Total libertad para comentar lo que quieran
Espero sean de vuestro agrado
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5909834/Erotismo-en-B-N---01.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5930158/Erotismo-en-B-N---02.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5962854/Erotismo-en-B-N---03.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5981636/Erotismo-en-B-N---04.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5997767/Erotismo-en-B-N---05.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6004665/Erotismo-en-B-N---06.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6041938/Erotismo-en-B-N---07.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6075224/Erotismo-en-color---08.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6084997/Erotismo-en-color---09.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6099556/Erotismo-en-color---10.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6110497/Erotismo-en-color---11.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6116242/Erotismo-en-color---12.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6131873/Erotismo-en-color---13.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6166354/Erotismo-en-color---14.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6175748/Erotismo-en-color---15.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6196209/Erotismo-en-color---16.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6211165/Erotismo-en-color---17.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6218344/Erotismo-en-color---18.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6221055/Erotismo-en-color---19.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6229944/Erotismo-en-color---20.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6236841/Erotismo-en-color---21.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6242993/Erotismo-en-color---22.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6257813/Erotismo-en-color---23.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6263980/Erotismo-en-color---24.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6267616/Erotismo-en-color---25.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6299343/Erotismo-en-color---26.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6304941/Erotismo-en-color---27.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6311358/Erotismo-en-color---28.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6321113/El-culo-de-mi-mujer---compilado.html
EL CAMBIO DE BRENDA
No recuerdo con claridad cómo empezó nuestra amistad. Supongo que, como tantas cosas en la vida, simplemente sucedió. Teníamos quince años, los mismos buzos del colegio llenos de garabatos con marcador, los mismos sueños torpes de adolescentes confundidas. Desde entonces, Judith y yo hemos sido inseparables, aunque nuestras vidas hayan seguido rumbos tan distintos que a veces me pregunto cómo seguimos compartiendo tanto.
Yo soy Brenda. Treinta y cinco años, estuve casada hasta no hace mucho con un hombre correcto, predecible y cada vez más distante. No tengo hijos, aunque no por falta de intentos. Trabajo en una oficina donde los días se parecen tanto entre sí que podría mezclarlos sin culpa. Mi vida es un calendario prolijamente ordenado, sin sorpresas ni excesos. Una vida que, vista desde afuera, parece tranquila… pero que por dentro, arde de una forma silenciosa.
Judith, en cambio, siempre fue un torbellino. Alta, desenvuelta, con una risa que se escuchaba desde el fondo de cualquier salón. Mientras yo aprendía a mantener las piernas cerradas y cuidar mi reputación, ella coleccionaba primeras veces como quien junta fotos en redes sociales. Cada semana tenía una historia nueva, un amante distinto, una aventura que me contaba entre risas mientras tomábamos una copa en su balcón, como si el mundo fuera suyo y ella, su dueña indiscutida.
Nunca la juzgué. Tal vez porque, en el fondo, vivía sus historias a través de ella. Me fascinaba escucharla hablar de cuerpos sudorosos, de lugares insólitos, de miradas que prometían más de lo que decían. Judith tenía una forma de contar que me dejaba con el corazón acelerado y las piernas apretadas. Y aunque jamás lo admití, muchas veces volví a casa y me masturbé recordando sus historias, imaginando que era yo quien vivía esas escenas.
Ella lo sabía. Siempre lo supo.
—Estás demasiado seria, nena. Tenés que vivir un poco. Un buen revolcón te arregla el alma —me dijo una vez, mientras yo fingía indignación y le daba un sorbo a mi gin tonic.
Lo decía riéndose, pero sus ojos brillaban con algo más. Como si me provocara. Como si me desafiara.
Y tal vez tenía razón. Tal vez ya era hora de dejar de mirar desde afuera.
Se lo dije una noche, sin buscarlo. No lo tenía planeado. Era una de esas tardes en las que el vino fluye fácil y las palabras también. Judith me miraba desde el otro lado de la mesa, con esa expresión que solo ella tiene: mezcla de curiosidad, ternura y un leve sarcasmo que nunca termina de desaparecer.
—Estoy cansada, Judith. No físicamente… es otra cosa. Me siento vacía.
Ella no dijo nada al principio. Se limitó a dar otro sorbo a su copa y a esperarme. Siempre supo cuándo callar, cuándo dejarme llenar los silencios con confesiones.
—Carlos… —empecé, y ya con solo decir su nombre sentí una punzada en el pecho—. Compartimos la cama, las mismas sábanas, pero cada noche siento que hay un muro invisible entre nosotros. Me da la espalda, literalmente. Se duerme sin decirme buenas noches. A veces lo escucho suspirar, y me pregunto si también está pensando en lo que ya no somos.
Judith frunció los labios, como si masticara una respuesta que no quería darme todavía.
—No es que no lo intente. Cocino su plato favorito. Me compro lencería nueva, aunque él apenas me mire. Lo abrazo, lo busco... pero su cuerpo es cada vez más ajeno. Hace meses que no tenemos sexo. Y si pasa, es mecánico, torpe, como si estuviéramos cumpliendo una obligación de la que ya ni recordamos el sentido.
—Brenda… —empezó, con esa voz suya que mezcla compasión y desafío—. ¿Y qué estás esperando?
—¿Esperando qué?
—Que un día se despierte, se dé cuenta de que tiene a una mujer hermosa al lado y te haga el amor como en tus fantasías... —hizo una pausa breve, cargada de intención—. O que alguien más te despierte.
No respondí. No pude. Porque lo que Judith no sabía es que yo ya me estaba despertando. Que su sola presencia, sus relatos, su libertad… ya me estaban encendiendo algo que creía muerto.
Algo que pedía salir.
Judith sonrió de lado. Esa sonrisa suya que siempre me hizo sentir como si supiera algo que yo no. Se acomodó en la silla, alzó su copa, y dejó que el vino le mojara apenas los labios antes de hablar.
—¿Querés que te cuente algo? Algo que no le conté a nadie más…
Yo asentí sin decir palabra, casi con culpa, como si supiera que lo que estaba por venir iba a dejarme más caliente que arrepentida.
—Fue hace unas semanas. Estaba en un bar del centro, esos que están llenos de ejecutivos al final del día. Me senté sola, como me gusta, sabiendo que la noche tenía hambre de algo… o de alguien. Terminé cruzando miradas con dos hombres. No juntos, separados. Pero los invité a los dos. Sin que supieran uno del otro.
