Quando os buracos do corpo dela contam outra história

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CUANDO LOS HUECOS DE SU CUERPO CUENTAN OTRA HISTORIA


Nos conocimos en un lugar tan aburrido que ni la casualidad quiso disimularlo: una charla sobre seguridad laboral en una aseguradora. Yo estaba ahí como parte del equipo técnico de una empresa metalúrgica, donde trabajaba como encargado de mantenimiento industrial. Mariela había empezado hacía pocos meses como administrativa en un estudio de abogados que asesoraba a la ART. Era nueva, y se notaba.
Se sentó en la última fila, sola, con una carpeta sobre las piernas y un café que no se animaba a tomar. No se maquillaba mucho, vestía con ropa holgada, colores neutros. Casi pasaba desapercibida. Casi.

Pero cuando cruzó la pierna, lo supe. Esa chica de gesto tímido y voz suave tenía unas caderas imposibles de ignorar, un culo redondo y alto, y un par de tetas grandes que su remera intentaba esconder sin éxito. Lo supe enseguida: no era una de esas minas que buscan miradas… pero las generaba igual. Y eso, por alguna razón, me calentó más.

Después de la charla me acerqué, más por curiosidad que por intención. Quise escuchar su voz. Quise verla de cerca. Quise saber si esa combinación extraña —de chica inocente con cuerpo pornográfico— era real o solo una ilusión de la distancia. No era una ilusión. Mariela existía. Y lo que todavía no sabía era que, detrás de toda esa timidez, había una oscuridad secreta. Un deseo tan profundo que ni ella misma podía nombrar del todo. Al menos, no todavía.

Nos costó arrancar. Ella no era de las que dan muchas señales. Yo tampoco era un seductor de manual. Me acuerdo que intercambiamos un par de mails “de trabajo” después de aquella charla, y que aproveché una excusa ridícula para invitarla a tomar algo, un café, Mariela aceptó. Y eso fue todo lo que necesité.

La primera vez que salimos fue al bar de siempre, ese que está frente a Plaza San Martín, con sillas de madera incómodas y mozos que no escuchan. No fue una cita explosiva, ni de esas donde el tiempo se detiene. Pero me gustó escucharla. Tenía una manera de hablar entrecortada, como si cada frase la pensara dos veces antes de soltarla. Y cada vez que se reía, se tapaba la boca, y yo me moría por besarla en ese gesto.
La segunda vez ya fue cena. Un bodegón de barrio, mozos viejos, luz tenue. Le pedí vino sin preguntar, y se sonrojó. Me dijo que no solía tomar, que no salía mucho, que no era de “eso”. Y, sin embargo, cuando la dejé en la puerta de su departamento, no bajó del auto enseguida, se quedó, me miró. Y fue ella la que se acercó. Su primer beso no fue tímido. Fue húmedo, profundo. Como si todo lo que no decía se lo hubiera estado guardando para ese momento.

Después de eso, todo fue rápido, demasiado, incluso. A los tres meses ya dormía más en mi casa que en la suya. A los seis, empezamos a convivir. Y ahí empecé a conocer otras versiones de Mariela. La de la cocina desordenada, la que se ponía mi ropa interior por un tonto fetiche, la que se reía en voz alta cuando nadie la veía. Pero, sobre todo, conocí a la Mariela de la cama.

No sé si fue la comodidad, la confianza o alguna fantasía reprimida, pero en cuanto se soltó, descubrí que esa mujer dulce y callada tenía un lado sexual voraz. Le gustaba probar cosas. Le gustaba ser guiada, pero también provocar. Le calentaban los lugares prohibidos: el sillón, el baño a media tarde, incluso el balcón si era de noche. Me mordía, me ataba las manos con sus corpiños, me decía cosas al oído que me dejaban duro como piedra. Tenía una forma de montarme que no era casual: sabía exactamente qué quería hacerme sentir. Y lo lograba.

