Buceta dos dois lados

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A DOS PUNTAS


Sebastián tenía treinta y pocos años, dos hijos pequeños y una vida que, en apariencia, encajaba dentro de lo que muchos llamarían “normal”. Su casa de barrio, la camioneta financiada, las vacaciones a la costa una vez al año y el matrimonio funcional, eran parte de un cuadro estable que no ofrecía sobresaltos... al menos por fuera.

Un tipo pintón, formal, de esos que a las mujeres les entra por los ojos. El corte de cabello a la moda, la barba prolija y rasurada, siempre un traje perfecto. De mirada dulce y labios expresivos. El amable, el cordial, el que siempre escuchaba el doble de lo que hablaba

Desde hacía más de una década trabajaba en la misma empresa: una pyme de servicios con apenas treinta empleados. Jorge, el dueño, era un tipo parco, de otra época, que había levantado todo con esfuerzo pero que ahora estaba más pendiente de sus análisis médicos que de los balances contables. Había sido un solterón empedernido, no tenía a nadie mas en el mundo que a él mismo. Jorge había sido un emprendedor en otros tiempos, pero eso hoy ya no bastaba. La empresa, igual que él, venía en picada. El teléfono ya no sonaba tanto, los clientes buscaban precios que ellos no podían ofrecer y el entusiasmo de los lunes se había ido apagando sin hacer ruido.

Sebastián no era un conformista. Si algo lo definía por dentro era su ambición enfermiza. No por lujo, sino por poder. Sabía que Jorge ya no iba a dar más pelea, y eso lo desesperaba. Imaginaba quedarse con todo, como si el legado del viejo fuera a caerle por decantación natural. Fantaseaba con asumir el control, modernizar la empresa, escalar. No imaginaba como sería el traspaso de poder, pero soñaba con ello.

Pero Jorge no era ningún ingenuo. Detrás de su cansancio y su aparente abandono, había tomado una decisión silenciosa pero demoledora. Sin decirle nada a nadie, Jorge había vendido la empresa. Un gigante chileno del sector, con sedes en toda Sudamérica, había comprado todo el paquete: oficinas, empleados, servicios, hasta el nombre. Y en un abrir y cerrar de ojos, llegó a Buenos Aires el nuevo director interino: Tomás Alvear, un tipo joven pero frío, elegante, con un currículum abrumador y cero apego sentimental. Su única misión era reordenar todo y asegurarse de que la vieja maquinaria funcionara sin fallos, pero con las reglas del presente. Y cuando estuviera todo en orden a desplegar alas y empezar con una nueva tarea

La noticia cayó como un balde de agua helada. Sebastián sintió que el suelo se le abría. Su ilusión de tomar el timón había muerto antes de nacer, y lo peor era que ahora había un nuevo capitán. Uno que ni lo conocía, ni le debía nada. La palabra “reestructuración” empezó a sonar como un trueno en su cabeza. Para Sebastián era un maldito juego de la oca, estaba por llegar, ya, solo, y de repente, una mala lanzada de dados y le leyenda 'vuelve al inicio'
Sebastián entendió rápido que tenía que actuar. Si quería conservar su lugar —y quizá algo más— tenía que ganarse a Tomás. A como diera lugar. Como alguna vez había hecho con el viejo, ese mismo que tantas veces había adulado y ahora lo odiaba

Esa noche, Sebastián llegó a casa como siempre: cansado, con el nudo de la corbata flojo, pero al entrar y ver a Andrea en la cocina, el día pareció pesar un poco menos. Ella tenía puesta una musculosa liviana y el pelo suelto, desordenado con gracia. Giró apenas la cabeza al oírlo llegar, y le sonrió como quien guarda un secreto.

—¿Cómo te fue, Seba? —preguntó mientras removía la olla.

—Normal... largo —respondió él, acercándose a besarla en la nuca—. ¿Hicieron lío los enanos?

—Como siempre —sonrió ella—. Están en la ducha, peleándose por quién usa más shampoo.

