Rostros escondidos

Total libertad para comentar lo que quieran
Espero sean de vuestro agrado

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5909834/Erotismo-en-B-N---01.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5930158/Erotismo-en-B-N---02.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5962854/Erotismo-en-B-N---03.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5981636/Erotismo-en-B-N---04.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5997767/Erotismo-en-B-N---05.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6004665/Erotismo-en-B-N---06.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6041938/Erotismo-en-B-N---07.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6075224/Erotismo-en-color---08.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6084997/Erotismo-en-color---09.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6099556/Erotismo-en-color---10.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6110497/Erotismo-en-color---11.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6116242/Erotismo-en-color---12.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/6131873/Erotismo-en-color---13.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6166354/Erotismo-en-color---14.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6175748/Erotismo-en-color---15.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6196209/Erotismo-en-color---16.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6211165/Erotismo-en-color---17.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6218344/Erotismo-en-color---18.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6221055/Erotismo-en-color---19.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6229944/Erotismo-en-color---20.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6236841/Erotismo-en-color---21.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6242993/Erotismo-en-color---22.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6257813/Erotismo-en-color---23.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6263980/Erotismo-en-color---24.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6267616/Erotismo-en-color---25.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6299343/Erotismo-en-color---26.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6304941/Erotismo-en-color---27.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6311358/Erotismo-en-color---28.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6321113/El-culo-de-mi-mujer---compilado.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6338352/Erotismo-en-color---29.html

https://www.poringa.net/posts/imagenes/6345844/La-concha-de-mi-mujer---compilado.html


ROSTROS OCULTOS

La ciudad se desplegaba como un secreto entre valles suaves y praderas ondulantes, abrazada por el verde y vigilada a lo lejos por cordilleras eternas. No era una gran capital, pero tampoco un pueblo perdido. Su nombre —susurrado con respeto por quienes sabían— no figuraba en folletos turísticos masivos, aunque los visitantes que llegaban sabían bien lo que buscaban.

Una mezcla de industria y turismo le daba un carácter ambiguo. Las afueras vibraban con el pulso de fábricas ruidosas, tecnológicas, casi clínicas en su eficiencia. Pero el centro… el centro era otra cosa. Calles adoquinadas entre edificios de arquitectura ecléctica, cafés con vitrales antiguos, galerías de arte donde nadie preguntaba demasiado. Era una ciudad que se ofrecía al que sabía mirar, y que se cerraba como un puño ante el que no entendía su lenguaje.

Detrás de cada fachada elegante, cada calle con nombre francés o alemán, podía haber una historia. Una habitación sin ventanas, una voz dando órdenes al oído, un juego de roles cuidadosamente pactado. Aquí, las apariencias eran un arte, y el deseo, una moneda de cambio silenciosa.
Porque en esta ciudad clásica, luminosa de día y enigmática de noche, muchos llevaban máscaras… aunque no siempre se vieran.

En esa ciudad vibrante y bulliciosa, cada uno transitaba sus días con una sonrisa bien ensayada, como si todo estuviera en su lugar. Pero bastaba mirar un poco más allá, rasgar apenas la superficie, para descubrir que detrás de cada gesto amable se escondía algo más profundo. Rostros ocultos, silenciados por la rutina, por el deber, por el miedo a romper con lo establecido.
Como Rocío, por ejemplo.

Dueña de un pequeño local de ropa para niños en una galería del centro, Rocío era, a los ojos de todos, una mujer correcta. Siempre bien arreglada, atenta, cálida con sus clientas, madre de una adolescente y esposa de un hombre que vivía para el trabajo. Su vida estaba marcada por los horarios del colegio, los pedidos del negocio, y las cenas silenciosas en su casa prolija. Pero nadie sabía que, cada vez que abría la persiana metálica de su local, su mirada se desviaba un instante hacia enfrente. Allí, justo frente a ella, un sex shop con vidrieras oscuras le devolvía un guiño que no se atrevía a responder, no todavía. Pero la inquietud ya había prendido fuego en su interior.

Y como Dylan

Trabajaba desde casa, freelance, encerrado en un escritorio lleno de papeles, con dos hijos que corrían por el pasillo y una esposa con la que ya no compartía más que las compras del súper. Vivían en una casa limpia, ordenada, donde todo parecía estar en su lugar, salvo él. Sentía que algo en su vida se le escurría entre los dedos, que la pasión había quedado en alguna página vieja del calendario. Su esposa era dulce, pero recatada hasta el hastío, y Dylan, aunque no lo admitiera en voz alta, comenzaba a fantasear con otras realidades, o con otros cuerpos.

