No dejes de pasar por mi mejor post
http://www.poringa.net/posts/imagenes/4084661/Mi-amada-esposa.html
No te vas a arrepentir!
Hace más de diez años que convivo con Ernesto, tenemos dos hijas de seis y cuatro años respectivamente, soy ama de casa. Llevamos una vida tradicional, de clase media, media alta, él trabaja en una cadena de supermercados internacional, ocupa el segundo lugar de mando en la filial local.
Su trabajo nos permite vivir bien, pequeños lujos, vacacionar varias veces al año, algunas en el exterior, un coche para cada uno, último modelo, por cierto, una casa grande, cómoda, de varias habitaciones, servicio de limpieza, finas ropas, colegio privado, socios del mejor club, y demás detalles que no vienen al caso.
Digamos que soy una mujer feliz, como dije madre de dos hermosas niñas, satisfecha en la cama, no tengo grandes quejas de la vida que me toca vivir.
Solo se produjo un pequeño enredo, del cual Ernesto fue culpable, aunque él lo ignore. Creo que la gran y única crítica que siempre tuve hacia él y siempre fue causa de nuestras discusiones es su desmedida hambre de poder, es un hombre que nunca se conforma con lo que tiene, más tiene, más quiere, el ‘status’ como siempre suele decir, dispuesto a todo por escalar un peldaño más.
Sostengo que de alguna manera no es feliz ni jamás lo será, quiere un coche determinado, y se desloma hasta conseguirlo, pero bastan un par de meses para que, cumplido su objetivo ya no le sienta el gusto disfrutarlo, él ya está mirando otro, más caro, y para todo es así, un círculo vicioso.
Por su parte, el argumenta que, si fuera como yo, aun estaría donde empezó, fregando pisos entre las góndolas, y la verdad es que verlo ser el segundo al mando me dejaba con pocas posibilidades de discutir su punto de vista.
Todo empezó hace un tiempo, José Luis Amprocio, presidente de la filial local, o sea, el número uno, estaba a punto de jubilarse, y Ernesto se puso especialmente obsesivo con ese puesto, significaba llegar a la cima, era una posibilidad. Por mi parte trataba de bajarle la ansiedad, por lo que él me comentaba, era probable, pero no seguro, el corría con la ventaja de conocer como nadie la zona, los clientes, los proveedores, los problemas, pero también era cierta la posibilidad de pensar en un traslado de un par de otra sucursal, o por qué no un joven profesional, donde en ambos casos Ernesto corría con desventaja.
Ernesto era bastante confidente conmigo, sabía que él se estaba contactando muy a menudo con sus superiores de casa central, pasando inclusive por sobre el viejo Amprocio, quería brillar y sacar ventaja en la corta carrera al estrellato.
Como sucede en estos casos, esta gente decidió visitar el lugar, esas visitas políticas para evaluar las instalaciones, ir despidiendo al viejo y acomodando el sillón para el nuevo, fue entonces cuando Ernesto me confesó que había invitado a cenar a casa a Arturo Monardez, básicamente, el tipo quien tenía la decisión del puesto en sus manos.
Esto no me sonó ilógico, más allá que me pareciera normal invitar también al viejo Amprocio como cortesía, pero él me dijo que no, que el viejo sería un estorbo y que ya era parte del decorado.
Pero no me esperaba el pedido que mi propia pareja me hiciera a continuación:
Mi amor, necesito pedirte algo… conozco demasiado bien a Monardez, más de lo que imaginas… el tipo tiene debilidad por las mujeres, demasiada debilidad…
Si? mira vos…
Bueno, yo creo que vendría muy bien para nuestro futuro, que mientras cenamos, lo seduzcas un poco…
De que hablas?
Qué te vistas bien, que luzcas bien, que seas condescendiente, que lo provoques un poco, tú sabes, como hacen las mujeres…
Contesté con furia
Cómo hacemos las mujeres? a ver, dime, cómo es que hacemos las mujeres? rayos! qué quieres? que me acueste con el tipo por tu futuro? que me prostituya?
Respondió tratando de bajar mi ansiedad con una torpe sonrisa en los labios
No… no mi amorcito… cómo piensas que querría que te acuestes con él? solo digo que le hagas creer que podrá tener sexo contigo, sería una herramienta más que tendríamos para inclinar la balanza a nuestro favor…
Y bueno, siguió la discusión, pero como siempre, Ernesto logró convencerme, no sé cómo lo hace, pero siempre lo hace…
Lo cierto es que para el viernes por la noche él había arreglado todo, había coordinado con mis padres para dejar a las nenas, había comprado la cena en un exótico restaurante francés, había hecho limpiar la casa como para una exposición, y hasta había elegido que ropa debía ponerme.
