Presente para o Osvaldo

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UN REGALO PARA OSVALDO


A los 29 años, Ingrid podía decir, sin dudas, que era feliz. Su vida transcurría entre los muros de una casa modesta, cálida, llena de voces infantiles y olor a pan tostado. Tenía dos hijos pequeños, el primero fruto de una relación que había quedado atrás y el segundo, de su vida actual con Osvaldo, un hombre tranquilo, algo huraño, pero presente. Con él había construido una rutina estable, sin grandes sobresaltos, donde el amor se manifestaba más en los gestos pequeños que en las palabras.

Ingrid era de cabello moreno, largo hasta la mitad de la espalda, y tenía una figura naturalmente llamativa. Su cuerpo había cambiado tras los embarazos, para mejor, en su cadera, en sus piernas, y además conservaba una sensualidad innata, particularmente en su andar y esa cola que más de una vez había sentido observada en la calle o en el almacén del barrio. No era vanidosa, pero tampoco ingenua.

Durante años, su vida giró en torno a la casa: las mochilas de los chicos, las comidas, las compras, los turnos médicos, la ropa que se apilaba sin descanso. Ingrid no se quejaba. De hecho, disfrutaba muchas de esas tareas, sobre todo cuando la casa estaba en orden y los peques dormían. Pero algo en su interior había empezado a moverse. Un susurro persistente que le decía que ella no era solo eso. Que podía más. Que quería más.

La decisión no fue fácil. Osvaldo no era un hombre celoso, pero sí estructurado. Cuando ella le habló de buscar trabajo, él le preguntó si estaban mal de plata. No, no era por eso. Era por ella. Por su necesidad de volver a mirarse al espejo con otros ojos.

Así fue como, después de enviar algunos currículums sin grandes expectativas, recibió una llamada. Era de un pequeño laboratorio de análisis clínicos, en una calle secundaria del centro. Necesitaban una recepcionista, alguien que pudiera atender a los pacientes, dar turnos y ordenar papeles. El sueldo no era mucho, pero el horario era cómodo y el lugar quedaba a pocas cuadras de la escuela de los chicos.

A la semana siguiente, Ingrid ya estaba sentada detrás del escritorio blanco del laboratorio. Llevaba el uniforme típico: camisa blanca entallada, chaqueta al tono, y una falda negra que le llegaba hasta medio muslo, lo justo como para sugerir con elegancia sin provocar. El cabello lo había recogido en una cola pulida, y sus piernas se apoyaban con esmero en unos tacos altos negros que la obligaban a mantener la espalda recta. Era su primer día.

El laboratorio era pequeño pero funcional. Una recepción simple con sillas plásticas alineadas, una pared con carteles informativos y olor constante a alcohol en gel. Ingrid se acomodó rápido al ritmo. Aprendió los nombres de los pacientes más frecuentes, organizó planillas, derivó muestras al sector técnico, sonrió cada mañana aunque a veces no tuviera ganas. Cada tanto, alguno hacía un comentario sobre lo linda que era, o cómo le quedaba bien el uniforme. Ella se limitaba a sonreír sin detenerse demasiado en esas miradas.

Sus compañeros eran pocos. Mariana, la bioquímica joven, siempre apurada, apenas le dirigía un “hola” entre análisis y análisis. Elías, el técnico, tenía unos cuarenta largos, lentes, y cierta amabilidad torpe que a Ingrid le caía simpática. Después estaba Caro, una compañera que hacía de todo un poco y nada específico, llevaba con varios años en el lugar, más bien callada, algo seca, pero eficiente. También estaba Armando, el cadete oficial que iba y venía, traía y llevaba, siempre estaba molesto, un tipo de pocas pulgas por cierto. Con el tiempo, se fueron armando silencios cómodos entre todos, y una rutina simple pero estable


Ingrid empezaba a disfrutar ese espacio que era solo suyo. Aunque no ganara demasiado, sentía que recuperaba una parte de sí misma. Volvía a casa con la sensación de haber hecho algo distinto a ser solo madre presente. Se sentía viva.