Hizo una pausa, dejando que las palabras cayeran lentas, como si le gustara el efecto que tenían en mí.
—Terminaron en mi departamento. Los dos. Nunca lo habían hecho, y eso lo volvió todavía más salvaje. No te voy a dar detalles… pero Brenda, te juro que sentí cómo se me partía el alma entre sus cuerpos. Me tenían entre ellos como si fuera una muñeca preciosa y sucia al mismo tiempo. Uno me sujetaba la garganta, el otro me susurraba cosas al oído… y yo solo quería más. Nunca me sentí tan deseada.
Sentí cómo se me tensaban los muslos. Crucé las piernas debajo de la mesa sin darme cuenta, buscando una presión que calmara el ardor creciente entre ellas. Me ardía la piel, me ardía el alma.
Judith lo notó, claro. Siempre lo nota.
—¿Estás bien, nena?
—Sí… —mentí, tragando saliva—. Solo un poco de calor.
Ella sonrió otra vez. Lenta. Cómplice.
—Te vendría bien una noche así, ¿sabés? No por los hombres… por vos. Para recordarte lo que sos capaz de hacer sentir.
No dije nada. Pero esa noche, en la cama, mientras Carlos dormía de espaldas como siempre, metí la mano bajo las sábanas y no pensé en él.
Pensé en Judith.
Pasaron un par de meses desde aquella noche con Judith. Y aunque volví a mi casa, a mi rutina, a mi marido… algo dentro mío ya no era el mismo.
Intenté seguir como si nada hubiera cambiado. Puse la mesa, cociné sin ganas, reí cuando tocaba, y abrí las piernas las pocas veces que Carlos me lo pidió, más por compromiso que por deseo. Pero todo sabía a cartón, a encierro, a algo que se había roto sin remedio.
Judith me escribía de vez en cuando. Mensajes breves, como chispazos de un mundo al que apenas me había asomado. Yo los leía a escondidas, sonriendo con culpa, imaginando, deseando.
Y entonces un día, Carlos me lo dijo sin rodeos, mientras revolvía su café matinal:
—Me voy a Santiago por trabajo. Una semana… tal vez diez días. No estoy seguro.
Asentí con la cabeza. No pregunté más. Ni cuándo salía el vuelo, ni con quién viajaba, ni si me iba a llamar. Me limité a observar cómo hacía su valija con esa frialdad meticulosa que lo caracterizaba. Me dio un beso en la frente al irse, como quien acaricia a una mascota antes de dejarla sola.
Y sola me quedé.
Durante las primeras horas caminé por la casa sin rumbo, como si me costara creerlo. No había pasos, ni televisión de fondo, ni órdenes solapadas. El silencio era tan profundo que me hizo sonreír. Me senté en el sofá, sola, con las piernas cruzadas, mirando nada. Y entonces lo hice: me preparé pochoclos, elegí una película tonta, y me tiré en la cama en ropa interior.
Esa noche no dormí. Me masturbé como si el cuerpo me lo hubiera estado pidiendo a gritos durante años. No una vez. Varias. Sobre el sillón, en el baño, en la cocina. Me acabe fuerte, intensa, sucia, saboreando cada ola de placer sin sentir vergüenza. Era como recuperar el lenguaje de una mujer que había estado muda demasiado tiempo.
Y al otro día, lo volví a hacer. Y al siguiente.
Andaba semidesnuda por la casa, a veces solo con una bata abierta, otras con una remera y nada más. Me gustaba mirarme al espejo y tocarme sin apuro. Me gustaba saber que no tenía que fingir, que no tenía que dar explicaciones.
No era feliz. Pero por primera vez en mucho tiempo, era libre.
Y eso, por ahora, alcanzaba.
Esa noche no esperaba visitas. Estaba tirada en el sillón, en tanga y una camiseta vieja, viendo una comedia tonta con un bol de pochoclos medio frío en el regazo, cuando sonó el timbre.
—¿Quién…? —murmuré, sin levantarme enseguida.
Pero al mirar por la mirilla, ahí estaba ella. Judith. Con esa sonrisa de quien ya sabe que va a descolocarte.
—¿Se puede? —dijo apenas abrí la puerta, alzando una bolsa con sushi, otra con una botella de vino y una tercera que olía a chocolate.
—¿Qué hacés acá?
—Vine a rescatarte de tu encierro sexual autogestionado.
Me reí sin poder evitarlo. Hacía días que no veía a nadie. No sabía si me alegraba o me asustaba tenerla ahí. Pero la dejé pasar. Siempre la dejaba pasar.
Extendimos una manta en el suelo del living y comimos con las manos, bebimos del pico de la botella, hablamos de hombres, de nosotras, de lo que soñábamos cuando éramos más jóvenes. Judith se rió tanto que por momentos terminó recostada boca arriba, con la boca abierta, sin poder respirar. Yo la miraba y me sentía viva de nuevo.
Después del postre, ya con la segunda botella abierta, me miró como si tuviera algo muy claro en mente.
—Tengo ganas de salir.
—¿Salir? ¿A dónde?
—A dar una vuelta. A mostrarte algo. —Su voz era suave, pero firme—. Dale, ponete algo.
—¿Qué cosa?
—Algo provocativo.
—¿Provocativo?
—Sí. Como para que te veas en el espejo y te guste lo que ves. Como para que te sientas deseada. Como para que el mundo sepa que seguís estando viva.
La miré con la ceja alzada, dudando.
—Judith…
—No me preguntes. Solo hacelo.
Tenía esa manera de decir las cosas que no daba lugar a objeciones. Era como si ya todo estuviera decidido. Busqué un vestido negro corto que hacía años no usaba, me puse unas sandalias con taco, y un labial apagado pero fuerte que hacía juego con el atrevimiento que me hervía por dentro.
Judith me miró y asintió satisfecha.
—Perfecta.
Subimos a su coche. En silencio.
Yo no sabía a dónde íbamos. Pero ella sí.
Y aunque no me lo dijo, yo intuía que esa noche iba a cruzar una frontera.
Dimos vueltas durante más de una hora. Judith no decía a dónde íbamos. Solo sonreía, ponía música suave, y cada tanto me miraba de reojo como si se deleitara con mi desconcierto.
Yo tampoco preguntaba. Parte de mí quería saber. Pero otra parte prefería dejarse llevar. La noche era cálida, la ciudad se iba diluyendo en calles menos iluminadas, más desiertas, más clandestinas.