Cuando llegaba el momento, después de bañarme, el sugirió que recogiera mis cabellos y me pusiera unos grandes aros que casi llegaban a mis hombros, me había puesto un sexi conjunto de ropa interior, con encajes y bordados, una diminuta tanga que deslicé por mis piernas para llevarla sobre mi sexo, acomodando la delgada tira posterior entre mis cachetes.
Ernesto justo entró al dormitorio cuando acomodaba mis pechos, entonces sugirió que no usara sostén, si él los había pagado quería disfrutarlos como él quisiera, es que luego de amamantar a las niñas mis senos habían quedado pequeños y estirados por lo que lo convencí para colocarme implantes de moderado tamaño.
Así calcé entonces una ajustada remera rosa de sugestivo escote redondo, mis pezones puntiagudos se notaban demasiado, luego una pollera ajustada a media pierna, demasiado ajustada para mi gusto, mis caderas y mi trasero habían crecido demasiado luego de los partos, pero no había forma de discutir con ese hombre…
Aún me estaba pintando los ojos cuando sonó el timbre, Ernesto me llamó para presentarme a quien debía seducir, Arturo
Arturo era más joven de lo que imaginaba, alto, entre rubio y castaño, con un exquisito estilo europeo, perfectamente afeitado y prolijamente vestido, con un ambo sport color gris bajo el cual asomaba una remera negra que hacía juego con sus zapatos.
Le extendí la mano, pero él fue más allá dándome un beso en la mejilla, aspiré una fragancia exquisita e intuí a un seductor nato, me sentí nerviosa, sus ojos parecían devorarme, me incomodaba.
Ernesto tomó su saco, mientras lo acomodaba en el perchero mi vista se perdió en los músculos que se dibujaban bajo su ajustada remera.
Nuestro invitado se sentó a la mesa, nosotros fuimos a la cocina por la comida, aproveché los segundos de intimidad para reclamar:
Viu como ela me olha?
Mas ele respondeu, me surpreendendo:
Sim, exatamente como imaginei! Vamos lá, gata! Se esforça um pouco…
Voltamos pra mesa, Arturo e eu ficamos frente a frente, enquanto Ernesto pegou a cabeceira, à esquerda do primeiro e à minha direita.
Enquanto o jantar rolava, nós três batíamos papo sobre tudo um pouco, mas cada um no seu idioma, Ernesto focando tudo no que ele queria, Arturo vidrado nas minhas tetas, que pareciam dois balões prestes a estourar, e eu sem saber direito o que fazer, o que era pra eu fazer?
Me veio a ideia de fazer o que tinha visto em vários filmes, tirei um dos meus sapatos, deixando o pé no chão, estiquei minha perna buscando a intimidade do nosso convidado, ele, como se nada, continuou conversando com meu marido, mas baixou uma mão pra acariciar meus dedos e meu peito do pé enquanto encaixava ele contra o volume dele.
De alguma forma me senti estranha, excitada, porque meu marido estava ali do lado, alheio a tudo, e isso me tirava de anos de estagnação emocional, então, entrando na brincadeira, estiquei um pouco mais, apertando bem no fundo da virilha dele, a ponto de incomodar, o que arrancou um sorriso de dentro de mim…
Calcei o sapato e fui pra cozinha pegar umas coisas que faltavam, não sem antes mandar um beijo pro ar, como quem não quer nada.
Quando voltei, Arturo cortou a conversa e, em voz alta, disse:
Espera, espera, mulher, fica aí… Ernesto, por favor, encara isso como um elogio e não se ofende, mas que pedaço de buceta que você tem! Você olha pra ela? Vê como ela é gostosa? Que sortudo você é…
Meu marido concordou sorrindo, e eu me senti lisonjeada, ele continuou num castelhano que soava bem espanhol pra mim:
Olha, vou te pedir um favor, vocês podem trocar de lugar? É que eu preciso me concentrar no que a gente tá falando, e francamente, tendo ela na minha frente, os olhos vão pra ela e eu me perco…
Ernesto concordou com a troca, meus sentimentos se misturaram, por um Por um lado, já não lembrava como era se sentir bonita e atraente pra um homem, e não só sentir, mas ouvir isso de um jeito tão respeitoso. Por outro, a passividade do meu marido me apavorava, sentia que ele me oferecia como um pedaço de carne em troca dos objetivos dele.