Dylan tenía sus rutinas, como todos. Por la mañana, luego de dejar a los chicos en la escuela, se encerraba en su oficina improvisada con una taza de café y una lista de pendientes. Freelance, diseñador gráfico, programador… lo que hiciera falta. Su computadora era su refugio y su cárcel al mismo tiempo. Pero había momentos —breves, silenciosos— en los que se desviaba del camino productivo, momentos donde el cursor no buscaba íconos de diseño, sino pestañas ocultas en el navegador.

Allí, en ese rincón virtual, Dylan encontraba algo más que imágenes, de encontraba a sí mismo. O al menos a una parte de sí que nunca se había animado a mostrar. El BDSM no era solo cuero y esposas, era algo más profundo: sumisión, control, entrega, oscuridad. Y eso lo fascinaba. Pero jamás se lo compartiría a su esposa. ¿Para qué? Ella se ruborizaba con una escena subida de tono en una serie cualquiera. Había aprendido a no esperar nada. A callar. A vivir con esa parte de sí mismo encerrada, como un animal que apenas respira detrás de una puerta cerrada.

Rocío, mientras tanto, vivía su propio despertar. Cada mañana abría su local con puntualidad. Colgaba los vestiditos, acomodaba los moños, ordenaba con dedicación casi religiosa. Pero siempre, al bajar la persiana, su mirada se iba hacia el frente. Ese lugar. El sex shop con vidrios polarizados y un cartel discreto pero provocador. Nunca entraba, nunca se acercaba, no era para ella, no para una mujer madre, casada, con un negocio infantil.

Y sin embargo... entre cliente y cliente, entre talles y envoltorios de regalo, empezaron a colarse otras cosas en su día. Con el celular apoyado en el mostrador, disimulando con una sonrisa si alguien pasaba cerca, Rocío también comenzó a explorar. Artículos, blogs, relatos... Y ahí estaban las palabras: dominación, control, ataduras, límites borrados por el deseo. Algo se despertaba en su vientre, en su pecho, en su mente. Algo que no conocía, pero que no quería dejar de sentir. Claro que eran solo fantasías. Pensamientos absurdos para una mujer como ella. Su marido no hablaba de sexo desde hacía meses, y cuando lo hacían era mecánico, casi obligatorio. Ella fingía interés, fingía llegar, fingía vivir. Pero algo le decía que no iba a poder seguir fingiendo por mucho tiempo más.
Y sin saberlo, mientras uno navegaba en la penumbra de su casa y la otra disimulaba su hambre detrás del mostrador, ambos comenzaban a encender el mismo fuego.

Dylan, cada vez más absorto en sus búsquedas secretas, sintió que mirar ya no alcanzaba. Quería algo más: interactuar, explorar con otros, aunque fuese desde el anonimato. Así que una noche, después de asegurarse de que todos dormían, creó un perfil. Nombre falso, sin foto, solo palabras. Un nombre que no decía nada, pero escondía todo: ElDueñoDelSilencio. Allí, en ese rincón virtual lleno de fantasmas deseosos, comenzó a escribir, a leer, a charlar con desconocidos que, como él, necesitaban un escape.

Se sorprendió al descubrir cuánto le excitaba expresarse con libertad, sin tener que pedir permiso ni disculpas. Había un goce nuevo en ese juego de roles, en escribirle a alguien "arrodillate" y sentir cómo su cuerpo respondía del otro lado de la pantalla, aunque jamás viera su rostro.
Rocío no se quedó atrás, fue una tarde, después de cerrar el local, cuando finalmente lo hizo. Había navegado tanto, leído tanto, que ya no podía seguir fingiendo que no deseaba estar allí dentro. No en el sex shop físico —todavía no—, pero sí en ese otro espacio intangible donde las mujeres como ella no eran juzgadas por desear. Se creó un perfil con manos temblorosas. No tenía intención de mostrarse. Su usuario: DeseoSumiso. Palabras simples, pero cargadas de verdad.

Y allí, en esa burbuja irreal donde la gente no se cruzaba en la calle ni fingía desayunos felices, Rocío se sintió viva por primera vez en mucho tiempo. Podía hablar de lo que le gustaba, de lo que imaginaba. Podía escribir que quería ser atada, usada, guiada, y al otro lado nadie se escandalizaba, al contrario, le respondían con respeto, con deseo, con palabras que le mojaban más que cualquier caricia real.

Y así, entre tantas voces anónimas, el destino empezó a acercarlos. No de inmediato, no como en las películas. Solo fue un comentario en un hilo, una frase que Dylan escribió sin pensarlo demasiado y que a Rocío le retumbó en el pecho. Algo en la forma en que él hablaba de dominar no como un acto violento, sino como una entrega mutua, un pacto de confianza... la conmovió.
Ella respondió.

Y él la notó.

