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UN PRESENTE PARA ELLA
Conozco a Cintia como a la palma de mi mano, si en veintitrés años de pareja no conoces a la mujer que noche a noche comparte tu cama, entonces no mereces tenerla a tu lado
Y yo sabía todo lo malo de ella, de sus miedos, de sus angustias, de sus frustraciones, de sus tabúes y también todo lo bueno, su amor, su generosidad, su capacidad, y lo excelente compañera de ruta que era
Es cierto, a punto estuvimos de separar nuestros caminos, alguna vez, una inmadura infidelidad de mi parte había originado una crisis de pareja, y no me resultaría nada grato enterarme al tiempo que ella me había pagado con la misma moneda, y solo por venganza
En esos días, nuestros pequeños hijos sin saberlo fueron el imán que hicieron posible que Cintia y yo sigamos juntos, porque solo por ellos nos dimos una nueva oportunidad
La mutua infidelidad había roto nuestra copa de cristal y las cosas nunca volverían a ser como antes, lo hecho, hecho estaba y aprendimos a convivir con eso, a conocernos nuevamente, a enamorarnos otra vez, de manera diferente, fuimos adultos y entendimos que el sexo no tiene por qué ser sinónimo de amor, y si nuestro amor era lo suficientemente fuerte podíamos asumir que estar con un tercero no implicaba una traición
Ella fue la primera en dar ese paso, había un compañero de trabajo al que siempre le había tenido ganas, y solo si ella quería darse el gusto, pues bien, no sería una piedra en su zapato
Después tendría mi oportunidad, solo se daría, ella lo sabía, pero esta vez no sería por venganza, como en la primera oportunidad, esta vez ella hasta me empujo a que lo hiciera
No tendríamos muchas reglas a futuro, para estos encuentros por fuera de la pareja, tan solo estaba prohibido preguntar detalles de lo se había hecho, porque entre el morbo y los celos había una línea demasiado delgada, y los celos eran la llave que abrían la puerta de los grandes conflictos, tampoco se podía repetir, un segundo encuentro evidenciaría un interés más allá del puro encuentro sexual y, por último, la discreción, éramos un matrimonio normal en un barrio normal con una vida normal
Cintia, y no porque fuera mi mujer, tiene un cuerpo escultural, en especial una cola de ensueño, con caderas marcadas que los dos embarazos por los que había pasado solo se la habían potenciado, ella es alta por la naturaleza, y en tacos altos es más llamativa aun
Trabaja en un centro de belleza para mujeres, ya saben, todo ese mundo femenino y cada vez que paso por algún detalle por su empleo, ella naturalmente destaca entre todas, y no era de extrañar que cualquier hombre quisiera hacerme cornudo
Pero mi esposa nunca explotaba todo lo que la naturaleza le había dado, ella era solo una mujer como todas, trabajadora, buena madre, buena esposa, buena madera
Por mi lado, me gano la vida en forma independiente, como quien dice, soy un busca, las oportunidades de momento, los negocios que dejan dinero, relacionarse con las personas correctas en los momentos correctos y siempre buscaba la manera de hacerme de unos buenos pesos, y si bien nunca nos sobraba mucho, tampoco nos faltaba
No importaba como, pero siempre había un primer encuentro que ponía una idea en discusión, podía ser tomando café en un bar, una cita en una oficina, una cena de negocios, unos tragos en un pub, o, por ejemplo, un partido de tenis, como cuando conocí a Daniel
Daniel era un tipo acaudalado, estaba en negocios hoteleros y yo tenía algunas ideas de marketing que deseaba poner en práctica con un buen inversor de por medio y golpeando puertas llegaría esa mañana a encontrarme en un desafío, frente a frente en una cancha de polvo de ladrillos
No era bueno, lo admito, y fui presa fácil de mi rival de turno, pero no me importaba el juego, solo me importaba el negocio
Daniel festejaba cada tanto como si fuera la final de un Roland Garros, y yo lo dejaba que festejara, una persona contenta y feliz, se vuelve más permeable y optimista a los negocios
Hacía calor, tomamos unas bebidas de esas típicas, para recuperar minerales y fuimos a la ducha, después llegaría el momento de ir al punto en el bufet del club
Solo es esos momentos, en la intimidad de ese vestuario, bajo el agua tibia de las duchas, me olvidaría del motivo que me había llevado hasta ahí y me concentraría en un nuevo desafío
Es que Daniel, por Dios, tenía una pija realmente increíble, no podía dar crédito a que un hombre pudiera cargar terrible verga! no era una verga! era un torpedo! y no podía dejar de mirársela, es que eso no era humano! y fui tan indiscreto que no puede dejar de incomodar a mi compañero de turno, al punto que me dijo
E aí, Jorge, cê tá gostando? É viado? Pra mim tudo bem, mas eu curto mulher...
Eu ri dos pensamentos dele e respondi:
— Não, não, Daniel, fica tranquilo, eu também gosto de mulher, só que você não sabe como eu te invejo!
A gente continuou falando umas besteiras dentro d'água, e depois de trocar de roupa, já frescos e perfumados, fomos falar de negócios, com sanduíche e refrigerante no meio.
Mas o foco do meu negócio tinha mudado. Só me veio natural falar pra ele sobre a Cíntia, minha esposa, e tudo que a gente tinha vivido, e como a gente vivia. E fui direto ao ponto: falei que queria que ele comesse ela, na lata, sem rodeio.
O Daniel esperava ouvir qualquer coisa de mim, as loucuras mais absurdas, menos o que tava ouvindo. Ele ficou incrédulo, era lógico. Ninguém com dois dedos de testa propõe uma parada dessas.
