Serpentes

Primero, todas las entregas de los mejores post


http://www.poringa.net/posts/imagenes/4084661/Mi-amada-esposa---parte-1-de-3-.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4389002/Mi-amada-esposa---parte-2-de-3-.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4436535/Mi-amada-esposa---parte-3-de-3.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4802856/Mi-amada-esposa-parte-4.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4802863/Mi-amada-esposa---parte-5.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4868469/Mi-amada-esposa---parte-6.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4896522/Mi-amada-esposa---parte-7.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4905961/Mi-amada-esposa---parte-8.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4915721/Mi-amada-esposa---parte-9.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4956318/Mi-amada-esposa---parte-10.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4965835/Mi-amada-esposa---parte-11.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4974651/Mi-amada-esposa---parte-12.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4985411/Mi-amada-esposa---parte-13.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/4991203/Mi-amada-esposa---parte-14.html

http://www.poringa.net/posts/imagenes/5001091/Mi-amada-esposa---parte-15.html

Como siempre, podes escribirnos a dulces.placeres@live.com, te leemos


SERPIENTES


Daban casi las doce del mediodía, cuando el sol está justo sobre tu cabeza, el móvil vibrando en mi bolsillo llamaba la atención, estaba conduciendo, miré el retrovisor y viendo que tenía espacio suficiente puse el guiño y me tiré a un lado, apartándome del tránsito.
Un numero privado no me dejaba saber quién era el que llamaba, generalmente no contestaba este tipo de llamadas, pero bueno, ya me había detenido y me había sacado de mi rutina, así que como buen curioso contesté la llamada.
Era del hospital San Antonio, un sitio conocido en la ciudad puesto que oficia como centro de urgencias, donde terminan todos los problemas callejeros, accidentes de tránsito, riñas domésticas y heridos de armas de fuego y donde siempre puede encontrarse las cámaras indiscretas de los medios periodísticos levantando las noticias del día, como aves carroñeras.

Me preguntaron si hablaban con el esposo de Marisa Ballesteros, ella estaba bien, que no me alarmara, pero necesitaba pasar a buscarla y completar unos papeleos de rutina.
Los veinte minutos que me separaron del lugar no pude dejar de imaginar qué diablos había sucedido, puesto que en forma telefónica no me quisieron brindar más información.
Llegué, dejé el coche en el estacionamiento y fui por novedades, pasé por recepción, luego de unos minutos me indicaron donde encontrar a mi esposa.
Pero el encuentro no fue lo que había pensado, descubrí que yo no era parte de la solución, sino parte del problema
Cuando Marisa me vio llegar, fue como que un resorte la expulsara de su asiento, y vino hacia mí enfurecida, empezó a insultarme, a maldecirme, y un par de enfermeros la retuvieron a la fuerza y contra su voluntad le inyectaron un tranquilizante que pareció sedarla un poco.

No entendía que pasaba, mi esposa me había escupido en el rostro y mientras me limpiaba trataba de armar el rompecabezas de una historia de la que me faltaban demasiadas piezas.
Empecé a reparar en detalles que no había podido observar, su ojo derecho estaba hinchado, y se lo tapaba con una bolsa con hielo, también su labio parecía roto y marcado, y sus brazos dejaban notar caminos sanguinolentos de sendos rasguños, aun no entendía, y en esos minutos un par de oficiales de policía se me acercaron, me preguntaron si yo era el esposo, si tenía identificación y si por casualidad conocía a Delia Saavedra, la mujer con la cual se habían agarrado a golpes de puños, quien estaba en otra sala, se había abierto un sumario al respecto y había que llenar unos cuantos papeleos antes de poder dejarlas en libertad. Fue cuando me di cuenta de lo que había sucedido.