Osvaldo, sin embargo, no terminaba de entender. No se oponía, pero a veces lanzaba frases que le calaban hondo: “¿Estás cansada? Pero si estuviste sentada todo el día”, o “No me gusta cómo te vestís para ir al trabajo, tan apretada”. Ella no discutía. Lo escuchaba y seguía. Pero por dentro, una parte de ella empezaba a cerrarse un poco más.

Fue a mediados de su segundo mes que conoció en persona a Daniel.

Ya había escuchado de él. Era el dueño del laboratorio, o uno de los socios al menos, jefe general, técnico de carrera y figura respetada por todos. Casi nunca estaba, pero cuando aparecía, se hacía notar. Ese día entró por la puerta principal mientras Ingrid cargaba datos en el sistema. Lo primero que notó fue su perfume: masculino, discreto, caro. Luego su figura: un hombre de entre cincuenta y sesenta años, alto, delgado, con el cabello bastante cano y peinado hacia atrás, una presencia firme. Vestía sin ostentación, pero con elegancia. Camisa blanca sin corbata, pantalones oscuros. Mirada directa, de esas que no se apartan ni disimulan.

—Vos debés ser Ingrid —dijo él, con voz baja y firme.

Ella se puso de pie enseguida. Sintió que el uniforme la ajustaba más que de costumbre.

—Sí, señor. Mucho gusto.

Él sonrió apenas.

—No me digas señor. Decime Daniel. Acá todos somos parte del mismo cuerpo… aunque algunos mandemos más que otros —agregó con un leve guiño que no supo si era chiste o advertencia.

Desde entonces, Daniel apareció con más frecuencia. Nunca demasiado tiempo, nunca sin propósito. Pero cuando estaba, sus ojos se posaban en ella con un interés que Ingrid percibía y no terminaba de descifrar.

Ingrid no lo notaba aún, o tal vez no quería notarlo. Al principio, todo era profesional. Él venía al laboratorio, le daba algunas instrucciones, revisaba algunos informes y se iba. Pero algo en su actitud comenzaba a cambiar. Daniel no solo era un jefe distante, sino que su mirada se volvía más penetrante cada vez que se cruzaban, más fija en ella. Ingrid, por su parte, empezó a sentir algo que no sabía cómo catalogar: una mezcla de respeto, admiración y, sí, una atracción inesperada por ese hombre maduro que sabía lo que quería, que no necesitaba preguntar. Él ya lo sabía todo.

Las primeras conversaciones fueron inofensivas. Temas de trabajo, por supuesto. Ingrid le explicaba cómo organizaba los turnos, cómo mejoraba el flujo de trabajo, y él asentía, pero siempre con esa mirada calculadora, como si estuviera evaluando más que un simple informe. Ingrid le respondía con profesionalismo, pero algo dentro de ella comenzó a cambiar. Daniel hablaba con una autoridad natural, una seguridad que ella deseaba. Sus palabras eran calmadas, siempre bien medidas. No necesitaba elevar la voz para que todos lo escucharan, no necesitaba repetir nada. Tenía poder, y eso la intrigaba.

A medida que pasaban los días, las conversaciones fueron tomando un giro más personal. Un día, mientras él le explicaba cómo optimizar ciertos procesos administrativos, la conversación se desvió hacia otros temas. Ingrid mencionó, sin querer, algo sobre su vida personal, su rutina diaria en casa con Osvaldo, cómo a veces se sentía atrapada en los roles de ama de casa y madre.

—Es interesante —comentó Daniel, mientras sus ojos la observaban con una intensidad que Ingrid no había notado antes—. Pero no parece que una mujer como vos, tan… capaz, debería limitarse a eso.

Ella sintió un leve rubor en sus mejillas. Esa observación, aunque discreta, la tocó profundamente. No sabía si era por el halago o por el modo en que él la observaba, pero un destello de curiosidad se encendió en su interior. Daniel era un hombre que no solo tenía el control de su entorno, sino que también parecía tener el control de las personas que lo rodeaban.

