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PERVERSA
Me llamo Karina. Tengo treinta y siete años, estoy casada desde hace más de una década y soy madre de un varón de nueve. Mi vida, desde afuera, parecía perfecta. Un marido correcto, una casa en un barrio tranquilo, un hijo sano, una rutina estable. Pero adentro… adentro había un hueco que me latía entre las piernas.
No sé cuándo empecé a sentirlo con tanta fuerza. Tal vez fue después del parto, o quizás mucho antes. Tal vez simplemente lo tapé con tareas, cenas, deberes escolares, series y cenas silenciosas en pareja. Como si poner la vida en marcha cada día bastara para callar lo que no me animo a decir.
Mi esposo —Daniel— era bueno, amable, trabajador. Pero en la cama... no sé cómo explicarlo, era tibio. Cumplía, si se lo pedía. Se excitaba cuando me ponía algo insinuante, si lo buscaba con la mano bajo las sábanas. Pero no había hambre en su mirada. No había ese deseo crudo que me sacara el aire. Hacía años que no sentía que me devorara como alguna vez lo había hecho.
Y yo... yo tenía deseos. Deseos sucios, intensos, a veces difíciles de nombrar. Pensé que tener un hijo llenaría ese hueco, que me haría sentir completa. Pero un hijo no llena un vacío sexual. Y ese vacío me ardía cuando estaba sola, cuando apagaba las luces, cuando me tocaba con culpa mientras él dormía de espaldas, ajeno a lo que su mujer guardaba por dentro.
No me atreví a hablarlo. ¿Cómo se le dice a un marido que una parte de una necesita ser tomada, usada, dominada... que fantasea con cosas que ni siquiera entiende del todo?
Estaba empezando a sentir que, si no hacía algo, esa parte mía iba pudriéndose por dentro.
Los días en la oficina eran casi una fotocopia uno del otro. Llegaba temprano, me acomodaba la pollera entallada hasta media pierna, ajustaba el saco sobre la blusa clara, encendía la notebook, organizaba papeles, revisaba carpetas. Todo con la eficiencia casi mecánica de quien ya no necesita pensar demasiado para rendir. Incluso mi café tenía un horario exacto.
Nunca me faltaba el peinado perfecto ni los tacos altos. No por Daniel, claro. Hace años que no notaba si llevaba el pelo suelto, recogido o si me pintaba los labios. Lo hacía por mí. Porque si había algo que todavía me daba una mínima sensación de control sobre mí misma… era la forma en la que caminaba por ese piso brillante, con el taconeo firme, sintiéndome deseable aunque nadie lo dijera en voz alta.
Aunque no siempre fue así.
Hubo un tiempo —no hace mucho— en que algo se agitó en esa rutina. Tenía nombre, Luciano.
Entró al área de auditoría con ese aire entre relajado y desafiante que tienen algunos hombres cuando saben exactamente cómo los miran las mujeres… y lo disfrutan. Era más joven que yo, no mucho, tal vez cinco años menos. Moreno, de barba recortada, mirada oscura. Y tenía algo que me desarmaba: la forma en que me miraba.
No era grosero, ni evidente. Pero su mirada... su mirada tenía hambre. Me observaba cuando me levantaba por café, cuando me inclinaba a buscar una carpeta, cuando cruzaba las piernas. Y no desviaba los ojos aunque yo lo sorprendiera mirándome. Me sostenía la mirada, firme, como si supiera algo. Como si ya hubiera estado entre mis piernas.
Al principio, me incomodó. No estaba acostumbrada a que un hombre me mirara así. Mucho menos en mi oficina, en plena rutina gris. Pero no tardé en darme cuenta de que esa incomodidad era pura agitación. Durante semanas, lo tuve en la cabeza más de lo que me atrevo a admitir. Su rostro aparecía cuando me bañaba, cuando me cambiaba, cuando apagaba las luces.
Y sí… fantaseé. Con su boca. Con sus manos. Con su voz grave diciéndome cosas que Daniel jamás se atrevería a decirme. Con sentirme pequeña y mojada bajo su cuerpo. Con dejar que ese lobo que me miraba como presa y finalmente me tomara.
Hasta que un día, Luciano dejó de solo mirarme. Fue un viernes, al final de la jornada. Todos se habían ido y yo me quedé cerrando un informe. Sentí su presencia detrás mío antes de escucharlo hablar. Su voz fue grave, casi un susurro:
—¿Sabés que me volvés loco con esa pollera, no?
Me giré sorprendida, pero él ya no tenía esa actitud neutra de siempre. Estaba seguro, desafiante. Me sonrió como si llevara meses ensayando ese momento.
No supe qué responder. Me limité a acomodar los papeles y a decir que tenía que irme. Pero en el ascensor, volvió a estar detrás mío. Y esta vez, su mano rozó mi cintura. Sutil. Deliberada.
Durante el fin de semana, lo único que hacía era repasar cada gesto, cada palabra. Sentía que algo se había abierto dentro mío, como una compuerta que no se cerraba.
El lunes a la noche, no aguanté más, cuando nuestro pequeño ya se había ido a su cuarto, se lo conté a mi marido.
