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SU ESPOSO
A veces sentía vivir a la sombra. No sé si me explico. Como si estuviéramos siempre un escalón abajo, aunque hiciéramos todo lo posible por llegar. Federico, mi marido, trabajaba en una línea de colectivos desde los veintidós años. Laburaba como un burro, pobre, y volvía hecho polvo. Yo soy maestra jardinera en un jardín público del barrio, uno de esos donde falta de todo y te pagan tarde. Entre los dos tiramos, como cualquiera. No nos sobra, pero tampoco nos falta. Al menos eso decimos.
Pero siempre bastó con mirar por la ventana para que se me apriete el pecho.
Nuestros vecinos… son otra historia. No porque nos hagan algo. Al contrario: siempre saludan, sonríen, invitan. Son simpáticos, de revista. Ella es hermosa, rubia de salón, con una figura de gimnasio y ropa que le calza como a una modelo. Él… bueno, él parece salido de una propaganda de slips: alto, bronceado, con esa seguridad que solo tienen los tipos que saben que pueden tener a quien quieran. Y encima andan en un auto negro enorme, que brilla hasta en días nublados.
A veces me preguntaba si nos veían. Si cuando pasamos con las bolsas del súper, o cuando estaba colgando la ropa con un jogging viejo, pensaban algo. Federico decía que no, que eran puro cartón pintado. Pero yo sé que siempre le molestó. Y lo entiendo. Porque a mí también me pasaba algo que nunca supe bien cómo nombrar.
No sé si era bronca, envidia… o ganas, ó solo una mezcla de todo. Porque cuando los miraba, no era solo resentimiento lo que sentía, era otra cosa.
Era deseo.
Y eso, a esa altura, me daba un poco de miedo.
Recuerdo una vez, una de tantas, que discutimos por lo mismo. Fue hace meses, pero me quedaron grabadas cada una de las palabras. Como si esas escenas se pegaran en la memoria y volvieran solas cuando menos lo esperas. Federico había llegado tarde, de mal humor, y apenas me saludó. Yo estaba en la cocina, con una remera vieja y sin corpiño, como para provocarlo sin que se notara. Me miró, claro. Pero no dijo nada.
Hasta que salió el tema. Otra vez.
—¿Y? ¿te saludó hoy tu “novio”? —me preguntó, mientras se servía un vaso de agua.
Su tono era burlón. Pero esa forma de escupir la palabra “novio” me caló hondo.
—¿Quién? —dije yo, ya sabiendo a quién se refería.
—El rubio del lado, el modelo. El que te sonríe como si fueras la única mina del planeta.
Rodé los ojos, fastidiada.
—Ni me miró. Como siempre. Si querés, pasamos a saludarlo juntos, así te fijás vos también cómo le queda esa remerita ajustada a la doncella.
No era la respuesta más madura, pero me salió así. Como una daga. Él apoyó el vaso con fuerza sobre la mesada.
—¿Te calienta ese pelotudo?
Me lo preguntó sin rodeos. Sin siquiera fingir que bromeaba.
Me encogí de hombros. No supe qué decir.
Porque sí.
Claro que sí. Me calentaba, como ella a él.
Lo habíamos hablado, más de una vez, entre las sábanas, en esos momentos donde el pudor se afloja y el cuerpo manda. Fantaseamos. Jugamos a imaginarlos. A veces nos dijimos cosas sucias usando sus nombres, solo para ver qué nos hacía eso. Para ver si podíamos excitarnos más.
Y a veces funcionaba.
Pero otras… se nos iba de las manos.
Como esa vez.
Él me dijo que no me aguantaba más. Que me veía caliente todo el día. Que seguro me tocaba pensando en el vecino. Y me lo decía con rabia, pero también con los ojos bajos, como si se imaginara la escena y le doliera… o le diera morbo, o tal vez, solo porque sus palabras escondían lo que él hacia en sus pensamientos con la vecina
Entonces, yo le contesté que él tampoco era un santo. Que cada vez que ella pasaba a buscar algo al buzón con esa calza apretada, él se hacía el distraído, pero que yo lo conocía mejor que nadie y sabia las erecciones que le provocaba ese culo.
Nos callamos.
Nos miramos.
Y después, él se fue a bañar y yo me quedé en la cocina, con la remera sin corpiño y el corazón hecho un nudo.
Yo fantaseaba demasiado. Lo sabía. Me gustaba jugar con su nombre cuando estaba sola, repitiéndolo bajito, en la ducha o mientras me cambiaba, como si eso hiciera más reales las escenas que me armaba en la cabeza. A veces me excitaba tanto con solo pensar en él —en su cuerpo, en cómo me miraba o no me miraba— que tenía que encerrarme en el baño y tocarme en silencio, rápido, como con culpa.
Lo peor era que a veces, en medio del sexo con Federico, él me preguntaba si pensaba en el rubio. Lo decía en tono sucio, como parte del juego… pero yo no me animaba a decir la verdad. Porque sí, a veces pensaba en él. Y no era solo una fantasía. Era deseo, crudo, animal.
Incluso alguna vez, en mis pensamientos más oscuros, había imaginado un cambio de parejas. Un desliz. Algo prohibido. Algo sucio y desbordado. Pero de eso no se hablaba. Ni en broma.
