Pecados que não se confessam

Antes pasa por aca

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5909834/Erotismo-en-B-N---01.html



PECADOS QUE NO SE CONFIESAN

Julieta era el tipo de mujer que desafiaba los límites de lo permitido sin necesidad de decir una sola palabra. Su andar, su manera de mirar, el modo en que se acomodaba el cabello rubio o cruzaba las piernas... todo en ella parecía estar pensado para provocar. Tenía entre treinta y cuarenta años, un cuerpo trabajado, sin excesos, con marcadas curvas naturales que no necesitaban retoques. Era de esas mujeres que parecen saber desde siempre que el deseo ajeno es una fuente de poder.

Franco, su marido, la miraba con orgullo y con lujuria. Sabía que Julieta era deseada por todos los hombres del barrio, y lejos de molestarlo, eso lo excitaba. Lo encendía verla tomar sol en el patio trasero, completamente depilada, con apenas una tanga más que osada y los pezones desafiantes al sol. Ella lo sabía, claro que lo sabía, y lo hacía con esa mezcla de inocencia fingida y provocación que volvía loco a cualquiera.

Vivían en un barrio tradicional, de casas bajas, donde todos se conocían y las miradas no se disimulaban tanto como las palabras. Las mujeres la miraban con recelo; los hombres, con deseo. Julieta jugaba con eso. Le gustaba salir a regar las plantas con una musculosa sin sostén, o agacharse de más cuando barría la vereda. Todo formaba parte de un juego que ella dominaba a la perfección.

Pero lo que nadie sabía, ni siquiera Franco del todo, era que Julieta se excitaba más sabiendo que era observada que por el propio contacto. Le gustaba imaginar cuántos se masturbaban pensando en ella. Le gustaba sentir el peso de las miradas cuando se inclinaba para buscar algo en el baúl del auto. Y por las noches, cuando Franco la tomaba con fuerza y ella gemía su nombre, también pensaba en los ojos de aquel vecino indiscreto que se quedaba más tiempo de lo normal podando el cerco ante su presencia.

El sexo entre ellos era intenso, frecuente, y sin tabúes. A Julieta le encantaba sentirse tomada, sometida suavemente, especialmente cuando Franco la poseía por detrás, un acto que se había vuelto casi un ritual. Decían que era por evitar quedar embarazada, que odiaban las pastillas anticonceptivas, tanto como los preservativos, pero ambos sabían que era mucho más que eso: era el símbolo de su entrega, de su confianza, y también de su deseo por romper con lo convencional.

La historia apenas comenzaba, pero ya ardía en silencio, en cada mirada, en cada gesto calculado. Y en el fondo, Julieta también sabía que los verdaderos pecados no eran los que se cometían... sino los que jamás se confesaban.


Todo cambió una tarde de verano, cuando una camioneta vieja y cargada hasta el techo se estacionó frente a la casa contigua. De ella bajó un hombre de unos cuarenta años, piel curtida por el sol, barba de varios días y una sonrisa descarada que parecía prometer problemas. No tardó en correrse el rumor: era un tipo solitario, mujeriego, nómade. Alguien que tomaba trabajos al azar, sin demasiado apego por nada ni por nadie. Nadie sabía cuánto tiempo pensaba quedarse, pero por ahora, había alquilado la casa justo al lado de la de Julieta y Franco.

La medianera que separaba ambas propiedades era delgada, apenas un muro que no alcanzaba a contener los secretos de un matrimonio tan ruidoso como el de los vecinos. Y él lo descubrió la primera noche. Cuando, acostado en su cama con la ventana abierta por el calor, empezó a oír los gemidos de ella, no eran simples gemidos, eran gritos ahogados de placer, susurros cargados de lujuria, el golpeteo rítmico de un colchón que se rendía al vaivén de cuerpos desatados.

Al principio se quedó quieto, inmóvil, con la respiración contenida, pero pronto su mano bajó sola, como movida por un instinto básico. La imagen de esa mujer —a la que ya había visto regar en ropa mínima y moverse con esa sensualidad natural— se volvió irresistible. Cerró los ojos y dejó que su imaginación hiciera el resto: ella, desnuda, arqueando la espalda, montando a su marido con una sonrisa de diosa impune.