A noite seguiu, e a verdade é que ele já não olhava pra mim, o que me decepcionava um pouco. Mas minutos depois, com a mesma habilidade de antes, senti uma das mãos dele no meu joelho, como se nada estivesse acontecendo. Eles continuavam conversando, e aos poucos, como que testando minha reação, a mão foi subindo, centímetro por centímetro. Me contraí por instinto. Até onde ele iria? Até onde eu deveria deixar? Qual era o limite?
Senti ele subir devagar. A mão dele já tinha passado por dentro das minhas coxas e tentava avançar. Já estava debaixo da minha saia. Senti me molhar, me inundar. Olhei pra baixo: meus mamilos tinham crescido e marcavam como dois botões enormes na camiseta justa. Senti vergonha e me contraí, fechando as pernas de repente, feito uma guilhotina, obrigando ele a abortar a tentativa, quando só alguns centímetros separavam ele da minha buceta molhada…
Na hora da sobremesa, percebi que o bolo gelado que o Arturo tinha trazido estava fora da geladeira e tinha derretido. Também descobri que foi de propósito, meu marido tinha tramado tudo, quando exclamou:
— Sem problema! Vou dar uma passada na sorveteria! Fica a duas quadras, compro algo…
E notei como ele convenceu o chefe a não acompanhá-lo. Foi aí que pedi um minuto de privacidade pra discutir o assunto.
— Ernesto, não me deixa sozinha com esse homem…
— Qual é, mulher, a gente já tem ele na mão…
— Ernesto, sério, você não sabe como ele me olha, como ele me tocou por baixo da mesa!
— Ha! ha! te falei, falta pouco, meu amor… você é demais!
— Mas não seja idiota! Quer que ele me coma?
— Sempre tão exagerada…
— Mas Ernesto… Ernesto!!!.... ERNESTO!!!!
Minhas palavras ficaram flutuando no ar. enquanto me deixava sozinha na cozinha, senti ele pegar as chaves e se despedir, porra…
Fui arrumando as coisas, deixando o Arturo no salão principal, queria ganhar tempo e evitar qualquer contato, mas ele não demorou a vir pro meu lado, tava perigosamente grudento comigo, acho que tinha bebido demais, talvez a saia curta que eu tava usando, deixando minhas pernas de fora e quase desenhando minha cintura e minha bunda, despertava o instinto animal dele.
Sentia o olhar dele cravado no meu corpo, sentia ele como um lobo faminto e eu não fazia nada pra provocar, mas provocava, toda vez que olhava de relance ele tava me olhando, me incomodava.
Sabia as intenções dele, ignorei e continuei preparando as coisas de costas pra ele, senti ele se aproximar, perto demais, até se encostar no meu corpo, recusei com um movimento reclamando:
Para Arturo! cê é louco?
Arturo me ignorou, partiu pra cima de novo e começou a esfregar o pau na minha bunda, reclamei de novo:
Chega! sou uma mulher casada e fiel acima de tudo
E qual o problema? Sempre tem uma primeira vez…
O cara tava ficando pesado, as mãos dele percorriam minhas pernas, me fazia ficar molhada, comecei a perder o controle, tava apoiada na pia, presa, com ele atrás de mim. Os dedos dele percorreram a parte interna das minhas coxas, subiram, senti ele respirando perto demais, levantou um pouco a saia, não conseguia cortar a situação, meu peito batia forte, a respiração ficava ofegante, queria que o Ernesto voltasse, mas ele não voltava…
Chega Arturo… chega… por favor, tô te pedindo…
Arturo ignorava minhas palavras, sabia que ele não ia parar, pegou uma das minhas mãos e levou pra trás, fez eu segurar o pau dele nu, não soube quando ele tinha tirado a roupa, fechei meus olhos, acariciei ele com suavidade, era bem grosso, não muito comprido, senti a glande circuncidada, ele já esfregava a minha intimidade, apertava o tecido fino da calcinha fio dental a ponto de quase enfiar dentro de mim. meus buracos, eu tinha relaxado, estava perdida, naquele momento já tinha três dedos dentro da minha buceta suculenta, estava inundada, meu corpo desejava o que minhas palavras negavam, senti ele puxar minha calcinha, levantar a saia deixando minha bunda pra ele, se ajeitou por trás, apontou e enterrou de uma vez me fazendo gritar, quase me levantando no ar.