Sabía que no tenía chances con los vecinos. Ni él tampoco. No éramos nadie para ellos.
Até que um dia, Federico voltou pra casa com um sorriso torto e um envelope na mão.
—E isso? —perguntei enquanto secava as mãos na cozinha.
—A empresa me mudou de linha —disse, sem rodeios—. Agora vou fazer turismo.
Olhei pra ele sem entender.
—Turismo?
—Sim. Percursos longos. Viagens pra outras províncias. Excursões de vários dias. Mais grana, menos rotina.
Fiquei calada. Não sabia se sorria ou se me preocupava.
—E isso significa o quê? —falei, sem olhar direito pra ele.
—Significa que a gente vai ficar melhor. Mas também que… vou estar menos.
Falou como se não fosse grave. Como se fosse um pequeno ajuste. Mas eu senti o chão se mover um pouco debaixo dos meus pés.
Mais dinheiro. Mais tempo sozinha.
Mais espaço pra pensar.
Pra olhar.
Naquela noite não discutimos. Pelo contrário. Jantamos tranquilos, com uma taça de vinho improvisada, e até transamos. Daquelas vezes que duram pouco mas te deixam tremendo. Ele sussurrou coisas sujas no meu ouvido. Disse que se eu me comportasse direitinho, ia me dar um presente com o dinheiro da primeira viagem enquanto puxava minha calcinha pro lado antes de me penetrar, e eu, como sempre, fingi não pensar no vizinho enquanto ele me comia com força.
Mas no fundo…
Eu já sabia que alguma coisa estava pra mudar.
Que essa vida nova, com Federico ausente e eu sozinha entre as paredes de sempre, ia me mostrar coisas que eu preferia não ver.
Ou que, no fundo, eu queria ver faz tempo.
Foi assim que Federico começou com as viagens. Não tinha passado nem uma semana, e eu já notava algo estranho. Algo no ar. Nos olhares. Como se os vizinhos tivessem mudado o foco, como se de repente eu já não fosse invisível pra eles.
Eles sempre tinham sido os bonitos do bairro. Era assim que eu chamava eles na minha cabeça, com um pouco de raiva e outro tanto de inveja. Às vezes também chamava eles de os perfeitos, ou os de filme.
Ela, Julieta, trabalhava de casa. Alguma coisa com redes sociais ou design, sei lá. Estava sempre impecável, com roupas que sabia sexy e elegante ao mesmo tempo, o cabelo brilhante, unhas feitas. Nunca um grito. Nunca uma olheira.
Ele, Tomás, tinha uma pequena academia no centro. Personal trainer, acho. Saía cedo e voltava tarde, sempre com uma garrafa de água na mão e aquele sorriso que ficava bem até quando não dizia nada.
Não tinham filhos. Nem cachorro. Nem puta. Só eles. E isso bastava.
Durante anos, as palavras entre a gente tinham sido apenas cumprimentos curtos. Um sorriso forçado na calçada, um "bom dia" quando a gente se encontrava tirando o lixo. Nunca uma conversa longa, nunca uma visita.
E eu morria de curiosidade.
Mas agora…
Agora eu sentia que algo tinha se quebrado. Ou aberto.
Tomás me cumprimentava diferente. Mais direto. Olhava nos meus olhos.
Julieta me encontrava na entrada e fazia comentários sobre minha roupa, meu cabelo, até sobre as plantas da frente, como se de repente eu fosse alguém em quem se podia reparar.
E aí comecei a prestar atenção.
Nos horários. Nos movimentos.
Em como Tomás regava as plantas da frente sem pressa quando eu saía com o avental posto, como se esperasse me encontrar.
Em como Julieta falava mais suave comigo, mais devagar, quando Federico não estava.
Em como eu me sentia diferente. Observada.
Vista, essa era a palavra, pela primeira vez eu sentia que existia no mundo perfeito deles.
Nunca tinha tido isso deles.
E agora não conseguia tirar essa sensação de mim.
Nem a vontade.
Obviamente não contei nada pro Federico. Nem uma palavra.
Assim que ele perguntou como estava tudo, eu disse o que ele queria ouvir: que os dias passavam rápido, que aproveitava pra organizar as coisas, que assistia séries, que dormia mais.
Mentiras piedosas.
Mentiras necessárias.
Não falei que Julieta tinha me convidado pra casa dela.
Não contei que tinha esbarrado com ela naquela quarta à tarde, bem quando saía pra comprar pão, e que ela me parou na calçada com aquele sorriso perfeito.
