta de limpieza.

Fui por una ducha, el agua de la regadera tiraba no más de cuatro chorros y cada uno apuntaba a un lado diferente, al cerrar la canilla me quedé con la llave en la mano y se hizo evidente que todo estaba atado con alambres en ese sitio.
Se hacía tarde, me recosté unos segundos para leer un poco y también comprobaría que el colchón que me había tocado en suerte era fino como una hoja de papel y que la ajetreada cama pareció pedir perdón al recibir mis noventa kilos.
Miré el techo, y mis ojos se perdieron nuevamente en las aspas del ventilador, la pintura blanca original se mostraba grisácea en el ángulo de ataque de las mismas por años y años de tierra pegada ante la falta de limpieza

Busqué unas prendas y me decidí pasar por al bufet, sin esperar nada nuevo, pero tenía hambre y no tenía nada mejor que hacer.
Bajé las escaleras, pasé por detrás de la recepción y llegué al improvisado comedor donde se imponía la misma temática, un lugar ajado y griseado por el tiempo, con mobiliarios pasados de moda y una heladera industrial con demasiadas batallas a cuesta.
Una jovencita que atendía me ofreció el menú del día, 'ñoquis de papas con salsa roja', por lo que preferí que me preparara un emparedado con alguna cerveza de ocasión.

Me quedé observando el entorno donde me sentí el único con apetito, puesto que era el único en el lugar, y mientras esperaba que la joven me atendiera, la pared lateral llamó mi atención, estaba decorada con una incontable cantidad de cuadros de fotos de todos tamaños y todas épocas, era como que esa pared mantuviera viva la historia de 'El candelabro' y en muchas de esas fotos pude encontrar a Marisa, la gordita que me había recibido.
Entre tantas, no pude de dejar de notar una en especial, y digo en especial porque no era más que una caricatura muy prolija y muy sexi, retrataba una chica de unos veinte años, una morena de largos cabellos negros y un rostro alargado, muy latino, de piel cobriza, y era un dibujo de esos típicos donde se resaltan las curvas femeninas, con una musculosa blanca transparente que hasta mostraba el detalle de sus pezones, y una tanga diminuta que cortaba las líneas de la perfección de sus piernas, sus caderas y su vientre.


El CandelabroMe senti um idiota, já que minha admiração e minha curiosidade eram tão grandes quanto minha excitação, mesmo sendo só um desenho de uma desconhecida que nem sabia se era real.
Então reparei em alguns detalhes que tinha deixado passar, por exemplo, notei naquele desenho que o fundo da cena era a mesma área da administração onde a gordinha tinha me recebido horas antes, e que no resto das fotos, aparecia de vez em quando uma morena muito gostosa que com certeza tinha inspirado a mão do desenhista. E sendo mais esperto ainda, percebi que a garota que estava preparando meu jantar se parecia demais com a moça das fotos e com a do retrato pelo qual eu, idiotamente, tinha me apaixonado.
Enquanto jantava, perguntei algumas coisas sobre o lugar pra garota, mas não tive coragem de tocar no assunto das fotografias. Além disso, já tinham chegado mais clientes no turno e ela estava bem ocupada pra eu ficar fazendo ela perder tempo.

Voltei pro quarto. Ao passar pela administração, um moreno me cumprimentou meio sem vontade, que tinha assumido o lugar da Marisa no turno da noite, enquanto um casal de adolescentes envergonhados esperava num canto pra pegar as chaves de um quarto pra transar. Ri por dentro, mas precisava descansar, teria um dia longo pela frente com uns trabalhos de manutenção de rotina.

Acordei cedo, tava doendo cada osso por causa do desconforto da cama, e preparei um mate enquanto lia as notícias por cima no celular. Me troquei, peguei minhas coisas e desci até o carro.
Ia conhecê-la minutos depois. Ao descer as escadas e passar de novo pela administração, ela estava de costas arrumando uns papéis. Atrás do balcão, vi um suéter vermelho vibrante que combinava com o preto brilhante do cabelo dela. Não consegui ver muito mais, só adivinhar que era uma mulher bem alta.
Ela virou, e tivemos nosso primeiro encontro cara a cara. Notei que era ela, a garota do quadro, e embora esses esboços façam a mulher parecer uma bomba sexual, a verdade é que ela realmente se mostrava muito gostosa, com aquele rosto alongado, que agora exibia várias rugas típicas de uma cinquentona, e era notório como os peitões dela se marcavam debaixo daquele pulôver de meia-estação.

Só fiquei olhando pra ela, em silêncio, feito um idiota, com o esboço na cabeça, a ponto de ela sorrir, estranhando minha passividade, se apresentou como Noelia, ou simplesmente Noe, como todo mundo a chamava, era uma das donas do El Candelabro.

Falei gaguejando, que nem um trouxa, situação nervosa que sempre me entregava quando uma mina me interessava, e ela tentou segurar uma gargalhada pra não ser grossa.

A gente conversou um pouco, trocamos umas palavras e de repente eu só queria saber mais da história dela, do passado dela, e os próximos dois meses de estadia iam me levar a entender como as peças se encaixavam naquele jogo que me tirava o sono.