Sebastián se rio y apoyó la frente en su espalda. Ese era su refugio. Andrea era su cable a tierra, su amor de toda la vida. Nunca habían dejado de ser pareja, más allá de los chicos, las rutinas y los años. Seguían tocándose, deseándose, encontrándose a oscuras en la cama como al principio. No era por aburrimiento que Sebastián escondía cosas, sino por amor. No quería cargarla con el peso de un trabajo que empezaba a envenenarlo por dentro.

—Después te cuento algo, pero mañana —le dijo al oído.

—¿Es grave?

—No. Solo… temas del laburo. No quiero arruinar la noche.

Ella se giró, lo miró con ternura y le rozó los labios con los suyos.

—Mejor. Esta noche te quiero sin excusas —susurró.

Y cumplió. Más tarde, cuando los chicos dormían y la casa quedó en penumbras, Andrea fue su bálsamo. Lo devoró con la pasión de quien no necesita explicaciones. Y él se dejó ir, sabiendo que afuera del cuarto lo esperaban sombras más pesadas.

Al día siguiente, la reunión con Tomás fue directa al hueso. Estaban los tres: Marcos, Adrián y él. El nuevo director interino no perdía el tiempo en protocolos.

—Voy a ser claro —dijo Tomás, con una frialdad elegante—. En un año me retiro del puesto y uno de ustedes lo va a tomar. Ya revisé sus legajos. No les voy a decir cómo ganárselo. Pero estaré mirando. Y decidiré. Yo soy solo otro peón en el tablero, desde arriba a mi también me observan, y no puedo equivocarme

Silencio. Tenso. Tomás se marchó dejándoles esa bomba masticable.

Desde ese momento, Sebastián ya no vio a sus compañeros como pares. Ahora eran obstáculos. Y Tomás, su obsesión. Empezó a buscar cualquier excusa para hablar con él, lo adulaba, lo elogiaba en público y en privado, se ofrecía a hacer tareas ajenas, a acompañarlo a reuniones que no lo incluían.

Andrea no sabía nada. Solo notaba que Sebastián estaba más pendiente del celular, que salía antes, que llegaba agotado. Pero no preguntaba. Confiaba. Y él la amaba, por eso mismo.

Con el correr de las semanas, la cercanía entre Tomás y Sebastián se volvió evidente. No solo lo llamaba para tareas puntuales, sino que empezaron a compartir cafés, salidas breves, incluso algún almuerzo improvisado. A veces preguntaba por Andrea, por los chicos, por su casa, como si le interesara más allá de lo laboral. Sebastián respondía con cierta cautela, pero le agradaba sentirse observado de ese modo. Era distinto. Y confuso. También le hacía preguntas a su superior por fueras de trabajo, preguntas que no le interesaba escuchar las respuestas, solo era quedar bien

A veces, en la soledad de su oficina, repasaba ciertos gestos. Una mirada que se prolongaba más de la cuenta. Una risa suave ante un comentario inocente. Un toque innecesario en el hombro, al pasar por detrás. No sabía si lo imaginaba o si realmente había algo. Y si lo había, tampoco sabía qué hacer con eso. No le disgustaba, pero lo descolocaba.

Una tarde, cerca del cierre, recibió un mensaje directo:

“Pasá a mi despacho, quiero hablar con vos. A solas.”

Fue. No dudó.

Tomás estaba de pie, apoyado contra el ventanal. La oficina estaba en penumbra, el sol entraba oblicuo, dorado. Había silencio.

—Cerrá la puerta, Seba.

Él obedeció.

—Estuve revisando números, y la verdad… —Tomás lo miró con una expresión difícil de leer— no te está yendo tan bien como crees, a pesar de todas las adulaciones que me haces, yo tengo que hacer una evaluación crítica y objetiva, sesgada de mis sentimientos. Marcos está mejor posicionado. Adrián también.

Sebastián sintió un nudo en el estómago. No dijo nada.