—Ei, o que você faz hoje à tarde? Tô sozinha. O Tomás tem um turno longo na academia. Quer Você toma um chá comigo? Tenho um novo de gengibre e baunilha que com certeza você vai gostar… Foi dito casualmente, como se fosse algo natural entre vizinhas, como se soubesse dos meus gostos, mas não era, nunca tinha sido. E aquele jeito que os olhos dela se cravaram nos meus, aquela pausa antes de dizer "sozinha", me deixou claro que não era só um chá. Senti um nó no estômago. Daqueles que não doem. Daqueles que ardem. —Sim, claro —falei sem pensar. Ou talvez porque já vinha pensando nisso antes. Por via das dúvidas de que o diabo fosse tentar a sorte, mandei mensagem pro Federico dizendo que ia passar na livraria depois da aula, que talvez me atrasasse. Ele não perguntou muito. Acho que confiava. Às cinco em ponto, ao voltar da escola, atravessei o portão dos vizinhos, ainda com meu avental inocente de professora de jardim de infância Tinha as mãos frias. As pernas também. Mas por dentro, tudo fervia. Julieta me abriu a porta com um vestido claro, solto, chamativo, gostei demais de como ela estava e notei na hora, entre minhas pernas, por isso, só desviei o olhar. A casa cheirava a incenso e chá quente. E algo mais. Não era gengibre. Era outra coisa. —Entra, senta onde quiser —ela disse enquanto fechava a porta com uma lentidão que não soube se era dela ou minha. Sentei num sofá amplo. Tudo era macio, bege, impecável. Um mundo sem filhos, sem lama, sem mochilas escolares. Um mundo sem Federico. Conversamos um pouco. Da escola, de séries, de coisas bobas. Mas cada frase parecia carregada. Cada pausa, medida. Eu sabia. Sentia. Ela também. Tomás chegou antes do que tinha dito, bem convenientemente. Entrou sem fazer barulho, com uma sacola na mão e aquele sorriso morno que sempre me desconcertava. —Não sabia que tínhamos visita —disse, mas não soou como reprovação. —Ela ficou pra tomar um chá comigo —respondeu Julieta, sem olhar pra ele. Mas sua mão se apoiou sobre a minha quando disse essas palavras. Um toque leve. Desnecessário. Perfeito. E aí eu soube. Não era um tá. Era um convite. Pra algo mais. E eu já não pensava em fugir. Eu sabia o que estava fazendo. E também sabia por quê. Em parte era por ele, em parte era por ela, mas no fundo, era só por mim... Julieta me deu as instruções pra começar o jogo, assumi que eles, em algum momento, também tinham fantasiado com o que estava por vir. Se ajeitou pra assistir daquele sofá, como numa sessão, na primeira fila, com as pernas recolhidas sob o vestido, o rosto nas sombras e aquele sorriso entre cruel e fascinado. Me ajoelhei porque queria que ela me visse assim, vulnerável, entregue, tremendo mas decidida. Senti o corpo de Tomás na minha frente. Calor, firmeza, presença. E ao fundo, o murmúrio leve do vibrador que Julieta ligava sem pressa, mal audível, como um segredo. —Não para —disse ela—. Quero ver como você conquista. Esse tom... Era como uma ordem disfarçada de carícia. Peguei ele entre as mãos. Não hesitei. Não dessa vez. Fiz por ela, pra mostrar que eu também podia ser desejada. Que nem tudo na minha vida era obediência e rotina. Comecei brincando devagar com aquele pau duro entre minhas mãos, sentindo a respiração dele mudar. Brincando com a língua como eu gostava que fizessem comigo, Tomás fechou os olhos, mas eu não, eu os tinha fixos em Julieta. Ela tinha uma mão disfarçada nos seios, e a outra entre as pernas. Mal movia os dedos, mas sua expressão era tudo. Mordia o lábio. Me observava como se pudesse me desarmar com o olhar. E então, no momento mais tenso, mais quente, ela falou de novo: —Me olha quando terminar. Não olha pra ele. Só pra mim. Obedeci. Senti o ritmo, o corpo dele tensionar. O gemido breve e contido. O movimento constante da minha mão E depois... a explosão. Quente, molhado, súbito. Na minha boca, minha bochecha, minha testa. Como se eu tivesse sido marcada. Como se fosse parte de um ritual. Não desviei o olhar. Não limpei nada. Queria que me Ela veio assim. Sujas. As duas. Meu sexo ardia, eu estava dando pro meu vizinho na frente da minha vizinha, era perverso.
Não sei se foi o olhar da Julieta.
Ou a respiração entrecortada do Tomás.
Ou minha própria pele, úmida, pulsando, manchada ainda pela prova da minha entrega.
Mas quando ele me pegou pelos braços e me levantou do chão, eu soube que ele não ia me deixar ir assim, de qualquer jeito.
Não naquela noite.
Ele me deitou no sofá, de costas. Não disse nada, mas suas mãos falavam: estavam apressadas, urgentes. Levantou meu vestido escolar com um único movimento, e quando quis afastar minha calcinha, rosnou com uma mistura de fúria e desejo.
— Isso não te serve mais — murmurou, e a fio-dental se rompeu como se fosse papel.
Me abri sem pudor. Não por ele, pela Julieta, e por mim.
Queria que ela visse o que eu tinha conseguido.
Queria que ela ouvisse como eu gemia por culpa dela.
Porque foi isso. Assim que sua boca me tocou, assim que sua língua me roçou com aquela mistura de fome e devoção, um gemido escapou do meu peito como se eu já não pudesse calar nada.
E então eu ouvi a Julieta.
Um suspiro seco que fez o som do pequeno vibrador ficar em segundo plano.
Depois outro, mais profundo, mais forte, mais prazeroso.
Me virei de leve. Não a via, mas a imaginava. A imaginava nua, com o vibrador ainda entre as pernas, os olhos cravados na gente, seu corpo tremendo em silêncio.
