El perro de la señora Brailosky

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Como siempre, podes escribirnos a dulces.placeres@live.com, te leemos


EL PERRO DE LA SEÑORA BRAISLOSKY


Todo empezó varios años atrás, tenía apenas dieciseis, como cada atardecer volvía del gimnasio a mi domicilio, a casa de mis padres. Aparentaba algunos años mas, estaba bastante musculado por mis rutinas diarias de ejercicios, era el momento justo en el cual el sol se apagaba y la oscuridad lo empezaba a ganar todo.
Sería una tarde más, como todas, de no ser porque en camino algo llamó mi atención, un coche importado, de esos sumamente costosos estaba estacionado pegado a la acera, una llamativa mujer vociferaba por su celular reclamando algo, a viva voz, se la notaba molesta. Pude notar que no era una mujer común, por su altura, por sus llamativas curvas, por sus finas y delicadas prendas, por su embriagante perfume, además por la forma de expresarse, intuí que era alguien importante, supuse que tendría la edad de mi madre, pero parecía demasiado conservada.

Al pasar a su lado, noté una de las cubiertas desinfladas, y por lo crudos de sus reclamos, supe que no conseguía quien la auxiliara. Entonces me ofrecí gentilmente a ayudarla, nunca lo había hechos pero había visto a mi papá cambiar cubiertas muchas veces, la teoría la tenía escrita en la mente de memoria.
Renegué un poco, mientras la mujer me compartía conmigo un repertorio de reclamos, sobre la compañía de seguros, sobre sus tontos asistentes, y sobre cualquiera que pudiera, a pesar de notarle un aire conocido, sus amplios anteojos de sol no me dejaban adivinar quien era en verdad. Cuando terminé mi ayuda, me agradeció sobremanera, me dijo que estaba sumamente apurada y retrasada, así que solo me dio una tarjeta personal y me dijo que no dudara en llamarla cuando necesitara algo, que estaba en deuda conmigo.

Mientras ella partió a toda velocidad, me quedé observando la tarjeta en la vereda, era blanca con letras doradas, y prontamente mis huellas digitales quedaron impregnadas, mis manos estaban todas sucias por culpa del caucho que terminaba de cambiar. Stella Maris Braislosky, podía leerse, y fue cuando me di cuenta, era una famosísima vedette de los años de mis padres, había visto algunas de sus películas de los ochenta, películas apenas subidas de tono que es esos años eran solo para adultos.
Para pasarlo en limpio, esa mujer hoy gozaba una reputación de señora con mayúsculas, pero todo el mundo sabía, que en su juventud se había hecho famosa por sus curvas privilegiadas y por acostarse con quien le diera una oportunidad para trepar, una puta fina como siempre decía mi madre. Solo lamenté en ese momento no haberle pedido un autógrafo, mi padre seguramente lo hubiera conservado como una joya preciosa.
Después de comentar lo sucedido entre parientes y amigos e imaginar muchas cosas, prontamente todo quedó como una anécdota y la tarjeta perdida en algún rincón de mi mesa de luz.

Dos años mas tarde, Guillermina, mi novia de quince años me dijo que estaba embarazada, yo aun no tenía ni veinte años y fue todo un desafío, ambos estábamos disfrutado nuestra juventud y un embarazo no buscado cambió todos nuestros planes, tuve que ser hombre, ella mujer, formamos nuestra humilde familia y empezamos a caminar cuesta arriba, todo se hizo pesado, conseguí un empleo mal remunerado y ella tejía para afuera, alquilábamos una humilde casa con techo de chapa, y la pelébamos gracias a la ayudas de nuestros padres.
Y las cosas fueron de mal en peor, a los veintitrés años ya teníamos tres hijos, irresponsabilidad? si, ya se, no lo digan, pero estaba desesperado con la soga al cuello, había llegado a comer solo alguna infusión con pan duro por día, estaba al borde del abismo.