—Parece que hay uno en la oficina que... no sé. Me mira raro. Hoy incluso me dijo algo... —hice una pausa—. Me insinuó que le gusto.
Él dejó los cubiertos, me miró sin sorpresa.
—¿Y vos qué hiciste? —preguntó con media sonrisa.
—Nada... me fui.
—¿Y te gusta? —preguntó, directo.
Me incomodó su tono. No era de celos. Era otra cosa. Como si estuviera... entretenido.
—No sé. No sé si me gusta. Me confunde —admití.
—Tal vez deberías dejarte llevar un poco. Mirá si necesitás eso para despertar otra vez...
No supe qué decir. En vez de contenerme o indignarse, parecía estar empujándome a cruzar un límite. Esa noche me sentí más sola que nunca. Y más observada también. Porque ahora, Luciano no solo me miraba en la oficina… también lo hacía mi propio marido, desde otro ángulo. Como si esperara algo. Como si deseara verme caer.
Los días siguieron su curso, pero algo había cambiado. Luciano ya no se contenía. Sus miradas eran abiertas, descaradas. Pasaba a mi lado en los pasillos demasiado cerca, y a veces, mientras revisábamos documentos en su escritorio, se inclinaba de un modo que su muslo rozaba el mío, como si fuera sin querer, pero repetido tantas veces que ya no podía engañarme.
Una tarde, mientras yo buscaba unos papeles en un estante bajo, sentí su mano sobre mi cola. No fue un roce. Fue un apretón lento, descarado, con los dedos abriéndose sobre mi falda. Me quedé congelada. Él no dijo nada. Se alejó como si nada hubiera pasado, dejándome con la piel encendida y la respiración alterada.
Esa noche, otra vez, se lo conté a mi marido. No podía guardármelo más.
—Hoy... me tocó —dije, casi en un susurro.
—¿Cómo que te tocó? —preguntó con los ojos brillantes.
—Me agarró el culo, así, sin más. Estábamos solos. Y no dije nada.
Él tardó unos segundos en contestar. Se pasó la lengua por los labios, nervioso, pero no de furia. De excitación.
—¿Y qué sentiste?
—No lo sé. Vergüenza. Miedo. Pero también... algo más.
—Te calentó, ¿no?
—No sé.
—¿Y si lo dejás? Solo una vez. Para saber. Para sacártelo de encima...
Me quedé mirándolo, atónita. No era una broma. No era indiferencia. Era deseo. El suyo. Y eso me descolocó más que la mano de Luciano.
Él quería que yo lo hiciera. Lo deseaba. Como si yo fuera una fantasía suya.
Esa noche no pude dormir. En la oscuridad, mi marido me abrazó por la espalda. Me buscó con las manos y me penetró sin decir palabra, mientras yo mordía la almohada. No me habló de amor, ni de nosotros. Solo gemía como si estuviera usando mi cuerpo para completar una escena que él mismo había escrito en su cabeza.
Y yo... yo no sabía si era cómplice o víctima. Pero no hice nada para detenerlo.
Lo había planeado. No del todo, pero sí lo suficiente.
Era viernes y sabía que Luciano iba a quedarse después de hora para terminar un informe. Yo no tenía razones para quedarme, pero estiré tareas, inventé demoras, me aseguré de que él supiera que seguía ahí.
Todo el día jugué con él. El cruce de miradas, la cercanía en los pasillos, los movimientos estudiados de mi cuerpo. Me gustaba la sensación de estar a punto de caer. De querer caer.
Camisa negra que marcaban mis pechos sugerentes y medias negras con ligas disimuladas bajo la pollera, el cabello suelto y los tacos mas altos que tenia, y ese rostro que dice mas que mil palabras
Cuando la oficina quedó vacía, me levanté de mi silla como al pasar.
—Voy al baño —dije sin mirarlo.
Sabía que me seguiría.
Assim que cruzei a porta, senti ele atrás. Me empurrou com decisão contra a pia, sem uma palavra. Me segurou pela cintura e nos olhamos no espelho: eu, respirando entrecortado; ele, com o maxilar travado e os olhos cravados na minha nuca.
Levantou minha saia, puxou minha calcinha fio-dental de um tirão, e me penetrou sem avisar. Sem perguntar. Com toda a força dele, com toda a raiva contida. Me investiu como se eu fosse dele. Como se eu pertencesse a ele. O espelho me devolvia o reflexo dos nossos rostos, minha camisa aberta, meus peitos grandes livres e as mãos dele preenchendo eles.
Não teve beijo, nem gesto carinhoso. Só pele, força, e aquele som molhado e repetido do corpo dele batendo contra o meu. Eu mal conseguia ficar em pé. Os músculos tremiam. Sentia tudo. Cada centímetro. Cada estocada. Cada gota quente que me encheu quando ele gozou dentro de mim como um animal selvagem.
Não falamos. Não nos tocamos mais.
Ajeitei a roupa em silêncio, tirei um absorvente da bolsa e coloquei às pressas: o esperma escorria quente entre minhas pernas, grosso, sem freio. Saí sem olhar pra trás.
O céu se tingia de vermelho quando cheguei em casa. As sombras do entardecer já se infiltravam pelas janelas. Eram sete horas. Abri a porta devagar.