—No es que me limite, simplemente… es lo que he hecho hasta ahora —respondió Ingrid, incómoda pero con una pequeña sonrisa en los labios.

Él la miró fijamente por un segundo, antes de hablar nuevamente, esta vez con un tono más suave, casi seductor.


Presente para o Osvaldo—Talvez você não tenha se dado a oportunidade de explorar o que realmente pode fazer. Às vezes, pessoas que têm tudo sob controle, como você, precisam dar um passo em direção ao que desejam. —Ele fez uma pausa e seu olhar ficou mais penetrante—. Se algum dia precisar de um conselho… você sabe onde me encontrar.

Ingrid sentiu um nó no estômago. Havia algo naquelas palavras que parecia mais um convite do que um simples comentário. Mas, ao mesmo tempo, algo dentro dela a alertava. Daniel não estava falando só de trabalho. Havia algo mais, algo perigoso que estava se infiltrando entre eles, e ela não sabia se estava pronta para encarar aquilo.

O próximo encontro foi quase idêntico. Um dia, enquanto Ingrid organizava uns papéis na mesa, Daniel apareceu na porta com uma pasta na mão. A presença dele encheu a sala na hora.

—Ingrid —disse ele, com aquela voz grave que sempre a fazia sentir uma mistura estranha de ansiedade e fascínio—, preciso que você revise esses relatórios para amanhã. Tem uns detalhes que não batem. Podemos conversar um momento?

Ela assentiu, levantando-se para pegar os papéis. Quando as mãos deles se tocaram por um instante, Ingrid sentiu a eletricidade naquele gesto simples. Os olhos deles se encontraram, e naquele momento, pela primeira vez, Ingrid sentiu que havia algo mais na relação deles. Algo que ia além do profissional.

—Claro, Daniel. Vou revisar agora mesmo.

Mas Daniel não saiu do lugar. Ele ficou

O escritório de Daniel era um espaço privado, afastado das outras áreas do laboratório, e naquele dia parecia mais fechado do que nunca. Ela, meio nervosa mas também excitada, estava na frente do chefe, sentado atrás da mesa, olhando para ela com uma intensidade que parecia atravessar a distância entre eles.

—Ingrid —disse Daniel, com voz suave mas firme—, quero que você seja completamente honesta comigo. Tá bom? Não tem mais ninguém aqui, só nós dois.