—Pero todo tiene arreglo —continuó Tomás, girando apenas, como si buscara otra postura más relajada—. Todo tiene una forma de cambiar.

Hizo una pausa. Su mano se deslizó lentamente por la parte frontal del pantalón, como si acomodara la tela, pero no parecía un gesto casual. Sebastián lo notó. Sintió cómo la tensión cambiaba de color.

Tomás se acercó al escritorio y se recostó de espaldas sobre él, apoyando las palmas y dejando las caderas apenas adelantadas. El gesto fue fluido, seguro. El silencio pesaba.

—No tenés que hacer nada que no quieras, Sebastián —dijo, con voz baja, casi íntima—. Pero... hay formas de asegurarse un lugar acá. Si sabés leer entre líneas.

El aire se volvió espeso. Tomás desabrochó el primer botón de su pantalón, y luego otro. Lentamente, como si no hubiera apuro. No había desafío en sus ojos. Solo una invitación muda.

Sebastián sintió cómo el pulso le martillaba en el cuello. Estaba excitado. Y confundido. Pero no tenía miedo. Ni asco. Ni rechazo. Solo una mezcla de vértigo y curiosidad que lo dejaba paralizado.

—¿Querés? —preguntó Tomás, mientras liberaba su miembro, semi erecto, con naturalidad.

Sebastián bajó la mirada, luego volvió a subirla. La sala estaba en silencio. Él... temblaba.

No estaba seguro de qué haría. Pero tampoco tenía claro que quisiera irse.

Sebastián tragó saliva. Sentía un cosquilleo eléctrico recorriéndole el cuerpo. Había cruzado muchos límites en su mente, pero nunca uno como ese. Sin embargo, ahí estaba, de pie frente a Tomás, viendo cómo su jefe lo observaba con calma, con esa seguridad que desarma, como si supiera que Sebastián no se iría.

Dio un paso. Luego otro.

Se arrodilló.

Sus manos temblaban apenas cuando tomaron el miembro de Tomás, firme, caliente, pulsante. Lo acercó a su boca y lo olió primero, como instintivamente, aspirando esa mezcla de piel, ropa interior y deseo acumulado. No sabía por qué, pero eso lo excitó aún más. Sintió cómo su propia erección crecía, atrapada dentro del pantalón ajustado.

Abrió los labios y lo recibió. Primero la punta, despacio, tanteando, y luego un poco más. Lo sintió duro, pesado sobre su lengua, y no le costó seguir. Se movió con torpeza al principio, pero pronto halló un ritmo. Chupaba con devoción, con entrega, como si esa fuera ahora su única tarea. Tomás jadeó, bajó una mano y se la apoyó en la nuca, sin presionar, solo acompañando.

Sebastián cerró los ojos y siguió. Lo lamió, lo succionó, lo metió y sacó con creciente firmeza. Su propia respiración se volvió agitada. Sintió cómo un leve sabor salado comenzaba a aparecer, preámbulo del final.

Tomás gimió por lo bajo, entre dientes.

Y entonces, sin aviso, se tensó. Su cuerpo se arqueó apenas. Sebastián lo sintió endurecerse en su boca y luego… el estallido. Una oleada cálida llenó su garganta. No se apartó. Tragó instintivamente, una y otra vez, para no incomodarlo, para no desperdiciar nada, para no tener que limpiarse después. Lo hizo por él. Por su lugar. Por mantenerse arriba.


Buceta dos dois ladosQuando ele se retirou, fez isso em silêncio. Limpou os lábios com as costas da mão e se levantou sem olhar direito para ele.

Tomás se acomodou, tranquilo. Não disse nada. Só sorriu e voltou a se sentar, como se nada de extraordinário tivesse acontecido.

Sebastián voltou para sua mesa no piloto automático. O resto da tarde passou devagar, borrado, como um sonho.

Naquela noite, em casa, Andrea o abraçou como sempre. Contou alguma história do dia, riram juntos. Os meninos já dormiam.