O El Candelabro tinha nascido como uma ilusão de empresa familiar, de alto nível, mas com o tempo, desavenças entre parentes, má administração e decisões erradas tinham transformado o lugar quase num chiqueiro inabitável. Marisa, Noelia e outra mulher chamada Roxana eram as que tinham ficado na frente e tocavam o negócio, lutando contra tudo e todos, mas aos poucos estavam naufragando entre dívidas que as sufocavam.

A garota que tinha me atendido naquela primeira noite no barzinho, Karen, era filha da Noe, como eu tinha suspeitado, tinha o mesmo rosto e os mesmos peitões, e muita informação eu tinha tirado dos lábios dela.

Noelia, assim como eu, era divorciada e estava desiludida com o sexo oposto, não queria saber de homem nenhum, tinha se machucado e já não esperava muito do amor.

Mas eu dei um jeito de trocar palavras, sorrisos, interesses, e toda vez que a imagem daquela mulher passava pela minha cabeça, eu sentia meu coração acelerar e um formigamento entre as pernas.

Tive uma ideia. Numa tarde, reuni as três sócias, Noe, Roxana e Marisa, embora eu só estivesse ali pela primeira. Uma proposta de ganha-ganha: eu podia dar uma modernizada na fachada daquele lugar, era meu ofício, e a gente podia começar só por um quarto como amostra. Eu tinha contatos pra conseguir os materiais por um preço bem em conta, e em troca só pedia pra não pagar meu aluguel naquele mês. Uma proposta generosa demais, a menos que viesse de um otário que tava se apaixonando.

Elas avaliaram — a economia delas tava tão ferrada que nem dava pra pagar materiais baratos, mas foi jogar uma moeda pro alto pra ver se caía do lado da sorte.

Eu botei a mão na massa. Me deram um quartinho lá no fundo e, depois de calcular centavo por centavo, em três meses eu tinha finalmente algo decente pra mostrar: os pisos tinham sido lixados, os tetos reformados, as paredes pintadas de novo e os móveis modernizados, colchões novos, instalação elétrica e toda a parte de água quente pro banheiro, uma limpeza impecável, quase doentia. Quando tudo ficou pronto, sentei pra contemplar minha obra-prima.

E nesse tempo todo, não parei de paquerar a Noe, e ela só foi receptiva e cúmplice.

Naquela manhã, Noe tava com uma camiseta preta de manga comprida bem justa no corpo, marcando exageradamente aqueles peitões lindos que ela carregava, uma saia preta na altura da canela e umas botas de camurça muito sexys que iam até os joelhos. Tava radiante aos meus olhos, especialmente gostosa. Fomos tomar um café no bar, sentamos numa mesa e conversamos sobre tudo um pouco, e só toquei no assunto do quadro, da caricatura. Meio envergonhada, ela disse que tinha sido criação de um ex — parecia meio pornográfica, mas com modéstia feminina, falou que aquelas curvas eram exageradas, muito longe da realidade dela. Mas eu, com uns elogios bem machos, contrariei, deixando claro que aos meus olhos era bem real, e que aquilo só falava bem de uma mulher realmente gostosa.

Peguei a mão dela. Mãos nas minhas e nossos olhares se cruzaram por um tempo indefinido, até que ela as tirou e disse:

— Tá, vai me mostrar o quarto? Tô ansiosa...

A filha dela, do outro lado do balcão, tinha sido testemunha involuntária do que rolou, da conversa, dos olhares, e antes de sair, ela deu um sorrisinho safado e piscou o olho pra mim, como quem diz que a mãe tava afim de mim e que ela aprovava essa parada.

Fomos lá pro fundo, e por razões óbvias do meu interesse pessoal, escolhi a Noe pra ser a primeira a passar pela porta de entrada depois de dias de trampo secreto.

Ela entrou e eu fechei a porta atrás da gente. A cara da Noelia tava transformada em alegria e espanto, ela não acreditava na mudança, e enquanto ela varria com os olhos cada detalhe do quarto, eu varria com os meus olhos cada detalhe do corpo dela.maioresMe embriaguei com o perfume dela, e num surto de loucura, quando ela passou perto demais, só peguei ela pela cintura e puxei pra perto de mim, apertei e senti aqueles peitões enormes cravados no meu peito, ela me olhou fixo sem falar nada, talvez surpresa, talvez com um desejo correspondido, notei ela agitada, e um silêncio pesado tomou conta do quarto.

Procurei os lábios dela com os meus e a gente se fundiu num beijo sem fim, e senti ela se derretendo nos meus braços, e aquele beijo foi seguido por outro, e outro, e mais um, então ela falou:

"Será que o colchão novo é bom? A gente devia testar."

Eu ri e deixei ela sentar e se deitar contra a parede do fundo, ela levantou aquela camiseta deixando à mostra os peitões enormes, como duas bolas que se mostravam presas num sutiã de renda, pareciam que iam explodir a qualquer momento, e só falei:

"Filha da puta! Que peitão gostoso que você tem!"