Ele tapou minha boca e me repreendeu
Shhhh! Não faz escândalo…
Então continuou sem tirar a mão da minha boca, me comendo ritmicamente, calando meus gemidos, o pau dele era uma delícia entrando e saindo, me preenchendo como mulher, me dando pequenos orgasmos, um atrás do outro até me encher por completo.
Em cada estocada parecia me levantar no ar, passou a mão livre na frente pra me despir e massagear meus peitos, eu me desmanchava de prazer.
De repente ele começou a gemer como um touro, senti ele inchar dentro de mim, senti ele gozar, o mel masculino dele encheu minha xota, eu gemi junto com ele…
Olhei a hora no relógio de parede, tinham passado só cinco minutos, mas que cinco minutos!
Foi cavalheiro, assim como tinha puxado minha calcinha, agora ajeitava ela de novo no lugar, até baixando a saia. Ainda estava arrumando meus peitos quando ouvi a fechadura da porta.
Ernesto alheio a tudo, Arturo como se nada tivesse acontecido, e eu, com uma vergonha danada, sem conseguir olhar nos olhos de nenhum dos homens.
Meu desconforto foi aumentando enquanto comíamos a sobremesa, sentia o gozo preso no meu corpo escorrendo devagar, molhando minha calcinha, me senti suja, puta, e até culpada por não ter posto limites.
Quando fomos pra cama, Ernesto estava tão feliz que quase me obrigou a transar, a alegria dele era tão grande que nem percebeu minha ausência mental no ato.
Com o tempo fui me acostumando, fui trancando meu segredo com correntes e cadeados, até aceitar lá no fundo do meu ser.
Pra meu marido as coisas não saíram como como ele queria, a vaga foi preenchida por um jovem profissional, o que colocou um teto nas suas ambições. Além disso, sem saber, ele tinha perdido a fidelidade da esposa, tudo por causa da sua ambição desmedida…
Se você tiver comentários ou sugestões sobre isso, pode me escrever com o título ‘AMBICAO DESMEDIDA’ para dulces.placeres@live.com
http://www.poringa.net/posts/imagenes/4084661/Mi-amada-esposa.html
No te vas a arrepentir!
Hace más de diez años que convivo con Ernesto, tenemos dos hijas de seis y cuatro años respectivamente, soy ama de casa. Llevamos una vida tradicional, de clase media, media alta, él trabaja en una cadena de supermercados internacional, ocupa el segundo lugar de mando en la filial local.
Su trabajo nos permite vivir bien, pequeños lujos, vacacionar varias veces al año, algunas en el exterior, un coche para cada uno, último modelo, por cierto, una casa grande, cómoda, de varias habitaciones, servicio de limpieza, finas ropas, colegio privado, socios del mejor club, y demás detalles que no vienen al caso.
Digamos que soy una mujer feliz, como dije madre de dos hermosas niñas, satisfecha en la cama, no tengo grandes quejas de la vida que me toca vivir.
Solo se produjo un pequeño enredo, del cual Ernesto fue culpable, aunque él lo ignore. Creo que la gran y única crítica que siempre tuve hacia él y siempre fue causa de nuestras discusiones es su desmedida hambre de poder, es un hombre que nunca se conforma con lo que tiene, más tiene, más quiere, el ‘status’ como siempre suele decir, dispuesto a todo por escalar un peldaño más.
Sostengo que de alguna manera no es feliz ni jamás lo será, quiere un coche determinado, y se desloma hasta conseguirlo, pero bastan un par de meses para que, cumplido su objetivo ya no le sienta el gusto disfrutarlo, él ya está mirando otro, más caro, y para todo es así, un círculo vicioso.
Por su parte, el argumenta que, si fuera como yo, aun estaría donde empezó, fregando pisos entre las góndolas, y la verdad es que verlo ser el segundo al mando me dejaba con pocas posibilidades de discutir su punto de vista.
Todo empezó hace un tiempo, José Luis Amprocio, presidente de la filial local, o sea, el número uno, estaba a punto de jubilarse, y Ernesto se puso especialmente obsesivo con ese puesto, significaba llegar a la cima, era una posibilidad. Por mi parte trataba de bajarle la ansiedad, por lo que él me comentaba, era probable, pero no seguro, el corría con la ventaja de conocer como nadie la zona, los clientes, los proveedores, los problemas, pero también era cierta la posibilidad de pensar en un traslado de un par de otra sucursal, o por qué no un joven profesional, donde en ambos casos Ernesto corría con desventaja.