E isso me acendeu mais do que qualquer carícia.
Tomás me devorava, com a cabeça entre minhas pernas e suas mãos que tinham escorregado por baixo do vestido até meus peitos.
E eu gemia pelas duas.
Cada lambida, cada beijo naquela parte sensível que já não me pertencia, era uma oferenda pra ela.
Não me importava nada. Nem as regras, nem a moral, nem o Federico.
Queria explodir.
E explodi.
Como uma gata selvagem.
Com um grito que não soube se era meu… ou se era o eco do gemido que a Julieta soltou do outro lado do quarto, quando ela também gozou.
Foi tudo ao mesmo tempo.
Três corpos em tensão.
Três respirações descompassadas. E um silêncio depois... cheio de coisas que ninguém ainda ousava nomear. Eu sempre tinha querido isso. Nunca me permiti, nem mesmo em pensamentos completos. Mas estava ali. Latente. Como uma febre. E agora eu tinha isso na minha frente, nu, gemendo por mim. Por mim. Não pela Julieta. Ela já tinha tido o que era dela... e agora me olhava como se esperasse algo mais de mim. Como se estivesse me testando. Não disse uma palavra. Tomei a iniciativa pra escrever um desfecho que não estava no roteiro tão estudado da Julieta Só montei. Lentamente. Sentindo ele entrar em mim como se fosse a primeira vez. Como se meu corpo se abrisse só pra ele. Me movi devagar no começo. Medindo cada estocada, cada ângulo, como se moldasse o prazer do meu jeito. Olhava nos olhos dele. Queria que ele soubesse que era minha naquela noite. Não da Julieta. Não de ninguém. Minha. Falei as palavras certas que os dois queriam ouvir, que pica linda ele tinha, que eu amava ter ela toda dentro de mim e que queria que ele me enchesse de porra, coisas que um casamento perfeito não deixaria passar batido Mas ela não se afastou. Chegou por trás, sorrateira. E senti as mãos dela nas minhas cadeiras, na minha cintura, na minha bunda, acompanhando o ritmo Depois as palavras dela, como ronronados suaves, perto do meu ouvido, até senti o perfume dela Me acariciava com suavidade, com essa mistura de ternura e controle que só alguém como ela podia ter. —Assim —ecoando minhas palavras—. Mostra pra ele como você queria, me dá tesão te ver dando pra ele Senti um arrepio. E dobrei o ritmo. Tomás beijava meus peitos com uma ansiedade adolescente. Lambia, mordia, adorava como se fossem o centro do mundo. E eu me arqueava, molhada, perdida entre os dois. Uma puta. Sim, me senti uma puta. Uma que se permitia tudo, que não pedia permissão, que se entregava porque sim. Porque dava na telha. Julieta gemia bem perto, excitada com a minha entrega, com o meu jeito de me mover, com a forma em que eu fazia sozinha, uma e outra vez, em cima do meu marido. —Isso, Vero… continua. Não para. Você fica linda assim —ele me disse, enquanto seus dedos deslizavam suaves entre minhas coxas, me deixando ainda mais molhada. E eu não parei. Porque eu não queria que acabasse e quando ele gozou dentro da minha buceta, bom... finalmente me senti viva Fui ao banheiro me lavar um pouco, o esperma já estava seco no meu rosto, me olhei incrédula no espelho Logo me despedi com um toque de vergonha, atravessei a rua descalça, com os sapatos entre os dedos, sem calcinha, nua e suja sob meu inocente vestido de professora Parecia sentir o esperma escorrendo ainda entre minhas pernas, lento, pegajoso. Como uma lembrança impossível de apagar. Cheguei em casa e me joguei numa das cadeiras Não quis me limpar. Não ainda. Cada pensamento me trazia uma imagem de volta. Sua boca. As mãos de Julieta na minha cintura. Seus gemidos. Minha voz perdida entre os deles. Meu corpo doía. De prazer. Mas mais doía minha cabeça, a consciência. Eu tinha feito por desejo? Por rebeldia? Pra me provar alguma coisa? Não sabia. E isso me assustava mais que tudo. A cozinha estava na penumbra. A sala em silêncio. Federico não estava, claro, com certeza dormiria sozinha. O relógio marcava quase três da manhã, me perguntei o que teria dito ao voltar àquela hora, o da livraria não teria retorno E tive medo, medo de perder tudo Perdida, mesmo sentindo meu sexo nu, as coxas molhadas e tendo a calcinha fio-dental feita em tiras na bolsa do jardim, entre desenhos coloridos que meus pequenos inocentes me davam. Precisava pensar. O que foi feito, feito estava. Não podia apagar. Me sentia feliz. E culpada. Plena. E vazia. Um pouco mais livre… e um pouco mais presa. Como se segue depois de algo assim? Confessa? Cala? Repete? Foi só uma vez? Ou foi a primeira de muitas? E se me procurarem de novo? E se eu procurar? E se...? Toquei meus lábios sem querer. Tinham ainda o sabor da pele dela. E, sem perceber, sorri. Eu sabia. Não tinha mais volta. E a maior das dúvidas… …era o que eu faria com tudo isso. Se você gostou da história, pode me escrever com o título O MARIDO DELA para dulces.placeres@live.com
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SU ESPOSO
A veces sentía vivir a la sombra. No sé si me explico. Como si estuviéramos siempre un escalón abajo, aunque hiciéramos todo lo posible por llegar. Federico, mi marido, trabajaba en una línea de colectivos desde los veintidós años. Laburaba como un burro, pobre, y volvía hecho polvo. Yo soy maestra jardinera en un jardín público del barrio, uno de esos donde falta de todo y te pagan tarde. Entre los dos tiramos, como cualquiera. No nos sobra, pero tampoco nos falta. Al menos eso decimos.