Desde entonces, comenzaron a intercambiar mensajes, al principio casuales, prudentes. Pero algo se reconocía en cada palabra. Sin saber quién era el otro, se olían, se leían entre líneas, se tocaban con frases, una erección, una vulva húmeda. Libertad. Eso sabían que era esto. Masturbarse ya no era un pecado, era un ritual. Una forma de encontrarse a solas con lo que no se podía decir en voz alta.
Con el tiempo, las charlas entre ElDueñoDelSilencio y DeseoSumiso se volvieron casi exclusivas. Pasaban horas en ese rincón digital compartiendo fantasías, pero también dolores. Lo que comenzó como un juego se transformó en una suerte de refugio mutuo. Entre jadeos escritos y confesiones veladas, empezaron a desnudarse en otro plano: el emocional.

Rocío fue la primera en romper un poco la barrera. Una noche, después de relatar un deseo de entrega total, dejó caer un comentario:

—Trabajo en un local de ropa para chicos. En una galería del centro. Justo enfrente tengo un sex shop. Imaginate lo que es pasarte el día rodeada de enteritos y mamaderas, con esas vidrieras negras tentándote enfrente.

Del otro lado de la pantalla, Dylan sintió cómo una chispa se encendía en su memoria, galería, ropa infantil, sex shop enfrente. Eso le sonaba demasiado conocido.
Casi como un reflejo, abrió Google Maps, buscó la galería que conocía a pocas cuadras de su casa. Sí, ahí estaba, recordaba haber entrado al sex shop una vez, hace meses, más por aburrimiento que por necesidad. Recordaba el pasillo, las luces apagadas, la vidriera frente a la entrada. ¿Y si era…? No. No podía ser.

Pero la idea lo mordía por dentro. ¿Y si sí?

Pasaron dos días sin que pudiera sacárselo de la cabeza. Hasta que un martes por la tarde, con el corazón bombeando como un tambor, salió a caminar. No iba a hacer nada imprudente. Solo iba a mirar. Confirmar que era una coincidencia ridícula. Un juego mental. Caminó las tres cuadras con la garganta seca. Al llegar, fingió mirar una vidriera, cruzó con calma, y se metió en la galería. El murmullo de fondo, los pocos locales abiertos, y allí, al fondo, la tienda.
Y a ella.

Era hermosa. De un modo discreto, elegante. Llevaba una blusa blanca y un pantalón ajustado que le marcaba las caderas. Ordenaba unos percheros mientras hablaba con una mujer joven, tal vez una clienta. Su rostro irradiaba dulzura, pero había algo en sus ojos… algo que Dylan conocía sin haberlo visto nunca antes. La forma de moverse, de morderse apenas el labio mientras pensaba, de tocar con lentitud las prendas. Era ella. No tenía dudas.

Pero no dijo nada.
Entró al sex shop con una excusa barata, miró un par de cosas, fingió interés, pero no podía dejar de pensar en el local de enfrente. Hacia esa mujer que ya le había contado sus secretos sin saber que él la observaba. Su pecho latía con fuerza. Deseaba entrar, saludar, decir algo, cualquier cosa.
Pero no pudo.

Salió del sex shop con un paquete pequeño que no necesitaba, cruzó de nuevo la galería, y se fue caminando como si nada.
Aunque por dentro, todo había cambiado.
Pasaron algunos días en silencio. Dylan necesitaba ordenarse. Procesar lo que había visto. Lo que había sentido. Se había jurado no romper nunca la barrera entre la fantasía y la realidad, pero ya era tarde. Había cruzado. Había estado frente a ella. Había visto la boca que tantas veces imaginó entre gemidos escritos. El cuerpo que se estremecía tras cada palabra que él le dictaba en la oscuridad de la red.

Pasaron los días y las barreras seguían cayendo como hojas de otoño, ya no se llamaban como ElDueñoDelSilencio y DeseoSumiso, se hablaban como Dylan y Rocío, directo, sin rodeos
Una noche, finalmente, no pudo más. Entró al chat. Ella ya estaba conectada.

—Necesito confesarte algo.

El cursor de Rocío titiló unos segundos, luego apareció su respuesta.

—Me asustás. Pero seguí.

Él respiró hondo. Las manos le temblaban sobre el teclado.

—Hace un tiempo te vi. Entré en tu galería. Entré al sex shop. Crucé la mirada con vos. No sabés que era yo, pero yo sí supe que eras vos. Vi tu tienda, tu ropa infantil ordenada con una dulzura que me rompió por dentro. Y te vi. Y te reconocí. Tu forma de mirar, de tocar las cosas, de morderte el labio. Sos vos. Lo supe en el instante en que te vi.

Silencio.
Un minuto. Dos.
Ella no respondía.

Hasta que, de pronto, apareció una frase breve:

—Me tiemblan las piernas.

Después, otra.