Una noche llegué cerca de las diez de la noche, después de trabajar duramente todo el día, el viejo televisor dejaba ver un programa descolorido de panelistas discutiendo no se que cosa, ahí estaba ella, espléndida como de costumbre y vino a mi memoria la tarjeta que en algún lado había quedado escondida. Ella podía se la solución a is problemas, la busqué con desesperación, llamé una y otra vez, pero era un número que ya no estaba en servicio.
No me dí por vencido, averigüé donde vivía y fui hasta su domicilio. No fue fácil, vivía en una mansión custodiada como un bunker y ya en la puerta me topé con los tipos de vigilancia, les narré toda mi historia pero noté que era lo mismo que hablarle a la pared, tomé la tarjeta, se las mostré, y escribí del reverso, SOY JONY, EL JOVEN QUE CAMBIO LA CUBIERTA DE SU COCHE, RECUERDA?, solo se la dí a uno de los custodios y le rogué que solo se la hiciera llegar.
Los tipos solo miraron de reojo y tomaron la tarjeta, y solo me senté al borde del cordón de la acera a esperar.
Media hora después empezaron a caer unas gotas, que dieron lugar a un chubasco, y yo me quedé ahí sentado, no tenía nada mejor que hacer.


El perro de la señora BrailoskySuponho que os seguranças que me viram debaixo da chuva tiveram pena de mim, e quatro horas depois me chamaram, me fizeram entrar e disseram que a senhora ia me receber. Foi cômico, me revistaram como se eu fosse um bandido e tive que deixar todas as minhas coisas com eles.
Me levaram a uma sala onde mandaram eu sentar e esperar ela me atender. A senhora Stella estava magnífica, com um conjunto justo que destacava os peitos siliconados dela, o rosto cheio de plásticas e botox impecável, apesar dos sessenta anos que eu calculava que ela tinha, uma calça preta colada na pele e umas botas de salto altíssimo.
Ela sentou a uma distância prudente, com um dos seguranças que a seguia pra todo lado, eu estava todo molhado e me senti um vira-lata sarnento esperando uma sobra do dono.
Resumi todos os meus problemas pra ela, precisava da ajuda dela, do que fosse, e ela foi boazinha comigo.

Em quinze dias eu já era um dos vários ajudantes de jardinagem dela, o terreno era enorme e eu me esforcei pra caralho, não podia desperdiçar a oportunidade, já que o pagamento era o dobro do que eu tava ganhando.
Assim fui me tornando parte do ambiente dela, ela sempre era educada comigo e notei que às vezes ficava me observando enquanto eu trabalhava, entendi como o mundo dela era diferente do dos meus pais, que só viviam pros netos. A senhora Brailosky era refém da fama e da fortuna dela, sempre tinha que estar perfeita, sempre tinha a agenda lotada, seja por trabalho ou por amores, e olha que homem não faltava pra ela.
Em pouco tempo virei chefe da jardinagem, tava feliz até que um dia ela me chamou pra conversar a sós, me perguntou se eu tinha interesse em ser motorista dela, o velho Antonio já tava muito velho, tinha chegado a hora de aposentar ele, o pagamento ia ser espetacular, só me avisou que não teria horário fixo, que eu seria um motorista particular disponível vinte e quatro horas por dia e, o mais importante, na frente dos outros... O mundo seria uma tumba, eu só dirigiria, não perguntava, não via, não ouvia, não falava, só dirigia.

Minha vida ao lado da minha amada esposa finalmente estava se encaminhando, começava a progredir, tinha dinheiro de sobra e nada faltava para meus queridos filhos. E minha vida passava sentado num carro importado de luxo, onde era testemunha da vida que aquela mulher levava, era exaustiva e realmente tinha uma energia especial, entrevistas, canais de TV, set de filmagem, a toda hora, qualquer dia, e jantares à noite, de gala, de empresários, de amantes... porque apesar da idade dela, era evidente o quanto ela gostava de homens e o quanto gostava de trepar, por algo tinha se tornado famosa e era especialmente nesse ponto que eu devia ser cego, surdo e mudo. Mas a senhora Stella Maris Braislosky gostava mais de rola do que de doce de leite, como costumamos dizer na minha terra.