Desde entonces, las noches se volvieron un ritual. Se recostaba temprano, en silencio, esperando que comenzara el espectáculo del otro lado de la pared, a veces eran rápidos, a veces interminables, a veces ella gritaba con desesperación; otras, apenas se oía su respiración agitada. Pero él siempre estaba ahí, atento, duro como una piedra, masturbándose con furia, sintiéndose parte de algo prohibido.

Y lo peor, o lo mejor, era que empezaba a convencerse de que Julieta sabía que la escuchaban. Que lo hacía a propósito. Que gemía más fuerte, que gritaba más sucio, que se movía con más descaro… como si le hablara a él.

Julieta transformaría a su vecino en un espía casi privilegiado en esas mañanas de asoleo donde ella se dejaba caer en la lona de playa, sobre el césped, bajo el sol radiante, casi desnuda, prefiriendo casi siempre boca abajo, para untarse con una parsimonia desmedida los glúteos y las piernas con algún aceite para broncearse, fingiendo no saber que él estaba, pero asegurándose de que estuviera
Y el vecino jugaba el juego, buscando cualquier excusa para estar en el fondo de la casa, arreglando el alero, cortando el césped, cualquier pretexto era bueno para sentir una erección entre las piernas por las curvas de su vecina

Y por su parte, levantando la apuesta, él se volvía cada vez más descarado. A veces salía al patio casi desnudo, fingiendo que se duchaba al aire libre con una manguera. Otras veces también salía a tomar sol, y a veces era directo, improvisando charlas de cualquier tipo, a los que ella siempre respondía desde el otro lado del cerco

Julieta jamás se sentía incómoda, como cualquier mujer se hubiera sentido al mostrarse casi desnuda frente a un extraño, a ella se le hacía caliente, deseoso, con sabor a pecado y solo las cosas se iban dando

Franco era consciente de la situación, como todo se cocinaba a fuego lento y muchas veces él observaba desde las sombras, no le enfadaba, por el contrario, lo excitaba saber que su mujer era tentación de otro, y que su mujer tuviera ojos para otro, solo le daba una doble sensación, contrapuestas, un retorcijo en el estómago, un retorcijo entre sus piernas
Y alguna vez Franco decidió pasar límites, tomó su celular, y le escribió al vecino, directo, sin vueltas, sobre si le gustaba lo que veía y si quería alguna foto un poco más íntima, también le dejó saber que ella estaba al tanto de todo y que podría escribirle a su celular directamente. EL vecino no tardó en responder, y también fue directo, preguntándole si a el le gustaba que su mujer se anduviera mostrando como si nada

Y así empezarían intercambios más profundos, ella le mandaría esas fotos que no se mandan, al menos que quieras ir más lejos de lo que se debe ir, casuales, su cola en tanga bajo el sol, sus pechos cubiertos con una copa de vino, sus labios envolviendo un cigarro, a veces eran solo palabras a los cual el también respondía, una foto de su mano acariciando su abdomen, unas palabra en tonos burdos , un audio acabando sin decir su nombre… pero claramente dedicado a ella.

Todo fue en aumento, una espiral ascendente a la locura, Julieta respondía, dejaba que la cámara de su celular quedara encendida por “accidente” cuando se duchaba. O mandaba una selfie después de una sesión con Franco, con la cara transpirada y el labial corrido. Y él entendía.

Una noche, Franco la sorprendió mirando el celular con una expresión extraña. No celosa. No preocupada. Excitada.

—¿Te calienta? —le preguntó, mientras la rodeaba con los brazos por detrás.

Ella asintió, sin culpa. Y él, mordiendo su cuello, susurró:

—Quiero que juegues más con él. Que lo vuelvas loco. Pero no lo toques todavía. Solo hacelo desearte. Como yo te deseo ahora.

Y así siguió el juego.

Más llamadas. Más gemidos compartidos. Más noches donde Julieta se masturbaba frente a la cámara mientras Franco la sujetaba por detrás, mirando. Más mensajes cargados de deseo. Pero sin contacto. Aún no.

Julieta lo sabía. El límite era delgado, casi inexistente. Todo en esa escena era una provocación: el vecino con la camisa entreabierta, la copa en la mano, la mirada fija en ella como si ya la hubiera desnudado mil veces. Franco, en silencio, con el pulso acelerado, sin saber si estaba más excitado o más aterrorizado.