Percebi que um monte de coisa passava pela cabeça dele, então peguei meu celular e procurei umas fotos íntimas que eu tinha tirado dela uma vez e falei:
— Olha, o que cê acha? Gostosa, né?
Meu parceiro de mesa ficou olhando as fotos e não acreditava. Tava babando pelo que via, só faltava um fio de saliva escorrer pelos lábios dele. Aí ele respondeu:
— Peraí, Jorge, peraí. Qual é o truque? Tem câmera? Que porra é essa?
Insisti de novo que não tinha segredo, que minha mulher podia ser dele se ele topasse. Só uma aventura. Falei pra ele só pensar, deixar as ideias se ajeitarem, e disse que no dia seguinte, ele fosse como quem não quer nada num banco da região, que a Cíntia e eu íamos estar resolvendo uns trâmites e a gente fingiria um encontro. Primeira impressão, falei.
No dia seguinte, às dez da manhã, a Cíntia e eu estávamos no Banco Galícia da região. Era verdade que a gente precisava registrar as assinaturas, até pedi umas horas de folga no salão de beleza.
Assim rolaria o primeiro encontro casual. O Daniel apareceu por lá, e num cruzamento a gente fingiria a surpresa de uma coincidência que tinha sido planejada. Apresentei, disse que ela era minha mulher, e um provável e futuro sócio de um novo empreendimento, e notei na hora aqueles olhares que dizem mais que palavras.
Nos despedimos com um 'tchau Daniel, te ligo depois'.
Levei minha mulher pro trabalho, virei na esquina e estacionei onde tinha vaga, peguei meu celular, três chamadas perdidas do Daniel entregaram ele, propus nos vermos de novo e em quinze minutos já estávamos sentados, café no meio, tramando o plano. Ele me disse:
— Na real, Jorge, não acredito como ela é gostosa... Cíntia, né?
— Cíntia, isso mesmo, sabia que você ia gostar.
— Mas tem uma coisa que não fecha. Supondo que tudo saia como você pensa, eu como sua mulher. Pra mim seria ganhar e ganhar, mas tem que ter algo a mais. Qual é o preço? Qual é a pegadinha?
— Não tem pegadinha — respondi —, não tem preço. Bom, talvez tenha sim. A única coisa que peço em troca é que depois me conte detalhe por detalhe. Só isso, de homem pra homem, sem rodeios, igual agora, café no meio.
Daniel ainda tava incrédulo diante de um manjar desses servido de bandeja. Aí eu disse:
— Olha, do jeito que você vê a Cíntia, ela é uma mulher caseira, não é uma puta. E você vai ter que saber conquistar ela pra levar pra cama. Se você fracassar na tentativa, tudo acabou. Então presta atenção nos detalhes.
Ela definitivamente não vai se jogar em cima de você, não é desse tipo. Você vai ter que seduzir ela, fazer ela se sentir desejada, que você se importa. Ela gosta de caras divertidos, que se mostram malvados mas doces, seguros, decididos.
Também é importante seu capricho, seu jeito de se vestir, sua pontualidade e até seu perfume.
Ele ouvia com toda atenção. Aí eu disse:
— E se você conseguir colocar ela num quarto, bom, cada mulher tem seu lance. Ela adora brincar de ser prostituta, mas não no sentido masculino, aquele grosseiro, e sim uma garota fina. E adora provocar, lingerie e essas coisas todas.
Como bom estrategista de negócios que sempre fui, Planejei a jogada seguinte: sábado à noite, as crianças na casa dos meus sogros, Cíntia devia me acompanhar a um pub da moda, música alta, drinks e conversas de negócios misturadas com sedução.
Ela se maquiou, vestiu um vestidinho prateado de costas nuas, daqueles que se usam sem sutiã, onde os peitos dela dançavam soltos, um deleite visual, marcando os biquinhos de um jeito chamativo, justo no corpo, desenhando uma bunda ainda mais provocante do que já era naturalmente. Dava até pra ver os elásticos da calcinha fio-dental, que convidavam a sonhar. As pernas longas e torneadas se equilibravam nos sapatos pretos brilhantes de salto fino, combinando com a bolsinha de mão.
Cíntia se olhava sem parar no espelho enorme da parede, enquanto eu a admirava. Mais uma vez me senti sortudo pela mulher gostosa que tinha. Me perdi nos cabelos pretos perfumados escorrendo pelas costas nuas, e a pergunta dela me tirou da excitação profunda que sentia ao contemplá-la:
— Você acha que é demais? Sei lá, já não tô mais pra essas roupas, me sinto chamativa.
Falei que por mim estava de boa, embora não confessasse a puta ereção que ela tinha me causado.
Viajamos por dez minutos e chegamos ao pub, onde a música já doía os ouvidos desde a calçada. Entramos e fomos direto ao balcão, onde Daniel já nos esperava. Nos cumprimentamos, e vi na roupa dele que tinha seguido cada detalhe do que eu tinha combinado. E rolou química, foi evidente.
A conversa seguiu por um falso caminho de negócios pra ela não desconfiar, porque se soubesse o que realmente estava rolando, Cíntia jamais me perdoaria. Só me desculpei por alguns minutos pra ir ao banheiro — era parte do plano, e eu só precisava deixá-los a sós por um tempo.
Quando voltei, eles conversavam bem animados, copo na mão, e continuamos curtindo até o cansaço dizer que era hora de voltar.