Yo estaba pisando los cuarenta, Marisa tenía algunos años menos y hacía mucho tiempo que éramos pareja, teníamos dos hijas, mellizas, quienes ya pisaban sus primeros días de adolescencia.
Me ganaba la vida en la calle, como repartidor de productos lácteos, tenía un recorrido muy extenso, y me gustaba lo que hacía, trabajar en libertad, levantando pedidos, visitando clientes, haciendo cobranzas, viviendo la vida. Ganaba buen dinero, nos dábamos los gustos básicos, vacaciones cada tanto, colegio privado para las chicas y hasta poder renovar el vehículo de reparto año por medio.
Con mis ingresos hubiera sido suficiente para mantener a la familia, pero Marisa también hacía lo suyo, ella trabajaba en un laboratorio de análisis de sangre, ella estaba en la parte administrativa, lejos del mundo de las jeringas.

Y nuestra familia parecía ser una familia modelo, ejemplo, feliz. Y no tenía de que quejarme, solo tenía ojos para mi esposa, ella era muy bonita, demasiado para un tipo como yo, con una femineidad envidiable, con unas curvas marcadas y muy buena en la cama, compañera de vida, el amor que pocos encuentran.
Pero Marisa era la perfección femenina que una mujer idealiza, pero ciertamente, no era la perfección femenina que un hombre idealiza, y esa perfección femenina que un hombre tiene en su inconsciente, tenía nombre y apellido, Delia Saavedra

Como suele suceder, de la misma manera que yo tenía mi círculo de amigos, mi esposa, tenía su círculo de amigas, yo no metía las narices en sus cosas, ni ella en las mías. Así que de la misma manera que yo me iba con los muchachos a jugar al fútbol, o a una cena, o una salida al bar, ella, cada tanto tenía sus tardes de té, sus noches de chicas, o sus salidas a paseos de compras, y todo se daba con normalidad en nuestra relación, porque no había secretos, no había trampas.
A veces le solía contar cosas que me parecían importantes, o risueñas, pero Marisa solo escuchaba y compartía esos momentos, y ella lo mismo, luego de sus juntadas, solía comentarme algunas que otras situaciones a las cuales yo le prestaba la oreja, pero solo eso, no solíamos interferir en nuestros temas particulares, a pesar de ser pareja.

Por eso, yo sabía de Delia Saavedra poco y nada, apenas lo que los labios de mi mujer me dejaba saber. Marisa me contaba y al mismo tiempo le tenía recelo, no quería que siquiera viera una foto de ella, puesto que sentía celos infundados en ese momento.
Pero sabía que Delia no contaba con la aprobación del grupo de chicas, desconfiaban de ella, y hablaban como víboras a su espalda. Marisa me hacía saber cosas que eran intrigantes, Delia tenía cuarenta años largos, tres hijos adolescentes, decía tener esposo, pero en ninguna red social aparecía que alguna fotografía de pareja, nadie sabía quién era y parecía ser un fantasma, además, se la pasaba en el gimnasio haciendo pesas y por lo que narraba mi mujer, siempre se vestía como puta, sus fotos en las redes eran de puta y era la que siempre sobresalía del resto, y esa imagen de mujer provocativa no cuadraba con la imagen de esposa y madre que se suponía que debía tener, Marisa muchas veces me preguntaba si no le daba vergüenza, puesto que tenía hijos adolescentes, y acaso su marido tampoco le decía nada? era como que buscaba en mis respuestas una historia ilógica de la que yo no era parte.

Una tarde como cualquiera Marisa y yo habíamos salido a pasear por el barrio, una salida improvisada de pareja, nos gustaba tomarnos un tiempo para nosotros y solíamos recorrer vidrieras de la zona comercial, ya habíamos pasado por uno de los bares a merendar, compartimos a medias un 'calentito', ella pidió un agua saborizada y yo una cerveza negra. Luego seguimos camino, y entre negocio y negocio, nos metimos en una galería para parar frente a un local de lencería femenina, nos reímos cómplices viendo algunos conjuntos sexis, pero Marisa se interesó por uno en especial para el día a día que estaba en oferta, me dijo de entrar a preguntar y yo fui tras sus pasos.