Finalmente, dobló en una calle lateral, casi imperceptible, y se detuvo frente a un portón negro, sin cartel, sin luces. Solo un intercomunicador oxidado.
—¿Dónde estamos?
—En un lugar donde podés dejar de ser vos —susurró.
Apretó un código y el portón se abrió con un chirrido lento y pesado. Ingresamos a un patio oscuro, con paredes altas y sin ventanas. Era como entrar a otro mundo.
Judith me tomó de la mano, fuerte.
—Confía en mí.
Cruzamos un corredor, hasta una puerta custodiada por un hombre de traje oscuro. Ella lo saludó como si fueran viejos conocidos. Él asintió y nos dejó pasar.
Adentro, el ambiente era denso. Luz roja, música tenue, olor a cuero, perfume caro y algo más… algo húmedo, animal. No había letreros. Solo pasillos. Solo puertas. Solo sombras.
Una mujer joven se acercó y nos miró a ambas. Llevaba un vestido ajustado, cabellos recogidos, labios rojos y una libreta en la mano.
—¿Primera vez? —le preguntó a Judith, señalándome.
Judith asintió con una sonrisa cómplice. La mujer me miró como se mira a una novata. Con una mezcla de curiosidad y lástima.
—Entonces vení, Brenda.
Me sobresalté. ¿Cómo sabía mi nombre?
—Ella ya es clienta. Vos sos la invitada esta noche —agregó, con voz firme.
Nos condujeron por un pasillo tapizado en terciopelo oscuro. Las luces eran apenas líneas tenues en el suelo. Escuchaba sonidos apagados tras las puertas: gemidos, risas ahogadas, susurros.
Mi corazón latía con fuerza. No entendía. Pero tampoco quería escapar.
Y de pronto, sin aviso, sin palabras… me soltaron.
La mujer cerró una puerta tras de mí.
Y Judith… ya no estaba.
Me giré, confundida, y la puerta se trabó con un clic seco.
Estaba sola, en un cuarto desconocido, oscuro, prohibido, el aire olía a deseo, y a destino.
El silencio en esa habitación era tan profundo que podía oír el ritmo de mi propia respiración. Estaba de pie, sola, sin saber cuánto tiempo había pasado desde que Judith me dejó allí. Mis ojos apenas distinguían formas en la oscuridad, pero no me atrevía a moverme. Cada fibra de mi cuerpo estaba en alerta. No por miedo. No exactamente. Era algo distinto. Era esa mezcla vertiginosa de nervios, expectativa… y deseo
Entonces lo escuché. Un click suave, mecánico. Algo se activaba frente a mí. Una luz roja se encendió sobre la pared, bañando en un resplandor tenue una cortina negra. El corazón me dio un salto. La cortina se deslizó lentamente a los costados, revelando lo que ya presentía: un agujero perfectamente redondo, limpio, a la altura exacta donde debe estar.
Un glory hole, había visto algunos videos y sabia de que se trataba
No supe si reír o temblar. Todo encajaba. La mirada de Judith. Su sonrisa misteriosa. Su “confía en mí”. Me había traído justo aquí, sabiendo perfectamente lo que era.
Y yo… yo me había dejado llevar.
Tragué saliva. La habitación olía a limpieza, sí, pero también había algo más. Ese aroma inconfundible de piel, de hombres. De sexo.
Dí un paso. Y luego otro. Como si algo más fuerte que mi voluntad me impulsara. Me sentía eléctrica, viva. Completamente consciente de cada parte de mi cuerpo. Del calor entre mis piernas. De la humedad que crecía sin control.
Y entonces apareció.
Emergió con calma, casi desafiante. Un pene. Grueso, firme, palpitante. No veía al hombre detrás, y eso lo hacía más intenso. Más mío. Porque en ese momento, él me pertenecía. Y yo… iba a hacerle sentir que nunca olvidaría mi boca.
Me arrodillé despacio, con la espalda recta, la cabeza en alto. No era sumisión. Era ceremonia. Era poder.
Lo tomé con una mano, suave. Estaba caliente, vibrante. Lo lamí primero, de abajo hacia arriba, como probándolo. Y después lo recibí dentro. Sentí cómo se deslizaba en mi boca, cómo él jadeaba al otro lado, cómo yo perdía la noción del tiempo. Lo succioné despacio, luego más profundo, más rápido, más decidida. Lo sentí rendirse poco a poco.
Y entonces llegó. Una descarga cálida, espesa, llenándome. Tragué sin dudar. Cada gota. Y cuando terminó, lo dejé salir, despacio, orgullosa. Sin decir una palabra.
Pero no había terminado.
Otro click. Otra luz. Otro pene.
Y yo… sonreí.
Perdí la cuenta después del quinto.
Ya no sabía cuántos habían pasado, cuántos penes extraños habían atravesado ese agujero buscando mi boca ansiosa, mi lengua hambrienta, mi garganta abierta. Solo sabía que no podía parar. Que no quería.
Me sentía sucia. Y era delicioso.
No había rostros. No había nombres. Solo carne dura, caliente, húmeda. Solo gemidos sordos y descargas espesas llenando mi boca, una y otra vez. Me arrodillaba, me inclinaba, los lamía con devoción. Llevaba el ritmo, marcaba los tiempos, decidía cuándo usarlos con ternura y cuándo torturarlos con succiones lentas, infinitas, que los hacían temblar.
Y tragaba. Siempre tragaba, no dejaba escapar ni una gota. Porque era mío. Porque me gustaba sentir cómo bajaba por mi garganta, cómo se acumulaba dentro de mí. Mi estómago comenzaba a sentirse lleno, hinchado, pesado. Y eso solo me excitaba más.
Estaba sola. Y eso lo hacía todo posible. Nadie me juzgaba. Nadie me miraba con desaprobación. Nadie me decía cómo debía comportarme. Ni siquiera yo.
Porque la otra Brenda —esa esposa correcta, esa mujer de casa con rutinas y silencios— se habría horrorizado. Habría salido corriendo de ese antro de sexo anónimo como si quemara. Habría llamado a Judith para reprocharle la locura, para acusarla de haberla llevado al infierno.
Pero esa Brenda… ya no estaba.
Essa era outra. Era eu, pelada de vergonhas, livre de qualquer filtro. Uma puta feliz, uma puta sem coleira, entregue por completo ao prazer de chupar paus que eu não conhecia, um atrás do outro, um atrás do outro, sem descanso, sem nome, sem rosto.