Cada quem tinha seguido seu caminho e antes de chegar em casa, Daniel me escrevia no celular e dizia que estava tudo bem, conforme o que a gente tinha planejado
Ao chegar, fomos pra cama, como toda noite, e conversamos sobre o assunto, sobre o negócio, embora na verdade eu quisesse saber o que ela achava do Daniel, e tentava ler nas entrelinhas o que ela me deixava perceber
Brincamos um pouco, queria fazer amor com ela, acariciei os peitos dela, a bunda, e ela me evitava, dizia que estava cansada e só precisava dormir, não naquela noite
Consegui passar por baixo da calcinha dela e enfiar os dedos na buceta dela, estava encharcada e me excitou entender o que o corpo dela me confessava, e com isso pra mim já bastava, tinha dado mais um passo
Com o passar dos dias, Daniel me mantinha informado de tudo, Cíntia tinha mordido a isca e o jogo da sedução avançava a passos firmes, e era a primeira vez que eu era parte secreta de tudo que acontecia
Confesso que toda vez que comia minha esposa, na minha cabeça estava a imagem da pica do Daniel naquela manhã no chuveiro, que se cruzava com a minha mulher, e só de imaginar o rosto dela cheio de desejo me fazia ter uma ejaculação precoce sem querer, é que era tudo muito intenso
No fim, Daniel me avisou que no sábado seguinte tinha um encontro com a Cíntia, e que finalmente minha esposa seria dele
Como eu disse, sempre me dediquei aos negócios, mas essa, sem dúvida, era minha maior aposta
Mas logicamente, tive que esperar ela falar
Cíntia não demoraria pra me contar que no sábado tinha um encontro, claro, se eu não tivesse planos e pudesse ficar com as crianças. Falei que por mim tudo bem, mas, como sempre, a gente tinha que respeitar as regras do que era permitido e do que não era.
De tarde, eu ia pegá-la depilando, e meio brincando falei que ela devia querer estar gostosa pro amante da vez.
Lá pelas nove da noite, enquanto eu preparava o jantar, ela veio se despedir, com as chaves do carro brincando entre os dedos, o cabelo jogado de lado, brilhante, o rosto fresco e jovial, alegre, com um vestido preto discreto, não tão chamativo como o daquela noite — é que as crianças estavam crescendo e começando a fazer perguntas. Perguntei se tava tudo bem e desejei sorte. Ela me mandou um beijo no ar, pra não estragar o vermelhão brilhante do batom, e só se afastou rebolando.
Jantei com as crianças, vendo desenho animado, rindo das gracinhas delas, mas meus pensamentos iam junto com os ponteiros do relógio de parede que não paravam de andar. Chegou a hora de levá-las pra cama e fiquei sozinho na cozinha, lavando, secando e arrumando tudo.
Fui pro quarto, peguei um livro que tava lendo, mas não conseguia me concentrar. Só passava os olhos pelas letras sem entender nada. Olhava pro celular uma hora e outra, e uma ereção forte me incomodava entre as pernas. Precisava bater uma pra aliviar a pressão.
Apaguei a luz, tentei dormir, mas só virava de um lado pro outro na cama, e meus olhos abertos só viam a escuridão.
Em algum momento da noite, acabei dormindo, e só me toquei de novo quando senti ela se ajeitar do meu lado. Os pés dela estavam frios e ela colocou entre minhas pernas, como costumava fazer. Perguntei se tava tudo bem e, meio sonolento, vi que meu celular marcava cinco da manhã e que a claridade de um novo amanhecer começava a entrar pelas janelas.
O domingo ia ser eterno, porque eu... Sabia o que tinha acontecido, mas tinha que fingir que não sabia. Ela, como sempre, como a gente tinha combinado, não soltava uma palavra e se comportava como toda uma mãe, toda uma esposa, e tudo foi normal.
Chegou segunda-feira, a gente tomou café cedo, junto com as crianças, depois, como toda manhã, levamos elas pra escola e depois ela pro centro de beleza. Aí eu falei que tinha uma reunião de negócios com o Daniel, o rapaz do pub, se ela lembrava dele.
Cíntia fingiu que tava fazendo memória de quem eu tava falando, mas o brilho nos olhos dela entregava, e eu sabia disso.
Às dez da manhã, como a gente tinha combinado, eu e o Daniel sentamos com um café no meio, na mesma mesa do bar daquele dia. Ele riu quando me viu e balançou a cabeça.
— Ainda não consigo acreditar — ele disse — ter dividido a cama com uma mulher tão foda, e agora estar aqui, na frente do marido dela pra contar todos os detalhes. Olha, Jorge, já fiz umas loucuras na vida, mas igual a essa...
Eu incentivei ele a continuar, e passei meio por cima dos detalhes do jantar e das bebidas que tomaram depois no pub, só queria ir direto ao ponto. Aí ele se soltou.
— Bom, fomos pra um apartamento que eu tenho, lembrando do que você me disse uma vez. Perguntei se ela gostava de brincar de puta, tirei a carteira e coloquei várias notas em cima da mesa, e falei que tinha dinheiro suficiente pra que por algumas horas ela fosse só minha e fizesse tudo que eu quisesse que ela fizesse, tipo, dançar pra mim. Sua mulher topou na hora, com certeza solta por causa das bebidas que a gente já tinha tomado. Coloquei uma música que sempre tenho por lá e ela começou a se mexer de um jeito muito sensual, demais. Escuta, Jorge — ele enfatizou —, sério que a Cíntia é tudo amadora?
Foi minha vez de rir e eu mandei ele continuar.