Pero siempre bastó con mirar por la ventana para que se me apriete el pecho.
Nuestros vecinos… son otra historia. No porque nos hagan algo. Al contrario: siempre saludan, sonríen, invitan. Son simpáticos, de revista. Ella es hermosa, rubia de salón, con una figura de gimnasio y ropa que le calza como a una modelo. Él… bueno, él parece salido de una propaganda de slips: alto, bronceado, con esa seguridad que solo tienen los tipos que saben que pueden tener a quien quieran. Y encima andan en un auto negro enorme, que brilla hasta en días nublados.
A veces me preguntaba si nos veían. Si cuando pasamos con las bolsas del súper, o cuando estaba colgando la ropa con un jogging viejo, pensaban algo. Federico decía que no, que eran puro cartón pintado. Pero yo sé que siempre le molestó. Y lo entiendo. Porque a mí también me pasaba algo que nunca supe bien cómo nombrar.
No sé si era bronca, envidia… o ganas, ó solo una mezcla de todo. Porque cuando los miraba, no era solo resentimiento lo que sentía, era otra cosa.
Era deseo.
Y eso, a esa altura, me daba un poco de miedo.
Recuerdo una vez, una de tantas, que discutimos por lo mismo. Fue hace meses, pero me quedaron grabadas cada una de las palabras. Como si esas escenas se pegaran en la memoria y volvieran solas cuando menos lo esperas. Federico había llegado tarde, de mal humor, y apenas me saludó. Yo estaba en la cocina, con una remera vieja y sin corpiño, como para provocarlo sin que se notara. Me miró, claro. Pero no dijo nada.
Hasta que salió el tema. Otra vez.
—¿Y? ¿te saludó hoy tu “novio”? —me preguntó, mientras se servía un vaso de agua.
Su tono era burlón. Pero esa forma de escupir la palabra “novio” me caló hondo.
—¿Quién? —dije yo, ya sabiendo a quién se refería.
—El rubio del lado, el modelo. El que te sonríe como si fueras la única mina del planeta.
Rodé los ojos, fastidiada.
—Ni me miró. Como siempre. Si querés, pasamos a saludarlo juntos, así te fijás vos también cómo le queda esa remerita ajustada a la doncella.
No era la respuesta más madura, pero me salió así. Como una daga. Él apoyó el vaso con fuerza sobre la mesada.
—¿Te calienta ese pelotudo?
Me lo preguntó sin rodeos. Sin siquiera fingir que bromeaba.
Me encogí de hombros. No supe qué decir.
Porque sí.
Claro que sí. Me calentaba, como ella a él.
Lo habíamos hablado, más de una vez, entre las sábanas, en esos momentos donde el pudor se afloja y el cuerpo manda. Fantaseamos. Jugamos a imaginarlos. A veces nos dijimos cosas sucias usando sus nombres, solo para ver qué nos hacía eso. Para ver si podíamos excitarnos más.
Y a veces funcionaba.
Pero otras… se nos iba de las manos.
Como esa vez.
Él me dijo que no me aguantaba más. Que me veía caliente todo el día. Que seguro me tocaba pensando en el vecino. Y me lo decía con rabia, pero también con los ojos bajos, como si se imaginara la escena y le doliera… o le diera morbo, o tal vez, solo porque sus palabras escondían lo que él hacia en sus pensamientos con la vecina
Entonces, yo le contesté que él tampoco era un santo. Que cada vez que ella pasaba a buscar algo al buzón con esa calza apretada, él se hacía el distraído, pero que yo lo conocía mejor que nadie y sabia las erecciones que le provocaba ese culo.
Nos callamos.
Nos miramos.
Y después, él se fue a bañar y yo me quedé en la cocina, con la remera sin corpiño y el corazón hecho un nudo.
Yo fantaseaba demasiado. Lo sabía. Me gustaba jugar con su nombre cuando estaba sola, repitiéndolo bajito, en la ducha o mientras me cambiaba, como si eso hiciera más reales las escenas que me armaba en la cabeza. A veces me excitaba tanto con solo pensar en él —en su cuerpo, en cómo me miraba o no me miraba— que tenía que encerrarme en el baño y tocarme en silencio, rápido, como con culpa.
Lo peor era que a veces, en medio del sexo con Federico, él me preguntaba si pensaba en el rubio. Lo decía en tono sucio, como parte del juego… pero yo no me animaba a decir la verdad. Porque sí, a veces pensaba en él. Y no era solo una fantasía. Era deseo, crudo, animal.
Incluso alguna vez, en mis pensamientos más oscuros, había imaginado un cambio de parejas. Un desliz. Algo prohibido. Algo sucio y desbordado. Pero de eso no se hablaba. Ni en broma.