Ingrid assentiu, sentindo como se meu pulso acelerava. Havia algo no tom dele que a fazia sentir como se estivesse sendo observada de um jeito diferente, como se cada palavra tivesse mais peso do que o normal. Não era só o chefe dando instruções. Era algo mais pessoal, algo que a desconcertava. —Você já se sentiu atraída por alguém além do seu marido? —A pergunta foi direta, sem rodeios, mas o tom dele não deixava dúvidas de que esperava uma resposta sincera. Ingrid olhou para ele, sentindo o calor subir pelas bochechas. A pergunta pareceu íntima demais, direta demais. Mas em vez de se sentir desconfortável, algo dentro dela despertou. Ela sabia que aquele homem a lia como um livro aberto. Por que sentia a necessidade de responder? Por que estava sendo tão fácil dizer o que nunca tinha contado pra ninguém? —Sim —respondeu com a voz baixa, quase sussurrando—. Às vezes sinto que falta algo. É… difícil de explicar. Daniel sorriu com uma leve inclinação de cabeça, como se já soubesse o que ela ia dizer. Os olhos dele permaneceram fixos nos de Ingrid, sem piscar, como se estivesse procurando algo no olhar dela. —É natural —disse ele, se aproximando um pouco mais, com uma postura relaxada mas poderosa. Ingrid pôde sentir a proximidade da presença dele—. Às vezes, mulheres como você têm desejos que não podem compartilhar com qualquer um. Eu entendo isso. E você não precisa se sentir culpada por isso. A conversa continuou, mas o que começou como perguntas sobre trabalho, sobre a vida pessoal dela, foi se tornando mais confidencial, mais arriscada. Ingrid começou a se abrir mais do que achava que seria capaz. Havia algo no jeito como Daniel a olhava, em como as palavras dele a envolviam, que a fazia sentir como se estivesse se libertando de um peso invisível. Ela não entendia bem por quê, mas algo dentro dela a empurrava a continuar respondendo, a contar mais, a ser ainda mais sincera. Finalmente, quando a conversa tocou os limites do que Ingrid tinha imaginando compartilhar, Daniel se inclinou para frente e, com um sorriso nos lábios, disse:
—No sábado vamos trabalhar juntos, só nós dois. Tem uma coisa que quero te mostrar, algo que… tenho certeza que você vai gostar. —O tom dele mudou, agora era mais misterioso, insinuante—. Tem paciência, Ingrid. Vai ser algo que você vai lembrar.
Ingrid olhou pra ele, meio confusa mas também intrigada. Não sabia o que aquilo significava exatamente, mas tinha algo na voz dele, na atitude, que fazia ela se sentir viva, mais desejada do que nunca. Sem dizer uma palavra, Daniel deixou uma bolsa preta na mesa dela, visível mas ainda fechada.
—Só espera, sábado vai ser o dia em que tudo muda —disse ele, enquanto os olhos não paravam de encará-la com intensidade.
Os dias que seguiram aquela conversa foram um fervor na cabeça da Ingrid. Cada palavra que ela lembrava do Daniel ecoava como um som constante. A bolsa preta, o tom misterioso, a promessa de um sábado diferente… Tudo virava um fogo lento por dentro dela.
Em casa, ela tentava agir normal. As crianças, as tarefas do dia a dia, a rotina com o Osvaldo. Mas não era a mesma. Estava distraída, impaciente. Dormia mal. Se pegava fantasiando nos momentos mais inoportunos. O café de manhã, o caminho pro trabalho, até quando ajudava com a lição de casa. A mente dela voltava uma e outra vez pra mesma imagem: Daniel olhando pra ela da mesa dele, com aquele olhar que tinha deixado ela exposta.
Osvaldo notou a mudança.
—Trabalhar num sábado? —perguntou ele, surpreso—. Desde quando vocês fazem isso?
Ingrid improvisou uma explicação, algo sobre um corte no sistema e serviço acumulado. Ele não insistiu. Deu de ombros, confiante, talvez resignado com a rotina de sempre. Ingrid sentiu uma pontada de culpa… mas foi passageira.
Naquela noite, se sentindo agitada, ela se aproximou do marido na cama. Buscou o corpo dele, se deixou tocar, beijou ele com mais urgência do que outras vezes. Montou nele. Cavalgou por cima com os olhos fechados e a imaginação acesa. Não era Osvaldo quem estava debaixo dela. Não era a voz dele que ela ouvia, nem as mãos que lembrava. Era Daniel. Era o chefe dela. O homem maduro que a despia sem tocar.
