SIETE NOCHES EN BÚZIOS
Parte 3: La cuarta noche
Cuarta noche en Búzios. Después de lo que María dijo en la playa, Rafael quedó invitado a cenar. Esto es lo que pasó después de la cena, contado como lo viví.
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https://www.poringa.net/posts/relatos/6438969/Vacaciones-con-mi-mujer-en-Brasil-como-empezo-todo-Parte-1.html#comment-293757
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Cenamos los tres. Fue raro lo fácil que resultó: Rafael era buen conversador, no se apuraba, y tenía la delicadeza de hablarnos a los dos, nunca solo a ella. Pero cuando la miraba, la miraba. María había empezado la cena sentada derechita, y para el postre estaba inclinada hacia él, jugando con el pie de la copa, riéndose con la cabeza hacia atrás.
En un momento Rafael fue al baño y nos quedamos solos.
—Decime qué estás pensando —me pidió ella, seria de golpe.
—Que si querés invitarlo a subir, yo quiero que lo invites.
Respiró hondo. Tenía las mejillas como la noche del baile.
—¿Y vos? ¿Vos dónde vas a estar?
—Donde vos me quieras.
—Cerca —dijo enseguida—. Te quiero cerca. Quiero verte mientras.
Cuando Rafael volvió, María no dio vueltas. Le dijo que teníamos una botella de vino en la habitación y una terraza con vista al mar, y que nos gustaría que subiera. Él me miró a mí. Asentí, igual que la otra noche, solo que esta vez los dos sabíamos que no era por una canción.
En el ascensor nadie habló. María iba en el medio, con su mano en la mía, y pude sentirle el pulso en la muñeca. Entre el segundo y el tercer piso me apretó los dedos y giró apenas la cabeza hacia mí, sin mirar a Rafael.
—No sé si puedo —dijo, tan bajo que fue casi solo aire.
—Montevideo está ahí si la querés —le contesté igual de bajo—. Vos decidís hasta dónde.
Asintió una sola vez y no me soltó la mano hasta que se abrieron las puertas.
Serví el vino en la terraza. El aire refrescaba, pero ninguno quería entrar. Rafael se apoyó en la baranda mirando el mar y yo me senté en el sillón de mimbre, a un par de metros, con la copa en la mano. No era la silla que le había contado, pero era lo más parecido que íbamos a tener.
María dejó su copa en la mesa y se acercó a Rafael. Le apoyó la mano en el pecho, se levantó en puntas de pie y se frenó a un centímetro de su boca. Se quedó ahí, respirando, y vi que le temblaba la mano sobre la camisa. Él no se movió; la dejó decidir. Ella respiró hondo y recién después lo beso. Él la agarró firme de la cintura y la pegó a su cuerpo.
Verlos me dio un latigazo en el estómago, un vértigo mucho más fuerte que el de la pista, una mezcla de posesión y excitación pura. En medio del beso, María abrió los ojos y me buscó por encima del hombro de él. Fue el mismo gesto del baile: sus ojos fijos en los míos, mostrándome cómo se entregaba. Le sostuve la mirada y, al ver que yo me quedaba ahí disfrutándolo, cerró los ojos y se soltó.
Ella se bajó los breteles del vestido, descubriéndose los pechos frente a él. Él inclinó la cabeza para chuparle los pezones mientras ella gemía con la cabeza hacia atrás. María le agarró la nuca y lo empujó suavemente hacia el interior del cuarto, guiándolo.
Los seguí y me quedé de pie a un metro del borde de la cama. María se acostó de espaldas y se sacó la bombacha. Le hizo un gesto con la mano a Rafael para que se metiera entre sus piernas. Él se acomodó, sujetándole las muñecas contra el colchón a la altura de la cadera, y empezó a hablarle en portugués entre dientes, con la voz baja y grave. Bajó la cabeza, la abrió de par en par y empezó a chuparla despacio, usando los dedos con ritmo constante. María se arqueaba en la cama, clavándome la vista mientras se venía en la boca de él.
Todavía respirando agitada, ella giró sobre el colchón y se puso en cuatro patas. Lo miró a Rafael por encima del hombro y después me miró a mí. Él se acomodó el preservativo y la penetró de un solo empujón.
Ver a mi mujer gimiendo mientras la cogían al lado mío me quemaba por dentro, pero era un placer insoportable. Ella levantó una mano hacia mí. Me acerqué a la cabecera, le agarré la cara y la besé en la boca mientras sentía el ritmo ciego y pesado con el que él la embestía por detrás.