—Estoy ruborizada. Vulnerable. Pero no asustada. Todo lo contrario.
Dylan se quedó quieto. Esperaba una reacción más dura, una retirada. Pero no. Ella estaba allí. Y algo se había encendido.

—Decime más, escribió ella. Decime qué viste. Cómo me miraste. Cómo pensaste en mí.

Y entonces Dylan le habló como nunca antes. Sin filtros. Le describió el modo en que su cuerpo parecía latir detrás del mostrador. Cómo su pelo recogido le dejaba el cuello al descubierto, y cómo imaginaba atarle una cinta allí mismo. Cómo deseó cerrar la tienda con llave, entrar sin pedir permiso y convertirla en suya.

Ella respondió sin dudar.

—No sabés lo que me estás haciendo. No me importa cómo seas físicamente. No me importa tu edad. Lo único que me importa es esto. La manera en que me ves. En que me dominás sin tocarme.

Dylan se mordió el labio. Sus pantalones apretaban. Pero no respondió todavía. Dejó que ella siguiera.

—Si me tuvieras frente a vos… me arrodillaría. Cerraría los ojos. Dejaría que me ates las muñecas. Me desnudaría solo si vos lo ordenás. Y después… después me entregarías ese castigo que merezco por ser tan puta como para excitarme sabiendo que me estuviste mirando sin decirme nada. Qué placer me da eso. Qué asco tendría mi marido si supiera. Pero me da igual. Quiero eso. Lo quiero todo.
Dylan tragó saliva. Le ardía la piel. Las palabras le golpeaban el pecho y la entrepierna.

—Entonces decímelo, escribió finalmente. Decime lo que querés que te haga. Punto por punto. Como una buena sumisa. Y yo voy a leerte. Y voy a corregirte. Hasta que lo digas bien. Hasta que me merezcas.

El silencio que siguió fue eléctrico.
Y después… Rocío comenzó a escribir.

Hacía semanas que los mensajes entre ellos habían dejado de ser inocentes. Ya no eran frases sueltas ni juegos disfrazados de curiosidad. Ahora eran órdenes. Claras. Firmes. Y ella, sin saber exactamente cuándo había sucedido, se había entregado por completo a esa voz escrita que parecía conocerla más que su propio marido.
Llegaría una orden de distinta. Más concreta. Más... real.

"Entrá al sex shop de enfrente. Quiero que compres tres cosas. Yo te voy a decir cuáles. Las vas a usar pronto. No preguntes. No negocies."

Rocío leyó el mensaje una vez, dos, tres. Sentía el corazón golpeando en el pecho como si se le fuera a salir. Desde su local de ropa infantil, cruzó la galería sin mirar a nadie. El cartel rojo con letras blancas del sex shop parecía más brillante que nunca. La puerta automática se abrió con un susurro mecánico y un olor extraño la envolvió. Dulce, químico, provocador.

El local era más grande de lo que imaginaba. Silencioso, íntimo. Cada estante parecía una provocación. Látigos de cuero trenzado, esposas de metal, sogas de algodón rojo, arneses de cuero, máscaras, plugs, vibradores con formas que nunca había visto. El simple hecho de estar ahí, sola, obedeciendo, le aceleraba la respiración.

No sabía si era vergüenza o adrenalina, pero sentía calor en las mejillas. En todo el cuerpo, en realidad. Sus piernas, tensas, se rozaban con una fricción que aumentaba a cada paso.
Le escribió a Dylan: “Estoy adentro.”

La respuesta fue inmediata:

"Quiero que elijas unas esposas brillantes, un collar con argolla y un plug anal, no el más pequeño. Te sacás una selfie con cada cosa. Que se te vea la cara. Quiero que se note lo que estás sintiendo. Obedecé."

Su primer impulso fue resistirse. No podía. No debía. Pero ya estaba en el fondo de algo que la consumía. Y no quería salir.

Se acercó a las esposas, se sentían frías el tacto, Las sostuvo con ambas manos. La textura era suave, pero firme. Sentía el poder contenido en cada eslabón de la cadena. Se miró en el espejo. Sus ojos brillaban con un fulgor nuevo. Levantó el teléfono y se sacó la primera foto.
Con el collar fue diferente. Lo sintió como una marca. Se lo colocó temblando. El metal de la argolla contra la garganta le arrancó un escalofrío. Se sacó la segunda foto con el corazón latiendo como un tambor.

El plug la desarmó. No sabía por qué, pero tocarlo fue como tocar algo sagrado. Suave, sedoso, tan erótico como amenazante. Lo posó sobre la palma de la mano para que notara que no era el más pequeño. La tercera foto capturó algo que ella misma no reconoció del todo. Una mezcla de entrega, miedo y deseo puro.