Ernesto era bastante confidente conmigo, sabía que él se estaba contactando muy a menudo con sus superiores de casa central, pasando inclusive por sobre el viejo Amprocio, quería brillar y sacar ventaja en la corta carrera al estrellato.
Como sucede en estos casos, esta gente decidió visitar el lugar, esas visitas políticas para evaluar las instalaciones, ir despidiendo al viejo y acomodando el sillón para el nuevo, fue entonces cuando Ernesto me confesó que había invitado a cenar a casa a Arturo Monardez, básicamente, el tipo quien tenía la decisión del puesto en sus manos.
Esto no me sonó ilógico, más allá que me pareciera normal invitar también al viejo Amprocio como cortesía, pero él me dijo que no, que el viejo sería un estorbo y que ya era parte del decorado.
Pero no me esperaba el pedido que mi propia pareja me hiciera a continuación:
Mi amor, necesito pedirte algo… conozco demasiado bien a Monardez, más de lo que imaginas… el tipo tiene debilidad por las mujeres, demasiada debilidad…
Si? mira vos…
Bueno, yo creo que vendría muy bien para nuestro futuro, que mientras cenamos, lo seduzcas un poco…
De que hablas?
Qué te vistas bien, que luzcas bien, que seas condescendiente, que lo provoques un poco, tú sabes, como hacen las mujeres…
Contesté con furia
Cómo hacemos las mujeres? a ver, dime, cómo es que hacemos las mujeres? rayos! qué quieres? que me acueste con el tipo por tu futuro? que me prostituya?
Respondió tratando de bajar mi ansiedad con una torpe sonrisa en los labios
No… no mi amorcito… cómo piensas que querría que te acuestes con él? solo digo que le hagas creer que podrá tener sexo contigo, sería una herramienta más que tendríamos para inclinar la balanza a nuestro favor…
Y bueno, siguió la discusión, pero como siempre, Ernesto logró convencerme, no sé cómo lo hace, pero siempre lo hace…
Lo cierto es que para el viernes por la noche él había arreglado todo, había coordinado con mis padres para dejar a las nenas, había comprado la cena en un exótico restaurante francés, había hecho limpiar la casa como para una exposición, y hasta había elegido que ropa debía ponerme.
Cuando llegaba el momento, después de bañarme, el sugirió que recogiera mis cabellos y me pusiera unos grandes aros que casi llegaban a mis hombros, me había puesto un sexi conjunto de ropa interior, con encajes y bordados, una diminuta tanga que deslicé por mis piernas para llevarla sobre mi sexo, acomodando la delgada tira posterior entre mis cachetes.
Ernesto justo entró al dormitorio cuando acomodaba mis pechos, entonces sugirió que no usara sostén, si él los había pagado quería disfrutarlos como él quisiera, es que luego de amamantar a las niñas mis senos habían quedado pequeños y estirados por lo que lo convencí para colocarme implantes de moderado tamaño.
Así calcé entonces una ajustada remera rosa de sugestivo escote redondo, mis pezones puntiagudos se notaban demasiado, luego una pollera ajustada a media pierna, demasiado ajustada para mi gusto, mis caderas y mi trasero habían crecido demasiado luego de los partos, pero no había forma de discutir con ese hombre…
Aún me estaba pintando los ojos cuando sonó el timbre, Ernesto me llamó para presentarme a quien debía seducir, Arturo
Arturo era más joven de lo que imaginaba, alto, entre rubio y castaño, con un exquisito estilo europeo, perfectamente afeitado y prolijamente vestido, con un ambo sport color gris bajo el cual asomaba una remera negra que hacía juego con sus zapatos.
Le extendí la mano, pero él fue más allá dándome un beso en la mejilla, aspiré una fragancia exquisita e intuí a un seductor nato, me sentí nerviosa, sus ojos parecían devorarme, me incomodaba.
Ernesto tomó su saco, mientras lo acomodaba en el perchero mi vista se perdió en los músculos que se dibujaban bajo su ajustada remera.