Estuvieron así más de una hora, girando en la cama, cambiando de poses entre jadeos y roces, hasta que él acabó ahogando un grito contra la espalda de ella.
Un rato después, Rafael se vistió en silencio. María se sentó en el borde de la cama, envuelta en la sábana, despeinada. Me puse el pantalón y lo acompañé a la puerta.
—Gracias —dijo en el pasillo, acomodándose la camisa.
—Nos vemos por ahí —le contesté dándole la mano.
Cerré con traba. Nadie había dicho "Montevideo".
El cuarto quedó en un silencio nuevo. María me miró desde el borde de la cama, con los ojos brillantes, como esperando un veredicto.
—Nunca pensé que lo iba a hacer de verdad —dijo. No sonaba a arrepentimiento. Sonaba a asombro.
Me senté al lado y le corrí el pelo de la cara.
—¿Estás bien? —preguntamos los dos al mismo tiempo, y nos reímos, y con la risa se aflojó todo lo que quedaba por aflojar.
—Estoy bien —dijo—. Estoy mejor que bien. ¿Y vos? Decime la verdad.
—Nunca te quise tanto como hace un rato.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, de las buenas, y me besó con una urgencia que no le conocía.
El beso sabía a vino, a sal y al rastro dulce que había dejado Rafael en su piel. Pero sobre todo sabía a nosotros, a ese lugar cerrado e imbatible que habíamos protegido a pesar de haber abierto la puerta.
Nos caímos de costado sobre el colchón revuelto. María se pegó a mi pecho, escondiendo la cara en mi cuello, apoyando una pierna por encima de la mía como si necesitara comprobar que la cama seguía siendo nuestra. La rodeé con fuerza, sintiendo el latido de su corazón todavía acelerado contra mi costilla.
—En un momento me dio miedo —murmuró contra mi piel, con la voz finita, casi en un susurro—. No miedo de él. Miedo de mirar hacia el costado de la cama y que no estuvieras. De haber cruzado una línea y que te hubieras ido.
Le acaricié la espalda desnuda, despacio, sintiendo cada vértebra bajo mis dedos.
—Estaba ahí, María. No me iba a ir a ningún lado.
Se acomodó apenas para mirarme de cerca. La luz de la terraza le daba de perfil y le resaltaba los pómulos rojos y los labios hinchados.
—Cuando me agarró las muñecas contra el colchón... como vos aquella noche, ¿te acordás? Pero no eras vos, y eso fue lo que me partió al medio —dijo, pegando su boca a mi oreja—. Hablaba en portugués entre dientes y me apretaba firme. Pero lo único que me hacía quemar por dentro era saber que tus ojos estaban fijos en mí. Cuando te acercaste a besarme la boca mientras él me cogía por detrás, sentí que me rompía en mil pedazos. Nunca en mi vida me vine así.
Sentí que la sangre me volvía a hervir en las sienes. Me incliné sobre ella y le hablé al oído, devolviéndole cada detalle.
—Verte abierta para él, María... verte temblar mientras te comía y ver cómo lo buscabas a él con el cuerpo pero me buscabas a mí con los ojos... me volvió completamente loco. Verme reflejado en tus ojos mientras otro te cogía era el placer más intenso que viví en mi vida. No tenés idea de lo hermosa y poderosa que te veías.
Ella soltó un largo suspiro, entrecortado, y me apretó contra su cuerpo con los brazos y las piernas. Nos besamos otra vez, pero esta vez fue un beso lento, profundo, cargado de un amor pesado y denso que nos dejó completamente vacíos, limpios de todo vértigo.
No hicimos el amor; no hacía falta. Nos acomodamos de costado, cruzando los dedos de las manos sobre el colchón. La cortina de la terraza flameaba suavemente con la brisa de la noche, dejando entrar el olor a sal del Atlántico y el rumor parejo de las olas rompiendo contra la costa.
Ya casi dormida, con la cabeza en mi pecho, María habló una última vez.
—Rafael se queda hasta el domingo.
—Ajá.
—Nosotros también.
No contesté. Sonreí en la oscuridad, y ella, sin verme, supo que sonreía.
Nos quedaban tres noches..
Hasta acá la cuarta noche. Faltan tres, y una de ellas es la que todavía me cuesta escribir.
Si te gustó, dejame puntos y comentarios, que es lo que hace que la serie siga apareciendo y que me den ganas de sentarme a escribir la próxima. Y te pregunto a vos: ¿la palabra "Montevideo" tendría que haber salido esta noche, o hicimos bien en no usarla?