Uns eram tímidos, entravam com cuidado. Outros eram selvagens, empurravam como se quisessem me afogar. E eu recebia todos. Me adaptava a cada um, virava expert em segundos. Usava a língua, a garganta, a saliva. Deixava eles se enroscarem em mim, se renderem em mim. E quando gozavam, quando eu sentia eles tremerem e gemerem, eu engolia como se fosse um ritual sagrado.
Um. Dois. Sete. Doze. Quinze.
O último eu saboreei mais devagar. Fiz durar. Me ajoelhei com elegância, com um sorriso tranquilo, feito uma rainha satisfeita. Olhei fixo pra ele, como se pudesse ver através da parede, como se ele soubesse que tava diante de alguém diferente. Lambi com ternura, devorei com fome, e quando ele gozou… recebi como um prêmio, provocando um engasgo que custou a passar.
Quando ele recuou e o buraco ficou vazio, me deixei cair pra trás. Respirava ofegante, a maquiagem toda borrada, a boca molhada, os joelhos marcados no chão.
Me sentia vazia por fora e cheia por dentro, cheia de porra, cheia de prazer, cheia de mim mesma, e pela primeira vez em muito tempo, me senti livre.
Ao sair, a Judith me esperava encostada no para-lama do carro dela, fumava um cigarro e tinha o rosto marcado por impaciências e dúvidas. Subimos e arrancamos, sem dizer palavras. Seguia por ruas perdidas, as luzes dos postes entrando em intervalos pelas janelas, desenhando sombras no rosto dela. O silêncio reinava desde que entrei, ainda com as pernas tremendo e o estômago… cheio, muito cheio.
Judith quebrou o silêncio com um sorriso torto, sem tirar os olhos da estrada.
— E aí? Como foi, santa Brenda?
Eu ri. Não sabia nem por onde começar.
— Digamos que… vou dormir com uma ingestão calórica e yummy. Bastante incomum —falei, passando a mão na barriga com um sorriso culpado.
—Hã?
—Engoli a porra de uns quinze caras —soltei, olhando pela janela, como se isso tornasse a confissão menos brutal.
Judith deu uma leve guinada e me olhou escandalizada.
—Quinze?! QUINZE?! —quase gritou, com os olhos arregalados—. O que você fez, foi morar lá dentro?
Dei de ombros, divertida.
—Um atrás do outro, sem parar. Mal um saía, o outro já tava duro. Como se tivessem me esperando…
—Não acredito! —riu incrédula—. Mas você ficou menos de uma hora! Isso é um gangbang cronometrado!
—Juro —falei, levando a mão ao peito dramaticamente—. Se fizerem um ultrassom agora, vão ver nado sincronizado.
Judith soltou uma gargalhada que fez o carro tremer.
—Você é doente! —disse entre risos—. E não vomitou? Não engasgou?
—Uma vez quase me afoguei —confessei—. Mas já tava tão no ritmo que… não dava pra parar. Era como se estivesse em transe.
—Então… você curtiu?
Assenti, agora séria. O olhar de Judith suavizou um pouco, ela diminuiu a velocidade ao nos aproximarmos da minha rua.
—E como você se sente?
—Cheia —falei com um tom de duplo sentido brincalhão, mas com uma sinceridade profunda escondida atrás da piada.
Ela ficou em silêncio por um segundo, como se procurasse as palavras, mas só assentiu com um sorriso torto enquanto estacionava na frente da minha casa.
—Vai descansar, doida, amanhã quero detalhes escabrosos.
—Vai ter —prometi, e desci do carro ainda com a sensação de que o mundo era irreal.
Já em casa, tranquei a porta, subi as escadas descalça e me joguei na cama sem nem tirar a roupa. Fechei os olhos e revivi cada instante: as mãos trêmulas, os primeiros gemidos, as ondas quentes enchendo minha boca uma e outra vez… e eu bebendo sem reclamar, como se precisasse daquilo pra viver, saboreando minha própria saliva repetidamente, como se tentasse sentir o gosto de homem, ou de homens.
Enfiei a mão entre minhas pernas sem pensar. Meu corpo ardia de novo. Não era desejo, era necessidade. Me masturbei com fúria, com uma imagem diferente para cada orgasmo. Um, dois, três… não contei. Só gemi baixinho, como se ainda estivesse naquela sala escura, como se eles pudessem me ouvir.
E quando terminei, exausta, senti o sono me abraçar. Dormi com um sorriso saciado. Finalmente, saciada.
Passaram-se semanas. Talvez uns dois meses. Perdi a conta. Mas o caminho até aquele lugar já não me parecia estranho. Nem escuro. Pelo contrário, havia algo naquela rotina clandestina que me dava vida. Ia sozinha, sem a Judith, já não precisava ser levada. Entrava, fechava a porta, me ajoelhava na frente do buraco, abria a boca e deixava o mundo desaparecer.
Só picas. Só gozo.
Nada de nomes, nada de palavras, eu estava ali pra engolir, pra me saciar, pra preencher um vazio que já não tinha forma, só apetite.
E depois, como se fosse uma atriz vestindo a fantasia de esposa, voltava pra casa, tirava a roupa, sem lavar os dentes beijava meu marido na boca com o gozo dos outros ainda escorrendo pelo meu corpo. Ele, como sempre, alheio, inofensivo. Um homem bom, diria qualquer um. Mas eu já não o amava, já não me tocava, já não me olhava, e eu… já não o aguentava.
Comecei a odiá-lo, com uma raiva fria, silenciosa. Não pelo que ele era, mas pelo que me obrigava a fingir que ainda era: uma esposa certinha, uma mulher decente, uma farsa.
O pior de tudo: ele não mudou, eu sim.
Um dia olhei pra ele enquanto ele falava qualquer besteira — trabalho, política, uma série na Netflix — e soube que não tinha volta. Levantei da mesa, disse que não dava mais, que ia embora. Ele não gritou, não chorou, acho que no fundo também sabia.
Empacotei o pouco que me importava, fui embora sem olhar pra trás.
E no espelho, pela primeira vez, vi outra Brenda, uma que não pede permissão, que não se desculpa, que abre a boca por prazer. Não por obrigação, que o mundo se exploda e ela sorri.
Já não sou mais a mesma mulher.
Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título A MUDANÇA DA BRENDA para dulces.placeres@live.com
Espero sean de vuestro agrado
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5909834/Erotismo-en-B-N---01.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5930158/Erotismo-en-B-N---02.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5962854/Erotismo-en-B-N---03.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5981636/Erotismo-en-B-N---04.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/5997767/Erotismo-en-B-N---05.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6004665/Erotismo-en-B-N---06.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6041938/Erotismo-en-B-N---07.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6075224/Erotismo-en-color---08.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6084997/Erotismo-en-color---09.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6099556/Erotismo-en-color---10.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6110497/Erotismo-en-color---11.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6116242/Erotismo-en-color---12.html
http://www.poringa.net/posts/imagenes/6131873/Erotismo-en-color---13.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6166354/Erotismo-en-color---14.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6175748/Erotismo-en-color---15.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6196209/Erotismo-en-color---16.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6211165/Erotismo-en-color---17.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6218344/Erotismo-en-color---18.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6221055/Erotismo-en-color---19.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6229944/Erotismo-en-color---20.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6236841/Erotismo-en-color---21.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6242993/Erotismo-en-color---22.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6257813/Erotismo-en-color---23.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6263980/Erotismo-en-color---24.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6267616/Erotismo-en-color---25.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6299343/Erotismo-en-color---26.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6304941/Erotismo-en-color---27.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6311358/Erotismo-en-color---28.html
https://www.poringa.net/posts/imagenes/6321113/El-culo-de-mi-mujer---compilado.html
EL CAMBIO DE BRENDA
No recuerdo con claridad cómo empezó nuestra amistad. Supongo que, como tantas cosas en la vida, simplemente sucedió. Teníamos quince años, los mismos buzos del colegio llenos de garabatos con marcador, los mismos sueños torpes de adolescentes confundidas. Desde entonces, Judith y yo hemos sido inseparables, aunque nuestras vidas hayan seguido rumbos tan distintos que a veces me pregunto cómo seguimos compartiendo tanto.
Yo soy Brenda. Treinta y cinco años, estuve casada hasta no hace mucho con un hombre correcto, predecible y cada vez más distante. No tengo hijos, aunque no por falta de intentos. Trabajo en una oficina donde los días se parecen tanto entre sí que podría mezclarlos sin culpa. Mi vida es un calendario prolijamente ordenado, sin sorpresas ni excesos. Una vida que, vista desde afuera, parece tranquila… pero que por dentro, arde de una forma silenciosa.
Judith, en cambio, siempre fue un torbellino. Alta, desenvuelta, con una risa que se escuchaba desde el fondo de cualquier salón. Mientras yo aprendía a mantener las piernas cerradas y cuidar mi reputación, ella coleccionaba primeras veces como quien junta fotos en redes sociales. Cada semana tenía una historia nueva, un amante distinto, una aventura que me contaba entre risas mientras tomábamos una copa en su balcón, como si el mundo fuera suyo y ella, su dueña indiscutida.
Nunca la juzgué. Tal vez porque, en el fondo, vivía sus historias a través de ella. Me fascinaba escucharla hablar de cuerpos sudorosos, de lugares insólitos, de miradas que prometían más de lo que decían. Judith tenía una forma de contar que me dejaba con el corazón acelerado y las piernas apretadas. Y aunque jamás lo admití, muchas veces volví a casa y me masturbé recordando sus historias, imaginando que era yo quien vivía esas escenas.
Ella lo sabía. Siempre lo supo.
—Estás demasiado seria, nena. Tenés que vivir un poco. Un buen revolcón te arregla el alma —me dijo una vez, mientras yo fingía indignación y le daba un sorbo a mi gin tonic.
Lo decía riéndose, pero sus ojos brillaban con algo más. Como si me provocara. Como si me desafiara.
Y tal vez tenía razón. Tal vez ya era hora de dejar de mirar desde afuera.
Se lo dije una noche, sin buscarlo. No lo tenía planeado. Era una de esas tardes en las que el vino fluye fácil y las palabras también. Judith me miraba desde el otro lado de la mesa, con esa expresión que solo ella tiene: mezcla de curiosidad, ternura y un leve sarcasmo que nunca termina de desaparecer.
—Estoy cansada, Judith. No físicamente… es otra cosa. Me siento vacía.
Ella no dijo nada al principio. Se limitó a dar otro sorbo a su copa y a esperarme. Siempre supo cuándo callar, cuándo dejarme llenar los silencios con confesiones.
—Carlos… —empecé, y ya con solo decir su nombre sentí una punzada en el pecho—. Compartimos la cama, las mismas sábanas, pero cada noche siento que hay un muro invisible entre nosotros. Me da la espalda, literalmente. Se duerme sin decirme buenas noches. A veces lo escucho suspirar, y me pregunto si también está pensando en lo que ya no somos.
Judith frunció los labios, como si masticara una respuesta que no quería darme todavía.
—No es que no lo intente. Cocino su plato favorito. Me compro lencería nueva, aunque él apenas me mire. Lo abrazo, lo busco... pero su cuerpo es cada vez más ajeno. Hace meses que no tenemos sexo. Y si pasa, es mecánico, torpe, como si estuviéramos cumpliendo una obligación de la que ya ni recordamos el sentido.
—Brenda… —empezó, con esa voz suya que mezcla compasión y desafío—. ¿Y qué estás esperando?
—¿Esperando qué?
—Que un día se despierte, se dé cuenta de que tiene a una mujer hermosa al lado y te haga el amor como en tus fantasías... —hizo una pausa breve, cargada de intención—. O que alguien más te despierte.
No respondí. No pude. Porque lo que Judith no sabía es que yo ya me estaba despertando. Que su sola presencia, sus relatos, su libertad… ya me estaban encendiendo algo que creía muerto.
Algo que pedía salir.
Judith sonrió de lado. Esa sonrisa suya que siempre me hizo sentir como si supiera algo que yo no. Se acomodó en la silla, alzó su copa, y dejó que el vino le mojara apenas los labios antes de hablar.
—¿Querés que te cuente algo? Algo que no le conté a nadie más…
Yo asentí sin decir palabra, casi con culpa, como si supiera que lo que estaba por venir iba a dejarme más caliente que arrepentida.
—Fue hace unas semanas. Estaba en un bar del centro, esos que están llenos de ejecutivos al final del día. Me senté sola, como me gusta, sabiendo que la noche tenía hambre de algo… o de alguien. Terminé cruzando miradas con dos hombres. No juntos, separados. Pero los invité a los dos. Sin que supieran uno del otro.