Pero también tenía silencios. No pedía demasiado. Esperaba. Observaba. Hasta que un día, cuando ya llevábamos un tiempo juntos, me lo pidió. Fue la primera vez. Y esa noche, todo cambió, la idea de unas vacaciones alocadas, lejos de la rutina diaria y las pesadas obligaciones, solo ser libres por unos días

El destino, Jamaica

Decidimos escaparnos casi sin planearlo, una locura que se armó entre mensajes y llamadas de última hora. Mariela necesitaba aire, yo también. Y Jamaica apareció como la opción perfecta: playas de arena blanca, palmeras que se mecen con la brisa, reggae que vibra en cada rincón, y un pueblo orgulloso de su historia y su cultura.
Kingston, la capital, es una mezcla intensa de caos y ritmo, con mercados llenos de colores, olor a especias, y hombres con cuerpos torneados por el sol y el trabajo duro. Pero no queríamos eso. Buscábamos el descanso.

Así que nos fuimos a Negril, al oeste. Allí las playas son infinitas, el mar de un azul imposible, y los atardeceres se pintan con tonos que parecen sacados de un cuadro.
La gente, amable y sonriente, tiene una energía que contagia. Los hombres, muchos de ellos pescadores o atletas, se pasean por la costa con torsos descubiertos, músculos marcados y sonrisas que no se esconden.
Las costumbres locales, entre jamaicanos y turistas, son una mezcla de relajación y fiesta: el día se pasa en la playa, el ron nunca falta, y la música, siempre presente, crea un fondo sensual perfecto para que los deseos se despierten.
Negril tiene esa manera especial de hacerte olvidar que existe el mundo. El sol pega distinto, como más tibio. El mar no salpica, acaricia. Y todo parece diseñado para que el tiempo se diluya entre la arena, el ron y los cuerpos semi desnudos.

Esa tarde Mariela eligió su traje de baño más diminuto. Uno que yo ni recordaba que hubiéramos alistado. Un pedazo de tela color piel, casi invisible, a la distancia parecía completamente desnuda, ese que dejaba su culo redondo expuesto como una provocación involuntaria y los pechos desafiando que equilibrio del mundo. Apenas lo vi, supe que no iba a pasar desapercibida. Y no pasó.

Mientras caminábamos por la orilla, más de una mirada se le quedó pegada a las curvas que ella, como siempre, fingía no notar. Pero yo sí lo notaba. Yo lo sentía. Sentía las miradas clavarse en su espalda, en sus tetas apenas contenidas, en la forma perfecta en que la arena se le adhería a la piel húmeda.

Nos cruzamos con él cerca de una caseta de bebidas. Alto, moreno, de unos cuarenta quizás, con el cuerpo cincelado por el sol y el esfuerzo. No era un físico de gimnasio: era real. Músculos grandes, marcados, pero sin exagerar. Llevaba un short y nada más. Tenía una sonrisa fácil y una voz profunda, casi musical.

—¿First time in Jamaica? —nos preguntó, mientras levantaba un vasito de ron que nos ofreció como si fuéramos viejos amigos.

Mariela sonrió, aceptó el trago y se sentó en la reposera como si ese lugar fuera suyo de toda la vida. Yo también me dejé llevar. El tipo se llamaba Dwayne, era instructor de buceo y, como la mayoría en ese rincón de la isla, hablaba un inglés suave, lleno de pausas. Hablamos de todo y de nada. Rutas para recorrer, comida local, el calor, los turistas, el reggae, el ron. Y mientras tanto, mi mujer se iba soltando. Más risa, más contacto visual. Cruzaban frases en inglés que yo no entendía del todo. Miradas que empezaban a tener otro peso.

En un momento, ya con la tarde cayendo, Mariela se apoyó en mí y me dijo, como quien comenta algo del clima:

—¿Te parece muy loco invitarlo al hotel?

La miré sin entender. Pensé que hablaba de seguir tomando algo, que le había caído simpático, que no quería cortar la charla.

—¿Para qué? —pregunté.