Sigo probando escribir relatos a pedido, con tu fantasía y tus personajes. Si te interesa, mandame un privado.
Parte 3: La cuarta noche
Cuarta noche en Búzios. Después de lo que María dijo en la playa, Rafael quedó invitado a cenar. Esto es lo que pasó después de la cena, contado como lo viví.
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Cenamos los tres. Fue raro lo fácil que resultó: Rafael era buen conversador, no se apuraba, y tenía la delicadeza de hablarnos a los dos, nunca solo a ella. Pero cuando la miraba, la miraba. María había empezado la cena sentada derechita, y para el postre estaba inclinada hacia él, jugando con el pie de la copa, riéndose con la cabeza hacia atrás.
En un momento Rafael fue al baño y nos quedamos solos.
—Decime qué estás pensando —me pidió ella, seria de golpe.
—Que si querés invitarlo a subir, yo quiero que lo invites.
Respiró hondo. Tenía las mejillas como la noche del baile.
—¿Y vos? ¿Vos dónde vas a estar?
—Donde vos me quieras.
—Cerca —dijo enseguida—. Te quiero cerca. Quiero verte mientras.
Cuando Rafael volvió, María no dio vueltas. Le dijo que teníamos una botella de vino en la habitación y una terraza con vista al mar, y que nos gustaría que subiera. Él me miró a mí. Asentí, igual que la otra noche, solo que esta vez los dos sabíamos que no era por una canción.
En el ascensor nadie habló. María iba en el medio, con su mano en la mía, y pude sentirle el pulso en la muñeca. Entre el segundo y el tercer piso me apretó los dedos y giró apenas la cabeza hacia mí, sin mirar a Rafael.
—No sé si puedo —dijo, tan bajo que fue casi solo aire.
—Montevideo está ahí si la querés —le contesté igual de bajo—. Vos decidís hasta dónde.
Asintió una sola vez y no me soltó la mano hasta que se abrieron las puertas.
Serví el vino en la terraza. El aire refrescaba, pero ninguno quería entrar. Rafael se apoyó en la baranda mirando el mar y yo me senté en el sillón de mimbre, a un par de metros, con la copa en la mano. No era la silla que le había contado, pero era lo más parecido que íbamos a tener.
María dejó su copa en la mesa y se acercó a Rafael. Le apoyó la mano en el pecho, se levantó en puntas de pie y se frenó a un centímetro de su boca. Se quedó ahí, respirando, y vi que le temblaba la mano sobre la camisa. Él no se movió; la dejó decidir. Ella respiró hondo y recién después lo beso. Él la agarró firme de la cintura y la pegó a su cuerpo.
Verlos me dio un latigazo en el estómago, un vértigo mucho más fuerte que el de la pista, una mezcla de posesión y excitación pura. En medio del beso, María abrió los ojos y me buscó por encima del hombro de él. Fue el mismo gesto del baile: sus ojos fijos en los míos, mostrándome cómo se entregaba. Le sostuve la mirada y, al ver que yo me quedaba ahí disfrutándolo, cerró los ojos y se soltó.
Ella se bajó los breteles del vestido, descubriéndose los pechos frente a él. Él inclinó la cabeza para chuparle los pezones mientras ella gemía con la cabeza hacia atrás. María le agarró la nuca y lo empujó suavemente hacia el interior del cuarto, guiándolo.
Los seguí y me quedé de pie a un metro del borde de la cama. María se acostó de espaldas y se sacó la bombacha. Le hizo un gesto con la mano a Rafael para que se metiera entre sus piernas. Él se acomodó, sujetándole las muñecas contra el colchón a la altura de la cadera, y empezó a hablarle en portugués entre dientes, con la voz baja y grave. Bajó la cabeza, la abrió de par en par y empezó a chuparla despacio, usando los dedos con ritmo constante. María se arqueaba en la cama, clavándome la vista mientras se venía en la boca de él.
Todavía respirando agitada, ella giró sobre el colchón y se puso en cuatro patas. Lo miró a Rafael por encima del hombro y después me miró a mí. Él se acomodó el preservativo y la penetró de un solo empujón.
Ver a mi mujer gimiendo mientras la cogían al lado mío me quemaba por dentro, pero era un placer insoportable. Ella levantó una mano hacia mí. Me acerqué a la cabecera, le agarré la cara y la besé en la boca mientras sentía el ritmo ciego y pesado con el que él la embestía por detrás.
Estuvieron así más de una hora, girando en la cama, cambiando de poses entre jadeos y roces, hasta que él acabó ahogando un grito contra la espalda de ella.
