
Y Martín no pudo más. Su pija parecía hincharse a tal punto de acabar o reventar como un petardo. Quiso decirle que sí, que le cuente todo, con detalles, pero de su boca solo salió un gemido grave, mezclado con una liberación que no experimentaba desde su adolescencia. Mientras él sentía cómo acababa litros de leche en la oscuridad, Flor intentó evitarlo tapando la cabeza de su miembro con la mano izquierda, pero esto solo empeoró la situación, sobreestimulando a Martín y arruinando su orgasmo de golpe.
—Bueno, parece que hoy no va a haber más historias. Mirá cómo acabaste todo; ni cuando me coges a mí me llenas tanto como esto, Tincho.
Martín tardó unos largos segundos en recomponerse. Estaba sumamente relajado y el orgasmo había sido de otro planeta.
—Estaba muy caliente. Esto es culpa tuya y de esa tanga que dejaste por ahí, pendeja.
Florencia se rió ante el comentario y comenzó a enjabonarse el cuerpo.
—Seguro que fue la tanga lo que te calentó. Dale, Martín, mentile a mamá, animate —dijo en tono juguetón.
Martín se puso nervioso y con ello le asaltaron las primeras dudas. Flor se había dado cuenta, eso era obvio; no tenía sentido mentirle. Pero esto también era nuevo para él y de repente todo se puso confuso. «Nunca sentí atracción por algo así, qué extraño. No sé si permitiría que toquen a mi señora, pero esa paja fue de otro planeta», pensó, hasta que decidió seguir preguntando. Ahora, sin la calentura de antes, solo quedaba una punzada de dolor ante la respuesta, así que insistió:
—Me parece más importante: ¿qué te hizo mi amigo, Flor?
—Nada, tonto… o capaz me ahogué con su pija cuando estabas laburando —soltó una risa corta y agregó—: ¡Chiste, chiste, shh, no te enojes, mi amor!
A Martín le había dolido el chiste, pero al mismo tiempo unas gotas de placer se hicieron presentes. A pesar de haber acabado, la actitud atrevida de su esposa y la mera posibilidad de que sucediera algo le comenzaron a mover algunos engranajes por dentro. Decidió respirar; pensó que él solo se había metido en esa situación y masculló:
—Más te vale que no pasara nada, putita —le dijo, manoteándole las tetas en la oscuridad con brusquedad.
Flor sintió las manos grandes de Martín envolviendo sus pechos y sonrió con poder y lujuria en la oscuridad.
—¿Puede ser que mi marido por fin le tenga miedo a los cuernos? Ahora te vas a enojar cuando estemos en la costa y esté con la bikini chiquita: la celeste arriba y la roja enana esa que casi ni uso abajo. Cagamos, te vas a vivir enojando —dijo Flor con un tono picaresco que terminó en una risa genuina.
Martín sintió cómo su esposa lo acorralaba fácil otra vez.
—Callate la boca, pendeja de mierda, o no te dejo salir y te cojo acá nomás.
Martín la tomó de la cintura, la abrazó para terminar agarrado de su culo y empezó a calentarse otra vez con su cuerpo.
—A ver si se te para primero, ¿o te tengo que traer las tetas de Caro? Ah, no, capaz alcanza con que te cuente con qué ropa lo atendí a Franco ese día. No te voy a mentir, ahí pifié yo —dijo de forma provocativa, al mismo tiempo que manoteaba la pija de su novio y jugaba con ella de forma desinteresada.
Martín comenzó a calentarse lentamente tras esos últimos comentarios, hasta que se dio cuenta de que Flor, al tener su miembro entre las manos, notaba perfectamente el impacto de sus palabras. Sin pensarlo mucho, la volteó intentando inclinarla para que su cola quedara a disposición.
—No, Mar, ahora no puedo, dale, me tengo que ir. Es posta, dejame enjuagarme una vez más que tengo que salir.
—Dale, un ratito. Mira cómo me forreaste con lo de Franco; me provocás, te tengo que coger.
—Ay, no pasó nada, es joda para calentarte un poco.
—¿Nada de nada?
—No, o sea... ese día sí pasó. ¿Te acordás de que nos quedamos sin luz y Franco vino a solucionar el cortocircuito? Hacía un calor en el departamento...
—Siempre hace calor para que te vean en pelotas, ¿cómo es eso?