Hizo una pausa, dejando que las palabras cayeran lentas, como si le gustara el efecto que tenían en mí.
—Terminaron en mi departamento. Los dos. Nunca lo habían hecho, y eso lo volvió todavía más salvaje. No te voy a dar detalles… pero Brenda, te juro que sentí cómo se me partía el alma entre sus cuerpos. Me tenían entre ellos como si fuera una muñeca preciosa y sucia al mismo tiempo. Uno me sujetaba la garganta, el otro me susurraba cosas al oído… y yo solo quería más. Nunca me sentí tan deseada.
Sentí cómo se me tensaban los muslos. Crucé las piernas debajo de la mesa sin darme cuenta, buscando una presión que calmara el ardor creciente entre ellas. Me ardía la piel, me ardía el alma.
Judith lo notó, claro. Siempre lo nota.
—¿Estás bien, nena?
—Sí… —mentí, tragando saliva—. Solo un poco de calor.
Ella sonrió otra vez. Lenta. Cómplice.
—Te vendría bien una noche así, ¿sabés? No por los hombres… por vos. Para recordarte lo que sos capaz de hacer sentir.
No dije nada. Pero esa noche, en la cama, mientras Carlos dormía de espaldas como siempre, metí la mano bajo las sábanas y no pensé en él.
Pensé en Judith.
Pasaron un par de meses desde aquella noche con Judith. Y aunque volví a mi casa, a mi rutina, a mi marido… algo dentro mío ya no era el mismo.
Intenté seguir como si nada hubiera cambiado. Puse la mesa, cociné sin ganas, reí cuando tocaba, y abrí las piernas las pocas veces que Carlos me lo pidió, más por compromiso que por deseo. Pero todo sabía a cartón, a encierro, a algo que se había roto sin remedio.
Judith me escribía de vez en cuando. Mensajes breves, como chispazos de un mundo al que apenas me había asomado. Yo los leía a escondidas, sonriendo con culpa, imaginando, deseando.
Y entonces un día, Carlos me lo dijo sin rodeos, mientras revolvía su café matinal:
—Me voy a Santiago por trabajo. Una semana… tal vez diez días. No estoy seguro.
Asentí con la cabeza. No pregunté más. Ni cuándo salía el vuelo, ni con quién viajaba, ni si me iba a llamar. Me limité a observar cómo hacía su valija con esa frialdad meticulosa que lo caracterizaba. Me dio un beso en la frente al irse, como quien acaricia a una mascota antes de dejarla sola.
Y sola me quedé.
Durante las primeras horas caminé por la casa sin rumbo, como si me costara creerlo. No había pasos, ni televisión de fondo, ni órdenes solapadas. El silencio era tan profundo que me hizo sonreír. Me senté en el sofá, sola, con las piernas cruzadas, mirando nada. Y entonces lo hice: me preparé pochoclos, elegí una película tonta, y me tiré en la cama en ropa interior.
Esa noche no dormí. Me masturbé como si el cuerpo me lo hubiera estado pidiendo a gritos durante años. No una vez. Varias. Sobre el sillón, en el baño, en la cocina. Me acabe fuerte, intensa, sucia, saboreando cada ola de placer sin sentir vergüenza. Era como recuperar el lenguaje de una mujer que había estado muda demasiado tiempo.
Y al otro día, lo volví a hacer. Y al siguiente.
Andaba semidesnuda por la casa, a veces solo con una bata abierta, otras con una remera y nada más. Me gustaba mirarme al espejo y tocarme sin apuro. Me gustaba saber que no tenía que fingir, que no tenía que dar explicaciones.
No era feliz. Pero por primera vez en mucho tiempo, era libre.
Y eso, por ahora, alcanzaba.
Esa noche no esperaba visitas. Estaba tirada en el sillón, en tanga y una camiseta vieja, viendo una comedia tonta con un bol de pochoclos medio frío en el regazo, cuando sonó el timbre.
—¿Quién…? —murmuré, sin levantarme enseguida.
Pero al mirar por la mirilla, ahí estaba ella. Judith. Con esa sonrisa de quien ya sabe que va a descolocarte.
—¿Se puede? —dijo apenas abrí la puerta, alzando una bolsa con sushi, otra con una botella de vino y una tercera que olía a chocolate.
—¿Qué hacés acá?
—Vine a rescatarte de tu encierro sexual autogestionado.
Me reí sin poder evitarlo. Hacía días que no veía a nadie. No sabía si me alegraba o me asustaba tenerla ahí. Pero la dejé pasar. Siempre la dejaba pasar.
Extendimos una manta en el suelo del living y comimos con las manos, bebimos del pico de la botella, hablamos de hombres, de nosotras, de lo que soñábamos cuando éramos más jóvenes. Judith se rió tanto que por momentos terminó recostada boca arriba, con la boca abierta, sin poder respirar. Yo la miraba y me sentía viva de nuevo.
Después del postre, ya con la segunda botella abierta, me miró como si tuviera algo muy claro en mente.
—Tengo ganas de salir.
—¿Salir? ¿A dónde?
—A dar una vuelta. A mostrarte algo. —Su voz era suave, pero firme—. Dale, ponete algo.
—¿Qué cosa?
—Algo provocativo.
—¿Provocativo?
—Sí. Como para que te veas en el espejo y te guste lo que ves. Como para que te sientas deseada. Como para que el mundo sepa que seguís estando viva.
La miré con la ceja alzada, dudando.
—Judith…
—No me preguntes. Solo hacelo.
Tenía esa manera de decir las cosas que no daba lugar a objeciones. Era como si ya todo estuviera decidido. Busqué un vestido negro corto que hacía años no usaba, me puse unas sandalias con taco, y un labial apagado pero fuerte que hacía juego con el atrevimiento que me hervía por dentro.
Judith me miró y asintió satisfecha.
—Perfecta.
Subimos a su coche. En silencio.
Yo no sabía a dónde íbamos. Pero ella sí.
Y aunque no me lo dijo, yo intuía que esa noche iba a cruzar una frontera.
Dimos vueltas durante más de una hora. Judith no decía a dónde íbamos. Solo sonreía, ponía música suave, y cada tanto me miraba de reojo como si se deleitara con mi desconcierto.
Yo tampoco preguntaba. Parte de mí quería saber. Pero otra parte prefería dejarse llevar. La noche era cálida, la ciudad se iba diluyendo en calles menos iluminadas, más desiertas, más clandestinas.