— Ela se mexeu sensual nos saltos altos, deixou cair de lado uma alça do vestido, depois a outra, e os peitos lindos dela ficaram na minha frente. Continuou rebolando e em dois movimentos o vestido caiu no chão. Uma bunda... majestuoso, uma buceta brilhante e depilada, aliás - ele reforçou de novo - sabia que a Cíntia não tava de calcinha? isso eu gostei muito nela
Fui até ela, segurei os braços dela pra manter distância, beijei ela, ela tentou se esquivar num jogo safado, ria, dizia que eu não ia ter ela, se eu quisesse, peguei ela à força e joguei na cama, ela tava pelada e eu ainda não tinha tirado nada, nem os sapatos, chupei os peitos dela, um e outro, bem devagar, bem suave, babando nos bicos, com aquelas carícias sensuais que chegam na alma da mulher, desci pela barriga dela e cheguei entre as pernas, ela tava toda molhada e só se abriu toda pra mim, a buceta dela, os lábios, o clitóris, o cuzinho, só lambia igual louco, e via o rostinho dela descontrolado, perdido, e os punhos apertando os lençóis com força até soltar o orgasmo dela com gritos que ecoaram pelas paredes
Desculpa, Jorge - ele disse, dando uma pausa - tô sendo muito exagerado? esqueço que tô falando da sua mulher
Como explicar que eu tava de pau duro, quase explodindo debaixo da mesa, e chamei ele pra continuar de novo
Cíntia falou que agora era a vez dela e que vinha a melhor parte da noite, quando eu me despi e ela viu o tamanho do meu pau, ela começou a dar risada às gargalhadas enquanto os olhos dela saltavam das órbitas sem acreditar no que viam, falou algo tipo 'ai meu deus! me belisca, tô sonhando, isso não pode ser real'
Acho que naquela hora, bom, a excitação se misturou um pouco com aquele ciúme perigoso, porque era verdade, ele tava falando da minha mulher, mas ele só continuou
Sua mulher começou a chupar meu pau, e mais que chupar, diria que ela acariciava com as mãos porque custava a colocar na boca e ainda parecia incrédula, notei que só olhava, pela grossura, pelo comprimento, e honestamente não sei o que passava na cabeça dela naquele momento, mas em algum ponto ela disse que queria que eu comesse ela, que desejava que eu fizesse, então peguei um preservativo, coloquei, a gente se beijou de novo e ela falou que queria que eu deitasse pra poder me montar, porque era muito grande e com certeza não ia entrar nem metade porque ela era muito apertada.
Daniel balançou a cabeça de um lado pro outro e um sorriso se desenhou nos lábios dele, perguntei qual era o motivo, e ele continuou.
Muito apertada, ela disse, eu sentei na cama, recostado no encosto, e ela veio por cima de mim, me montando com as pernas de lado, mas ao contrário do que eu pensava, ela virou de costas e aquela bunda gloriosa que ela tem, pegou meu pau entre os dedos e foi se deixando cair até a metade, e começou a se mexer bem suave, bem devagar, como quem tateia o que tá comendo, e aos poucos foi acelerando, foi se perdendo, mais rápido, mais forte, mais gemidos, gritos, ela falava que pau terrível que eu tinha e foi só engolindo ele todo na inconsciência dela até que eu vi ela devorar tudo, centímetro por centímetro.
Naquela hora eu olhava o ambiente pelas janelas do bar, sentia meu coração querendo sair do peito e as palavras do Daniel eram melhores que o melhor sexo, ele continuou dando detalhes, de posições, posturas, as reações da minha amada e os inúmeros orgasmos que ele tinha arrancado dela até que chegou num ponto especial, ele disse.
Coloquei ela de quatro, peguei lubrificante e enfiei uns dois dedos besuntados no cu dela, queria dar pelo cu, ela falou que não, pela bunda não porque a bunda só era do Jorge, o marido dela, mas eu continuei brincando, já com três dedos abrindo o esfíncter dela, e ela só falava que pelo cuzinho não, porque só era teu, e eu respondi que tinha colocado muita grana em cima da mesa pra uma puta como ela me dizer não.
E chegou o momento, custou, ela gritou, mas eu abri a bundinha apertada da sua mulherzinha, você precisava ver que gostoso, como ela gemia, como ela curtia e com certeza quando você olhar o rabo dela vai lembrar que eu estive por lá, deixei ele assim aberto.
Daniel fez o gesto típico com os dedos polegar e indicador. e índice, deixando um círculo enorme e perfeito, e naquele momento eu já não sabia se era tudo parte da narrativa ou se ele só estava tirando uma com a minha cara. Deixei ele terminar o papo, a gente tinha que pagar o que consumiu e, antes de nos despedirmos, ele me disse:
Jorge, não sabia se te contava isso, mas enfim, isso foi ideia sua, então... quando a gente terminou, a camisinha tava cheia de porra, e meu pau já tava meio mole, aí a Cintia tirou com cuidado e, me olhando feito uma puta — porque ela tava parecendo uma puta mesmo —, sem tirar os olhos dos meus, ela pegou a camisinha e derramou todo o gozo na boca dela. Foi muito provocativa, ficou brincando com minha porra ainda morna na boca, de um lado pro outro, deixando eu ver a língua dela branquinha e, depois de engolir tudo, me perguntou se aquilo era muito de puta e se tinha atendido minhas expectativas.
O mais cômico foi que a gente se trocou, já era hora de terminar, e ela pegou o dinheiro que ainda tava em cima da mesa e guardou na bolsa dela.
A gente se despediu, um aperto de mão selaria um até nunca mais com o Daniel. Não dava pra fazer negócio com ele, não era possível, eu tinha medo de quebrar uma das nossas regras, 'não repetir', e não tava com medo pelo Daniel, nem pela Cintia, tava com medo por mim.