Franco volvió a levantar la apuesta, una noche le dejó un mensaje, directo sin rodeos

—¿Te gustaría una video llamada? te gustaría ver como lo hacemos? nos gustaría ver como te masturbas con nosotros

La respuesta fue casi inmediata, como un acto reflejo
—Cuando quieran—

Se conectarían poco más tarde, nunca lo habían hecho, pero Julieta estaba húmeda solo por lo nuevo de la situación, el vecino estaba de lado en la cama, con su pecho desnudo y un slip negro llamativo, empezaron a jugar, ella se subió a cabalgar a su marido, prestando toda la atención a la pantalla y cuando el vecino finalmente mostró lo que traía los ojos femeninos se abrieron incrédulos, es que él cargaba algo enorme, marcado de venas y solo tragó saliva incrédula

Al otro lado, el tipo fanfarroneaba con lo que tenía y no era para menos, pero no podía dejar de tocarse en deseos, en deseos de estar ahí en lugar de Franco, haciéndole el amor a su mujer, porque esa noche los gemidos tenían rostro y el orgasmo de Julieta sería más fuerte que de costumbre

Luego, apagaron los celulares y se despidieron, cada uno se recostó en su sitio, Franco apoyó su pecho en la espalda de su mujer y pronto se quedó dormido, pero ella, ella no podía pegar un ojo, aun incrédula por lo que le había visto, con deseo, con intriga, con miedo también, porque era demasiado, aun para ella



Jugaron un poco más esos juegos que no se juegan y esa noche, cuando el vecino fue invitado a cenar, todo se hizo más que evidente
Franco había preparado un pollo con papas, ella estaba muy en lo suyo, tratando de lucir más provocativa de lo que ya de por si era, el vecino llegó con una botella de vino bajo el brazo, le dio un apretón de manos a él y un beso en la mejilla a ella
La cena había sido un espectáculo de insinuaciones. Las piernas de Julieta rozando las del vecino por debajo de la mesa, sus risas coquetas, los comentarios cargados de doble sentido. Franco miraba, callaba, pero no perdía detalle. Una parte de él quería detener todo. La otra, la más oscura, la más escondida, deseaba que ocurriera.
Ella lucía un vestido demasiado corto, demasiado ajustado, dejando incluso notar las marcas de una less demasiado pequeña que se perdía en medio de sus glúteos, también era evidente que no usaba sostén y sus pezones filosos rozaban incontrolables por la tela rasada
Los juegos de palabras se mezclaban con toques casuales, ella se agacho como no sabiendo a buscar una nueva botella de vino, dejándoles ver demasiado a ambos, pero ninguno de los dos hombres dijo nada
Y entonces, el vecino hizo su jugada final.

Apoyó la copa sobre la mesa, se levantó con una sonrisa ladina y caminó hasta su chaqueta. Sacó las llaves de su departamento, volvió a la mesa y las dejó frente a Franco.

—Por si querés vivirlo desde el otro lado —dijo, mirándolo con calma—. Desde donde lo viví yo tantas noches. Solo… con el oído pegado a la pared.

Franco no respondió. Miró las llaves. Luego a Julieta. Ella no decía nada, pero su mirada ardía.

Él se levantó sin una palabra. Tomó las llaves y se fue.

Julieta se quedó con el vecino, solos, en silencio. La música sonaba suave de fondo, ella se puso de pie lentamente, caminó hasta el centro del lugar y empezó a moverse al ritmo de la música.

El vestido era una caricia sobre su cuerpo, debajo, esa tanga mínima, apenas una línea, nada de sostén, sus pezones se marcaban duros, amenazantes, bailaba para él, solo para él, cada movimiento era una promesa.

El vecino la observaba, fascinado, con una sonrisa en los labios y un deseo incontrolable en la mirada.

Y entonces, Julieta dejó caer el vestido. El se llenó con la perfección de ese cuerpo y las diminutas marcas del bronceado le resultaron irresistibles
Julieta estaba de espaldas sobre la mesa, su respiración agitada llenaba el ambiente, mezclada con el susurro apenas audible de la música que seguía sonando. El vecino la observaba como quien contempla una obra de arte, no se apuraba, no tenía necesidad. La deseaba tanto que quería saborearla con lentitud, como un manjar prohibido.