Ella giró el rostro hacia mí, seria, pero sin dureza.

—Para coger con él —dijo, como si acabara de pedirme otra copa.

Me quedé helado. El paraíso perfecto de ese lugar… todo pareció detenerse un segundo.

—¿Qué?

Mariela bajó la voz, pero no la intensidad de su mirada.

—Siempre tuve esa fantasía, Mauro. Como muchas. Con un negro. Con un tipo así. Grande. Oscuro. Que me agarre como si no me conociera. Como si yo no fuera tu esposa. Y estamos acá... y él está acá.

No me reí. No me enojé. Solo sentí algo raro estirarse adentro mío. Como una mezcla de celos, miedo y una excitación que no me atreví a nombrar todavía.

No respondí enseguida. Me limité a mirarla, a buscar en sus ojos si lo decía en serio o si era algún juego extraño, algo empujado por la fantasía. Pero no. Mariela no jugaba. Esa calma que tenía cuando hablaba de cosas incómodas era más sincera que cualquier grito. Y eso me descolocaba.

Dwayne seguía sonriendo, como si no supiera nada, como si no sospechara lo que Mariela acababa de proponer. O tal vez sí lo sabía. Tal vez lo había sabido desde el primer momento en que la vio cruzar por la arena con ese culo perfecto rebotando bajo el sol.


Quando os buracos do corpo dela contam outra história—Não sei o que dizer —murmurei.

—Não diga nada —ela me respondeu. E me beijou. Devagar. Profundo. Com aquele mesmo gosto de rum e sal que tinha desde a tarde. Um beijo que não buscava me convencer… mas abrir a porta.

Não demoramos muito mais. Dwayne nos seguiu sem perguntar. Não teve conversa séria, nem acordo prévio, nem lista do que podia ou não podia fazer. Só caminhamos os três até o hotel, descalços, sujos, com a roupa grudada no corpo pelo suor e pela maresia.
Entramos no quarto quando o sol já caía, mas ainda não era noite. Não tínhamos jantado. Não tínhamos tomado banho. Tínhamos areia nos pés, cheiro de mar na pele, bafo de álcool. Tudo era desleixado, cru, real. Como se o que estava por vir não precisasse de nenhum enfeite, nenhum ritual, nenhuma justificativa.

Mariela entrou primeiro. Tirou o pareô sem dizer uma palavra. Ficou com o biquíni minúsculo, tirinhas molhadas que mal cobriam o mínimo. Dwayne a seguiu com o olhar fixo. E eu… fiquei pra trás.

Me senti… menos. Não por ela. Por ele. Por aquele corpo imponente que agora eu via sem filtro: peito largo, braços fortes, abdômen duro. Era como olhar um animal lindo, selvagem, feito pra dominar. E o pior é que ele ainda não tinha mostrado tudo. Mas eu já imaginava. E o simples fato de intuir aquilo me revirava o estômago e me deixava com o pau duro ao mesmo tempo.

Mariela se sentou na beira da cama. Olhou pra mim.

—Quero que você esteja —ela me disse—. Quero que você veja.

E eu assenti. Sem palavras. Sem entender direito se aquilo que eu sentia era medo, ciúme, tesão… ou tudo junto.

Quando fechei a porta do quarto, o ar-condicionado mal conseguiu disfarçar o calor grudento dos nossos corpos. Mariela deu alguns passos e, antes de dizer qualquer coisa, apoiou a mão no meu abdômen. Não com carinho. Não com doçura. Com firmeza. Como se marcasse uma fronteira.

—Você olha —ela me disse sem me olhar—. Só olha. Filma, tira foto, faz o que quiser… mas não chega perto. Hoje não te toca.
Fiquei gelado. A suavidade da pele dela contrastava com a dureza daquela ordem. Foi um carinho frio. Uma sentença doce. E eu soube que ela não estava brincando. Estava falando sério. Naquela noite, eu era um convidado. Uma testemunha do desejo da minha mulher com outro homem.
Mariela se virou e olhou para Dwayne. O cara não dizia nada. Esperava. Com certeza já tinha estado naquela cena antes. Sabia quando se mover.