Quando acabou, ficou deitada ao lado dele, ofegante. Sentiu-se suja, infiel, usada… pela própria mente. Mas não se sentiu mal. Pelo contrário. Aquela parte dela que sempre esteve adormecida a excitava. Sentiu-se mulher. puta, sim. Mas desejada. Livre.
O sábado chegou.
Levantou-se mais cedo do que o necessário, passou mais tempo na frente do espelho, escolhendo com cuidado. Vestia o uniforme de sempre, mas de alguma forma se sentia diferente. Mais consciente do próprio corpo, da roupa, de cada passo.
Ao chegar no laboratório, tudo estava em silêncio. Vazio. Exceto por uma luz acesa no fundo: o escritório do Daniel. Teve o cuidado de trancar a porta.
Ingrid engoliu seco. Caminhou pelo corredor com passos lentos, o coração batendo forte no peito. Estava sozinha. Ele a esperava. E embora não soubesse o que ia acontecer, sabia de uma coisa com absoluta certeza.
Aquele dia, a vida dela ia mudar.
Daniel a recebeu com um sorriso tranquilo e uma mesa perfeitamente servida sobre a escrivaninha. Café fumegante, croissants, torradas, suco espremido. Era um café da manhã caprichado, elegante, com aquela sobriedade que sempre o acompanhava.
— Pensei que poderíamos começar o dia bem — disse, enquanto lhe oferecia uma xícara.
Ingrid sentou sem dizer uma palavra. O aroma do café não conseguia disfarçar a agitação interna. Sentia-se fora de si. Apesar do nervosismo, sorriu. Era impossível não se deixar envolver por aquela calma calculada que ele exalava. Tudo estava friamente preparado.
— Hoje — disse Daniel enquanto passava manteiga devagar numa torrada — vamos cruzar um limite. O que faremos não é por acaso. E não é algo que eu tenha feito com ninguém antes.
Ingrid sentiu um arrepio. As coxas se apertaram sem querer. Não conseguia evitar. Estava tão molhada que sentia o tecido encharcado grudado. à sua pele. Mal o escutava, mal mastigava. Cada palavra dele era uma carícia na mente dela, uma ordem silenciosa ao seu corpo. —Você está linda hoje — acrescentou ele, sem desviar o olhar—. Mais do que o normal. Você está diferente… mais presente. Como se soubesse que está à beira de algo que não consegue nomear. Ingrid não disse nada. Apenas assentiu. E naquele instante, ao apertar as pernas com mais força, um arrepio a percorreu. Foi um orgasmo breve, silencioso, mas real. Inesperado. Vergonhoso e glorioso. Quis disfarçar, mas sabia que Daniel tinha notado. Leu no rosto dele, nos olhos úmidos e brilhantes. —Eu te falei — murmurou ele, satisfeito—. Agora, é hora de você ir ao banheiro. Quero que use isso. Da gaveta da escrivaninha, tirou a bolsa preta que tinha mostrado dias antes. Entregou-a com uma única instrução: —Não pergunte. Só faz. E depois volta. Ingrid se levantou trêmula, com a bolsa na mão, e foi até o banheiro dos funcionários. Fechou a porta e abriu a bolsa com dedos suados. A peça era estranha. Uma calcinha fio dental branca, tipo arnês, com um design provocante e firme. Havia algo nela que beirava o desconhecido. Tinha um toque de couro, um anel metálico no centro, e uma estrutura que não se parecia com nada que ela tivesse usado antes. Ela tirou lentamente a calcinha. Ao subir a nova peça, sentiu uma mistura de confusão e excitação. A calcinha cobria totalmente a entrada da buceta, com uma firmeza que não deixava dúvidas: não era por ali. O anel metálico na parte de trás, por outro lado, emoldurava com precisão milimétrica o outro buraquinho dela, como uma declaração. Ingrid não era boba. Entendeu o recado. E por alguma razão que não conseguia explicar, não sentiu rejeição. Sentiu um tremor no corpo, um formigamento elétrico. Se olhou no espelho com a saia levantada, o cabelo meio bagunçado, as bochechas coradas, e pela primeira vez em muito tempo, não se reconheceu. Sentiu-se transformada. Voltou ao escritório em silêncio, como quem atravessou uma porta secreta. E Daniel, ao vê-la entrar, não precisou perguntar nada. Sorriu com os olhos. E esperou.