Pagó en silencio, con las mejillas encendidas, evitando mirar al vendedor. Salió con una bolsa negra, discreta. Como si lo que llevaba no existiera. Pero en su interior, algo ya había cambiado.

Llegaría el primer encuentro…
No necesitó anunciarse. Dylan empujó suavemente la puerta del local y entró con paso seguro, como quien tiene el control incluso antes de hablar. Rocío alzó la vista desde el mostrador y por un instante se quedó sin aliento.

No lo reconocía. Nunca había visto su rostro. Pero supo, de alguna manera instintiva y profunda, que era él.

Alto, de cuerpo firme y expresión serena. Vestía jeans oscuros, camisa arremangada y una campera de cuero que le daba ese aire de hombre que no pide permiso. Sus ojos la recorrieron despacio, sin apuro, sin vergüenza.

—Hola, Rocío —dijo él, con voz grave y segura—. Soy Dylan.

El nombre golpeó como un trueno suave. Rocío tragó saliva, aturdida, no se había imaginado nada concreto en su mente, y sin embargo, ese rostro era exactamente lo que no sabía que deseaba.
La intensidad de su mirada la hizo bajar los ojos sin darse cuenta. Sintió una corriente eléctrica recorrerle la espalda. Había algo en su presencia, en su forma de estar parado frente a ella, que la empujaba a rendirse. Sin palabras. Sin necesidad de seducción.

—Te ves mejor de lo que imaginaba —añadió él, con media sonrisa—. Y tenés ese brillo... ese que se nota cuando una mujer quiere obedecer sin admitirlo.

Ella no respondió. El cuerpo le temblaba apenas, lo justo para sentirlo, pero no delatarse.
Dylan sacó un sobre negro del bolsillo interior de su campera y lo apoyó con firmeza sobre el mostrador.

—Mañana a las 20:00, un auto va a pasarte a buscar, no traigas celular, nada que te conecte con tu otra vida. Traé lo que compraste en el sex shop, todo. —La miró fijo, sin aflojar el tono—. El resto está escrito en este sobre.

Se inclinó apenas hacia ella y bajó la voz.

—Si venís, sabés lo que vas a entregar, vas a obedecer, vas a callar, y sobre todo... vas a disfrutar

Dicho eso, giró y salió. Sin esperar respuesta. Como si su palabra ya fuera ley.
Rocío quedó sola, con el sobre entre las manos. Sus piernas temblaban, su respiración era errática y su ropa interior… arruinada.
Entró al baño, cerró con llave, y con manos ansiosas abrió el sobre. Adentro, una hoja
cuidadosamente doblada. En la parte superior, una única línea escrita con tinta negra:

“Desde el momento en que te subas a ese auto, tu cuerpo y tu voluntad serán míos. Y yo sabré qué hacer con ellos.”

Rocío cerró los ojos. La elección estaba hecha. La cita no era una posibilidad. Era una orden, no quiso leer mas en ese momento, solo cerro sus ojos y lo hizo, rápido, voraz, estaba tan mojada que sus dedos se empaparon en un solo toque, apretó sus labios, explotó, y solo no pudo con todo eso
Ya en su casa mantenía el sobre negro escondido, pero latía en su mente todo el recuerdo. Rocío esperó el momento, entrecerrando la puerta del baño y con el corazón latiendo a mil, se atrevió a sumergirse en él.

Rostros escondidosA letra firme de Dylan não deixava espaço pra dúvidas:

“Depilação total. Sem calcinha. Minissaia justa. Cabelo solto. Lábios pintados. Perfume suave. Nada de celular. Nada de desculpas. Corpo dócil e mente aberta. Não quero a mãe, nem a esposa. Quero a submissa.”

Ela sentiu um nó no estômago. Como faria? Como sair daquela casa sem levantar suspeitas? O marido, como sempre, estava distraído com o trabalho. Bastou um “vou me encontrar com as meninas do grupo de pilates” pra dar um jeito. Ele só murmurou um “ok, se diverte” sem tirar os olhos do monitor.

A filha, por outro lado, era outra história. Tinha olho clínico e questionava tudo. Mas naquela noite, pra sorte dela, a menina não estava, e Rocío aproveitou. Entrou silenciosamente no quarto dela, vasculhou o guarda-roupa e encontrou o que precisava: uma minissaia preta de lycra, pouco maior que um cinto. Sentiu-se suja, invasiva, mas o formigamento entre as pernas crescia sem parar.

No banheiro, tirou a roupa, abriu a gaveta e pegou a maquininha. A depilação foi lenta, sensual, trêmula. Cada passada revelava uma pele mais macia, mais sensível. Estava tão excitada que teve que parar várias vezes, ofegante, com os dedos úmidos roçando os lábios inchados da buceta. Preparou a bolsa com mãos trêmulas: o colar, as algemas acolchoadas, o plug. Tudo que Dylan tinha listado estava ali, escondido entre um cachecol e uma nécessaire de maquiagem pra disfarçar.