Então ela levou as mãos às costas e desamarrou a parte de cima do biquíni. As tiras molhadas caíram e suas tetas ficaram de fora, redondas, firmes, ainda marcadas pelo sol. Umas linhas finas, esbranquiçadas, cortavam o dourado da pele. Marcas tímidas, mas visíveis. As marcas do que o biquíni cobria. E eu… nunca a tinha visto tão nua como naquele instante.

Continuou com a parte de baixo. Foi descendo devagar, deixando ver primeiro o monte de Vênus, depilado, liso, depois os lábios… e então, completa, ali, de pé, na frente daquele homem que a gente não conhecia. Ou talvez sim. Talvez ela já o conhecesse só de olhar.

Dwayne não disse nada. Tirou o short sem cerimônia. Sem pausas.

E foi aí que Mariela o viu.

Os olhos dela se arregalaram. A boca se abriu de leve, sem som. Não era só grande. Era obsceno. Um tronco escuro, grosso, comprido, que pendia entre as coxas dele com um peso que parecia impossível. Vivo. Quase arrogante. Como se soubesse do que era capaz.

Eu engoli em seco. Senti uma mistura de vertigem, vergonha, ciúme, e algo mais primitivo que não soube nomear. Mariela continuava olhando. Já não me registrava. Não havia ternura no rosto dela. Só uma urgência, uma necessidade animal, como se todo o corpo dela gritasse que o queria dentro.

E eu, parado num canto, sem poder tocá-la, sem poder falar com ela, sabia que estava prestes a ver algo que ia me mudar pra sempre.

Nem um minuto mais. Nem uma palavra. Dwayne deu um passo, só um, e a pegou pela cintura com as duas mãos. Não foi brusco, mas também não foi suave. Foi exato. Claro. Como quem já sabe o que vai acontecer e não tem dúvidas. Levantou ela no ar como se não pesasse nada. Como se Mariela fosse uma folha de papel molhado. E ela… ela não ofereceu resistência. Deixou acontecer. Se rendeu com naturalidade, como se aquele gesto masculino, primitivo, fosse o que ela estava esperando. As pernas dela ficaram penduradas por alguns segundos, até que instintivamente ela as enrolou em volta do torso dele. Os peitos dela se esmagaram contra aquele peito escuro, quente, musculoso. E então eles se beijaram. Não foi um beijo carinhoso. Foi um ataque. Um devorar-se. Dwayne comia a boca dela com aqueles lábios grossos, carnudos, selvagens. Apertava ela com os braços como se pudesse quebrá-la. E mesmo assim, Mariela se agarrava a ele com a força de quem não quer soltar nunca. De onde eu estava, podia ver como as bocas deles se fundiam, como as línguas brigavam, como o negro segurava ela pela bunda com as duas mãos abertas, marcando os dedos na pele branca. Levantava ela, sustentava com facilidade, com aquela segurança animal que me faltava. E ela… ela olhava de esguelha pra mim. Então caíram na cama, os dois molhados, salgados, cobertos de areia e desejo. Se moveram com uma sincronia animal, quase brutal, e sem dizer uma palavra se colocaram na posição: Mariela se ajeitou por cima, de costas, e Dwayne recebeu ela num 69 que parecia combinado desde antes de nascer. Pegou ela com as duas mãos e enterrou a cara entre as pernas dela, separando os glúteos com uma brutalidade controlada. Comia a buceta dela como se fosse sua comida favorita, com fome, com barulho, com língua e lábios e todo o peso do maxilar negro apertando o sexo dela. Não se limitava a lamber: chupava. Sorvia os sucos, mordia de leve o clitóris, gemia dentro como se gostasse mais que ela. Mariela se contorcia em cima dele, gemendo, sem controle. E ao mesmo tempo, tinha a atenção dividida. Porque ali estava, na frente da cara dela, aquele pau gigantesco, duro, Brilhante, apontando para a boca dela como um castigo divino.