Naquela noite, eu comeria minha mulher como poucas vezes tinha comido, com o tesão de reviver na minha cabeça tudo que ele tinha me contado, e quando coloquei ela de quatro e comecei a meter, e quando olhei pra ela, realmente lembrei das palavras que o Daniel tinha me dito de manhã: 'quando você olhar pra bunda dela, vai lembrar que eu estive por ali'.
Hoje, no presente, posso sentar pra escrever parte da minha história, nosso casamento tá vivo, continuamos com as permissões, e ainda é segredo que um dia eu dei uma traidinha.
Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título UM PRESENTE PARA ELA para dulces.placeres@live.com
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Y yo sabía todo lo malo de ella, de sus miedos, de sus angustias, de sus frustraciones, de sus tabúes y también todo lo bueno, su amor, su generosidad, su capacidad, y lo excelente compañera de ruta que era
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En esos días, nuestros pequeños hijos sin saberlo fueron el imán que hicieron posible que Cintia y yo sigamos juntos, porque solo por ellos nos dimos una nueva oportunidad
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Después tendría mi oportunidad, solo se daría, ella lo sabía, pero esta vez no sería por venganza, como en la primera oportunidad, esta vez ella hasta me empujo a que lo hiciera
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Cintia, y no porque fuera mi mujer, tiene un cuerpo escultural, en especial una cola de ensueño, con caderas marcadas que los dos embarazos por los que había pasado solo se la habían potenciado, ella es alta por la naturaleza, y en tacos altos es más llamativa aun
Trabaja en un centro de belleza para mujeres, ya saben, todo ese mundo femenino y cada vez que paso por algún detalle por su empleo, ella naturalmente destaca entre todas, y no era de extrañar que cualquier hombre quisiera hacerme cornudo
Pero mi esposa nunca explotaba todo lo que la naturaleza le había dado, ella era solo una mujer como todas, trabajadora, buena madre, buena esposa, buena madera
Por mi lado, me gano la vida en forma independiente, como quien dice, soy un busca, las oportunidades de momento, los negocios que dejan dinero, relacionarse con las personas correctas en los momentos correctos y siempre buscaba la manera de hacerme de unos buenos pesos, y si bien nunca nos sobraba mucho, tampoco nos faltaba
No importaba como, pero siempre había un primer encuentro que ponía una idea en discusión, podía ser tomando café en un bar, una cita en una oficina, una cena de negocios, unos tragos en un pub, o, por ejemplo, un partido de tenis, como cuando conocí a Daniel
Daniel era un tipo acaudalado, estaba en negocios hoteleros y yo tenía algunas ideas de marketing que deseaba poner en práctica con un buen inversor de por medio y golpeando puertas llegaría esa mañana a encontrarme en un desafío, frente a frente en una cancha de polvo de ladrillos
No era bueno, lo admito, y fui presa fácil de mi rival de turno, pero no me importaba el juego, solo me importaba el negocio
Daniel festejaba cada tanto como si fuera la final de un Roland Garros, y yo lo dejaba que festejara, una persona contenta y feliz, se vuelve más permeable y optimista a los negocios
Hacía calor, tomamos unas bebidas de esas típicas, para recuperar minerales y fuimos a la ducha, después llegaría el momento de ir al punto en el bufet del club
Solo es esos momentos, en la intimidad de ese vestuario, bajo el agua tibia de las duchas, me olvidaría del motivo que me había llevado hasta ahí y me concentraría en un nuevo desafío
Es que Daniel, por Dios, tenía una pija realmente increíble, no podía dar crédito a que un hombre pudiera cargar terrible verga! no era una verga! era un torpedo! y no podía dejar de mirársela, es que eso no era humano! y fui tan indiscreto que no puede dejar de incomodar a mi compañero de turno, al punto que me dijo
E aí, Jorge, cê tá gostando? É viado? Pra mim tudo bem, mas eu curto mulher...Eu ri dos pensamentos dele e respondi:
— Não, não, Daniel, fica tranquilo, eu também gosto de mulher, só que você não sabe como eu te invejo!
A gente continuou falando umas besteiras dentro d'água, e depois de trocar de roupa, já frescos e perfumados, fomos falar de negócios, com sanduíche e refrigerante no meio.
Mas o foco do meu negócio tinha mudado. Só me veio natural falar pra ele sobre a Cíntia, minha esposa, e tudo que a gente tinha vivido, e como a gente vivia. E fui direto ao ponto: falei que queria que ele comesse ela, na lata, sem rodeio.
O Daniel esperava ouvir qualquer coisa de mim, as loucuras mais absurdas, menos o que tava ouvindo. Ele ficou incrédulo, era lógico. Ninguém com dois dedos de testa propõe uma parada dessas.
Percebi que um monte de coisa passava pela cabeça dele, então peguei meu celular e procurei umas fotos íntimas que eu tinha tirado dela uma vez e falei:
— Olha, o que cê acha? Gostosa, né?
Meu parceiro de mesa ficou olhando as fotos e não acreditava. Tava babando pelo que via, só faltava um fio de saliva escorrer pelos lábios dele. Aí ele respondeu:
— Peraí, Jorge, peraí. Qual é o truque? Tem câmera? Que porra é essa?
Insisti de novo que não tinha segredo, que minha mulher podia ser dele se ele topasse. Só uma aventura. Falei pra ele só pensar, deixar as ideias se ajeitarem, e disse que no dia seguinte, ele fosse como quem não quer nada num banco da região, que a Cíntia e eu íamos estar resolvendo uns trâmites e a gente fingiria um encontro. Primeira impressão, falei.