Finalmente, dobló en una calle lateral, casi imperceptible, y se detuvo frente a un portón negro, sin cartel, sin luces. Solo un intercomunicador oxidado.
—¿Dónde estamos?
—En un lugar donde podés dejar de ser vos —susurró.
Apretó un código y el portón se abrió con un chirrido lento y pesado. Ingresamos a un patio oscuro, con paredes altas y sin ventanas. Era como entrar a otro mundo.
Judith me tomó de la mano, fuerte.
—Confía en mí.
Cruzamos un corredor, hasta una puerta custodiada por un hombre de traje oscuro. Ella lo saludó como si fueran viejos conocidos. Él asintió y nos dejó pasar.
Adentro, el ambiente era denso. Luz roja, música tenue, olor a cuero, perfume caro y algo más… algo húmedo, animal. No había letreros. Solo pasillos. Solo puertas. Solo sombras.
Una mujer joven se acercó y nos miró a ambas. Llevaba un vestido ajustado, cabellos recogidos, labios rojos y una libreta en la mano.
—¿Primera vez? —le preguntó a Judith, señalándome.
Judith asintió con una sonrisa cómplice. La mujer me miró como se mira a una novata. Con una mezcla de curiosidad y lástima.
—Entonces vení, Brenda.
Me sobresalté. ¿Cómo sabía mi nombre?
—Ella ya es clienta. Vos sos la invitada esta noche —agregó, con voz firme.
Nos condujeron por un pasillo tapizado en terciopelo oscuro. Las luces eran apenas líneas tenues en el suelo. Escuchaba sonidos apagados tras las puertas: gemidos, risas ahogadas, susurros.
Mi corazón latía con fuerza. No entendía. Pero tampoco quería escapar.
Y de pronto, sin aviso, sin palabras… me soltaron.
La mujer cerró una puerta tras de mí.
Y Judith… ya no estaba.
Me giré, confundida, y la puerta se trabó con un clic seco.
Estaba sola, en un cuarto desconocido, oscuro, prohibido, el aire olía a deseo, y a destino.
El silencio en esa habitación era tan profundo que podía oír el ritmo de mi propia respiración. Estaba de pie, sola, sin saber cuánto tiempo había pasado desde que Judith me dejó allí. Mis ojos apenas distinguían formas en la oscuridad, pero no me atrevía a moverme. Cada fibra de mi cuerpo estaba en alerta. No por miedo. No exactamente. Era algo distinto. Era esa mezcla vertiginosa de nervios, expectativa… y deseo
Entonces lo escuché. Un click suave, mecánico. Algo se activaba frente a mí. Una luz roja se encendió sobre la pared, bañando en un resplandor tenue una cortina negra. El corazón me dio un salto. La cortina se deslizó lentamente a los costados, revelando lo que ya presentía: un agujero perfectamente redondo, limpio, a la altura exacta donde debe estar.
Un glory hole, había visto algunos videos y sabia de que se trataba
No supe si reír o temblar. Todo encajaba. La mirada de Judith. Su sonrisa misteriosa. Su “confía en mí”. Me había traído justo aquí, sabiendo perfectamente lo que era.
Y yo… yo me había dejado llevar.
Tragué saliva. La habitación olía a limpieza, sí, pero también había algo más. Ese aroma inconfundible de piel, de hombres. De sexo.
Dí un paso. Y luego otro. Como si algo más fuerte que mi voluntad me impulsara. Me sentía eléctrica, viva. Completamente consciente de cada parte de mi cuerpo. Del calor entre mis piernas. De la humedad que crecía sin control.
Y entonces apareció.
Emergió con calma, casi desafiante. Un pene. Grueso, firme, palpitante. No veía al hombre detrás, y eso lo hacía más intenso. Más mío. Porque en ese momento, él me pertenecía. Y yo… iba a hacerle sentir que nunca olvidaría mi boca.
Me arrodillé despacio, con la espalda recta, la cabeza en alto. No era sumisión. Era ceremonia. Era poder.
Lo tomé con una mano, suave. Estaba caliente, vibrante. Lo lamí primero, de abajo hacia arriba, como probándolo. Y después lo recibí dentro. Sentí cómo se deslizaba en mi boca, cómo él jadeaba al otro lado, cómo yo perdía la noción del tiempo. Lo succioné despacio, luego más profundo, más rápido, más decidida. Lo sentí rendirse poco a poco.
Y entonces llegó. Una descarga cálida, espesa, llenándome. Tragué sin dudar. Cada gota. Y cuando terminó, lo dejé salir, despacio, orgullosa. Sin decir una palabra.
Pero no había terminado.
Otro click. Otra luz. Otro pene.
Y yo… sonreí.
Perdí la cuenta después del quinto.
Ya no sabía cuántos habían pasado, cuántos penes extraños habían atravesado ese agujero buscando mi boca ansiosa, mi lengua hambrienta, mi garganta abierta. Solo sabía que no podía parar. Que no quería.
Me sentía sucia. Y era delicioso.
No había rostros. No había nombres. Solo carne dura, caliente, húmeda. Solo gemidos sordos y descargas espesas llenando mi boca, una y otra vez. Me arrodillaba, me inclinaba, los lamía con devoción. Llevaba el ritmo, marcaba los tiempos, decidía cuándo usarlos con ternura y cuándo torturarlos con succiones lentas, infinitas, que los hacían temblar.
Y tragaba. Siempre tragaba, no dejaba escapar ni una gota. Porque era mío. Porque me gustaba sentir cómo bajaba por mi garganta, cómo se acumulaba dentro de mí. Mi estómago comenzaba a sentirse lleno, hinchado, pesado. Y eso solo me excitaba más.
Estaba sola. Y eso lo hacía todo posible. Nadie me juzgaba. Nadie me miraba con desaprobación. Nadie me decía cómo debía comportarme. Ni siquiera yo.
Porque la otra Brenda —esa esposa correcta, esa mujer de casa con rutinas y silencios— se habría horrorizado. Habría salido corriendo de ese antro de sexo anónimo como si quemara. Habría llamado a Judith para reprocharle la locura, para acusarla de haberla llevado al infierno.
Pero esa Brenda… ya no estaba.