Meu filho estava no quarto, jogando no Play com o fone de ouvido. Cumprimentei ele de passagem e ele mal levantou a mão, sem olhar pra mim.
Fiquei uns segundos parada na cozinha, sentindo o calor ainda entre as pernas, a calcinha molhada, a pele sensível.
E aí eu vi ele, meu marido, sentado na mesa, lendo alguma coisa no celular. Levantou o olhar, sorriu, e me disse:
— Tudo bem?
Não respondi de imediato. Me servi um copo d'água, dei um gole longo e me apoiei na bancada. Olhei fixo pra ele.
— Aconteceu.
— O que aconteceu? — perguntou, embora soubesse.
— O que você queria. Eu fiz. Acabei de voltar. Ainda... ainda tenho o esperma dele dentro de mim.
O silêncio que veio depois foi pesado. Ele ficou imóvel. Me observou como se estivesse vendo algo novo. Algo que nunca ousou imaginar por completo.
Eu não chorei. Não me arrependi. Só disse a verdade.
E esperei pra ver o que ele fazia com ela.
Ele não disse nada.
Só me olhou, como se aquela confissão fosse tudo o que ele estivesse esperando. Levantou da mesa e me pegou pela mão. A palma dele estava quente, tremia de leve. Não me deu tempo pra pensar nem pra protestar. Me levou direto pro nosso quarto.
—O que você tá fazendo? —sussurrei, nervosa, com um olho no corredor.
—Ele tá no quarto dele. Não sai de lá. Não vai nos ouvir —disse sem me olhar.
Me sentou na beira da cama e se ajoelhou na minha frente. Quis detê-lo. Me sentia invadida, vulnerável, quase envergonhada. Ainda tinha no meu corpo as marcas do outro. Um calor estranho entre as pernas, uma umidade morna, como prova viva do que eu tinha feito.
—Espera... deixa eu pelo menos ir no banheiro. Eu tô… —comecei a dizer.
—Assim mesmo eu te quero —me interrompeu, e as palavras dele me gelaram.
Tirou minha calcinha com um puxão desajeitado. Abriu minhas pernas com uma mistura de ansiedade e veneração, como se precisasse comprovar que era verdade. Eu tentei me cobrir, me esconder, não mostrar pra ele o que restava daquele encontro. Mas ele estava decidido. Baixou o rosto e a boca dele me tocou.
Fiquei imóvel, paralisada. Não era só desejo o que eu sentia. Era vertigem. Era fogo misturado com culpa. Ele me percorria com devoção, com fome, como se tudo o que restava daquele outro homem em mim fosse um presente, não uma traição.
—Você tá diferente —murmurou contra minha pele, como se o que eu tinha feito tivesse me mudado pra sempre—. Assim eu gosto de você.
E eu… eu já não sabia o que pensar.
Não podia negar o que sentia. Meu corpo, apesar da confusão, se rendia. Acendia. Me odiava por isso. Mas não podia parar. Não quando a língua dele me procurava como nunca antes, como se tivesse descoberto em mim algo novo, algo impuro, algo irresistível.
O que veio depois foi inevitável. Me entreguei. Não a ele, mas ao momento. A sensação de estar fundida numa loucura compartilhada. Ele não só me aceitava assim. Me desejava mais do que nunca. Como se o fato de ter sido de outro me tornasse mais dele.
E quando terminou, me abraçou por trás. Seus lábios no meu pescoço. Sua respiração ofegante.
—Assim eu te quero —disse—. Assim... de verdade.
E eu fechei os olhos.
Porque pela primeira vez em muito tempo, não sabia se voltar atrás era uma opção.
Algo mudou depois daquela noite.
Não foi só o sexo. Foi o poder. A certeza de que tudo girava ao meu redor. Luciano não voltou a me procurar. Pelo contrário, parecia desconcertado. Dava pra notar que estava mais cauteloso, como se não soubesse se o que a gente tinha feito tinha sido uma fantasia ou uma armadilha. E meu marido... bom, ele também mudou. Me olhava diferente. Como se tivesse redescoberto algo que achava perdido em mim.
E então me veio a ideia.
Não era uma fantasia em si. Era uma necessidade. Queria me sentir no centro, comandar tudo, testar não só meus próprios limites, mas também os deles. Queria ver até onde iam por mim. Até onde me seguiam.
Uma tarde, chamei o Luciano num café, fora do horário de trabalho. Fui direta.
—Preciso falar com você como mulher. Não como colega.
Ele me olhou, sério.
—Tô ouvindo.
—O que aconteceu entre a gente... meu marido sabe.
—Como assim, sabe?
—Contei pra ele. Ele desejou. Ele provocou.
Ele ficou em silêncio.
—E agora tenho uma ideia —continuei—. Quero que a gente se veja de novo. Mas dessa vez... diferente. Mais controlado. Mais claro. Ele também vai estar. Mas só como espectador. Não pergunta demais. Só confia.
Luciano hesitou. Me olhou com uma mistura de intriga e medo.
—Você tem certeza disso?
—Nunca tive tanta certeza.
Também contei pro meu marido. Não com detalhes. Só o necessário.