Tudo mudou uma noite entre nós, Stella tinha uma reunião de gala, estava radiante, com um vestido preto finíssimo e delicado, com transparências sutis na frente que só destacavam seus peitões grandes, deixando até os mamilos escuros aparecerem demais, ela sempre chamava atenção, ultrapassando limites, justo na cintura fina, abrindo-se dos quadris largos até o chão em amplas pregas, não parecia uma mulher de uns sessenta e cinco anos, estava penteada majestosa, os loiros brilhantes chegavam aos ombros, com uma maquiagem perfeita que disfarçava qualquer ruga e uns saltos evidentes que a tornavam inexpugnável.

Eu a levei como de costume e fiquei esperando como de costume.

Ela voltou mais rápido do que o previsto, para minha surpresa, notei que estava irritada porque não falou durante o caminho de volta, e eu só falava se ela quisesse falar.

Ao chegar, a senhora Stella me pediu para acompanhá-la até o quarto dela, disse que estava um pouco tonta, como se a pressão tivesse caído, perguntei se queria que chamasse um médico ou falasse com alguém da segurança, mas ela disse Não, não, vou ajudá-la só uns minutinhos.

Subimos as escadas e pela primeira vez entrei no quarto dela. Me chamou a atenção ver que era quase tão grande quanto a minha casa inteira. Ela pediu uns minutos, foi ao banheiro e, quando voltou, falou na lata:

"Hoje estou muito puta da vida e decidi que quero que você me satisfaça como mulher."

"Senhora, não entendi direito o que a senhora quer dizer..." — respondi, me fazendo de desentendido.

"Joni, vou ser direta: quero pica e hoje não vou dormir sem conseguir."

Como vocês podem imaginar, a Stella era uma mulher extremamente gostosa, acostumada a escândalos públicos, a passar por cima das regras e a não aceitar um 'não' como resposta. E ao ouvir as palavras dela, não consegui evitar uma ereção, mas eu não era daquele jeito. Só tinha olhos pra minha mulher, pra minha esposa, pra minha família. Sempre fui fiel e amava a Guillermina loucamente. Respondi num tom baixo, olhando pro chão:

"Desculpa, senhora, a senhora é uma mulher maravilhosa e sou muito grato, mas entenda que sou um homem casado e..."

Ela veio na minha direção, pegou uma das minhas mãos e, passando por uma fenda do vestido, levou até a buceta dela pra eu esfregar. Ela estava sem calcinha, completamente depilada, e enquanto me fazia passar os dedos nela, falou num tom ameaçador:

"Tô pouco me fodendo pra suas palavras. Acho que você quer manter o emprego, não esquece quem paga cada centavo na sua vida miserável. Vamos, mãos à obra..."

A senhora Brailosky virou de costas pra mim e caminhou até uma escrivaninha pequena. Se apoiou nela com o peito, deixando as pernas esticadas, e puxou o vestido longo pro lado. Diante dos meus olhos incrédulos, ficou a bunda dela nua, as pernas cobertas por meias de nylon preto, bem eróticas, que iam até as coxas, e uns sapatos pretos de salto finíssimo. Aí ela sentenciou, enquanto dava um tapa forte na própria bunda:

"Vamos, Joni, me come toda, não me decepciona..."

Eu Me senti entre a espada e a parede naquele momento, tirei meu pau duro de dentro da roupa, fui até ela e enfiei tudo até o fundo, arrancando um grito de prazer dela, só comecei a comer ela igual um animal, assim, com força, sem amor, ela gritava a cada metida e me incentivava com as palavras dela

Assim, vai animal, me come toda, vai puto, vai!

E eu só continuei e continuei até que não aguentei mais e enchi ela toda de porra.

Foram só uns minutos em que descarreguei nela parte da fúria contida mais do que prazer em si, aquela mulher era uma puta perversa que fazia o mundo girar em volta do dedo mindinho dela, comecei a me acalmar quando ela me disse

Onde você pensa que vai? Isso tá só começando...

Por mais que não acreditem, aquela mulher parecia doente por pica, me fez comer ela de novo, e de novo, e mais uma vez, parecia um robô programado pra satisfazer ela, aquela mulher era sem dúvida a dona de mil batalhas, os glúteos dela eram firmes, o esfíncter tão dilatado que meu pau teria entrado sem dificuldade, imaginei meter por trás, mas não faria nada que ela não pedisse.