Un rato después, Rafael se vistió en silencio. María se sentó en el borde de la cama, envuelta en la sábana, despeinada. Me puse el pantalón y lo acompañé a la puerta.
—Gracias —dijo en el pasillo, acomodándose la camisa.
—Nos vemos por ahí —le contesté dándole la mano.
Cerré con traba. Nadie había dicho "Montevideo".
El cuarto quedó en un silencio nuevo. María me miró desde el borde de la cama, con los ojos brillantes, como esperando un veredicto.
—Nunca pensé que lo iba a hacer de verdad —dijo. No sonaba a arrepentimiento. Sonaba a asombro.
Me senté al lado y le corrí el pelo de la cara.
—¿Estás bien? —preguntamos los dos al mismo tiempo, y nos reímos, y con la risa se aflojó todo lo que quedaba por aflojar.
—Estoy bien —dijo—. Estoy mejor que bien. ¿Y vos? Decime la verdad.
—Nunca te quise tanto como hace un rato.
Se le llenaron los ojos de lágrimas, de las buenas, y me besó con una urgencia que no le conocía.
El beso sabía a vino, a sal y al rastro dulce que había dejado Rafael en su piel. Pero sobre todo sabía a nosotros, a ese lugar cerrado e imbatible que habíamos protegido a pesar de haber abierto la puerta.
Nos caímos de costado sobre el colchón revuelto. María se pegó a mi pecho, escondiendo la cara en mi cuello, apoyando una pierna por encima de la mía como si necesitara comprobar que la cama seguía siendo nuestra. La rodeé con fuerza, sintiendo el latido de su corazón todavía acelerado contra mi costilla.
—En un momento me dio miedo —murmuró contra mi piel, con la voz finita, casi en un susurro—. No miedo de él. Miedo de mirar hacia el costado de la cama y que no estuvieras. De haber cruzado una línea y que te hubieras ido.
Le acaricié la espalda desnuda, despacio, sintiendo cada vértebra bajo mis dedos.
—Estaba ahí, María. No me iba a ir a ningún lado.
Se acomodó apenas para mirarme de cerca. La luz de la terraza le daba de perfil y le resaltaba los pómulos rojos y los labios hinchados.
—Cuando me agarró las muñecas contra el colchón... como vos aquella noche, ¿te acordás? Pero no eras vos, y eso fue lo que me partió al medio —dijo, pegando su boca a mi oreja—. Hablaba en portugués entre dientes y me apretaba firme. Pero lo único que me hacía quemar por dentro era saber que tus ojos estaban fijos en mí. Cuando te acercaste a besarme la boca mientras él me cogía por detrás, sentí que me rompía en mil pedazos. Nunca en mi vida me vine así.
Sentí que la sangre me volvía a hervir en las sienes. Me incliné sobre ella y le hablé al oído, devolviéndole cada detalle.
—Verte abierta para él, María... verte temblar mientras te comía y ver cómo lo buscabas a él con el cuerpo pero me buscabas a mí con los ojos... me volvió completamente loco. Verme reflejado en tus ojos mientras otro te cogía era el placer más intenso que viví en mi vida. No tenés idea de lo hermosa y poderosa que te veías.
Ella soltó un largo suspiro, entrecortado, y me apretó contra su cuerpo con los brazos y las piernas. Nos besamos otra vez, pero esta vez fue un beso lento, profundo, cargado de un amor pesado y denso que nos dejó completamente vacíos, limpios de todo vértigo.
No hicimos el amor; no hacía falta. Nos acomodamos de costado, cruzando los dedos de las manos sobre el colchón. La cortina de la terraza flameaba suavemente con la brisa de la noche, dejando entrar el olor a sal del Atlántico y el rumor parejo de las olas rompiendo contra la costa.
Ya casi dormida, con la cabeza en mi pecho, María habló una última vez.
—Rafael se queda hasta el domingo.
—Ajá.
—Nosotros también.
No contesté. Sonreí en la oscuridad, y ella, sin verme, supo que sonreía.
Nos quedaban tres noches..
Hasta acá la cuarta noche. Faltan tres, y una de ellas es la que todavía me cuesta escribir.
Si te gustó, dejame puntos y comentarios, que es lo que hace que la serie siga apareciendo y que me den ganas de sentarme a escribir la próxima. Y te pregunto a vos: ¿la palabra "Montevideo" tendría que haber salido esta noche, o hicimos bien en no usarla?
Sigo probando escribir relatos a pedido, con tu fantasía y tus personajes. Si te interesa, mandame un privado.
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