—Quero que você esteja —falei—. Não vou te contar tudo. Só confia em mim.
E ele... simplesmente assentiu.
A noite chegou. Não foi na nossa casa, nem num hotel tradicional. Escolhi um apartamento vazio de uma amiga que estava viajando. Espaçoso. Minimalista. Quase sem móveis. Só um sofá, um tapete e uma luminária fraca.
Eu os chamei separadamente. Luciano chegou primeiro. Estava tenso. Calado. Eu o recebi com um sorriso tranquilo, com segurança. Usava uma blusa preta solta, sem sutiã, e uma saia curta. Descalça. Nada mais. Sentei-me na frente dele.
—Calma. Hoje você só vai fazer o que eu mandar.
Pouco depois chegou meu marido. Entrou sem falar. Eles trocaram um leve contato visual como demonstrando um medo mútuo diante do desconhecido, depois ele só olhou para mim. Sentou-se onde eu indiquei, de lado, na penumbra, como uma sombra expectante.
Naquela noite, tudo girava em torno de mim. Era meu design. Meu jogo.
E eles… simplesmente estavam ali, esperando que eu falasse.
Naquela noite não pedi permissão a eles. Não dei mais explicações.
Só joguei meu jogo.
Ajoelhei-me na frente de Luciano, com a mesma decisão com que o tinha convidado. Desabotoeei-o devagar, sem deixar de olhar nos olhos dele. Meu marido, sentado na penumbra, não disse nada. Só observava. Sabia que não podia intervir. Esse não era o papel dele. Pelo menos não ainda.
Luciano não demorou a ficar tenso. Eu o tinha ali, entre minhas mãos, quente, pulsando. Comecei a percorrê-lo com a boca, lenta, profunda, enquanto sentia minhas próprias pernas se molharem só por saber que ele olhava. Que ele estava ali, vendo tudo. Que aceitava minha loucura.
E então, sem soltar Luciano, virei meu rosto para meu marido. Procurei a boca dele. Beijei-o. Um beijo molhado, sujo, cheio do que estava me preenchendo. E ele me retribuiu. Com os olhos fechados. Com a alma rendida.
Voltei a chupar, depois a beijá-lo. Ia e vinha entre os dois. Como se fossem parte de um mesmo corpo, como se a traição não existisse. Só desejo. Só poder.
Meu marido tremia. Eu sentia a dureza dele marcando contra a calça. E quanto mais sentia o sabor alheio na minha língua, mais queria beijá-lo. Mais precisava ver a entrega completa dele. Romper isso. E eu rompi. Luciano não aguentou. Me segurou pelo cabelo com uma mistura de fúria e adoração. Gozou dentro da minha boca com um gemido seco, como se algo tivesse sido arrancado da alma dele. Eu não me afastei. Segurei ele, recebi tudo. Com a boca cheia, com partes escorrendo pelos meus lábios, me virei. Olhei pra ele. E beijei ele. Um beijo longo, profundo, eterno. Carregado de tudo que ele tinha desejado, e tudo que eu já não pensava em negar. Naquela noite não teve perguntas. Nem lágrimas. Só corpos rendidos ao meu jogo. E eu… pela primeira vez, fui completamente minha. Nunca mais voltamos a falar do assunto com muitos detalhes. Nem com Luciano, nem entre a gente. Tudo que tinha que acontecer, aconteceu naquela noite. O resto… já não importava. Luciano foi morar na França pouco tempo depois. Se despediu com uma mensagem curta, quase formal. Talvez tenha se assustado, talvez tenha entendido que nunca fez parte de verdade. Só uma peça útil num jogo que já não era dele. E a gente… bom, a gente encontrou algo. Não chamaria de salvação. Nem de redenção. Foi mais simples: uma nova forma de se viver. Um acordo silencioso, brutalmente honesto, onde o desejo deixou de ser tabu pra virar a linguagem principal. Meu corpo virou território compartilhado. Ele, meu marido, entendeu que a paixão nem sempre tá na exclusividade. Às vezes, tá em olhar. Em limpar. Em esperar a sua vez. Desde então, não tem mais promessas vazias. Só atos. Às vezes, enquanto ando pela rua, observo eles. Imagino eles. Alguns me devolvem o olhar. Outros baixam os olhos. Mas tem algo que já não consigo esconder. Dá pra notar no meu jeito de andar. Em como cruzo as pernas. No jeito que meus lábios se curvam quando falo. Porque já não sou a mesma. E porque continuo buscando. Busco algo mais, minha nova fantasia. Minha nova fantasia passa por um eterno sexo anal. Um novo corpo. Uma besta muda que não queira falar, só me usar. Que me empurre contra o que for, sem palavras, sem permissão. Que ele me trate como uma puta. Por onde mais doer. Que ele me abra. Que ele me destrua. Que ele me deixe sem conseguir fechar as pernas ao andar. Aberta como uma puta. Só para que, depois, meu marido me receba. Me cheire. Me beije. Me limpe.
Não falo isso em voz alta.
Mas se você está lendo isto… já sabe.