Ela tocava com uma mão, primeiro com timidez, como testando o peso, a temperatura. Depois, levou à cara. Acariciava com os lábios, lambia de leve, como se não pudesse acreditar que algo tão grande pudesse ser real.

Eu… não conseguia me mexer. Estava na cadeira, com o pau duro, pulsando, os dedos tremendo no celular, gravando e tirando fotos como um doente.

Dwayne comia e comia como um possesso, e Mariela já não conseguia falar. Só gemia. Só mamava. Só se entregava. E eu a via… como nunca tinha visto antes. Tão puta. Tão livre. Tão minha… e tão de outro.

Mariela pegou a camisinha como se tudo tivesse sido planejado. Nem me olhou no começo. Só desenrolou com cuidado, mas com aquela segurança que eu nunca tinha visto nela. O que ela tinha nas mãos era imenso, grosso, escuro. E ela parecia curtir até a dificuldade de cobrir inteiro. Eu mal respirava. Tinha o estômago revirado, a boca seca… e o pau duro. Incrivelmente duro.

Aí ela me olhou. Aquele olhar dela, mistura de carinho e deboche, e me disse, como se fosse a coisa mais natural do mundo:

—Vou dar pra ele, Mauro… Te excita?

Senti um formigamento percorrer minhas costas. Não soube o que responder. Só assenti, sem entender direito quem eu era naquela cena.

Mariela montou em cima dele. Mal conseguiu que a ponta entrasse e depois só um pouco mais, até a metade, parecia ser a medida dela. Mas o cara, com uma força brutal, pegou ela pelas ancas e empurrou pra baixo. O grito de Mariela me atravessou o peito. Nunca tinha ouvido ela assim. Era prazer puro. Cru. E não era meu.

Ela se inclinou pra frente e enfiou os peitos na boca dele, como obrigando ele a devorar. Ele não hesitou. Ela se movia em cima dele como se fosse algo que precisava desde sempre, como se eu nunca tivesse existido. Eu não conseguia parar de olhar. Via ela tremer, sentia também no meu corpo. Uma mistura insuportável de ciúmes, dor… e um tesão que me dava vergonha. O pau daquele cara saía e entrava dela encharcada, escorrendo os próprios sucos. Minha mulher. A mulher com quem eu dormia toda noite. A que me dizia "te amo" depois de cada transa tranquila. Agora era outra. E eu também. Não soube quanto tempo estavam entrelaçados quando o vi mudar de ritmo. Mariela, ainda sobre a cama, parecia completamente entregue ao corpo e à energia dele. Mas então ele a virou, com movimentos firmes, até deixá-la de joelhos, as costas arqueadas, o rabo redondo e perfeito brilhando de suor e sal. O cara acariciou a cintura dela, depois desceu lentamente, e ao chegar naquela zona tão íntima, a que sempre tinha sido só minha, notei como ela tensionava os ombros. Olhou de esguelha e, com um sorriso que eu conhecia bem, disse: —Aí não… o cu é só do meu marido. Disse com tom de advertência, mas também com aquela faísca brincalhona, a mesma que tinha usado tantas vezes comigo quando queria me provocar. E funcionou. Porque vi como ele ignorava essa frase como se fosse mais um desafio, e ela também não se afastava. Eu, do meu canto, já não sabia se estava respirando. Sentia a garganta seca, a pele ardendo. Doía o desejo, a inveja, o tesão. Era como ver uma cena proibida e sagrada ao mesmo tempo. Como se o que sempre tinha sido nosso ritual privado se transformasse num espetáculo alheio, bestial e transbordante. Ela repetiu de novo, mais baixinho dessa vez: —Não… no rabo não, é que você tem ele muito grande... Mas não era um não de verdade. Eu a conhecia. O corpo dela não resistia, a voz tremia entre prazer e rendição. E quando deixou a cabeça cair sobre o lençol e os quadris se ergueram ainda mais, entendi que já não havia volta. Que esse limite também era parte do jogo. Que ela estava quebrando ele na minha frente. E mesmo assim… não conseguia parar de olhar. Mariela se arqueou suavemente, deixando que o ritmo dos quadris tomasse o controle. Seus movimentos eram lentos, quase cerimoniais, como se estivesse dançando ao compasso de um desejo que já não tentava disfarçar. Do meu canto, mal respirava. Sentia que qualquer som podia quebrar o feitiço.