Sabía que no tenía chances con los vecinos. Ni él tampoco. No éramos nadie para ellos.
Até que um dia, Federico voltou pra casa com um sorriso torto e um envelope na mão.—E isso? —perguntei enquanto secava as mãos na cozinha.
—A empresa me mudou de linha —disse, sem rodeios—. Agora vou fazer turismo.
Olhei pra ele sem entender.
—Turismo?
—Sim. Percursos longos. Viagens pra outras províncias. Excursões de vários dias. Mais grana, menos rotina.
Fiquei calada. Não sabia se sorria ou se me preocupava.
—E isso significa o quê? —falei, sem olhar direito pra ele.
—Significa que a gente vai ficar melhor. Mas também que… vou estar menos.
Falou como se não fosse grave. Como se fosse um pequeno ajuste. Mas eu senti o chão se mover um pouco debaixo dos meus pés.
Mais dinheiro. Mais tempo sozinha.
Mais espaço pra pensar.
Pra olhar.
Naquela noite não discutimos. Pelo contrário. Jantamos tranquilos, com uma taça de vinho improvisada, e até transamos. Daquelas vezes que duram pouco mas te deixam tremendo. Ele sussurrou coisas sujas no meu ouvido. Disse que se eu me comportasse direitinho, ia me dar um presente com o dinheiro da primeira viagem enquanto puxava minha calcinha pro lado antes de me penetrar, e eu, como sempre, fingi não pensar no vizinho enquanto ele me comia com força.
Mas no fundo…
Eu já sabia que alguma coisa estava pra mudar.
Que essa vida nova, com Federico ausente e eu sozinha entre as paredes de sempre, ia me mostrar coisas que eu preferia não ver.
Ou que, no fundo, eu queria ver faz tempo.
Foi assim que Federico começou com as viagens. Não tinha passado nem uma semana, e eu já notava algo estranho. Algo no ar. Nos olhares. Como se os vizinhos tivessem mudado o foco, como se de repente eu já não fosse invisível pra eles.
Eles sempre tinham sido os bonitos do bairro. Era assim que eu chamava eles na minha cabeça, com um pouco de raiva e outro tanto de inveja. Às vezes também chamava eles de os perfeitos, ou os de filme.
Ela, Julieta, trabalhava de casa. Alguma coisa com redes sociais ou design, sei lá. Estava sempre impecável, com roupas que sabia sexy e elegante ao mesmo tempo, o cabelo brilhante, unhas feitas. Nunca um grito. Nunca uma olheira.
Ele, Tomás, tinha uma pequena academia no centro. Personal trainer, acho. Saía cedo e voltava tarde, sempre com uma garrafa de água na mão e aquele sorriso que ficava bem até quando não dizia nada.
Não tinham filhos. Nem cachorro. Nem puta. Só eles. E isso bastava.
Durante anos, as palavras entre a gente tinham sido apenas cumprimentos curtos. Um sorriso forçado na calçada, um "bom dia" quando a gente se encontrava tirando o lixo. Nunca uma conversa longa, nunca uma visita.
E eu morria de curiosidade.
Mas agora…
Agora eu sentia que algo tinha se quebrado. Ou aberto.
Tomás me cumprimentava diferente. Mais direto. Olhava nos meus olhos.
Julieta me encontrava na entrada e fazia comentários sobre minha roupa, meu cabelo, até sobre as plantas da frente, como se de repente eu fosse alguém em quem se podia reparar.
E aí comecei a prestar atenção.
Nos horários. Nos movimentos.
Em como Tomás regava as plantas da frente sem pressa quando eu saía com o avental posto, como se esperasse me encontrar.
Em como Julieta falava mais suave comigo, mais devagar, quando Federico não estava.
Em como eu me sentia diferente. Observada.
Vista, essa era a palavra, pela primeira vez eu sentia que existia no mundo perfeito deles.
Nunca tinha tido isso deles.
E agora não conseguia tirar essa sensação de mim.
Nem a vontade.
Obviamente não contei nada pro Federico. Nem uma palavra.
Assim que ele perguntou como estava tudo, eu disse o que ele queria ouvir: que os dias passavam rápido, que aproveitava pra organizar as coisas, que assistia séries, que dormia mais.
Mentiras piedosas.
Mentiras necessárias.
Não falei que Julieta tinha me convidado pra casa dela.
Não contei que tinha esbarrado com ela naquela quarta à tarde, bem quando saía pra comprar pão, e que ela me parou na calçada com aquele sorriso perfeito.