Ingrid voltou do banheiro com o rosto corado e o coração galopando. Sentia a peça como uma mensagem constante entre as pernas, como se o corpo inteiro tivesse virado uma zona sensível. Daniel a observava sem disfarçar. Ela já não conseguia esconder nada: nem o tremor, nem o desejo, nem aquela mistura de ansiedade e entrega que a dominava.

Ele se levantou e foi ao encontro dela para dizer.

— Vira de costas — ordenou com uma calma que não admitia réplica.

Ingrid obedeceu. Sentiu ele segurá-la pela cintura com firmeza e incliná-la sobre a escrivaninha. As mãos dele, seguras, levantaram a saia devagar, deixando exposta a calcinha fio dental branca que marcava de forma explícita qual era o único caminho possível.

Ela prendia a respiração. Não entendia como tinha chegado até ali, mas não queria estar em nenhum outro lugar.

Observou Daniel brincando com os dedos indicador e médio sobre a buceta que se derretia de lado, testemunha silenciosa de um café da manhã que já tinha passado, e também notou como ele se esforçava para que ela visse o que estava fazendo, depois foi por trás.

Sentiu os dedos dele tocá-la, ali, bem ali. Algo morno, escorregadio, começou a brincar nela. Soube na hora o que era. Daniel estava preparando o caminho. Não houve ternura, mas também não houve violência. Havia algo cerimonial em cada movimento, como se tudo tivesse sido planejado com precisão cirúrgica.

A espera era insuportável. E, sem se reconhecer, ela sentiu que precisava daquilo. Desejava além de qualquer lógica.

— Faz — murmurou com a voz rouca —. Não aguento mais.

Daniel não disse nada. Só a segurou com mais força e continuou.

Ingrid arqueou o corpo, fechou os olhos, mordeu os lábios. O que veio depois foi uma mistura indescritível de dor e prazer, uma maré nova e avassaladora que a fez gritar, gemer, se perder naquela entrega. Cada sensação era mais forte que a anterior. Cada investida a empurrava para uma borda desconhecida de si mesma. Já não era uma mulher comum. Já não era a mesma.

E naquele instante, ela soube: algo nela tinha mudado para sempre.

Ingrid não sabia com precisão em que instante deixou de ser ela mesma. Só sentiu como seu corpo se entregava por completo a algo novo, selvagem, íntimo de uma maneira que jamais havia imaginado. Havia nela uma mistura de medo, ansiedade e um desejo tão denso que parecia envolvê-la como um véu invisível. Daniel a segurava com força, com decisão. Não perguntava, não pedia permissão. Mas também não a forçava. Simplesmente a conduzia. E ela se deixava.

A peça estranha seguia marcando o centro da cena, guiando cada movimento para uma única direção permitida, uma zona que para ela era proibida... até aquele momento. Quando ele finalmente a tomou, quando atravessou aquele limite tão zelosamente resguardado durante toda a sua vida, Ingrid sentiu que se abria algo mais do que seu corpo. Era sua mente, sua história, seus limites. Tudo se rompia e se reconstruía ao mesmo tempo.

O primeiro contato foi uma invasão. Surpreendente. Dolorosa. Mas mais do que isso, foi reveladora. Seus músculos se tensionaram, sua respiração se cortou, suas unhas se cravaram na borda da escrivaninha como se o mundo tremesse sob seus pés. Mas ela não gritou. Não resistiu. Porque por trás daquela pontada aguda havia uma corrente quente de prazer que subia pelas suas costas, pelo seu ventre, pelo seu peito.

Ingrid se sentiu cheia. Não só fisicamente. Preencheu um vazio que ela nem sabia que existia. Era vulnerável, sim. Mas também poderosa. Estava fazendo algo que nunca tinha se permitido, e fazia por vontade própria. A dor virou calor, e o calor virou prazer. Não pensava no marido. Não pensava nos filhos. Não pensava em nada.

Só existia aquele momento. Aquele corpo atrás dela. Aquele vai e vem profundo. Aquelas mãos na sua cintura. Aquela voz que não falava, mas dizia tudo. tudo. Aquela penetração de pecado, num lugar proibido

E então chegou. O orgasmo não foi só físico. Foi uma descarga de tudo o que ela tinha reprimido por anos. Ela gritou, sim. Mas não por dor. Gritou porque era livre. Porque pela primeira vez se sentia completamente viva. Porque tudo o que ela era estava concentrado naquele ponto onde seu corpo tinha aprendido a se render.