No dia seguinte, às dez da manhã, a Cíntia e eu estávamos no Banco Galícia da região. Era verdade que a gente precisava registrar as assinaturas, até pedi umas horas de folga no salão de beleza.
Assim rolaria o primeiro encontro casual. O Daniel apareceu por lá, e num cruzamento a gente fingiria a surpresa de uma coincidência que tinha sido planejada. Apresentei, disse que ela era minha mulher, e um provável e futuro sócio de um novo empreendimento, e notei na hora aqueles olhares que dizem mais que palavras.
Nos despedimos com um 'tchau Daniel, te ligo depois'.
Levei minha mulher pro trabalho, virei na esquina e estacionei onde tinha vaga, peguei meu celular, três chamadas perdidas do Daniel entregaram ele, propus nos vermos de novo e em quinze minutos já estávamos sentados, café no meio, tramando o plano. Ele me disse:
— Na real, Jorge, não acredito como ela é gostosa... Cíntia, né?
— Cíntia, isso mesmo, sabia que você ia gostar.
— Mas tem uma coisa que não fecha. Supondo que tudo saia como você pensa, eu como sua mulher. Pra mim seria ganhar e ganhar, mas tem que ter algo a mais. Qual é o preço? Qual é a pegadinha?
— Não tem pegadinha — respondi —, não tem preço. Bom, talvez tenha sim. A única coisa que peço em troca é que depois me conte detalhe por detalhe. Só isso, de homem pra homem, sem rodeios, igual agora, café no meio.
Daniel ainda tava incrédulo diante de um manjar desses servido de bandeja. Aí eu disse:
— Olha, do jeito que você vê a Cíntia, ela é uma mulher caseira, não é uma puta. E você vai ter que saber conquistar ela pra levar pra cama. Se você fracassar na tentativa, tudo acabou. Então presta atenção nos detalhes.
Ela definitivamente não vai se jogar em cima de você, não é desse tipo. Você vai ter que seduzir ela, fazer ela se sentir desejada, que você se importa. Ela gosta de caras divertidos, que se mostram malvados mas doces, seguros, decididos.
Também é importante seu capricho, seu jeito de se vestir, sua pontualidade e até seu perfume.
Ele ouvia com toda atenção. Aí eu disse:
— E se você conseguir colocar ela num quarto, bom, cada mulher tem seu lance. Ela adora brincar de ser prostituta, mas não no sentido masculino, aquele grosseiro, e sim uma garota fina. E adora provocar, lingerie e essas coisas todas.
Como bom estrategista de negócios que sempre fui, Planejei a jogada seguinte: sábado à noite, as crianças na casa dos meus sogros, Cíntia devia me acompanhar a um pub da moda, música alta, drinks e conversas de negócios misturadas com sedução.
Ela se maquiou, vestiu um vestidinho prateado de costas nuas, daqueles que se usam sem sutiã, onde os peitos dela dançavam soltos, um deleite visual, marcando os biquinhos de um jeito chamativo, justo no corpo, desenhando uma bunda ainda mais provocante do que já era naturalmente. Dava até pra ver os elásticos da calcinha fio-dental, que convidavam a sonhar. As pernas longas e torneadas se equilibravam nos sapatos pretos brilhantes de salto fino, combinando com a bolsinha de mão.
Cíntia se olhava sem parar no espelho enorme da parede, enquanto eu a admirava. Mais uma vez me senti sortudo pela mulher gostosa que tinha. Me perdi nos cabelos pretos perfumados escorrendo pelas costas nuas, e a pergunta dela me tirou da excitação profunda que sentia ao contemplá-la:
— Você acha que é demais? Sei lá, já não tô mais pra essas roupas, me sinto chamativa.
Falei que por mim estava de boa, embora não confessasse a puta ereção que ela tinha me causado.
Viajamos por dez minutos e chegamos ao pub, onde a música já doía os ouvidos desde a calçada. Entramos e fomos direto ao balcão, onde Daniel já nos esperava. Nos cumprimentamos, e vi na roupa dele que tinha seguido cada detalhe do que eu tinha combinado. E rolou química, foi evidente.
A conversa seguiu por um falso caminho de negócios pra ela não desconfiar, porque se soubesse o que realmente estava rolando, Cíntia jamais me perdoaria. Só me desculpei por alguns minutos pra ir ao banheiro — era parte do plano, e eu só precisava deixá-los a sós por um tempo.
Quando voltei, eles conversavam bem animados, copo na mão, e continuamos curtindo até o cansaço dizer que era hora de voltar.