Mas ele sentia um nó no peito.

Tomou banho mais do que o necessário. Lavou o corpo como quem tentava lavar a alma. Se olhou no espelho e não soube o que ver. Sentia que tinha feito o que precisava para garantir o futuro... mas também sentia que tinha escondido algo imperdoável.

Não era culpa. Era peso.

E ele carregava sozinho.

As semanas passaram e o que tinha começado como uma exceção, como um favor desesperado, virou rotina. Tomás o chamava ao escritório com qualquer desculpa: uma revisão de relatório, um detalhe menor, uma conversa sobre "projeções". Fechava a porta, puxava a cadeira para trás e se acomodava como quem acende um cigarro.

Sebastián entrava sabendo exatamente o que vinha. Já não hesitava. Se ajoelhava quase no automático, abaixava o zíper, deixava o pau dele sair e começava a chupar. Fazia com a eficiência de quem se sente parte de uma negociação silenciosa, mas vital.

Não fazia para manter o emprego.

Fazia pela promoção.

Porque queria ficar com tudo quando Tomás fosse embora. Porque sentia que aquela era a forma de garantir que estaria no comando da empresa. De acabar sendo o chefe. E se isso significava engolir porra alheia três vezes por semana, ele faria. Faria sem piscar.

Às vezes pedia para Tomás não gozar na boca dele. "Hoje não, por favor", murmurava com certa urgência. Mas Tomás nunca dava esse gosto. Sorria, acariciava a nuca dele com autoridade e empurrava de leve. dizia que ia avisar, mas nunca avisava. Sempre terminava igual: uma onda grossa enchendo a garganta, e Sebastián engolindo rápido, pra não tossir, pra não demonstrar nojo, pra que nada saísse do lugar.

Era humilhante. Mas era o preço.

O preço de subir.

Na casa dele, tudo continuava igual. Andrea continuava sendo sua companheira, sua cúmplice, sua amante. O sexo com ela era diferente: quente, mútuo, sincero. Não tinha nada a ver com aquilo. Com ela não podia falhar. Nem duvidar. Ele a amava.

Mas quando se olhava no espelho depois de uma dessas tardes com Tomás, se via estranho. Dividido. Não se odiava. Mas também não se entendia.

Às vezes se pegava lembrando dos gemidos contidos do chefe, o cheiro da pele dele, a sensação de ter aquele poder alheio enchendo a boca. Não por desejo, dizia pra si mesmo. Mas porque aquilo tinha virado parte do caminho. Parte da estratégia.

E era isso que mais confundia: já não sabia se estava agindo como um homem ambicioso…

…ou como alguém que começava a se perder.

Naquela noite, o escritório estava deserto. As luzes apagadas e o silêncio davam ao prédio uma calma estranha. Sebastián tinha voltado rapidamente ao banheiro antes de ir embora. Ao empurrar a porta, se deparou com Tomás na frente do espelho, a camisa entreaberta e o paletó pendurado num cabide improvisado na porta.

— Ainda tá por aqui? — perguntou Sebastián.

— Esperava que você viesse — respondeu Tomás, direto —. Preciso falar com você… em particular.

Ele o seguiu em silêncio até o último cubículo. Quando a porta se fechou, o ar mudou. O olhar de Tomás era diferente, já não era o do chefe exigente, mas o de alguém que sabia exatamente o que queria.

— Você confia em mim? — sussurrou.

Sebastián hesitou um segundo. Depois assentiu. Mesmo sabendo que aquilo não seria mais um jogo de lamber e engolir.

Estava cara a cara com o chefe naquele espaço sufocante. Observou enquanto Tomás tirava do bolso um pequeno frasco de lubrificante. —Calma... —disse ele, sabendo que "calma" era a palavra mais inadequada naquele momento.

Tomás o girou contra a parede, com firmeza. Baixou as calças e a cueca dele devagar, deixando as nádegas à mostra. Sebastián respirou fundo, nervoso, enquanto já sentia os dedos estranhos lubrificados explorando, pressionando, preparando-o.