Saiu de casa vestida como sempre: jeans, suéter folgado, tênis. Quando o carro chegou, mandou parar no posto de gasolina a três quarteirões. “Vou ao banheiro, já volto”, disse ao motorista, que nem olhou pra ela.

No cubículo do banheiro, tirou a saia e a camiseta justa. Vestiu-se com pressa e se olhou no espelho. A saia era tão curta que nem cobria o necessário. Cada passo faria ela subir mais. Não usava sutiã. Não usava calcinha.

O ar frio do banheiro acariciou a buceta lisinha. Molhada, desesperada, nua. Um fio de suor escorreu pela coxa dela. Ela se olhou. Parecia outra. Uma puta. Uma bonequinha pronta pra ser usada. O coração batia tão forte que ela achava que ia desmaiar.

— Não consigo — sussurrou, com as mãos na cintura, tremendo.

Ela remexeu na bolsa e tirou a calcinha fio-dental minúscula que estava usando antes de entrar. Não fazia parte do plano. Mas era a única coisa que podia fazer. Vestiu. Mal cobria alguma coisa, mas já bastava pra não se sentir tão exposta.

Voltou pro carro com as pernas bambas e o olhar baixo, cheio de vergonha. Ao subir, percebeu o motorista espiando pelo retrovisor. Ela não disse nada. Só se acomodou no banco de trás, fechou os olhos e se deixou levar.

Tava a caminho. Não tinha volta.

O quarto do hotel estava tomado por um silêncio denso, expectante, como se as paredes soubessem o que ia rolar. Ele já estava lá quando Rocío entrou. Ela parou na porta, respirou fundo, sabendo que a partir daquele momento não era mais a mulher que vendia roupa infantil nem a esposa de um cara ausente. Não. Ali dentro, ela só existia pra ele.

Ele tava num terno escuro impecável, camisa preta levemente aberta no colarinho. Elegante. Dominante. Dono do espaço. Não se mexeu quando ela entrou. Só passou os olhos nela, de cima a baixo, devagar, como se tivesse o tempo todo do mundo pra devorar ela com o olhar. E naquele gesto, já deixou ela tremendo.

— Fecha a porta — ordenou calmo, sem levantar a voz.

Ela obedeceu sem pensar. Sentia as pernas bambas. Não sabia se era medo, tesão ou os dois.

Ele se aproximou, firme, andando como um predador certo da presa. Segurou o queixo dela e forçou ela a olhar pra ele.

— Combinamos sem calcinha, Rocío — sussurrou, com um sorriso seco nos lábios. Levantou a saia dela sem aviso, deixando à mostra uma calcinha fio-dental minúscula. Ela baixou o olhar, mordendo o lábio, presa entre a vergonha e a adrenalina.

— Você não cumpriu.

Ele sentou. Num sofá, abrindo só um pouquinho as pernas. Ele puxou ela com força, fazendo ela cair de joelhos na frente dele, e depois virou ela com decisão, colocando ela no colo dele, de costas pra ele, com o tronco apoiado na coxa dele. Ele massageou, extasiado, a perfeição das nádegas dela, sentindo poder, deixando a bunda dela completamente exposta.

— Isso — ele disse, acariciando com suavidade uma das nádegas dela — merece um castigo.

E então ele começou.
A primeira palmada foi firme, seca, um som que ecoou nas paredes do quarto. Rocio ofegou, não de dor, mas de surpresa. Ele não parou. Uma atrás da outra, as palmadas foram caindo com ritmo, com intensidade crescente, fazendo arder a pele dela e o desejo dela. A cada golpe, ela sentia como o corpo dela se entregava mais. O calor das palmadas, o peso do corpo dele sobre ela, o perfume dele, a voz grave dele que às vezes murmurava coisas ininteligíveis… tudo isso enlouquecia ela.

Ele sentia como ela se contorcia, como a respiração dela ficava ofegante, como as coxas dela tremiam. E isso excitava ele. Muito. A ereção dele era evidente, dura debaixo do corpo dela, marcando o ritmo junto com as palmadas.

— Não se mexe. Não ousa me pedir pra parar.

Ela não queria que ele parasse. Ela queria mais.
A bunda da Rocio estava vermelha, quente, sensível. E ainda assim, na buceta dela já escorriam os primeiros sinais de umidade. Ela se sentia dominada, castigada, mas também celebrada, desejada como nunca.