—No es como pensás, Tincho. La situación era otra, pero fue como con Lucas, no pasó nada serio; solo que existió ese día y bueno, lo usé para contarte.
—¿Bueno, pero en general qué pasó? —dijo Martín entre enojado y frustrado por no poder coger.
—Nada, después te cuento. Pero más de lo mismo: hacía calor, yo tenía ropa de casa y bueno, éramos jóvenes. Yo supongo que él me miró un poco, no sé, gordo, después te cuento en serio. No te pongas pesado, me tengo que ir —soltó Florencia de forma fastidiosa.
Martín decidió que aquella era una discusión extraña, que no tenía mucho que ganar, y prefirió no responder. Se relajó en silencio mientras su mujer terminaba de ducharse y comenzaba a caminar por la casa, preparándose para salir de fiesta con sus amigas.
Más relajado, Martín abrió una lata de cerveza, puso un partido de fútbol y comenzó a preparar la cena de aquel viernes. Como Flor salía, hizo unas milanesas con ensalada, simples y efectivas. Cada tanto, su esposa pasaba de acá para allá yendo y viniendo con más o menos ropa, hasta que se acercó y le preguntó:
—¿Y? ¿Te gusta?
Martín no lo podía creer; pensó que le estaba haciendo una joda. De todo su guardarropa se habia puesto lo más puta que encontró, cual pendeja que recién empieza a salir. Por si fuera poco, Flor estaba muy en forma de tanto jugar al hockey durante los años.
Tenía el pelo recogido en una colita de caballo rubia, tirante y alta, como si pidiera que, cuando la fueran a reventar contra una mesa, la agarren desde ahí. En la parte de arriba, para sostener esos pechos insostenibles, llevaba puesto algo que no era más que un corpiño de encaje negro con un poco más de tela por abajo, intentando ser un top que al final no era. No solo que no le cubría el abdomen, sino que sus tetas estaban bien arriba, apretadas, saludando a cualquiera que las quisiera fichar, casi como si compitiera con su amiga Caro por ver quién atraía la mirada de más tipos. La cola, redonda y con piernas trabajadas, piel tirante y joven, se ocultaba apenas bajo una pollera diminuta de cuero sintético, abierta adelante. Qué sorpresa se llevó Martín al ver que la luz pasaba a través del tajo y, si el ángulo ayudaba, dejaba ver la ropa interior: de color celeste. De todas las que tenía, la yegua se puso justo la celeste. Se la estaba buscando.
—Florencia, te van a coger. Parecés salida de un prostíbulo y sos la puta que más caro cobra —dijo Martín mientras sentía cómo su miembro empezaba a apretarle dentro del bóxer.
—Bueno, lo voy a tomar como un halago —florencia se rió por la reacción genuina de su novio y decidió redoblar la apuesta con un tono nervioso y los cachetes ruborizados por lo que iba a hacer—. Mirá la que llevo abajo por si me piden ver la tela.
Con cara de prostituta cara y las mejillas encendidas, se levantó la pollera. Entre el corte de esas piernas, un triangulito celeste de carne joven y apretada se asomaba: la misma bikini de la historia que le había contado en la ducha.
Martín se acercó, se paró a su lado, la tomó firmemente del pelo como si fuera el lomo de un animal, la dejó quieta y la inclinó con la espalda recta, lo suficiente hacia adelante para que la parte baja de esa cola quedara expuesta. Le dio un cachetazo fuerte y Florencia soltó un gemido.
Sin decir nada, con toda la actitud de gata, se fue caminando hasta la puerta del departamento meneando ese culo escandaloso. Al llegar, hizo como si se le cayeran las llaves y, al inclinarse, toda esa bikini celeste resaltó como un punto llamativo entre sus piernas, dejando ver su sexo desde atrás. Desde esa posición, lo miró a los ojos y le dijo:
—¿Se ve? Espero que no, gordo.
Sin esperar un segundo más, se irguió, abrió la puerta y, antes de irse, dijo:
—Después de lo de hoy, yo estaría atento al celular esta noche si fuera vos... nos vemos, no me esperes hasta muy tarde despierto. —le lanzó un beso mojado, lento y ruidoso
Escrito por Tatiana Herrera.
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Historia basada en un testimonio real.
Nombres y detalles modificados por discreción.
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1 comentários - Me fode todinha, corno? - Cap 3