Era uma ninfomaníaca que arrancou sete gozadas seguidas de mim, sim, sete, até que no final não aguentei mais e implorei por clemência, já não conseguia manter uma ereção. A buceta dela estava toda transbordando do meu sêmen, minha porra tinha escorrido pelas pernas dela, pelas meias impecáveis e caras, por todo lado.

A senhora Brailosky era na verdade uma puta fina, e eu não entendia como uma mulher da idade dela mantinha tanta energia.

Quando já não conseguia mais comer ela, longe de se contentar, ela sentou na cama, abriu bem as pernas e me ordenou que fizesse sexo oral nela, me fez chupar a buceta dela até minha língua cãibrar, só assim ela teve compaixão...

Me retirei deixando ela sozinha no quarto dela enquanto limpava com meu lenço meu rosto lambuzado com minha própria porra.

Dirigi com a mente vazia até minha casa, reinava uma paz terrível, todo mundo dormia, tentei fazer o menor barulho possível. possível, mas precisei tomar um banho rápido, não queria lavar meu corpo, psicologicamente queria lavar minha alma.
Fui pra cama ainda com o corpo molhado e me enfiei devagar, Guillermina veio pro meu lado meio dormindo, me perguntou que horas eram, falei que era tarde, que dormisse, que não se preocupasse, mas ela subiu em cima de mim pra me montar e começou a me beijar pra eu fazer amor com ela, tive que afastá-la disfarçando, me desculpando com o cansaço, abracei ela forte até sentir ela dormindo no meu peito.

Era uma merda, o que eu podia dizer? Que meu pau tava ardendo de tanto comer aquela velha puta? Se ela tinha espremido minhas bolas e tirado até a última gota de porra. Fiquei matutando na escuridão total do quarto, a quantidade de homens que dariam um braço pra comer a veterana modelo, até meu próprio pai, se soubesse...

O louco da história é que eu terminava de fazer e não sentia prazer nenhum, pelo contrário, odiava ela e odiava a mim mesmo, eu só queria amar minha mulher e não saberia como olhar nos olhos dela no dia seguinte, me senti como o cachorro da dona Brailosky.

E daí em diante, toda minha vida seria jogar dos dois lados. Fui cedo buscá-la, naquele dia tinha uma entrevista numa rádio, ela tava divulgando sua nova peça teatral e era uma forma de tornar isso público.
Abri a porta de trás do carro como de costume e como de costume ela tava deslumbrante, nunca passava despercebida, cumprimentei ela com o respeito de sempre, e fui pro meu banco do motorista.

Partimos em silêncio e só quando nos afastamos da casa dela e de toda a segurança particular, e nos sentimos sozinhos dentro do carro, ela me disse:

Joni, sobre o que rolou ontem à noite... compra uns brinquedos pros teus filhos...

Só deixou cair no banco do meu lado direito um envelope marrom onde adivinhei que teria dinheiro.
Chegamos, ela desceu entre os curiosos que pedem autógrafos e roubam selfies e sumiu de vista, fui estacionar como de costume e só esperar, como sempre fazia.
Peguei o envelope, tinha notas demais, me senti encurralado.

Acho que tomei a melhor decisão que podia tomar: virei o cachorro fiel dela, o bichinho de estimação, aquele que satisfaz ela quando tá com vontade, quando ela quer, aquele que balança a raba quando ela chama e que nem olha pra ela quando ela não quer. Hoje eu transo mais com ela do que com minha mulher, posso dizer que fiz com a dona Brailosky todas as loucuras que você imagina, chupei as tetas dela, meti no cu dela, e um monte de coisa doida que nunca pensei que faria. Não sei quanto tempo isso vai durar, sempre tenho minha recompensa, envelopes cheios de grana, e não tem muito mais o que contar nessa história...

Se você gostou, pode me escrever com o título O CACHORRO DA DONA BRAILOSKY para dulces.placeres@live.com

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