El vecino el final decidió ir por ella, pero en ese instante Julieta le puso un freno

—Espera—dijo algo compungida— hay algo que debes saber... con mi esposo lo hacemos solo por atrás, entendes? pero en tu caso, la verdad que tengo temor, tengo ganas, pero más tengo temor

Al escuchar esas palabras él no pudo creer en su maldita suerte, le estaba avisando que se había ganado la lotería, sintió latir las venas de sus sienes por la adrenalina vertida de los finos labios de su amante, cerro los puños con fuerzas y tratando de contener la locura que le invadía respondió

—Tranquila Julieta, no tienes por qué temer, lo haremos paso a paso, a tu gusto, a tu medida, dejaremos que lleves el ritmo— para luego proseguir con los juegos



Pecados que não se confessamEle se inclinou sobre ela e começou a beijar suas costas, descendo centímetro por centímetro pela coluna. Os lábios dele eram macios, a língua, molhada e decidida. Julieta se arqueava a cada toque, fechando os olhos, se deixando levar, deixando que as mãos do cavalheiro enchessem seus peitos nus.

Quando chegou nas nádegas dela, acariciou com as duas mãos, como se estivesse domando algo selvagem, terminou de despir ela. Depois, separou com cuidado e, sem aviso, a língua percorreu o meio com um traço lento, longo, preciso.

Julieta tremeu, soltou um gemido abafado, se surpreendendo com ela mesma.

— Você é uma delícia… — sussurrou ele, antes de lamber de novo, uma e outra vez, com uma devoção doentia.

Ela se segurava nas bordas da mesa, completamente entregue, a respiração virando ofegante, a pele queimando. Nunca ninguém tinha lambido ela assim, com tanta fome, com tanta obsessão. O que antes era medo do tamanho dele, agora era ansiedade pra sentir ele dentro.

Enquanto isso, do outro lado, Franco tinha o punho apertado, o pau duro pulsando contra a mão, a cabeça prestes a explodir. Não ouvia nada, não via nada, mas sentia tudo. Cada segundo de silêncio, cada imagem que a mente dele criava, enlouquecia ele mais que qualquer vídeo.

Imaginava a esposa dele tremendo debaixo da língua daquele cara. Imaginava os suspiros dela, o olhar perdido, o cu molhado, aberto, acariciado com precisão. E o pior é que não sabia se ela já tinha cedido, se já tinha ele dentro, se já estava sendo comida como nunca. Ela estava com alguém que triplicava o tamanho dele, e isso provocava tanto ciúme quanto tesão.

O vizinho levantou o olhar, com o rosto molhado e o desejo na pele.

— Me fala o que você quer, Julieta — sussurrou no ouvido dela —. Me fala se você tá pronta. Porque eu não vou parar.

Ela mordeu os lábios, olhando ele por cima do ombro, os olhos brilhando com fogo. Tava pronta… mas queria mais brincadeira. Queria que aquela noite ficasse tatuada na Corpo para sempre.

Ele a levantou da mesa sem esforço. Julieta se agarrou ao pescoço dele, ainda ofegante, com o corpo vibrando após cada lambida. Ele caminhou com determinação, atravessando a casa até chegar ao quarto. Ao entrar, sorriu com malícia.

— Vamos fazer aqui — disse com voz baixa, grave, quase possessiva —. Quero ficar o mais perto possível dele. Quero que ele sinta que você está a um passo… mas já não é mais dele.

Julieta engoliu seco, aquela ideia a incendiou. Estavam a menos de dois metros da parede que dividiam, a mesma parede pela qual Franco costumava provocar toda noite. Mas agora, do outro lado, ele não só ouviria, imaginaria, sofreria, ficaria excitado até a beira da loucura.

O vizinho a jogou com suavidade na cama, de bruços. Suas mãos acariciaram novamente a curva perfeita das suas costas, descendo lentamente até os quadris. Depois, a segurou com firmeza até deixá-la de quatro, com os joelhos afundados no colchão.

— Deus… — ele sussurrou ao ver a bunda de Julieta completamente exposta, bronzeada, firme, com aquela linha clara da tanga como uma provocação impossível —. Você é uma fantasia, uma obra de arte, uma puta gostosa.

Ele ficou só alguns minutos imóvel, admirando a vista privilegiada que tinha. Se abaixou de novo, passando a língua com lentidão, saboreando cada centímetro com paixão. Depois, apoiou a testa na parte baixa das suas costas e suspirou, como se não pudesse acreditar que aquilo estava acontecendo.

Julieta se segurava na cama com os braços tensos, seu corpo tremia, mas não de medo, de excitação, de entrega absoluta.