—Ei, o que você faz hoje à tarde? Tô sozinha. O Tomás tem um turno longo na academia. Quer Você toma um chá comigo? Tenho um novo de gengibre e baunilha que com certeza você vai gostar… Foi dito casualmente, como se fosse algo natural entre vizinhas, como se soubesse dos meus gostos, mas não era, nunca tinha sido. E aquele jeito que os olhos dela se cravaram nos meus, aquela pausa antes de dizer "sozinha", me deixou claro que não era só um chá. Senti um nó no estômago. Daqueles que não doem. Daqueles que ardem. —Sim, claro —falei sem pensar. Ou talvez porque já vinha pensando nisso antes. Por via das dúvidas de que o diabo fosse tentar a sorte, mandei mensagem pro Federico dizendo que ia passar na livraria depois da aula, que talvez me atrasasse. Ele não perguntou muito. Acho que confiava. Às cinco em ponto, ao voltar da escola, atravessei o portão dos vizinhos, ainda com meu avental inocente de professora de jardim de infância Tinha as mãos frias. As pernas também. Mas por dentro, tudo fervia. Julieta me abriu a porta com um vestido claro, solto, chamativo, gostei demais de como ela estava e notei na hora, entre minhas pernas, por isso, só desviei o olhar. A casa cheirava a incenso e chá quente. E algo mais. Não era gengibre. Era outra coisa. —Entra, senta onde quiser —ela disse enquanto fechava a porta com uma lentidão que não soube se era dela ou minha. Sentei num sofá amplo. Tudo era macio, bege, impecável. Um mundo sem filhos, sem lama, sem mochilas escolares. Um mundo sem Federico. Conversamos um pouco. Da escola, de séries, de coisas bobas. Mas cada frase parecia carregada. Cada pausa, medida. Eu sabia. Sentia. Ela também. Tomás chegou antes do que tinha dito, bem convenientemente. Entrou sem fazer barulho, com uma sacola na mão e aquele sorriso morno que sempre me desconcertava. —Não sabia que tínhamos visita —disse, mas não soou como reprovação. —Ela ficou pra tomar um chá comigo —respondeu Julieta, sem olhar pra ele. Mas sua mão se apoiou sobre a minha quando disse essas palavras. Um toque leve. Desnecessário. Perfeito. E aí eu soube. Não era um tá. Era um convite. Pra algo mais. E eu já não pensava em fugir. Eu sabia o que estava fazendo. E também sabia por quê. Em parte era por ele, em parte era por ela, mas no fundo, era só por mim... Julieta me deu as instruções pra começar o jogo, assumi que eles, em algum momento, também tinham fantasiado com o que estava por vir. Se ajeitou pra assistir daquele sofá, como numa sessão, na primeira fila, com as pernas recolhidas sob o vestido, o rosto nas sombras e aquele sorriso entre cruel e fascinado. Me ajoelhei porque queria que ela me visse assim, vulnerável, entregue, tremendo mas decidida. Senti o corpo de Tomás na minha frente. Calor, firmeza, presença. E ao fundo, o murmúrio leve do vibrador que Julieta ligava sem pressa, mal audível, como um segredo. —Não para —disse ela—. Quero ver como você conquista. Esse tom... Era como uma ordem disfarçada de carícia. Peguei ele entre as mãos. Não hesitei. Não dessa vez. Fiz por ela, pra mostrar que eu também podia ser desejada. Que nem tudo na minha vida era obediência e rotina. Comecei brincando devagar com aquele pau duro entre minhas mãos, sentindo a respiração dele mudar. Brincando com a língua como eu gostava que fizessem comigo, Tomás fechou os olhos, mas eu não, eu os tinha fixos em Julieta. Ela tinha uma mão disfarçada nos seios, e a outra entre as pernas. Mal movia os dedos, mas sua expressão era tudo. Mordia o lábio. Me observava como se pudesse me desarmar com o olhar. E então, no momento mais tenso, mais quente, ela falou de novo: —Me olha quando terminar. Não olha pra ele. Só pra mim. Obedeci. Senti o ritmo, o corpo dele tensionar. O gemido breve e contido. O movimento constante da minha mão E depois... a explosão. Quente, molhado, súbito. Na minha boca, minha bochecha, minha testa. Como se eu tivesse sido marcada. Como se fosse parte de um ritual. Não desviei o olhar. Não limpei nada. Queria que me Ela veio assim. Sujas. As duas. Meu sexo ardia, eu estava dando pro meu vizinho na frente da minha vizinha, era perverso.
Não sei se foi o olhar da Julieta.
Ou a respiração entrecortada do Tomás.
Ou minha própria pele, úmida, pulsando, manchada ainda pela prova da minha entrega.
Mas quando ele me pegou pelos braços e me levantou do chão, eu soube que ele não ia me deixar ir assim, de qualquer jeito.
Não naquela noite.
Ele me deitou no sofá, de costas. Não disse nada, mas suas mãos falavam: estavam apressadas, urgentes. Levantou meu vestido escolar com um único movimento, e quando quis afastar minha calcinha, rosnou com uma mistura de fúria e desejo.
— Isso não te serve mais — murmurou, e a fio-dental se rompeu como se fosse papel.
Me abri sem pudor. Não por ele, pela Julieta, e por mim.
Queria que ela visse o que eu tinha conseguido.
Queria que ela ouvisse como eu gemia por culpa dela.
Porque foi isso. Assim que sua boca me tocou, assim que sua língua me roçou com aquela mistura de fome e devoção, um gemido escapou do meu peito como se eu já não pudesse calar nada.
E então eu ouvi a Julieta.
Um suspiro seco que fez o som do pequeno vibrador ficar em segundo plano.
Depois outro, mais profundo, mais forte, mais prazeroso.
Me virei de leve. Não a via, mas a imaginava. A imaginava nua, com o vibrador ainda entre as pernas, os olhos cravados na gente, seu corpo tremendo em silêncio.