Quando terminou, ficou tremendo. Com o coração a galope, os lábios entreabertos e os olhos cheios de uma emoção que não conseguia colocar em palavras.

Sabia que o que tinha acontecido não tinha volta, e não queria que tivesse.


A volta pra casa foi estranha, um turbilhão de emoções que Ingrid não sabia como lidar. A porta de entrada se fechou atrás dela com um baque suave, e, de alguma forma, o som pareceu mais distante do que nunca. O calor que ela tinha sentido no encontro com Daniel não a largava, mas agora se misturava com um desconforto que ela não entendia. A mente dela não parava de girar, repassando cada instante, cada toque, cada palavra. Tinha sido tão intenso, tão libertador, mas também tão... sujo. Um desejo sem regras. Um desejo onde não havia espaço pra moralidade, só pra prazer cru. E ela tinha sido parte daquilo.

Osvaldo a cumprimentou na entrada, distraído com o próprio dia, alheio à tempestade interna que Ingrid carregava. Ele sorriu pra ela, um gesto cotidiano que costumava ser um refúgio. Mas agora, aquele gesto parecia vazio. Por que ele nunca tinha tratado ela assim? Por que nunca tinha tocado ela com aquela urgência, com aquela confiança que a tinha deixado completamente desarmada? Ingrid se surpreendeu pensando no jeito que Daniel a tinha dominado, sem delicadeza, mas com uma autoridade que a fez se sentir mais mulher do que nunca.

Era como se tivesse despertado algo que ela nem sabia que existia, algo que nunca tinha procurado na vida rotineira dela. Naquele momento, na cabeça dela, as palavras "estupro consentido" se misturaram com "desejo" e libertação". Ela não entendia por que não sentia aquilo como algo negativo. Não havia violência, não havia humilhação, só uma mistura de poder, entrega e desejo. Então por que a culpa começava a crescer no peito dela?

Quando Osvaldo a abraçou, Ingrid o fez por hábito, mas algo nela não estava ali. Ela pensava em Daniel, no que tinha vivido com ele, e se perguntava se aquilo que tinha experimentado poderia algum dia se repetir. Osvaldo beijou ela só nos lábios, um roçar quase por hábito, e ela sorriu, mas por dentro havia um vazio que ela não conseguia preencher.

Os dias seguintes foram estranhos. Ingrid se sentia vazia e ao mesmo tempo cheia de algo novo, algo proibido. Quando falava com Daniel, não conseguia evitar sentir que algo tinha mudado. Ele já não era o mesmo. Já não havia aquela intensidade no olhar dele, aquele toque insistente. Parecia que o que para ela tinha sido único, uma experiência que tinha deixado uma marca indelével, para ele tinha sido só mais um jogo. As palavras que ele tinha dito, aquilo de não ser a primeira vez que fazia, doeram mais do que ela tinha imaginado. Ela se sentia como se o momento dela, a entrega dela, não tivesse sido tão especial quanto ela tinha acreditado.

E isso machucava ela. Ela sentia que tinha entregado algo muito profundo, e que, para ele, tinha sido só mais uma das tantas experiências que ele acumulava. A distância ficou palpável. Ingrid notava a mudança em Daniel, nas palavras dele, na atitude dele. Ele já tinha saciado o desejo dele, e ela só ficava presa nas sombras do que tinha sido.

Por momentos, ela se perguntava se ele também tinha visto ela como algo mais que uma presa, ou se realmente tinha sido só mais uma na lista de conquistas.

Os dias que seguiram aquele encontro com Daniel foram um turbilhão na mente de Ingrid. Ela acordava de manhã com uma sensação de vazio que não conseguia sacudir, como se tudo o que ela tinha experimentado naquele lugar, naquele momento, tivesse deixado uma marca indelével nela. No começo, ela tentou convencer-se de que tinha sido só uma fase, um deslize na vida dela. Mas as semanas passaram e a tensão foi se acumulando. Daniel começou a virar um fantasma do qual Ingrid não conseguia se livrar. A atitude dele mudou, o olhar já não a encantava como antes; ele ficou distante, quase condescendente, como se o que tinha rolado entre eles não passasse de um acaso.