Essa era outra. Era eu, pelada de vergonhas, livre de qualquer filtro. Uma puta feliz, uma puta sem coleira, entregue por completo ao prazer de chupar paus que eu não conhecia, um atrás do outro, um atrás do outro, sem descanso, sem nome, sem rosto.Uns eram tímidos, entravam com cuidado. Outros eram selvagens, empurravam como se quisessem me afogar. E eu recebia todos. Me adaptava a cada um, virava expert em segundos. Usava a língua, a garganta, a saliva. Deixava eles se enroscarem em mim, se renderem em mim. E quando gozavam, quando eu sentia eles tremerem e gemerem, eu engolia como se fosse um ritual sagrado.
Um. Dois. Sete. Doze. Quinze.
O último eu saboreei mais devagar. Fiz durar. Me ajoelhei com elegância, com um sorriso tranquilo, feito uma rainha satisfeita. Olhei fixo pra ele, como se pudesse ver através da parede, como se ele soubesse que tava diante de alguém diferente. Lambi com ternura, devorei com fome, e quando ele gozou… recebi como um prêmio, provocando um engasgo que custou a passar.
Quando ele recuou e o buraco ficou vazio, me deixei cair pra trás. Respirava ofegante, a maquiagem toda borrada, a boca molhada, os joelhos marcados no chão.
Me sentia vazia por fora e cheia por dentro, cheia de porra, cheia de prazer, cheia de mim mesma, e pela primeira vez em muito tempo, me senti livre.
Ao sair, a Judith me esperava encostada no para-lama do carro dela, fumava um cigarro e tinha o rosto marcado por impaciências e dúvidas. Subimos e arrancamos, sem dizer palavras. Seguia por ruas perdidas, as luzes dos postes entrando em intervalos pelas janelas, desenhando sombras no rosto dela. O silêncio reinava desde que entrei, ainda com as pernas tremendo e o estômago… cheio, muito cheio.
Judith quebrou o silêncio com um sorriso torto, sem tirar os olhos da estrada.
— E aí? Como foi, santa Brenda?
Eu ri. Não sabia nem por onde começar.
— Digamos que… vou dormir com uma ingestão calórica e yummy. Bastante incomum —falei, passando a mão na barriga com um sorriso culpado.
—Hã?
—Engoli a porra de uns quinze caras —soltei, olhando pela janela, como se isso tornasse a confissão menos brutal.
Judith deu uma leve guinada e me olhou escandalizada.
—Quinze?! QUINZE?! —quase gritou, com os olhos arregalados—. O que você fez, foi morar lá dentro?
Dei de ombros, divertida.
—Um atrás do outro, sem parar. Mal um saía, o outro já tava duro. Como se tivessem me esperando…
—Não acredito! —riu incrédula—. Mas você ficou menos de uma hora! Isso é um gangbang cronometrado!
—Juro —falei, levando a mão ao peito dramaticamente—. Se fizerem um ultrassom agora, vão ver nado sincronizado.
Judith soltou uma gargalhada que fez o carro tremer.
—Você é doente! —disse entre risos—. E não vomitou? Não engasgou?
—Uma vez quase me afoguei —confessei—. Mas já tava tão no ritmo que… não dava pra parar. Era como se estivesse em transe.
—Então… você curtiu?
Assenti, agora séria. O olhar de Judith suavizou um pouco, ela diminuiu a velocidade ao nos aproximarmos da minha rua.
—E como você se sente?
—Cheia —falei com um tom de duplo sentido brincalhão, mas com uma sinceridade profunda escondida atrás da piada.
Ela ficou em silêncio por um segundo, como se procurasse as palavras, mas só assentiu com um sorriso torto enquanto estacionava na frente da minha casa.
—Vai descansar, doida, amanhã quero detalhes escabrosos.
—Vai ter —prometi, e desci do carro ainda com a sensação de que o mundo era irreal.
Já em casa, tranquei a porta, subi as escadas descalça e me joguei na cama sem nem tirar a roupa. Fechei os olhos e revivi cada instante: as mãos trêmulas, os primeiros gemidos, as ondas quentes enchendo minha boca uma e outra vez… e eu bebendo sem reclamar, como se precisasse daquilo pra viver, saboreando minha própria saliva repetidamente, como se tentasse sentir o gosto de homem, ou de homens.
Enfiei a mão entre minhas pernas sem pensar. Meu corpo ardia de novo. Não era desejo, era necessidade. Me masturbei com fúria, com uma imagem diferente para cada orgasmo. Um, dois, três… não contei. Só gemi baixinho, como se ainda estivesse naquela sala escura, como se eles pudessem me ouvir.
E quando terminei, exausta, senti o sono me abraçar. Dormi com um sorriso saciado. Finalmente, saciada.
Passaram-se semanas. Talvez uns dois meses. Perdi a conta. Mas o caminho até aquele lugar já não me parecia estranho. Nem escuro. Pelo contrário, havia algo naquela rotina clandestina que me dava vida. Ia sozinha, sem a Judith, já não precisava ser levada. Entrava, fechava a porta, me ajoelhava na frente do buraco, abria a boca e deixava o mundo desaparecer.
Só picas. Só gozo.
Nada de nomes, nada de palavras, eu estava ali pra engolir, pra me saciar, pra preencher um vazio que já não tinha forma, só apetite.
E depois, como se fosse uma atriz vestindo a fantasia de esposa, voltava pra casa, tirava a roupa, sem lavar os dentes beijava meu marido na boca com o gozo dos outros ainda escorrendo pelo meu corpo. Ele, como sempre, alheio, inofensivo. Um homem bom, diria qualquer um. Mas eu já não o amava, já não me tocava, já não me olhava, e eu… já não o aguentava.
Comecei a odiá-lo, com uma raiva fria, silenciosa. Não pelo que ele era, mas pelo que me obrigava a fingir que ainda era: uma esposa certinha, uma mulher decente, uma farsa.
O pior de tudo: ele não mudou, eu sim.
Um dia olhei pra ele enquanto ele falava qualquer besteira — trabalho, política, uma série na Netflix — e soube que não tinha volta. Levantei da mesa, disse que não dava mais, que ia embora. Ele não gritou, não chorou, acho que no fundo também sabia.
Empacotei o pouco que me importava, fui embora sem olhar pra trás.
E no espelho, pela primeira vez, vi outra Brenda, uma que não pede permissão, que não se desculpa, que abre a boca por prazer. Não por obrigação, que o mundo se exploda e ela sorri.
Já não sou mais a mesma mulher.
Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título A MUDANÇA DA BRENDA para dulces.placeres@live.com
0 comentários - A mudança da Brenda