Sería mi primer encuentro con Delia, y se notó la sorpresa mutua de ambas mujeres al encontrarse, mientras yo me quedé relegado solo escuché como 'se tiraban flores' con esa falsedad tan típica de mujeres.
Mi esposa ignoraba que ella tuviera un negocio, y Delia le comentaba que sí, que era un sueño postergado de años y que al fin había podido llevarlo a cabo, y yo adiviné que Marisa no mentía, caso contrario no hubiera ingresado nunca a ese local.
Ellas hablaban entre ellas, de las chicas, de los hijos, de las reuniones, de la vida, mientras le mostraba una y otra cosa que a mi mujer le interesaba ver.
Yo solo me mantenía a prudente distancia, como mero espectador y pude comprender el motivo del recelo de Marisa

Delia era toda esa proyección que un hombre tiene de una mujer, y creo que ella buscaba adrede esa imagen, noté en ella una voz demasiado sensual, demasiado tranquila, demasiado pausada, muy melosa, llena de miel, y una sonrisa que dejaba ver sus dientes perlados, pero era obvio que Delia se preocupaba por cada detalle que pudiera hacer la diferencia
Aprovechando mi situación pasiva mientras ellas hablaban, noté su perfume embriagador, noté sus uñas esculpidas, pintadas y adornadas, noté los aros llamativos en sus orejas, sus dedos plagados de anillos brillantes y su maquillaje justo.

Pero eso, era lo de menos, Delia lucía un bronceado precioso, y su físico era realmente llamativo, una remera blanca que parecía pintada en su piel, donde sobresalían sus nada despreciables tetas, incluso, marcándose el nacimiento de las mismas, conde se perdía una bendita cruz que pendía de una cadenita en su cuello, su vientre plano y desnudo dejaba ver un adorno en su ombligo, un short muy justo en tela de jean en celeste degastado iba desde la cintura hasta apenas cubrir los glúteos, que por cierto se me antojaron más que perfectos en esos ir y venir que ella hacía buscando alternativas para ofrecerle a mi mujer.
Sus brazos estaban cubiertos por hermosos y llamativos tatuajes, muy bien logrados, muy justos, y su anatomía en conjunto estaba muy bien musculada, demasiado perfecta, sin nada de grasa.

Al fin de cuentas, Marisa pagó por una de las opciones y se despidieron con besos, sonrisas y bendiciones.
Salimos del negocio, y apenas hicimos unos pasos mi esposa, ya con gesto molesto disparó

Te diste cuenta quién era? no?
Si... - respondí sin rodeos, no era estúpido
Viste que siempre te dije? es una puta... - volvió a punzar

No le seguí el juego de palabras, pero era cierto, una mujer de cuarenta años no anda por la calle a las cinco de la tarde vestida como si fuera a mostrarse a un cabaret. Y también era cierto que amaba con locura a mi esposa, pero ella jamás tendría la impronta que tenía Delia, esa que enloquece a un hombre con solo mirarla.
Y la vida había puesto a esa perra en mi camino, y no supe, o no quise evitarlo
Poco después volví a ese local en la galería, esta vez solo, con la excusa de comprarle algo 'erótico' a mi mujer y que ella me aconsejara.
Delia cogió el guante, y mientras me mostraba algunos conjuntos de bodis con ligas, ella me hablaba sobre lo amiga que era de mi mujer, de lo buena que era, y de lo atractiva que siempre se veía.
Pero también me hablaba de los productos que me ofrecía, como le quedaban puestos a ella, como le gustaban a su supuesto esposo, como calzaban en sus nalgas y como se veía ella de seductora, eran palabras que podría haber confiado a otra mujer, nunca a un hombre, y menos si ese hombre, era el marido de su supuesta amiga.