Franco, na outra casa, mal conseguia respirar, estava deitado na cama, com o corpo tenso, os ouvidos alertas, o coração descontrolado. Cada rangido da madeira, cada sombra que passava pela mente, era uma estocada de prazer e angústia. Não sabia se estava chorando ou prestes a gozar.

Ele os imaginava, sua esposa, de quatro, o vizinho, adorando a bunda dela, aproximando seu enorme pau, esfregando só na entrada dela, a ponto, sempre a ponto.

E ele, a centímetros, preso na incerteza, encurralado no próprio desejo.

O vizinho se posicionou atrás da Julieta, passou a glande dele devagar pela entrada dela, pressionando só um pouco, ainda não queria penetrar, só queria vê-la se contorcer, ouvi-la pedir.

— Você tem ideia de como você tá gostosa assim? — murmurou, passando a mão no cabelo dela — Quero que você saiba de uma coisa, Julieta… Quando eu te pegar, você vai gritar tão alto, que ele vai saber que já era tarde.

Ela mordeu os lábios, tremendo, pronta.

Julieta continuava de quatro na cama, com as pernas abertas e as costas arqueadas feito um convite irresistível. O vizinho tinha ela bem ali, exposta, tremendo, na expectativa, a glande dele acariciando a entrada apertada do corpo dela, molhada pela língua dele, morna, pulsando.

A tensão era insuportável.

— Tem certeza? — ele perguntou, com voz baixa, rouca, mais bicho do que homem.

Ela virou só o rosto, com um sorriso safado e os olhos brilhando.

— Faz tempo que não tenho tanta certeza de nada — falou — Mas vai devagar… você é maior do que eu imaginei, nunca estive com alguém assim.

Essa frase deixou ele louco.

Colocou as duas mãos na cintura dela, com firmeza, e começou a pressionar, bem devagar, sentindo a resistência ceder, milímetro por milímetro. Julieta soltou um gemido longo, gutural, entre dor e prazer. O corpo dela ficou tenso, mas ela não se mexeu. Queria sentir tudo.

Ele entrava com paciência, aproveitando cada milímetro. O calor, a pressão, a entrega.

— Você é tão apertadinha… tão perfeita… — murmurava com a testa apoiada nas costas dela — Nunca ninguém me fez sentir isso.

Quando finalmente ficou completamente dentro, parou uns segundos, respirando pesado. Julieta tremia debaixo dele, com o rosto enterrado nos lençóis, gemendo baixinho, se acostumando com o tamanho, com o peso, com a enormidade que destruía ela, com o fogo que percorria o corpo dela.

E aí ele começou a Se mexer.
Primeiro devagar, com movimentos longos e profundos, pra cada estocada ser um gemido inevitável. Depois, foi acelerando o ritmo, marcando o compasso com a cintura, fazendo a bunda da Julieta quicar contra a pélvis dele.

Ela já não aguentava mais se segurar.

— Deus… sim… assim… assim… — gemeu, com a voz rouca, entregue.

Na outra casa, Franco estava de olhos arregalados. Ouvia os baques surdos da cama, os murmúrios que vazavam pela parede, os gemidos da mulher dele — já não era mais imaginação, era real, e tava matando ele.

Ele se masturbava freneticamente, sem vergonha, sem pudor, cada som era um orgasmo contido. Sabia que aquele homem tava dentro da Julieta, sabia que a esposa dele tava sendo preenchida por alguém que era melhor em tudo, e não conseguia parar, não queria parar.

Tava mais excitado do que nunca, mais rendido do que nunca.

O vizinho acelerou. O quarto se encheu de ofegos, dos gritos da Julieta, do som molhado e brutal do sexo anal selvagem. Ele pegou ela pelo cabelo, obrigou ela a se olhar no espelho da parede, e sussurrou no ouvido dela:

— Olha como eu te como, Julieta. Como eu te faço minha. Enquanto ele ouve tudo… e se masturba sozinho… no escuro.

E com uma última estocada funda, os dois gritaram juntos. Julieta gozou, tremendo, se contorcendo na cama. E ele, segundos depois, explodiu dentro dela, rugindo igual um bicho vencido pelo prazer.

Franco, do outro lado, também gozou, sozinho, pelado, exausto. O esperma no peito, a respiração ofegante, vazio, feliz, quebrado.

E profundamente rendido ao que tinha acabado de rolar.