Nuestro invitado se sentó a la mesa, nosotros fuimos a la cocina por la comida, aproveché los segundos de intimidad para reclamar:
Viu como ela me olha?Mas ele respondeu, me surpreendendo:
Sim, exatamente como imaginei! Vamos lá, gata! Se esforça um pouco…
Voltamos pra mesa, Arturo e eu ficamos frente a frente, enquanto Ernesto pegou a cabeceira, à esquerda do primeiro e à minha direita.
Enquanto o jantar rolava, nós três batíamos papo sobre tudo um pouco, mas cada um no seu idioma, Ernesto focando tudo no que ele queria, Arturo vidrado nas minhas tetas, que pareciam dois balões prestes a estourar, e eu sem saber direito o que fazer, o que era pra eu fazer?
Me veio a ideia de fazer o que tinha visto em vários filmes, tirei um dos meus sapatos, deixando o pé no chão, estiquei minha perna buscando a intimidade do nosso convidado, ele, como se nada, continuou conversando com meu marido, mas baixou uma mão pra acariciar meus dedos e meu peito do pé enquanto encaixava ele contra o volume dele.
De alguma forma me senti estranha, excitada, porque meu marido estava ali do lado, alheio a tudo, e isso me tirava de anos de estagnação emocional, então, entrando na brincadeira, estiquei um pouco mais, apertando bem no fundo da virilha dele, a ponto de incomodar, o que arrancou um sorriso de dentro de mim…
Calcei o sapato e fui pra cozinha pegar umas coisas que faltavam, não sem antes mandar um beijo pro ar, como quem não quer nada.
Quando voltei, Arturo cortou a conversa e, em voz alta, disse:
Espera, espera, mulher, fica aí… Ernesto, por favor, encara isso como um elogio e não se ofende, mas que pedaço de buceta que você tem! Você olha pra ela? Vê como ela é gostosa? Que sortudo você é…
Meu marido concordou sorrindo, e eu me senti lisonjeada, ele continuou num castelhano que soava bem espanhol pra mim:
Olha, vou te pedir um favor, vocês podem trocar de lugar? É que eu preciso me concentrar no que a gente tá falando, e francamente, tendo ela na minha frente, os olhos vão pra ela e eu me perco…
Ernesto concordou com a troca, meus sentimentos se misturaram, por um Por um lado, já não lembrava como era se sentir bonita e atraente pra um homem, e não só sentir, mas ouvir isso de um jeito tão respeitoso. Por outro, a passividade do meu marido me apavorava, sentia que ele me oferecia como um pedaço de carne em troca dos objetivos dele.
A noite seguiu, e a verdade é que ele já não olhava pra mim, o que me decepcionava um pouco. Mas minutos depois, com a mesma habilidade de antes, senti uma das mãos dele no meu joelho, como se nada estivesse acontecendo. Eles continuavam conversando, e aos poucos, como que testando minha reação, a mão foi subindo, centímetro por centímetro. Me contraí por instinto. Até onde ele iria? Até onde eu deveria deixar? Qual era o limite?
Senti ele subir devagar. A mão dele já tinha passado por dentro das minhas coxas e tentava avançar. Já estava debaixo da minha saia. Senti me molhar, me inundar. Olhei pra baixo: meus mamilos tinham crescido e marcavam como dois botões enormes na camiseta justa. Senti vergonha e me contraí, fechando as pernas de repente, feito uma guilhotina, obrigando ele a abortar a tentativa, quando só alguns centímetros separavam ele da minha buceta molhada…
Na hora da sobremesa, percebi que o bolo gelado que o Arturo tinha trazido estava fora da geladeira e tinha derretido. Também descobri que foi de propósito, meu marido tinha tramado tudo, quando exclamou:
— Sem problema! Vou dar uma passada na sorveteria! Fica a duas quadras, compro algo…
E notei como ele convenceu o chefe a não acompanhá-lo. Foi aí que pedi um minuto de privacidade pra discutir o assunto.
— Ernesto, não me deixa sozinha com esse homem…
— Qual é, mulher, a gente já tem ele na mão…
— Ernesto, sério, você não sabe como ele me olha, como ele me tocou por baixo da mesa!
— Ha! ha! te falei, falta pouco, meu amor… você é demais!
— Mas não seja idiota! Quer que ele me coma?
— Sempre tão exagerada…
— Mas Ernesto… Ernesto!!!.... ERNESTO!!!!