Serpentes Quedaram claras uma par de coisas, que voltaria por ela, porque essa mulher era promessa de pecado, e que ela não me deixaria escapar, nem pelo meu aspecto físico, nem pelo meu dinheiro, nem por nada em especial, apenas pelo fato de eu ser o homem de alguém com quem desejava competir. Não passaria muito tempo para ficarmos presos no quarto de um hotel, onde ela mostraría todas suas cartas. Essa noite, me seria impossível não comparar entre esposa e amante, Marisa me dava bom sexo, sim, mas nunca passava de uma média matrimonial, mas Delia me comeria como uma fera recém-escapada de uma jaula. Pretendi tomar a iniciativa, mas ela me arrastrou contra uma das paredes, me beijou com loucura, e imediatamente, mesmo com as nossas roupas puestas, refregou seu uso o palavra: pussy contra meu cock, me meteu sua língua na profundidade da minha garganta e disse que queria que a cogesse, que ia ser minha puta e que precisava de muito cock, e em verdade me excitava quando uma mulher usava um linguagem burdo em meio de uma relação sexual. Então se separou, tomando distância, e assegurando-se de ter toda a minha atenção visual, começou a menear-se lentamente como se existisse um tema erótico por meio, e uma a uma deixou cair suas roupas, em uma forma muito sensual, e veja casualidade, tinha exatamente o mesmo conjunto sexi que dias atrás lhe havia comprado a Marisa, apenas que em cor branca, fazendo preciosos contrastes com o profundo bronzeado de sua pele, e não podia resistir a obvia comparação, minha esposa ficava lindo, mas Delia, diablos! parecia ter sido projetado para seu corpo esculpido. Tentei avançá-la, mas ela dominava o jogo, pôs distância e disse que me chupasse as tetas. Fui sobre ela, a envolvi em meus braços e só preenchi os minutos lambendo-lhe os pezones, que estavam duros como pedras, seus peitos de mais que generoso tamanho, satisfaziam meu apetite masculino, ela se recostou e naturalmente deu o meu caminho para baixo passando por sua ventre, para hundir-me entre suas pernas Me deleitei com o perfume da sua intimidade feminina e bebi da sua fonte de prazer, seus jugos haviam empapado toda sua vulva raspada, e colhi minha língua por cada recôncavo ao que tive acesso, ela gemia e se retorce, minhas miradas inquietas observavam todo o entorno, seus olhos entre-cerrados, seus lábios marcados por seus dentes, bronzeado da sua pele, perfeição dos seus músculos abdominais, seus peitos brancos e seus mamilos pontiagudos, seu sexo lampiño, seu ânus dilatado, as unhas de seus pés pintadas em cor preta e uma pulseira plateada dançando na sua perna esquerda à altura do seu tornozelo. Delia sabia a loucura, e com a mesma força que me havia levado a dar-lhe um bom sexo oral, agora ia por seu turno Ela começou a chupar-me muito gostoso, muito gostoso, fundo, passando pelas minhas bolas, ela dizia que eu tinha um pau muito bonito e que a desejava, que queria que a cogesse e a enchesse de leite e note que ela jogava muito bem um jogo que minha esposa nunca havia jogado, ela era dominante nesse jogo, usava palavras locuaces que me incendiavam, me provocava, me desafiava e tudo se fazia muito frenético, muito louco, muito quente Vindo sobre mim, a montar-me e sentou-se sobre meu pau, frente a frente, ela comeu toda e seus ricos peitos ficaram a centímetros de meus lábios, ela se movia com cadência, se acariciava com sua mão direita seu clitoris que estava preso entre seu pubis e o meu, Delia expelia os quatro ventos seus continuos orgasmos e não tinha inconvenientes por ouvir os casuais vizinhos de turno das habitações contíguas. Ela era um tornado, gritava, gemia, ela me dizia coisas quentes, que lhe agradava meu pau, como o cogia, metia seus dedos na minha boca, me beijava, fazia que comêsse os mamilos. Girou sobre si mesma, apenas para seguir montando-me, mas agora dando-me sua costa, qual se mostrava chamativamente marcada por inúmeros músculos trabalhados no ginásio, seu cu redondo e maciço Estava direto ao meu alcance e ela não parava de se mover. Entendi seu mudança de posição quando começou a meter-se um par de dedos lubrificados com saliva por trás, simulando uma dupla penetração, e senti suas palavras me incitando para que eu a metesse pelo cu.