Quando o pau de Tomás começou a abrir caminho, Sebastián ofegou. A dor foi intensa no começo, mas ele não resistiu. Apoiou a testa no azulejo frio e deixou o outro avançar. Cada estocada era uma mistura de desconforto, surpresa e prazer obscuro. O corpo dele se tensionava, mas também respondia.

Tomás o segurou pela cintura e começou a se mover com mais ritmo. Os gemidos abafados de Sebastián preenchiam o pequeno cubículo. Ele sentia o corpo tremer a cada investida, e algo dentro dele se rendia.

Quando Tomás gozou dentro dele, foi com uma última pressão intensa. Sebastián sentiu o calor bem no fundo, e um arrepio percorreu seu corpo. O chefe se afastou, ajudou-o a subir as calças sem dizer uma palavra e foi embora.

Sebastián ficou sozinho. Ainda tremia. Fechou a porta com o trinco, baixou a roupa de novo, depois abaixou a tampa da privada e sentou-se por um momento. Sentia o corpo invadido, usado... e ao mesmo tempo, estranhamente vivo.

Ele tocou o próprio esfíncter como pra confirmar que não tinha sido um sonho, ali estava dolorido e dilatado, sentindo a necessidade de expulsar com força o semen contido.

Fechou os olhos. Não sabia se era culpa, vergonha ou desejo. Só sabia que não podia ir embora assim e, com a mente repetindo cada instante, se masturbou em silêncio. O prazer veio rápido, potente, e com ele, uma mistura de alívio e confusão.

Só quando terminou, conseguiu voltar a respirar com calma. Limpou tudo, subiu a braguilha e saiu sem olhar pra trás.

Já não tinha certeza de nada. Nem de Tomás. Nem de si mesmo.

Com o tempo, a rotina de encontros entre Sebastián e Tomás se tornou quase... mecânica, mas viciante. Não era mais só o Tomás que insinuava ou procurava. Às vezes era o Sebastián quem passava no escritório dele, fechava a porta sem dizer uma palavra e se ajoelhava sem que pedissem. Não falavam sobre isso depois. Era tipo um pacto silencioso, um vício doentio que nenhum dos dois parecia querer quebrar. Às vezes iam mais longe, como naquela noite no banheiro.

Uma tarde, já quase no fim do expediente, Sebastián entrou no escritório do Tomás, empurrado pela ansiedade que vinha corroendo ele desde o meio-dia. A mesa estava limpa. Tomás se recostou na cadeira com a braguilha entreaberta, sabendo de antemão o que vinha. Sebastián não hesitou. Se ajoelhou, pegou com firmeza e começou com movimentos precisos e devotos. Já não era uma transação. Era um jogo de poder que o excitava e o confundia ao mesmo tempo.

Os gemidos do Tomás eram baixos, quase inaudíveis, mas preenchiam o ar. Sebastián tinha tudo na boca quando a porta — que achavam estar trancada — se abriu de uma vez.

— Tomás? Posso te fazer uma…?

Adrián ficou paralisado na entrada, a frase cortada, os olhos arregalados. A cena na frente dele era clara e impossível de negar: Sebastián de joelhos, com a cabeça no colo do chefe, e Tomás com o rosto no meio do caminho entre o êxtase e o horror.

Sebastián se afastou de supetão, tropeçando pra trás, limpando a boca com a manga enquanto se levantava em disparada. Tomás se ajeitava a roupa em silêncio, com a mandíbula travada.

Adrián não disse nada. Fechou a porta devagar, com uma mistura de incredulidade e cálculo no olhar.

A bomba tinha explodido.