Talvez você seja esse animal que eu procuro
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PERVERSA
Me llamo Karina. Tengo treinta y siete años, estoy casada desde hace más de una década y soy madre de un varón de nueve. Mi vida, desde afuera, parecía perfecta. Un marido correcto, una casa en un barrio tranquilo, un hijo sano, una rutina estable. Pero adentro… adentro había un hueco que me latía entre las piernas.
No sé cuándo empecé a sentirlo con tanta fuerza. Tal vez fue después del parto, o quizás mucho antes. Tal vez simplemente lo tapé con tareas, cenas, deberes escolares, series y cenas silenciosas en pareja. Como si poner la vida en marcha cada día bastara para callar lo que no me animo a decir.
Mi esposo —Daniel— era bueno, amable, trabajador. Pero en la cama... no sé cómo explicarlo, era tibio. Cumplía, si se lo pedía. Se excitaba cuando me ponía algo insinuante, si lo buscaba con la mano bajo las sábanas. Pero no había hambre en su mirada. No había ese deseo crudo que me sacara el aire. Hacía años que no sentía que me devorara como alguna vez lo había hecho.
Y yo... yo tenía deseos. Deseos sucios, intensos, a veces difíciles de nombrar. Pensé que tener un hijo llenaría ese hueco, que me haría sentir completa. Pero un hijo no llena un vacío sexual. Y ese vacío me ardía cuando estaba sola, cuando apagaba las luces, cuando me tocaba con culpa mientras él dormía de espaldas, ajeno a lo que su mujer guardaba por dentro.
No me atreví a hablarlo. ¿Cómo se le dice a un marido que una parte de una necesita ser tomada, usada, dominada... que fantasea con cosas que ni siquiera entiende del todo?
Estaba empezando a sentir que, si no hacía algo, esa parte mía iba pudriéndose por dentro.
Los días en la oficina eran casi una fotocopia uno del otro. Llegaba temprano, me acomodaba la pollera entallada hasta media pierna, ajustaba el saco sobre la blusa clara, encendía la notebook, organizaba papeles, revisaba carpetas. Todo con la eficiencia casi mecánica de quien ya no necesita pensar demasiado para rendir. Incluso mi café tenía un horario exacto.
Nunca me faltaba el peinado perfecto ni los tacos altos. No por Daniel, claro. Hace años que no notaba si llevaba el pelo suelto, recogido o si me pintaba los labios. Lo hacía por mí. Porque si había algo que todavía me daba una mínima sensación de control sobre mí misma… era la forma en la que caminaba por ese piso brillante, con el taconeo firme, sintiéndome deseable aunque nadie lo dijera en voz alta.
Aunque no siempre fue así.
Hubo un tiempo —no hace mucho— en que algo se agitó en esa rutina. Tenía nombre, Luciano.
Entró al área de auditoría con ese aire entre relajado y desafiante que tienen algunos hombres cuando saben exactamente cómo los miran las mujeres… y lo disfrutan. Era más joven que yo, no mucho, tal vez cinco años menos. Moreno, de barba recortada, mirada oscura. Y tenía algo que me desarmaba: la forma en que me miraba.
No era grosero, ni evidente. Pero su mirada... su mirada tenía hambre. Me observaba cuando me levantaba por café, cuando me inclinaba a buscar una carpeta, cuando cruzaba las piernas. Y no desviaba los ojos aunque yo lo sorprendiera mirándome. Me sostenía la mirada, firme, como si supiera algo. Como si ya hubiera estado entre mis piernas.
Al principio, me incomodó. No estaba acostumbrada a que un hombre me mirara así. Mucho menos en mi oficina, en plena rutina gris. Pero no tardé en darme cuenta de que esa incomodidad era pura agitación. Durante semanas, lo tuve en la cabeza más de lo que me atrevo a admitir. Su rostro aparecía cuando me bañaba, cuando me cambiaba, cuando apagaba las luces.
Y sí… fantaseé. Con su boca. Con sus manos. Con su voz grave diciéndome cosas que Daniel jamás se atrevería a decirme. Con sentirme pequeña y mojada bajo su cuerpo. Con dejar que ese lobo que me miraba como presa y finalmente me tomara.
Hasta que un día, Luciano dejó de solo mirarme. Fue un viernes, al final de la jornada. Todos se habían ido y yo me quedé cerrando un informe. Sentí su presencia detrás mío antes de escucharlo hablar. Su voz fue grave, casi un susurro:
—¿Sabés que me volvés loco con esa pollera, no?
Me giré sorprendida, pero él ya no tenía esa actitud neutra de siempre. Estaba seguro, desafiante. Me sonrió como si llevara meses ensayando ese momento.
No supe qué responder. Me limité a acomodar los papeles y a decir que tenía que irme. Pero en el ascensor, volvió a estar detrás mío. Y esta vez, su mano rozó mi cintura. Sutil. Deliberada.
Durante el fin de semana, lo único que hacía era repasar cada gesto, cada palabra. Sentía que algo se había abierto dentro mío, como una compuerta que no se cerraba.
El lunes a la noche, no aguanté más, cuando nuestro pequeño ya se había ido a su cuarto, se lo conté a mi marido.