Só mudou de ânus e com a mesma facilidade que havia entrado em sua vagina, agora estava em seu ânus, apertado, delicioso. Me dizia que gostava que lhe rompessem o cu, não parava de falar, não parava de me provocar.

Puse-a de quatro como uma gata, com seu enorme traseiro apontando para meu lado e sua escassa e atraente cintura provocando minha visão, pus-a toda e ela recuava por mais, com mais violência, com mais vehemência, apoiou seu peito nas sábanas arqueando mais sua figura, me dizia que lhe rompessem o cu, que a cogesse, que a enloquecesse, que queria tudo, pus-a na use the word: vagina e enquanto a cogia observava seu ânus dilatado, voltei para seu cu e perguntei onde queria meu cum, estava no clímax.

Por própria perversão Delia me deixou fazer algo que minha esposa jamais me deixaria, acabar-lhe no rosto, ela mesma acomodou meu cock a centímetros de sua cara e me terminou de masturbar em um orgasmo que vinha retenendo desde fazia tempo, e só se relamiu de prazer com meu sêmen banhando sua frente, seus cabelos, seus lábios, seu nariz, bebendo um pouco jogando com toda a situação.

Havíamos feito, mas Delia era uma mulher perversa e seu prazer era jogar a fazer cornudas para suas amigas, a fazer cair os maridos e para ela era como conquistar troféus de guerra.

Mas não terminava sua mal, não, ela só deixava correr o chimento como reguero de pólvora, ela tirava algumas palavras como para que uma infidelidade e uma situação de cuernos seja tema para falar por baixo no grupo de garotas, e por isso, ela tinha má fama e não era bem vista, por isso Marisa odiava falar dela e fazer-me parte da sua vida.

Mas Marisa, minha Marisa, ela não era mulher de se quedar quieta, ou calada, Como a maioria, minha mulher é uma mulher de forte carácter e quando os rumores começaram a correr ela não se quedou com braços cruzados, pelo contrário, foi diretamente a enfrentar cara a cara, e Delia não se quedaría atrás, e dobraria a aposta, dizendo que sim, que havíamos pegado e que ao fim eu havia aprendido o que era uma verdadeira mulher, e havia conhecido a diferença entre uma ninfómana e uma frígida.

O resto da história já conhecem, é por onde comecei a narrar

Paguei demasiado caro meu preço, jamais voltaria a pegar-me com Delia, e em uma situação hiriente para minha masculinidade, quando para mim ela havia sido perfeita, pelo baixo e pelos rumores, soube que ela apenas me havia posto cinco de dez em meu desempenho daquela noite, catalogando-me como um amante médio.

Fui várias vezes ao seu negócio aclarar as coisas, para que me explicasse por que havia feito o que havia feito, ou talvez, com uma falsa ilusão de poder terminar emredados novamente entre as sábanas, mas ela já estava em outra coisa, e minha presença lhe era molesta.

Me esquivou uma e outra vez, que já era passado, que seu marido e quando me pus moço, a ameaça de denunciarme por violento me fez meditar meus passos, tinha demasiados problemas como para seguir somando

Com Delia tampouco iria bem, tentei recompor a relação com pedidos de perdões de todos os cores, mas Delia não era mulher de perdoar, de esquecer, e a copa de cristal já estava rota e era impossível remendá-la.

O caminho do divórcio foi a única saída possível e aprendi em pouco tempo a viver minha solidão e purgar minhas culpas

Quando repasso a história, tenho demasiadas perguntas, se não tivesse ido esse dia a pasear, se não tivesse entrado nesse negócio, se não a houvesse conhecido, e se não houvesse voltado com uma tola desculpa, não sei, não posso voltar o tempo atrás para reescrever a história, mas seguramente de poder fazer isso, o faria da mesma maneira, embora soubesse que estaria me metendo em um ninho de Serpentes
Se você gostou da história pode escrever-me com o título SERPIENTES para dulces.placeres@live.com

1 comentários - Serpentes

robby13 +1
Buenísima la historia, y si no fuera real, merece serlo!!