Minhas palavras ficaram flutuando no ar. enquanto me deixava sozinha na cozinha, senti ele pegar as chaves e se despedir, porra…
Fui arrumando as coisas, deixando o Arturo no salão principal, queria ganhar tempo e evitar qualquer contato, mas ele não demorou a vir pro meu lado, tava perigosamente grudento comigo, acho que tinha bebido demais, talvez a saia curta que eu tava usando, deixando minhas pernas de fora e quase desenhando minha cintura e minha bunda, despertava o instinto animal dele.
Sentia o olhar dele cravado no meu corpo, sentia ele como um lobo faminto e eu não fazia nada pra provocar, mas provocava, toda vez que olhava de relance ele tava me olhando, me incomodava.
Sabia as intenções dele, ignorei e continuei preparando as coisas de costas pra ele, senti ele se aproximar, perto demais, até se encostar no meu corpo, recusei com um movimento reclamando:
Para Arturo! cê é louco?
Arturo me ignorou, partiu pra cima de novo e começou a esfregar o pau na minha bunda, reclamei de novo:
Chega! sou uma mulher casada e fiel acima de tudo
E qual o problema? Sempre tem uma primeira vez…
O cara tava ficando pesado, as mãos dele percorriam minhas pernas, me fazia ficar molhada, comecei a perder o controle, tava apoiada na pia, presa, com ele atrás de mim. Os dedos dele percorreram a parte interna das minhas coxas, subiram, senti ele respirando perto demais, levantou um pouco a saia, não conseguia cortar a situação, meu peito batia forte, a respiração ficava ofegante, queria que o Ernesto voltasse, mas ele não voltava…
Chega Arturo… chega… por favor, tô te pedindo…
Arturo ignorava minhas palavras, sabia que ele não ia parar, pegou uma das minhas mãos e levou pra trás, fez eu segurar o pau dele nu, não soube quando ele tinha tirado a roupa, fechei meus olhos, acariciei ele com suavidade, era bem grosso, não muito comprido, senti a glande circuncidada, ele já esfregava a minha intimidade, apertava o tecido fino da calcinha fio dental a ponto de quase enfiar dentro de mim. meus buracos, eu tinha relaxado, estava perdida, naquele momento já tinha três dedos dentro da minha buceta suculenta, estava inundada, meu corpo desejava o que minhas palavras negavam, senti ele puxar minha calcinha, levantar a saia deixando minha bunda pra ele, se ajeitou por trás, apontou e enterrou de uma vez me fazendo gritar, quase me levantando no ar.
Ele tapou minha boca e me repreendeu
Shhhh! Não faz escândalo…
Então continuou sem tirar a mão da minha boca, me comendo ritmicamente, calando meus gemidos, o pau dele era uma delícia entrando e saindo, me preenchendo como mulher, me dando pequenos orgasmos, um atrás do outro até me encher por completo.
Em cada estocada parecia me levantar no ar, passou a mão livre na frente pra me despir e massagear meus peitos, eu me desmanchava de prazer.
De repente ele começou a gemer como um touro, senti ele inchar dentro de mim, senti ele gozar, o mel masculino dele encheu minha xota, eu gemi junto com ele…
Olhei a hora no relógio de parede, tinham passado só cinco minutos, mas que cinco minutos!
Foi cavalheiro, assim como tinha puxado minha calcinha, agora ajeitava ela de novo no lugar, até baixando a saia. Ainda estava arrumando meus peitos quando ouvi a fechadura da porta.
Ernesto alheio a tudo, Arturo como se nada tivesse acontecido, e eu, com uma vergonha danada, sem conseguir olhar nos olhos de nenhum dos homens.
Meu desconforto foi aumentando enquanto comíamos a sobremesa, sentia o gozo preso no meu corpo escorrendo devagar, molhando minha calcinha, me senti suja, puta, e até culpada por não ter posto limites.
Quando fomos pra cama, Ernesto estava tão feliz que quase me obrigou a transar, a alegria dele era tão grande que nem percebeu minha ausência mental no ato.
Com o tempo fui me acostumando, fui trancando meu segredo com correntes e cadeados, até aceitar lá no fundo do meu ser.
Pra meu marido as coisas não saíram como como ele queria, a vaga foi preenchida por um jovem profissional, o que colocou um teto nas suas ambições. Além disso, sem saber, ele tinha perdido a fidelidade da esposa, tudo por causa da sua ambição desmedida…
Se você tiver comentários ou sugestões sobre isso, pode me escrever com o título ‘AMBICAO DESMEDIDA’ para dulces.placeres@live.com
2 comentários - Desmedida ambición