Ele parou o castigo só pra se inclinar e morder de leve uma nádega dela, descendo depois com a língua pelo interior da coxa. Ele queria saborear ela. Mas ainda não.
Ela fechou os olhos. Não precisava de mais palavras. Só obediência… e mais.
Rocio mal conseguia processar o ardor da bunda dela quando sentiu o Dylan se inclinar pra bolsa dela, sem pedir permissão, sem nem olhar pra ela. Não precisava de palavras. Ele mandava, e ela já sabia disso. Ele remexeu nas coisas dela como se fossem dele, até encontrar o que procurava: o plug anal que ela Tinha levado, obediente, mesmo achando que teria a chance de entregar pra ele, de oferecer. Mas não.
Dylan voltou até ela com o objeto na mão, sem hesitar arrancou a tanga dela de um puxão, aquela que ele tinha proibido de usar, enquanto segurava o brinquedo um segundo entre os dedos, e sem aviso nenhum, enfiou de uma vez no cu dela com uma firmeza brutal. Rocío gritou, entre surpresa e tesão, enquanto o corpo dela se arqueava instintivamente. Não teve compaixão nem pausa. Só domínio puro.

— Isso — ele sussurrou no ouvido dela — vai te lembrar o que você é quando está comigo.

Antes que ela pudesse responder, ele pegou as algemas para imobilizar os braços dela pelas costas. Depois, metendo a mão no bolso direito do terno, tirou uma venda preta e colocou sobre os olhos dela. A escuridão fez ela tremer. Não ver, não controlar nada, algemada, imobilizada, a tornava ainda mais dele.

E então ela sentiu o frio metálico da coleira rodeando o pescoço dela. Um clique seco. Um puxão leve. Tinha uma corrente. Ela não sabia a que estava presa, mas bastou sentir pra entender que já não pertencia mais a si mesma. Estava de joelhos, cega, amarrada, com o plug enfiado e o coração batendo no pescoço.
Dylan se plantou na frente dela e roçou a cabeça do pau nos lábios entreabertos dela. Sem esperar nada, sem pedir permissão, enfiou de uma vez. Encheu a boca dela como ninguém nunca tinha feito. Rocío quase engasgou com a primeira estocada, mas não se afastou. A profundidade com que ele a penetrava era brutal, avassaladora. Cada vez mais fundo. Até as bolas. Segurava o rosto dela com as duas mãos, marcando o ritmo, impedindo que ela escapasse.

E então ela sentiu. Dylan acariciava o pescoço dela a cada estocada, como se estivesse procurando, como se sentisse a própria cabeça do pau por fora, apalpando a garganta dela. Isso a enlouqueceu. Ela se sentiu atravessada, esvaziada, sugada por completo. O plug ardia dentro dela, a corrente tensionava, o gosto dele a invadia, e o toque dos dedos dele no pescoço dela... A pele dela tremia.
Tudo era luxúria. Crua. Sem filtros. Sem love. Só desejo. Só poder. Só necessidade.
A respiração dele acelerava. Os gemidos graves dele eram como ordens, e ela obedecia com a boca, com a garganta, com cada fibra do seu ser.

E isso... isso era só o começo.

O gosto de Dylan a preenchia. O ritmo dele era brutal, sem concessões. Mas tinha algo mais... algo que a entregava. Os próprios fluidos dela escorriam pelas coxas, descendo sem vergonha, encharcando a pele e o tapete. Escorriam, quentes, humilhantes, deliciosos. Ela tava completamente no fogo, acorrentada, dominada… e molhada como nunca antes.

Dylan se afastou por um segundo e observou ela, respirando pesado, o peito subindo e descendo com fúria. Via ela ali, entregue, com a boca úmida, as pernas brilhando da própria excitação. Era obra dele. A submissa dele. A slut perfeita dele.

— Olha como você escorre, Rocío... — ele rosnou com uma mistura de espanto e triunfo —. Cê é um desastre lindo.

Ele se ajoelhou atrás dela, sem tirar a venda nem o plug. Abriu as pernas dela com os joelhos, segurando ela pelos quadris com força, e meteu de uma só vez. Não teve preâmbulo. Só o som do corpo dele deslizando fácil naquela buceta molhada e trêmula.

Ela gemeu alto. Já não importava se iam ouvir ou não. Ela tava um mar, e ele sabia. Fazia questão de mostrar com cada estocada, profundas, ritmadas, como se quisesse tatuar a presença dele dentro dela.

Mas Dylan não parava por aí. Tirava da buceta dela e enfiava de novo na boca. Alternava. Brincava com ela como um animal faminto e preciso. Uma estocada na garganta. Outra na buceta. Tudo num ciclo selvagem, molhado, bestial. E Rocío recebia tudo. Não pedia piedade. Não queria que parasse.

Cada vez que ele voltava pra buceta dela, os gemidos dela ficavam mais roucos, mais quebrados. Cada vez que ele tomava ela pela boca, os lábios dela se abriam sem resistência, como se o corpo já teria esquecido qualquer outra função.