Ela respondeu ao elogio com um sorriso, levantou a saia até a cintura e desnudou a buceta, deixando a calcinha de lado, umas meias de nylon sensuais que eu nem tinha notado cobriam as coxas dela e entre as pernas abertas pude encher os olhos com a entrada do pecado completamente depilada, gravei aqueles segundos na retina, aquela imagem de mulher perfeita, semi-nua, madura, segura do que queria, erótica, e só me arrastei pra perto dela.

Enchi a boca dela com minha língua de novo e não demorei pra descer pros peitos dela, os melhores peitos que já vi nos meus quarenta anos de vida, comecei a mordiscar eles com muita doçura e minhas mãos grandes não davam conta de agarrar tudo, os bicos dela estavam durinhos por baixo da renda transparente do sutiã e ela apertava minha cabeça entre eles, pra eu comer tudo, e então, levei meus dedos entre as pernas dela que se abriram naturalmente pra deixar eu avançar.

Fui tirando a roupa dela e meus beijos desceram pela barriga, e chegaram na buceta dela, macia, doce, com gosto de amor, comi aquela xota enorme aberta como uma flor. e voltei pras tetas dela, pra boca dela, e desci de novo, acariciei as bundas dela, as pernas dela e queria tudo, que nada escapasse do jogo e que tudo fosse perfeito. Tirei meu pau e enfiei tudo, até o fundo, e ela começou a gemer daquele jeito tão gostoso que as mulheres gemem quando tão dando prazer, mordendo os lábios, com os olhos fechados, com as tetas apertadas debaixo do meu peito, com as pernas abertas, com uma mão acariciando minhas bolas, com a outra apertando com força e ritmo o clitóris dela, buscando mais orgasmos.

Coloquei ela de quatro no colchão, me ajeitei atrás dela e enfiei de novo por completo pra me mexer dentro dela, enchi minhas mãos com a cintura dela e com a bunda dela, o cu dela tava enorme e isso me excitava demais, salivei meu polegar e enfiei por trás sem problema, e sentia no meu dedo o entra e sai do meu pau na buceta dela, ela gemia e empurrava com força contra mim, pra deixar a penetração bem fundo.

De repente, ela mudou, sentou na cama de novo e começou a chupar meu pau muito gostoso, bem fundo, ela fazia muito bem e parecia que ia arrancar ele fora, passava a língua nas minhas bolas, me olhava nos olhos e eu simplesmente não aguentava.

Senti que ia gozar, falei pra ela que era o que eu queria e ela só me deu o gosto, meu gozo quente espirrou nas tetas dela, na esquerda, na direita, de um lado, pro outro, passei minha cabeça quente nos mamilos dela e tudo foi só glorioso.

Quando terminamos, ela pegou um pedaço do lençol da cama e limpou os peitos e os restos de porra que tinha no corpo dela, e de um jeito muito profissional, em silêncio, vestiu as roupas de novo, olhando cada detalhe do corpo dela, pra se ver perfeita, como sempre se via.

A gente se arrumou, ajeitou tudo e tudo acabou naquele dia. E viramos amantes, feito adolescentes, feito idiotas, e toda vez que dava a gente transava escondido. Continuamos assim por quase dois anos, uma por uma eu ia arrumando os quartos, e Noé tinha se transformado em o motor que movia minha vida, fui feliz naquela época, e nos meus planos idealizava uma nova parceira. Minha ex, Natalia, sabia de tudo, ficava feliz por mim, e achava que talvez Noelia e meus filhos devessem se conhecer. Karen, a filha da Noe, a mina do balcão do bufê, gostava de mim e via com bons olhos o novo relacionamento da mãe dela comigo, até era minha confidente e agia como minha cúmplice em uns roles de love pelas costas da mãe.

Mas Noelia nunca daria o passo, o love tinha machucado ela demais no passado e ela já não tava mais disposta a se arriscar por ninguém, já não queria mais um homem todas as noites na cama dela. Podia me dar a sexualidade dela, mas o coração, nunca.

A gente tava preso num beco sem saída porque o futuro que eu idealizava não era o mesmo que ela tinha na cabeça, e talvez o destino só tivesse me avisando. E quando naquela noite tive uns pesadelos horríveis com a Judith, o passado voltou pra mim, e eu soube que era hora de seguir por novos caminhos.

Noe aceitou, até fazendo love como despedida.

Me despedi de todo mundo que conhecia, fui no bar antes de sair de O Candelabro. A filha da Noe me serviu o último copo, a cara dela tava triste e ela disse que ia sentir minha falta, tinha se acostumado comigo e agradecia por tudo que eu tinha feito pelo lugar, e pela mãe dela, que fazia tempo que não a via tão feliz.

Dei de ombros, tipo 'fiz o que pude'.

Fui até a parede dos quadros, pra ver ela pela última vez. Peguei a caricatura nas mãos, tirei do lugar onde sempre ficava, passei os dedos pelo contorno, e só guardei na minha bolsa, entre minhas roupas. Karen, que tava vendo tudo, me deu uma piscada, como sempre fazia, e eu só deixei pra trás aquela parte da minha vida, aquele lugar, e aquele love que não foi possível.

Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título O CANDELABRO para dulces.placeres@live.com

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