—Parece que hay uno en la oficina que... no sé. Me mira raro. Hoy incluso me dijo algo... —hice una pausa—. Me insinuó que le gusto.
Él dejó los cubiertos, me miró sin sorpresa.
—¿Y vos qué hiciste? —preguntó con media sonrisa.
—Nada... me fui.
—¿Y te gusta? —preguntó, directo.
Me incomodó su tono. No era de celos. Era otra cosa. Como si estuviera... entretenido.
—No sé. No sé si me gusta. Me confunde —admití.
—Tal vez deberías dejarte llevar un poco. Mirá si necesitás eso para despertar otra vez...
No supe qué decir. En vez de contenerme o indignarse, parecía estar empujándome a cruzar un límite. Esa noche me sentí más sola que nunca. Y más observada también. Porque ahora, Luciano no solo me miraba en la oficina… también lo hacía mi propio marido, desde otro ángulo. Como si esperara algo. Como si deseara verme caer.
Los días siguieron su curso, pero algo había cambiado. Luciano ya no se contenía. Sus miradas eran abiertas, descaradas. Pasaba a mi lado en los pasillos demasiado cerca, y a veces, mientras revisábamos documentos en su escritorio, se inclinaba de un modo que su muslo rozaba el mío, como si fuera sin querer, pero repetido tantas veces que ya no podía engañarme.
Una tarde, mientras yo buscaba unos papeles en un estante bajo, sentí su mano sobre mi cola. No fue un roce. Fue un apretón lento, descarado, con los dedos abriéndose sobre mi falda. Me quedé congelada. Él no dijo nada. Se alejó como si nada hubiera pasado, dejándome con la piel encendida y la respiración alterada.
Esa noche, otra vez, se lo conté a mi marido. No podía guardármelo más.
—Hoy... me tocó —dije, casi en un susurro.
—¿Cómo que te tocó? —preguntó con los ojos brillantes.
—Me agarró el culo, así, sin más. Estábamos solos. Y no dije nada.
Él tardó unos segundos en contestar. Se pasó la lengua por los labios, nervioso, pero no de furia. De excitación.
—¿Y qué sentiste?
—No lo sé. Vergüenza. Miedo. Pero también... algo más.
—Te calentó, ¿no?
—No sé.
—¿Y si lo dejás? Solo una vez. Para saber. Para sacártelo de encima...
Me quedé mirándolo, atónita. No era una broma. No era indiferencia. Era deseo. El suyo. Y eso me descolocó más que la mano de Luciano.
Él quería que yo lo hiciera. Lo deseaba. Como si yo fuera una fantasía suya.
Esa noche no pude dormir. En la oscuridad, mi marido me abrazó por la espalda. Me buscó con las manos y me penetró sin decir palabra, mientras yo mordía la almohada. No me habló de amor, ni de nosotros. Solo gemía como si estuviera usando mi cuerpo para completar una escena que él mismo había escrito en su cabeza.
Y yo... yo no sabía si era cómplice o víctima. Pero no hice nada para detenerlo.
Lo había planeado. No del todo, pero sí lo suficiente.
Era viernes y sabía que Luciano iba a quedarse después de hora para terminar un informe. Yo no tenía razones para quedarme, pero estiré tareas, inventé demoras, me aseguré de que él supiera que seguía ahí.
Todo el día jugué con él. El cruce de miradas, la cercanía en los pasillos, los movimientos estudiados de mi cuerpo. Me gustaba la sensación de estar a punto de caer. De querer caer.
Camisa negra que marcaban mis pechos sugerentes y medias negras con ligas disimuladas bajo la pollera, el cabello suelto y los tacos mas altos que tenia, y ese rostro que dice mas que mil palabras
Cuando la oficina quedó vacía, me levanté de mi silla como al pasar.
—Voy al baño —dije sin mirarlo.
Sabía que me seguiría.
Assim que cruzei a porta, senti ele atrás. Me empurrou com decisão contra a pia, sem uma palavra. Me segurou pela cintura e nos olhamos no espelho: eu, respirando entrecortado; ele, com o maxilar travado e os olhos cravados na minha nuca.Levantou minha saia, puxou minha calcinha fio-dental de um tirão, e me penetrou sem avisar. Sem perguntar. Com toda a força dele, com toda a raiva contida. Me investiu como se eu fosse dele. Como se eu pertencesse a ele. O espelho me devolvia o reflexo dos nossos rostos, minha camisa aberta, meus peitos grandes livres e as mãos dele preenchendo eles.
Não teve beijo, nem gesto carinhoso. Só pele, força, e aquele som molhado e repetido do corpo dele batendo contra o meu. Eu mal conseguia ficar em pé. Os músculos tremiam. Sentia tudo. Cada centímetro. Cada estocada. Cada gota quente que me encheu quando ele gozou dentro de mim como um animal selvagem.
Não falamos. Não nos tocamos mais.
Ajeitei a roupa em silêncio, tirei um absorvente da bolsa e coloquei às pressas: o esperma escorria quente entre minhas pernas, grosso, sem freio. Saí sem olhar pra trás.
O céu se tingia de vermelho quando cheguei em casa. As sombras do entardecer já se infiltravam pelas janelas. Eram sete horas. Abri a porta devagar.