Dylan estava no limite. Ele sentia na base do pau, tenso, carregado, queimando. Era um deus ali dentro. Dono do tempo, do prazer, do corpo daquela mulher que já não podia mais chamar de sua.

Ela estava tão perto... e ele também.

Dylan não disse nada. Não precisava. Só a pegou pela cintura com brutalidade e a virou como quem arruma uma boneca, deixando-a de quatro na cama. As correntes tilintaram. Os braços dela ainda estavam amarrados nas costas, a coleira esticada pela corrente que a mantinha na posição. Vulnerável. Exposta. Dele.

Sem aviso, arrancou o plug com um puxão firme. Rocio ofegou com um gemido rouco, mistura de vazio e expectativa. Sabia o que vinha. Desejava com cada fibra.

Dylan cuspiu na própria mão, se posicionou atrás dela e, sem piedade, enterrou o pau no cu dela com um único empurrão, fazendo-a gritar, abrir, se partir para recebê-lo. Foi uma invasão total. Seca. Animal. E deliciosa.

— Isso aí — murmurou com voz grave, com um sorriso obsceno e lascivo enquanto empurrava mais fundo —. É assim que uma puta de verdade se submete.

A sodomização era feroz. As estocadas faziam a cama tremer, a corrente vibrava a cada movimento, e os gritos de Rocio enchiam o quarto. Não tinha mais filtro. O corpo inteiro dela se desmanchava em prazer, os mamilos ardiam, como se a pele não conseguisse conter tanta eletricidade. Ela gritava como nunca tinha gritado. Cada pancada na bunda dela, cada roçada da cabeça do pau forçando os limites, cada toque involuntário do plug ausente... a levavam a um estado de loucura deliciosa.

E então, algo explodiu dentro dela. Um orgasmo brutal, profundo, descontrolado. Um que não vinha só da buceta, mas do cu, dos mamilos, do pescoço esticado pela coleira. Um que a fez convulsionar enquanto continuava sendo comida, como se o corpo inteiro se rendesse numa única onda de prazer selvagem.

Dylan também sentiu. Aquele tremor, aquela pressão. Aquele espasmo de submissão total. Ele era o puto do dono. do mundo naquele momento. O verdadeiro dono daquele corpo, daquele prazer. O mais poderoso sobre a terra.

Ele saiu dela com um rugido e terminou gozando nas costas dela, quente, selvagem, manchando ela como se assinasse sua obra de arte, sua marca. O esperma escorreu pela pele vermelha dela, entre as omoplatas, descendo pela curva perfeita das nádegas até parar na cavidade da lombar. A marca final do seu domínio.

E ela... amarrada, cega, tremendo, com os braços imobilizados, as coxas molhadas, a pele avermelhada e o cu aberto… sorria. Ofegava. Sentindo que nunca tinha vivido algo assim. Nunca.

Era a escrava dele. E não queria ser outra coisa.

Rocío continuava de joelhos na cama, ainda com a venda nos olhos, os braços amarrados, o corpo marcado pela intensidade do encontro. Sentia o gozo secando nas costas, a ardência deliciosa no cu, a umidade quente entre as coxas. O corpo inteiro dela era memória viva do que tinha acontecido. E não queria se mexer. Não queria que acabasse.

Dylan observava ela da beira da cama, a camisa aberta, o rosto ainda avermelhado de tesão. Só olhava pra ela, em silêncio. Não precisavam de palavras. Os dois sabiam que tinham cruzado uma linha que nunca mais se apagaria.

Eram dois adultos, dois pais de família, duas vidas paralelas que funcionavam no automático… mas ali, naquele quarto anônimo de hotel, não eram nem marido e mulher nem pai e mãe. Só amo e escrava. Só desejo. Só instinto.

E assim continuariam sendo.

Lá fora, a cidade seguia seu rumo. As crianças saíam da escola. As rotinas se repetiam. As mentiras sustentavam estruturas. E eles… eles se encontravam de vez em quando. Sempre com cuidado. Sempre a partir daqueles perfis falsos que os tinham unido. Brincavam de esconde-esconde, sim. Mas faziam isso com a intensidade de quem não busca um substituto, mas uma versão secreta de si mesmos.

Cada mensagem, cada encontro, cada ordem ou submissão, era um lembrete de que a vida não era só o que mostravam. Que por trás de cada rosto certinho… podia ter outro. Escondido. Impaciente. Ardente.
E esse jogo, esse fogo clandestino, continuava aceso.
Porque no fundo, sabiam que não era uma aventura. Era uma necessidade.

Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título ROSTOS OCULTOS para dulces.placeres@live.com

0 comentários - Rostros escondidos