E isso me acendeu mais do que qualquer carícia.
Tomás me devorava, com a cabeça entre minhas pernas e suas mãos que tinham escorregado por baixo do vestido até meus peitos.
E eu gemia pelas duas.
Cada lambida, cada beijo naquela parte sensível que já não me pertencia, era uma oferenda pra ela.
Não me importava nada. Nem as regras, nem a moral, nem o Federico.
Queria explodir.
E explodi.
Como uma gata selvagem.
Com um grito que não soube se era meu… ou se era o eco do gemido que a Julieta soltou do outro lado do quarto, quando ela também gozou.
Foi tudo ao mesmo tempo.
Três corpos em tensão.
Três respirações descompassadas. E um silêncio depois... cheio de coisas que ninguém ainda ousava nomear. Eu sempre tinha querido isso. Nunca me permiti, nem mesmo em pensamentos completos. Mas estava ali. Latente. Como uma febre. E agora eu tinha isso na minha frente, nu, gemendo por mim. Por mim. Não pela Julieta. Ela já tinha tido o que era dela... e agora me olhava como se esperasse algo mais de mim. Como se estivesse me testando. Não disse uma palavra. Tomei a iniciativa pra escrever um desfecho que não estava no roteiro tão estudado da Julieta Só montei. Lentamente. Sentindo ele entrar em mim como se fosse a primeira vez. Como se meu corpo se abrisse só pra ele. Me movi devagar no começo. Medindo cada estocada, cada ângulo, como se moldasse o prazer do meu jeito. Olhava nos olhos dele. Queria que ele soubesse que era minha naquela noite. Não da Julieta. Não de ninguém. Minha. Falei as palavras certas que os dois queriam ouvir, que pica linda ele tinha, que eu amava ter ela toda dentro de mim e que queria que ele me enchesse de porra, coisas que um casamento perfeito não deixaria passar batido Mas ela não se afastou. Chegou por trás, sorrateira. E senti as mãos dela nas minhas cadeiras, na minha cintura, na minha bunda, acompanhando o ritmo Depois as palavras dela, como ronronados suaves, perto do meu ouvido, até senti o perfume dela Me acariciava com suavidade, com essa mistura de ternura e controle que só alguém como ela podia ter. —Assim —ecoando minhas palavras—. Mostra pra ele como você queria, me dá tesão te ver dando pra ele Senti um arrepio. E dobrei o ritmo. Tomás beijava meus peitos com uma ansiedade adolescente. Lambia, mordia, adorava como se fossem o centro do mundo. E eu me arqueava, molhada, perdida entre os dois. Uma puta. Sim, me senti uma puta. Uma que se permitia tudo, que não pedia permissão, que se entregava porque sim. Porque dava na telha. Julieta gemia bem perto, excitada com a minha entrega, com o meu jeito de me mover, com a forma em que eu fazia sozinha, uma e outra vez, em cima do meu marido. —Isso, Vero… continua. Não para. Você fica linda assim —ele me disse, enquanto seus dedos deslizavam suaves entre minhas coxas, me deixando ainda mais molhada. E eu não parei. Porque eu não queria que acabasse e quando ele gozou dentro da minha buceta, bom... finalmente me senti viva Fui ao banheiro me lavar um pouco, o esperma já estava seco no meu rosto, me olhei incrédula no espelho Logo me despedi com um toque de vergonha, atravessei a rua descalça, com os sapatos entre os dedos, sem calcinha, nua e suja sob meu inocente vestido de professora Parecia sentir o esperma escorrendo ainda entre minhas pernas, lento, pegajoso. Como uma lembrança impossível de apagar. Cheguei em casa e me joguei numa das cadeiras Não quis me limpar. Não ainda. Cada pensamento me trazia uma imagem de volta. Sua boca. As mãos de Julieta na minha cintura. Seus gemidos. Minha voz perdida entre os deles. Meu corpo doía. De prazer. Mas mais doía minha cabeça, a consciência. Eu tinha feito por desejo? Por rebeldia? Pra me provar alguma coisa? Não sabia. E isso me assustava mais que tudo. A cozinha estava na penumbra. A sala em silêncio. Federico não estava, claro, com certeza dormiria sozinha. O relógio marcava quase três da manhã, me perguntei o que teria dito ao voltar àquela hora, o da livraria não teria retorno E tive medo, medo de perder tudo Perdida, mesmo sentindo meu sexo nu, as coxas molhadas e tendo a calcinha fio-dental feita em tiras na bolsa do jardim, entre desenhos coloridos que meus pequenos inocentes me davam. Precisava pensar. O que foi feito, feito estava. Não podia apagar. Me sentia feliz. E culpada. Plena. E vazia. Um pouco mais livre… e um pouco mais presa. Como se segue depois de algo assim? Confessa? Cala? Repete? Foi só uma vez? Ou foi a primeira de muitas? E se me procurarem de novo? E se eu procurar? E se...? Toquei meus lábios sem querer. Tinham ainda o sabor da pele dela. E, sem perceber, sorri. Eu sabia. Não tinha mais volta. E a maior das dúvidas… …era o que eu faria com tudo isso. Se você gostou da história, pode me escrever com o título O MARIDO DELA para dulces.placeres@live.com
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