Seu corpo brilhava sob a luz tênue do quarto, salpicado de sal, de areia, de tudo o que trazíamos do mar. O ambiente ainda cheirava a bronzeador e a umidade tropical. Mas o mais embriagador era ela. Essa mulher que eu conhecia melhor que ninguém, e que no entanto agora se mostrava como se fosse outra.

Vi como seus dedos se apoiavam com firmeza, como seus quadris marcavam o compasso e como os gemidos suaves escapavam de seus lábios apesar de tudo o que tentava conter. Me senti a ponto de gozar, sem quase ter me tocado. Não sabia se era a cena, ou o jeito que ela me olhava de soslaio, como sabendo o que provocava.

E então, quando o momento parecia parar o tempo, ele se afastou um pouco e se despojou do último véu. Mariela, agitada, se deixou cair com um suspiro satisfeito, rendida e luminosa. Senti uma vertigem estranha. Inveja, sim, mas também um orgulho desajeitado. Ela era fogo, e esse fogo também era meu. Embora hoje... eu o compartilhasse. O sêmen branco encharcou aos poucos suas costas como a espuma que o mar deixa na praia, o esfíncter da minha gostosa se via como a pior das putas pornográficas e isso parecia ser demais

Ele se despediu sem promessas. Nem Mariela nem eu pedimos que ficasse. Foi apenas um aperto de mão, um último olhar que ela sustentou um segundo mais do que o necessário, e depois o som da porta se fechando. Sua silhueta se desfez entre as luzes do entardecer caribenho, levando consigo uma parte dela. De nós.

O resto da viagem foi em silêncio. Não incômodo, não tenso. Só... diferente. Havia algo novo entre nós dois. Um pacto tácito. Uma permissão. Uma confissão que já não precisava de palavras.

Voltamos para a Argentina, para os dias cinzentos, para as compras, para a máquina de lavar, para o ônibus que chega atrasado. Para A vida que a gente conhecia. Mas tudo era ligeiramente diferente. Eu não conseguia parar de lembrar certas cenas, certos sons. Nem quando a abraçava por trás ou a via descalça na cozinha. Algo tinha ficado nela, algo que já não me pertencia totalmente. E o pior era que isso me excitava e me doía na mesma medida.

O negro foi só o primeiro.

Não houve explicações. Às vezes, ela simplesmente me dizia que tinha conhecido alguém interessante. Ou que tinha um jantar com umas amigas e voltava tarde. Eu concordava. Preparava um drinque. Esperava. Fingia não saber. E depois, quando ela voltava, com aquele brilho na pele que nenhum banho consegue apagar, eu me deixava transar com ela como um intruso que entra pela porta dos fundos.

O mais estranho é que eu gostava. Não sempre, não totalmente. Mas o suficiente para não parar. Embora cada vez que eu curtia, algo em mim se encolhia. Me odiava um pouco por permitir. E odiava mais ainda que aquilo me deixasse com tesão.

Mariela, minha mulher. A mesma que um dia foi só minha, agora era mais livre, mais selvagem, mais... viva. Eu já não era o único homem dela. Mas ela continuava sendo, inexplicavelmente, minha única mulher.

E assim seguimos. Brincando de que tudo continua igual. Mesmo que os buracos do corpo dela contem outra história.

Se você gostou desta história, pode me escrever com o título QUANDO OS BURACOS DO CORPO DELA CONTAM OUTRA HISTÓRIA para dulces.placeres@live.com

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