Meu filho estava no quarto, jogando no Play com o fone de ouvido. Cumprimentei ele de passagem e ele mal levantou a mão, sem olhar pra mim.
Fiquei uns segundos parada na cozinha, sentindo o calor ainda entre as pernas, a calcinha molhada, a pele sensível.
E aí eu vi ele, meu marido, sentado na mesa, lendo alguma coisa no celular. Levantou o olhar, sorriu, e me disse:
— Tudo bem?
Não respondi de imediato. Me servi um copo d'água, dei um gole longo e me apoiei na bancada. Olhei fixo pra ele.
— Aconteceu.
— O que aconteceu? — perguntou, embora soubesse.
— O que você queria. Eu fiz. Acabei de voltar. Ainda... ainda tenho o esperma dele dentro de mim.
O silêncio que veio depois foi pesado. Ele ficou imóvel. Me observou como se estivesse vendo algo novo. Algo que nunca ousou imaginar por completo.
Eu não chorei. Não me arrependi. Só disse a verdade.
E esperei pra ver o que ele fazia com ela.
Ele não disse nada.
Só me olhou, como se aquela confissão fosse tudo o que ele estivesse esperando. Levantou da mesa e me pegou pela mão. A palma dele estava quente, tremia de leve. Não me deu tempo pra pensar nem pra protestar. Me levou direto pro nosso quarto.
—O que você tá fazendo? —sussurrei, nervosa, com um olho no corredor.
—Ele tá no quarto dele. Não sai de lá. Não vai nos ouvir —disse sem me olhar.
Me sentou na beira da cama e se ajoelhou na minha frente. Quis detê-lo. Me sentia invadida, vulnerável, quase envergonhada. Ainda tinha no meu corpo as marcas do outro. Um calor estranho entre as pernas, uma umidade morna, como prova viva do que eu tinha feito.
—Espera... deixa eu pelo menos ir no banheiro. Eu tô… —comecei a dizer.
—Assim mesmo eu te quero —me interrompeu, e as palavras dele me gelaram.
Tirou minha calcinha com um puxão desajeitado. Abriu minhas pernas com uma mistura de ansiedade e veneração, como se precisasse comprovar que era verdade. Eu tentei me cobrir, me esconder, não mostrar pra ele o que restava daquele encontro. Mas ele estava decidido. Baixou o rosto e a boca dele me tocou.
Fiquei imóvel, paralisada. Não era só desejo o que eu sentia. Era vertigem. Era fogo misturado com culpa. Ele me percorria com devoção, com fome, como se tudo o que restava daquele outro homem em mim fosse um presente, não uma traição.
—Você tá diferente —murmurou contra minha pele, como se o que eu tinha feito tivesse me mudado pra sempre—. Assim eu gosto de você.
E eu… eu já não sabia o que pensar.
Não podia negar o que sentia. Meu corpo, apesar da confusão, se rendia. Acendia. Me odiava por isso. Mas não podia parar. Não quando a língua dele me procurava como nunca antes, como se tivesse descoberto em mim algo novo, algo impuro, algo irresistível.
O que veio depois foi inevitável. Me entreguei. Não a ele, mas ao momento. A sensação de estar fundida numa loucura compartilhada. Ele não só me aceitava assim. Me desejava mais do que nunca. Como se o fato de ter sido de outro me tornasse mais dele.
E quando terminou, me abraçou por trás. Seus lábios no meu pescoço. Sua respiração ofegante.
—Assim eu te quero —disse—. Assim... de verdade.
E eu fechei os olhos.
Porque pela primeira vez em muito tempo, não sabia se voltar atrás era uma opção.
Algo mudou depois daquela noite.
Não foi só o sexo. Foi o poder. A certeza de que tudo girava ao meu redor. Luciano não voltou a me procurar. Pelo contrário, parecia desconcertado. Dava pra notar que estava mais cauteloso, como se não soubesse se o que a gente tinha feito tinha sido uma fantasia ou uma armadilha. E meu marido... bom, ele também mudou. Me olhava diferente. Como se tivesse redescoberto algo que achava perdido em mim.
E então me veio a ideia.
Não era uma fantasia em si. Era uma necessidade. Queria me sentir no centro, comandar tudo, testar não só meus próprios limites, mas também os deles. Queria ver até onde iam por mim. Até onde me seguiam.
Uma tarde, chamei o Luciano num café, fora do horário de trabalho. Fui direta.
—Preciso falar com você como mulher. Não como colega.
Ele me olhou, sério.
—Tô ouvindo.
—O que aconteceu entre a gente... meu marido sabe.
—Como assim, sabe?
—Contei pra ele. Ele desejou. Ele provocou.
Ele ficou em silêncio.
—E agora tenho uma ideia —continuei—. Quero que a gente se veja de novo. Mas dessa vez... diferente. Mais controlado. Mais claro. Ele também vai estar. Mas só como espectador. Não pergunta demais. Só confia.
Luciano hesitou. Me olhou com uma mistura de intriga e medo.
—Você tem certeza disso?
—Nunca tive tanta certeza.
Também contei pro meu marido. Não com detalhes. Só o necessário.