Cada quem tinha seguido seu caminho e antes de chegar em casa, Daniel me escrevia no celular e dizia que estava tudo bem, conforme o que a gente tinha planejado
Ao chegar, fomos pra cama, como toda noite, e conversamos sobre o assunto, sobre o negócio, embora na verdade eu quisesse saber o que ela achava do Daniel, e tentava ler nas entrelinhas o que ela me deixava perceber
Brincamos um pouco, queria fazer amor com ela, acariciei os peitos dela, a bunda, e ela me evitava, dizia que estava cansada e só precisava dormir, não naquela noite
Consegui passar por baixo da calcinha dela e enfiar os dedos na buceta dela, estava encharcada e me excitou entender o que o corpo dela me confessava, e com isso pra mim já bastava, tinha dado mais um passo
Com o passar dos dias, Daniel me mantinha informado de tudo, Cíntia tinha mordido a isca e o jogo da sedução avançava a passos firmes, e era a primeira vez que eu era parte secreta de tudo que acontecia
Confesso que toda vez que comia minha esposa, na minha cabeça estava a imagem da pica do Daniel naquela manhã no chuveiro, que se cruzava com a minha mulher, e só de imaginar o rosto dela cheio de desejo me fazia ter uma ejaculação precoce sem querer, é que era tudo muito intenso
No fim, Daniel me avisou que no sábado seguinte tinha um encontro com a Cíntia, e que finalmente minha esposa seria dele
Como eu disse, sempre me dediquei aos negócios, mas essa, sem dúvida, era minha maior aposta
Mas logicamente, tive que esperar ela falar
Cíntia não demoraria pra me contar que no sábado tinha um encontro, claro, se eu não tivesse planos e pudesse ficar com as crianças. Falei que por mim tudo bem, mas, como sempre, a gente tinha que respeitar as regras do que era permitido e do que não era.De tarde, eu ia pegá-la depilando, e meio brincando falei que ela devia querer estar gostosa pro amante da vez.
Lá pelas nove da noite, enquanto eu preparava o jantar, ela veio se despedir, com as chaves do carro brincando entre os dedos, o cabelo jogado de lado, brilhante, o rosto fresco e jovial, alegre, com um vestido preto discreto, não tão chamativo como o daquela noite — é que as crianças estavam crescendo e começando a fazer perguntas. Perguntei se tava tudo bem e desejei sorte. Ela me mandou um beijo no ar, pra não estragar o vermelhão brilhante do batom, e só se afastou rebolando.
Jantei com as crianças, vendo desenho animado, rindo das gracinhas delas, mas meus pensamentos iam junto com os ponteiros do relógio de parede que não paravam de andar. Chegou a hora de levá-las pra cama e fiquei sozinho na cozinha, lavando, secando e arrumando tudo.
Fui pro quarto, peguei um livro que tava lendo, mas não conseguia me concentrar. Só passava os olhos pelas letras sem entender nada. Olhava pro celular uma hora e outra, e uma ereção forte me incomodava entre as pernas. Precisava bater uma pra aliviar a pressão.
Apaguei a luz, tentei dormir, mas só virava de um lado pro outro na cama, e meus olhos abertos só viam a escuridão.
Em algum momento da noite, acabei dormindo, e só me toquei de novo quando senti ela se ajeitar do meu lado. Os pés dela estavam frios e ela colocou entre minhas pernas, como costumava fazer. Perguntei se tava tudo bem e, meio sonolento, vi que meu celular marcava cinco da manhã e que a claridade de um novo amanhecer começava a entrar pelas janelas.
O domingo ia ser eterno, porque eu... Sabia o que tinha acontecido, mas tinha que fingir que não sabia. Ela, como sempre, como a gente tinha combinado, não soltava uma palavra e se comportava como toda uma mãe, toda uma esposa, e tudo foi normal.
Chegou segunda-feira, a gente tomou café cedo, junto com as crianças, depois, como toda manhã, levamos elas pra escola e depois ela pro centro de beleza. Aí eu falei que tinha uma reunião de negócios com o Daniel, o rapaz do pub, se ela lembrava dele.
Cíntia fingiu que tava fazendo memória de quem eu tava falando, mas o brilho nos olhos dela entregava, e eu sabia disso.
Às dez da manhã, como a gente tinha combinado, eu e o Daniel sentamos com um café no meio, na mesma mesa do bar daquele dia. Ele riu quando me viu e balançou a cabeça.
— Ainda não consigo acreditar — ele disse — ter dividido a cama com uma mulher tão foda, e agora estar aqui, na frente do marido dela pra contar todos os detalhes. Olha, Jorge, já fiz umas loucuras na vida, mas igual a essa...
Eu incentivei ele a continuar, e passei meio por cima dos detalhes do jantar e das bebidas que tomaram depois no pub, só queria ir direto ao ponto. Aí ele se soltou.
— Bom, fomos pra um apartamento que eu tenho, lembrando do que você me disse uma vez. Perguntei se ela gostava de brincar de puta, tirei a carteira e coloquei várias notas em cima da mesa, e falei que tinha dinheiro suficiente pra que por algumas horas ela fosse só minha e fizesse tudo que eu quisesse que ela fizesse, tipo, dançar pra mim. Sua mulher topou na hora, com certeza solta por causa das bebidas que a gente já tinha tomado. Coloquei uma música que sempre tenho por lá e ela começou a se mexer de um jeito muito sensual, demais. Escuta, Jorge — ele enfatizou —, sério que a Cíntia é tudo amadora?
Foi minha vez de rir e eu mandei ele continuar.