Toda vez que ele trocava uma palavra com ela no escritório, Ingrid sentia uma pontada de raiva percorrendo o corpo. As respostas dela eram cortantes, secas, cheias de um julgamento que ela não conseguia entender. Algo lá dentro, no fundo dela, foi se quebrando aos poucos, e ela começou a odiar ele. Odiava a arrogância dele, a frieza, a indiferença. Odiava aquela sensação de que tinha sido só mais uma na longa lista de conquistas dele.

Ao mesmo tempo, a atitude dela em relação ao trabalho também começou a mudar. O que antes parecia um refúgio, uma fuga, agora parecia uma prisão. Cada canto do laboratório, cada rosto dos colegas, lembrava aquele momento. Aquela manhã que tinha abalado a vida dela, e que tinha sido o gatilho da sua tempestade emocional. Tudo o que aquele trabalho representava, aquele escritório, aquele lugar onde ela tinha tentado encontrar algo para si mesma, agora parecia um lembrete da própria mentira. O sexo anal, o desejo, a libertação, tudo parecia ter virado uma mancha que sujava a vida dela. Ela, que tinha acreditado naquele impulso, naquele prazer roubado, agora se sentia culpada pelo que tinha feito. E, principalmente, pelo que tinha sentido, e pelo que tinha escondido.

Ingrid se sentia cada vez mais arrasada diante do Osvaldo, apesar do amor que sentia por ele. Sentia uma pontada de pena ao vê-lo, ao perceber que tinha traído ele. Pensava em como ele a abraçava de manhã, como olhava para ela com aquele olhar de carinho tão sincero, e comparava com o que tinha vivido com Daniel. Doía ver o Osvaldo tão alheio a tudo o que tinha acontecido, enquanto ela carregava aquele peso. o peso do seu segredo. A culpa a perseguia como uma sombra, e a ideia de continuar enganando ele a atormentava. Cada vez que olhava nos olhos dele, cada vez que ele devolvia aquele olhar, e ela só via um homem sincero que queria apenas fazê-la feliz, nesses momentos, Ingrid sentia que ia desfalecer.

Finalmente, Ingrid tomou uma decisão que, embora dolorosa, sentia que era o melhor. Ela pediria demissão. Não dava mais para continuar ali, naquele lugar que lembrava tudo o que ela tinha feito, tudo o que tinha sentido. A vontade por Daniel, a traição ao marido, a culpa... Tudo se misturava dentro dela, e sabia que não podia continuar naquele ambiente.

No dia da demissão, ela sentou na frente de Daniel uma última vez, e suas palavras foram frias, firmes, carregadas de um ressentimento que ela não tinha querido admitir até aquele momento. Não se despediu com um sorriso, nem com uma palavra amável. Levantou-se, deixando para trás o escritório e o chefe, como se cortasse uma corda invisível que a tinha prendido por tempo demais.

A vida em casa continuou, mas com um clima diferente. O aniversário de Osvaldo estava chegando, e Ingrid não queria que fosse só mais um dia. Queria dar algo especial, algo que nunca tinha dado. Depois de tudo o que tinha passado, ela também queria entregar algo ao marido. Algo que ele não esperasse.

Então, naquela noite, depois de apagar as velas, quando os parentes e amigos já tinham ido embora e o sono tinha vencido as crianças, eles teriam o momento deles. Ingrid pediu ao marido que fosse esperá-la na cama, ela passou pelo banheiro e, lentamente, vestiu aquela calcinha fio dental de couro branco que o chefe tinha dado a ela. Olhou-se no espelho, olhou só o cuzinho exposto, sorriu, ela tinha um presente para Osvaldo.

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