—Quero que você esteja —falei—. Não vou te contar tudo. Só confia em mim.
E ele... simplesmente assentiu.
A noite chegou. Não foi na nossa casa, nem num hotel tradicional. Escolhi um apartamento vazio de uma amiga que estava viajando. Espaçoso. Minimalista. Quase sem móveis. Só um sofá, um tapete e uma luminária fraca.
Eu os chamei separadamente. Luciano chegou primeiro. Estava tenso. Calado. Eu o recebi com um sorriso tranquilo, com segurança. Usava uma blusa preta solta, sem sutiã, e uma saia curta. Descalça. Nada mais. Sentei-me na frente dele.
—Calma. Hoje você só vai fazer o que eu mandar.
Pouco depois chegou meu marido. Entrou sem falar. Eles trocaram um leve contato visual como demonstrando um medo mútuo diante do desconhecido, depois ele só olhou para mim. Sentou-se onde eu indiquei, de lado, na penumbra, como uma sombra expectante.
Naquela noite, tudo girava em torno de mim. Era meu design. Meu jogo.
E eles… simplesmente estavam ali, esperando que eu falasse.
Naquela noite não pedi permissão a eles. Não dei mais explicações.
Só joguei meu jogo.
Ajoelhei-me na frente de Luciano, com a mesma decisão com que o tinha convidado. Desabotoeei-o devagar, sem deixar de olhar nos olhos dele. Meu marido, sentado na penumbra, não disse nada. Só observava. Sabia que não podia intervir. Esse não era o papel dele. Pelo menos não ainda.
Luciano não demorou a ficar tenso. Eu o tinha ali, entre minhas mãos, quente, pulsando. Comecei a percorrê-lo com a boca, lenta, profunda, enquanto sentia minhas próprias pernas se molharem só por saber que ele olhava. Que ele estava ali, vendo tudo. Que aceitava minha loucura.
E então, sem soltar Luciano, virei meu rosto para meu marido. Procurei a boca dele. Beijei-o. Um beijo molhado, sujo, cheio do que estava me preenchendo. E ele me retribuiu. Com os olhos fechados. Com a alma rendida.
Voltei a chupar, depois a beijá-lo. Ia e vinha entre os dois. Como se fossem parte de um mesmo corpo, como se a traição não existisse. Só desejo. Só poder.
Meu marido tremia. Eu sentia a dureza dele marcando contra a calça. E quanto mais sentia o sabor alheio na minha língua, mais queria beijá-lo. Mais precisava ver a entrega completa dele. Romper isso. E eu rompi. Luciano não aguentou. Me segurou pelo cabelo com uma mistura de fúria e adoração. Gozou dentro da minha boca com um gemido seco, como se algo tivesse sido arrancado da alma dele. Eu não me afastei. Segurei ele, recebi tudo. Com a boca cheia, com partes escorrendo pelos meus lábios, me virei. Olhei pra ele. E beijei ele. Um beijo longo, profundo, eterno. Carregado de tudo que ele tinha desejado, e tudo que eu já não pensava em negar. Naquela noite não teve perguntas. Nem lágrimas. Só corpos rendidos ao meu jogo. E eu… pela primeira vez, fui completamente minha. Nunca mais voltamos a falar do assunto com muitos detalhes. Nem com Luciano, nem entre a gente. Tudo que tinha que acontecer, aconteceu naquela noite. O resto… já não importava. Luciano foi morar na França pouco tempo depois. Se despediu com uma mensagem curta, quase formal. Talvez tenha se assustado, talvez tenha entendido que nunca fez parte de verdade. Só uma peça útil num jogo que já não era dele. E a gente… bom, a gente encontrou algo. Não chamaria de salvação. Nem de redenção. Foi mais simples: uma nova forma de se viver. Um acordo silencioso, brutalmente honesto, onde o desejo deixou de ser tabu pra virar a linguagem principal. Meu corpo virou território compartilhado. Ele, meu marido, entendeu que a paixão nem sempre tá na exclusividade. Às vezes, tá em olhar. Em limpar. Em esperar a sua vez. Desde então, não tem mais promessas vazias. Só atos. Às vezes, enquanto ando pela rua, observo eles. Imagino eles. Alguns me devolvem o olhar. Outros baixam os olhos. Mas tem algo que já não consigo esconder. Dá pra notar no meu jeito de andar. Em como cruzo as pernas. No jeito que meus lábios se curvam quando falo. Porque já não sou a mesma. E porque continuo buscando. Busco algo mais, minha nova fantasia. Minha nova fantasia passa por um eterno sexo anal. Um novo corpo. Uma besta muda que não queira falar, só me usar. Que me empurre contra o que for, sem palavras, sem permissão. Que ele me trate como uma puta. Por onde mais doer. Que ele me abra. Que ele me destrua. Que ele me deixe sem conseguir fechar as pernas ao andar. Aberta como uma puta. Só para que, depois, meu marido me receba. Me cheire. Me beije. Me limpe.
Não falo isso em voz alta.
Mas se você está lendo isto… já sabe.
Talvez você seja esse animal que eu procuro
Se você gostou desta história pode me escrever com o título PERVERSA para dulces.placeres@live.com
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