— Ela se mexeu sensual nos saltos altos, deixou cair de lado uma alça do vestido, depois a outra, e os peitos lindos dela ficaram na minha frente. Continuou rebolando e em dois movimentos o vestido caiu no chão. Uma bunda... majestuoso, uma buceta brilhante e depilada, aliás - ele reforçou de novo - sabia que a Cíntia não tava de calcinha? isso eu gostei muito nela
Fui até ela, segurei os braços dela pra manter distância, beijei ela, ela tentou se esquivar num jogo safado, ria, dizia que eu não ia ter ela, se eu quisesse, peguei ela à força e joguei na cama, ela tava pelada e eu ainda não tinha tirado nada, nem os sapatos, chupei os peitos dela, um e outro, bem devagar, bem suave, babando nos bicos, com aquelas carícias sensuais que chegam na alma da mulher, desci pela barriga dela e cheguei entre as pernas, ela tava toda molhada e só se abriu toda pra mim, a buceta dela, os lábios, o clitóris, o cuzinho, só lambia igual louco, e via o rostinho dela descontrolado, perdido, e os punhos apertando os lençóis com força até soltar o orgasmo dela com gritos que ecoaram pelas paredes
Desculpa, Jorge - ele disse, dando uma pausa - tô sendo muito exagerado? esqueço que tô falando da sua mulher
Como explicar que eu tava de pau duro, quase explodindo debaixo da mesa, e chamei ele pra continuar de novo
Cíntia falou que agora era a vez dela e que vinha a melhor parte da noite, quando eu me despi e ela viu o tamanho do meu pau, ela começou a dar risada às gargalhadas enquanto os olhos dela saltavam das órbitas sem acreditar no que viam, falou algo tipo 'ai meu deus! me belisca, tô sonhando, isso não pode ser real'
Acho que naquela hora, bom, a excitação se misturou um pouco com aquele ciúme perigoso, porque era verdade, ele tava falando da minha mulher, mas ele só continuou
Sua mulher começou a chupar meu pau, e mais que chupar, diria que ela acariciava com as mãos porque custava a colocar na boca e ainda parecia incrédula, notei que só olhava, pela grossura, pelo comprimento, e honestamente não sei o que passava na cabeça dela naquele momento, mas em algum ponto ela disse que queria que eu comesse ela, que desejava que eu fizesse, então peguei um preservativo, coloquei, a gente se beijou de novo e ela falou que queria que eu deitasse pra poder me montar, porque era muito grande e com certeza não ia entrar nem metade porque ela era muito apertada.
Daniel balançou a cabeça de um lado pro outro e um sorriso se desenhou nos lábios dele, perguntei qual era o motivo, e ele continuou.
Muito apertada, ela disse, eu sentei na cama, recostado no encosto, e ela veio por cima de mim, me montando com as pernas de lado, mas ao contrário do que eu pensava, ela virou de costas e aquela bunda gloriosa que ela tem, pegou meu pau entre os dedos e foi se deixando cair até a metade, e começou a se mexer bem suave, bem devagar, como quem tateia o que tá comendo, e aos poucos foi acelerando, foi se perdendo, mais rápido, mais forte, mais gemidos, gritos, ela falava que pau terrível que eu tinha e foi só engolindo ele todo na inconsciência dela até que eu vi ela devorar tudo, centímetro por centímetro.
Naquela hora eu olhava o ambiente pelas janelas do bar, sentia meu coração querendo sair do peito e as palavras do Daniel eram melhores que o melhor sexo, ele continuou dando detalhes, de posições, posturas, as reações da minha amada e os inúmeros orgasmos que ele tinha arrancado dela até que chegou num ponto especial, ele disse.
Coloquei ela de quatro, peguei lubrificante e enfiei uns dois dedos besuntados no cu dela, queria dar pelo cu, ela falou que não, pela bunda não porque a bunda só era do Jorge, o marido dela, mas eu continuei brincando, já com três dedos abrindo o esfíncter dela, e ela só falava que pelo cuzinho não, porque só era teu, e eu respondi que tinha colocado muita grana em cima da mesa pra uma puta como ela me dizer não.
E chegou o momento, custou, ela gritou, mas eu abri a bundinha apertada da sua mulherzinha, você precisava ver que gostoso, como ela gemia, como ela curtia e com certeza quando você olhar o rabo dela vai lembrar que eu estive por lá, deixei ele assim aberto.
Daniel fez o gesto típico com os dedos polegar e indicador. e índice, deixando um círculo enorme e perfeito, e naquele momento eu já não sabia se era tudo parte da narrativa ou se ele só estava tirando uma com a minha cara. Deixei ele terminar o papo, a gente tinha que pagar o que consumiu e, antes de nos despedirmos, ele me disse:
Jorge, não sabia se te contava isso, mas enfim, isso foi ideia sua, então... quando a gente terminou, a camisinha tava cheia de porra, e meu pau já tava meio mole, aí a Cintia tirou com cuidado e, me olhando feito uma puta — porque ela tava parecendo uma puta mesmo —, sem tirar os olhos dos meus, ela pegou a camisinha e derramou todo o gozo na boca dela. Foi muito provocativa, ficou brincando com minha porra ainda morna na boca, de um lado pro outro, deixando eu ver a língua dela branquinha e, depois de engolir tudo, me perguntou se aquilo era muito de puta e se tinha atendido minhas expectativas.
O mais cômico foi que a gente se trocou, já era hora de terminar, e ela pegou o dinheiro que ainda tava em cima da mesa e guardou na bolsa dela.
A gente se despediu, um aperto de mão selaria um até nunca mais com o Daniel. Não dava pra fazer negócio com ele, não era possível, eu tinha medo de quebrar uma das nossas regras, 'não repetir', e não tava com medo pelo Daniel, nem pela Cintia, tava com medo por mim.
Naquela noite, eu comeria minha mulher como poucas vezes tinha comido, com o tesão de reviver na minha cabeça tudo que ele tinha me contado, e quando coloquei ela de quatro e comecei a meter, e quando olhei pra ela, realmente lembrei das palavras que o Daniel tinha me dito de manhã: 'quando você olhar pra bunda dela, vai lembrar que eu estive por ali'.
Hoje, no presente, posso sentar pra escrever parte da minha história, nosso casamento tá vivo, continuamos com as permissões, e ainda é segredo que um dia eu dei uma traidinha.
Se você gostou dessa história, pode me escrever com o título UM PRESENTE PARA ELA para dulces.placeres@live.com
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