Naquela noite, Sebastián mal tocou na janta. Andrea falava animada sobre os meninos, sobre coisas do dia, mas ele só balançava a cabeça, sem ouvir. Sentia um nó na garganta desde a tarde. De vez em quando, a mente arrastava ele de volta praquele instante: a porta se abrindo, Adrián ficando mudo, o silêncio ensurdecedor que veio depois. O medo. Tomou banho cedo, como se pudesse lavar algo além do suor. Ficou na frente do espelho um bom tempo, como sempre fazia, esperando uma resposta que nunca vinha. O que ele tinha feito? Por quê? Já não conseguia mais se convencer de que era só pela promoção. Tinha algo mais sombrio em jogo. Algo que ele não conseguia entender direito.

Na cama, Andrea acariciou o cabelo dele com ternura. —Você está estranho, Seba —falou baixinho. Ele só sorriu com tristeza, beijou a testa dela e fingiu dormir.

Esperou. Esperou até ela cair no sono, até a respiração dela ficar lenta e profunda. Então se levantou, quase sem fazer barulho, e se trancou no banheiro. A casa inteira parecia prender a respiração.

Se apoiou na pia, com a cabeça baixa. Sentia o corpo quente, pesado, tenso. A lembrança do Tomás ainda viva na pele dele. A mistura de humilhação e desejo. O medo absurdo de perder tudo, e o impulso estranho que o arrastava cada vez mais pro fundo.

Baixou a calça do pijama, pegou no próprio pau com a mão trêmula e começou a se masturbar. Rápido. Com raiva. Como se disso dependesse se libertar. Gozou na hora, com um gemido seco, abafado pelo braço com que cobria a boca.

E então chorou.

Primeiro em silêncio, de pé. Depois no chão, de cócoras, com as costas encostadas na parede do banheiro. Chorou até ficar sem lágrimas. Até o corpo inteiro afrouxar de cansaço. Até que, por fim, vencido, conseguiu se arrastar pra cama sem forças, desejando que pelo menos o sono desse uma trégua.

Tinham se passado dois anos desde que Tomás tinha ido embora. Deixou tudo em ordem, exatamente como tinha prometido. A transição foi limpa, sem estardalhaço. A empresa, agora reestruturada e estável, continuava funcionando. Adrián ocupava a direção geral há um ano, e Sebastián seguia no cargo de confiança dele, como sempre, sem mudanças, e a tranquilidade de ter tudo sob controle.

Tudo parecia fluir.

As reuniões eram sérias, Os e-mails eram respondidos em tempo real, os clientes estavam satisfeitos. Ninguém falava daquele episódio. Ninguém mencionava o que Adrián viu naquele dia. Nem Tomás, antes de ir embora, nem Adrián, nem ele. Os três entenderam — quase sem precisar de palavras — qual era o único jeito de todos saírem bem. Um pacto silencioso e eterno. Daqueles que se firmam com olhares, com vergonha, com necessidade.

Adrián ficou com o cargo. Sebastián, com a estabilidade. Tomás, com a liberdade sem escândalos. E o silêncio foi o preço justo.

Agora, Sebastián saía de casa todo dia como qualquer outro homem. Beijava Andrea na bochecha, ajudava os filhos a abotoar os casacos, caminhava rumo ao trabalho com a xícara de café na mão. Ninguém notava no olhar dele a sombra que às vezes atravessava a memória.

Ele tinha empatado. Não tinha o que queria, mas também não tinha perdido o que já tinha.

Mas às vezes, ao fechar a porta do escritório, quando o murmúrio do corredor sumia, sentia o eco de tudo que tinha engolido, tudo que tinha entregado. Não com culpa, mas com uma espécie de tristeza muda. Como quem arranca uma parte de si mesmo pra vestir um terno que não lhe pertence de verdade.

E então lembrava de algo que o avô costumava dizer quando ele era moleque, sem saber que um dia ficaria gravado nele como uma sentença:

"Tem preço que não se paga com dinheiro, Seba. E o poder sempre cobra o dele.

2 comentários - Buceta dos dois lados

Libmo63 +1
Gostosa e deliciosa, essas tetas 😘😋
RosoUno +1
Não curto histórias com final triste kkkk