A claridade de um novo amanhecer surpreendeu Julieta. Ela percebeu que não tinha ninguém do lado, não sabia quando ele tinha ido embora, nem onde tava. Sentou devagar, com um bocejo eterno, quase nua, só uma calcinha fio-dental sexy que não lembrava quando tinha colocado. A cabeça doía, provavelmente por causa do álcool, da noite em claro e A noite inteira de festa, ela também tava dolorida por trás, e lembrou do homem grande que tinha possuído ela, lembrança de uma guerra recente. Não ligou, assim como também não ligou pros hematomas que foi encontrando no corpo.

Passou pelo banheiro, descalça, do jeito que tinha se levantado, o silêncio tomava conta do lugar. Depois foi pro quintal, pra espreguiçadeira debaixo do sol, do jeito que tava. O marido e o vizinho já não tinham mais nada pra ver que já não tivessem visto. Respirou fundo, como o descanso de uma guerreira. Uma brisa quente acariciava os mamilos nus dela e ela adorava aquilo, se sentia viva, se sentia uma mulher que tinha sido desejada.

— Gostou? — perguntou uma voz ao longe. Ela olhou e viu o marido na soleira da porta.

— Quer saber? — respondeu com aquele sorrisinho nos lábios que dizia tudo.

ELE se aproximou, acariciou os cabelos dela com uma necessidade estranha, como se sentisse que o que sempre foi dele talvez agora não fosse mais. Sentou na frente dela, com uma ereção esquisita que ele não sabia se gostava ou não. Ela olhou nos olhos dele e perguntou de novo:

— Tem certeza que quer saber? — como se desse uma chance pra ele se arrepender.

Ela colocou fogo em cada palavra, sem filtro, sem esconder nada, de coração aberto. Cada detalhe, cada suspiro, deixando bem claro pro marido que uma coisa era love e outra era sexo, e que ele era o vencedor na primeira, mas o vizinho na segunda. E tudo parecia explodir na cabeça do Franco. Ele sentia que não tinha controle e só precisou se masturbar de novo na frente da esposa.

Ela adorou ver o que via, saber o que as palavras dela provocavam. Foi pra cima dele, sentou no colo dele, de frente, rodeando o pescoço dele com os braços, deixando os peitos na altura do rosto dele, com a frente da calcinha dela encharcada de prazer quase roçando no pau dele. Ela quis afiar a língua, ser cortante com cada palavra, dando os golpes baixos onde ele esperava que desse. O assunto de... triplicar de tamanho e os gemidos arrancados, o final era previsível

Depois daquela noite, nada voltou a ser igual. Os gestos, os olhares, o jeito que a Julieta se movia pela casa… tudo era diferente, mais consciente, mais sombrio, mais provocante.

A Julieta tinha ficado excitada como nunca. A lembrança do pau do vizinho ainda a perseguia como um sussurro indecente, e embora se entregasse ao Franco com mais vontade do que nunca, havia momentos, fugazes, em que ela fechava os olhos… e pensava nele. Em como tinha sido sentir ele dentro dela. Em como ela queria de novo ser possuída por algo assim.

O Franco começou a ficar hostil, aos poucos, sem querer, sem perceber, com ela, com o vizinho. Sabia que tava enrascado, que tava no meio de uma briga que já tinha perdido antes de começar, e não podia desfazer o caminho, já era. Só sentia o estômago revirar. O tesão, a sacanagem, agora era uma faca cravada no coração, e se tentasse tirar, doía ainda mais.

O vizinho era quem tinha a visão clara. Sabia dessas paradas, era a vida dele. Não ia se apaixonar pela vizinha, não esperava brigar com o vizinho, nada fazia sentido, não valia a pena. Só sabia quando era hora de levantar voo e procurar outro ninho.

O tempo passou. A Julieta continua sendo aquela mulher que não passa despercebida, a de sempre, a dos decotes, a das calças justas e saias curtas, a que dá sorriso pra quem quer dar, a que provoca com palavras, a que os homens desejam e que arranca comentários invejosos das mulheres. O Franco também é o mesmo, porque continua curtindo ter ela, e do jeito que ela é, e pra ele, isso já é mais que suficiente.

Vai ficar pra sempre, naquelas noites de sexo, naquele quarto, naquela cama, entre aqueles lençóis de um passado, onde existem pecados que não se confessam.

Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título PECADOS QUE NÃO SE CONFESSAM para dulces.placeres@live.com

1 comentários - Pecados que não se confessam